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jueves, 10 de diciembre de 2015

EL XIRINGO


Desde la Costa de Azahar hasta la Costa Brava, la dictadura de la paella de marisco es aplastante. Mientras que para nosotros, los catalanes, la paella es el plato estrella de la cocina marinera, nuestros amigos valencianos suelen verla como un simple arroz con gambas, disfrutable, sí, pero a años luz de esa paella de la huerta donde el producto del mar no es bienvenido. Pero en algo coincidimos tanto catalanes como valencianos a la hora de calzarnos un buen paellote: solemos comerla el domingo. Y si vives en Barcelona y hace buen día, la tentación se llama Barceloneta. El porqué está claro: es el barrio marinero de la ciudad condal. Históricamente lleno de chiringuitos y tabernas donde comer moluscos y paellas, con los años ha ido evolucionando hacia una suerte de barrio temático de lo paellero. Sin rasto ya de esos chuiringuitos -las olimpiadas se los llevaron a todos por delante-, no hay manzana donde no haya, al menos, un restaurante -con su correspondiente terraza- donde hagan paella. Y, claro está, las hay de todas formas, tamaños y colores -y esto último no es coña: los negocios más abyectos, aquellos dirigidos en exclusiva al turista con pocos (o nulos) escrúpulos gastronómicos, perpetran auténticos insultos no solo contra la paella sino contra el buen comer en general. Los Pijos hemos visto de todo, pero como ya es regla en esta casa desde su momento fundacional, solo hablaremos de los que nos gustan, de aquellos que os recomendaríamos con los ojos cerrados. Hace un tiempo ya os hablamos de uno de nuestros favoritos, y hoy toca hacer lo propio con otro negocio de bandera, El Xiringo.


Walk on by

Los restaurantes de la Barceloneta, hay que reconocerlo, se venden muy bien a sí mismos. Grandes carteles, producto fresco del mar en sus vitrinas, terrazas muy bien situadas... Te lo dejan a huevo para que un día pases por delante, piques y te dejes los dineros en un arrocito. El Pijo mayor, que es perro viejo, no se deja influir tan fácilmente por los efluvios marineros, y si ve que el sitio en cuestión -como dice su padre- se ve curioso, se lo apunta en su libreta roja e investiga un poco (y es que después de alguna que otra cagada, te das cuenta que el instinto... no es infalible). Pero hay otros sitios, como El Xiringo, al que si no es el destino o una recomendación lo que te lleva a pasar por delante (o vivir en el barrio, claro), no lo ves ni de coña (y que perdonen los vecinos de la calle Sant Carles). La estructura casi laberíntica de la Barceloneta es lo que tiene. En nuestro caso, fue un artículo en la revista Time Out lo que nos llevó hasta allí. Fue un número especial escrito por blogueros, y la sección habitual de Pau Arenós, Flamarades, fue a cargo de Edu González, la persona que está detrás de bravas.bcn, la guía definitiva sobre las patatas bravas barcelonesas. Pues bien, dejaba muy bien al Xiringo, una antiguo negocio de comidas preparadas mutado con los años en restaurante. Como me fiaba (y me fio) del criterio de Edu a la hora de catar patatas bravas... ¿acaso no iba a hacer lo mismo con un sitio donde hacen arroces?


El celler de Can Xiringo

Cuando entras en El Xiringo por primera vez, te llaman la atención dos cosas. La primera, que es un local compacto: cocina aparte, lo que ves es lo que hay. Diez mesas dispuestas en un espacio pequeño pero confortable. Y lo segundo, que entrando a mano derecha hay botellas de vino, cava y cerveza por doquier: en estanterías, en neveras, encima de la barra, debajo de la barra... una buena bodega, desde luego. En el lado izquierdo solo hay mesas y un gran reloj sin esfera, muy original, en la pared. Respecto a la carta, se divide en unos aperitivos (las bravas, ya catadas por Edu, por supuesto, las tenemos pendientes), siete tipos distintos de croquetas, las paellas, pescados y mariscos, y carnes, a lo que hay que sumar las sugerencias del día, producto fresquísimo que se ofrece según lo que hayan encontrado en el mercado. La primera vez que fuimos, descubrimos que uno de los puntos fuertes de su propuesta son precisamente sus croquetas, deliciosas hasta decir basta, con una mención aparte para las de chipirones, de lagrimón garantizado. También probamos los mejillones a la plancha, muy buenos, y las navajas, excelentes, estas fuera de carta. Después de una primera visita muy satisfactoria (luego vinieron dos más) decidimos que en cada ocasión que visitáramos El Xiringo cataríamos un arroz diferente, pero pasó algo que... ahora os cuento.


La mar salada

La primera paella que probamos en El Xiringo fue un arroz ahumado de pulpo y setas que estaba para morirse y que después del atracón croquetil nos costó acabarnos. Para nuestra segunda visita teníamos claro que la elección recaería en una canónica paella de marisco. Y así fue. Pero la experiencia no acabó de ser satisfactoria del todo, puesto que el arroz, pese a estar bueno, estaba muy salado, demasiado salado. Cuando lo acabamos, Xavier, el chef y propietario, salió a preguntarnos si habíamos comido bien y le dijimos la verdad. Se fue a buscar un tenedor y, con nuestro permiso, probó el arroz que nos habíamos dejado. Y nos dio la razón. Al instante, aparte de pedirnos mil disculpas, nos dijo que el causante del exceso salino era el agua de mar que utiliza para cocer los arroces. No pone sal al guiso porque ese agua ya lleva y compensa, pero esta vez su contenido debió ser (y fue) más elevado de lo normal. En fin, un accidente, pero la verdad es que esta segunda visita fue un poco chasco-carrasco. En algún otro restaurante, un suceso similar quizás nos hubiera tirado para atrás a la hora de repetir, pero aquí, después de lo comido en la anterior ocasión (y, porqué no decirlo, por las disculpas del propio Xavier), decidimos darle un voto de confianza. Y ni que decir tiene que en nuestra tercera visita, la cosa salió redonda y, ahora sí, comimos una paella de marisco que estaba de toma pan y moja. Pa’ chillarle, vamos.

El precio de un ágape en El Xiringo es muy atractivo, pero siempre dependerá de si tomas vino o no y de si pides marisco, factores ambos que hacen subir la minuta aquí y en la China popular, que diría Carod-Rovira. La última vez subió a 79,90 euros. A nosotros no nos pareció caro teniendo en cuenta lo comido, el local -muy tranquilo y luminoso- y a su servicio, muy cordial. Pese a que a todavía nos quedan muchas paellas por probar en la Barceloneta, volveremos seguro, y más ahora que ya sabemos donde está la calle Sant Carles.


El Xiringo
Sant Carles 23
Barcelona
Tel. 932.247.545
elxiringo.wordpress.com



martes, 4 de septiembre de 2012

CHERIFF


Hay tíos que tienen criterio... y Jordi es uno de ellos. Es de aquellas personas que defienden su punto de vista de forma vehemente, apasionada,  ¡hasta sus últimas consecuencias! A veces demasiado, todo hay que decirlo. Pero, qué queréis que os diga, sus ocasionales excesos verbales  son d'allò més entranyables. Y se los perdonamos. Primero, y más importante, por que lo queremos un montón. Segundo, porque te ríes muchísimo al rememorar episodios como el de aquel día en el que se me ocurrió decirle que comer en el Bulli tenía que molar. Y tercero, como ya dije al principio, porque tiene criterio. Tiene mucho criterio. Por eso, cuando le pedimos consejo para comer aquí  o cenar allá, mi señora y yo siempre seguimos a pies juntillas sus sabias recomendaciones. Y un dato a tener en cuenta: Jordi es un bon vivant, le gusta comer bien, lo que hace que sus consejos adquieran para nosotros, los Pijos, categoría de dogma de fe.

¿Jordi, tú sabes de algún sitio donde...?

Creo que puedo decir, sin miedo a equivocarme, que yo conquisté a mi señora por el estómago. O por lo menos en parte. Imposible olvidar el par de pseudo-tugurios a los que la llevé al principio de mis acometidas románticas: cualquiera otra chica hubiera huido al entrar en aquellos antros -míticos para mi entonces, míticos para los dos ahora- de estética más próxima a las pelis de Torrente que a las tabernas que frecuentaba Jean Cocteau en sus años por el Chino, pero donde el comer se transformaba, como decía uno de los hijos de Julio Iglesias, en una experiencia religiosa.

Yo tenía mis fuentes (estos dos lugares eran recomendaciones de mi gran amigo Uri), pero mi señora... también. Por eso, cuando ya durante nuestro primer año de relación ella quiso  reconquistarme por la vía romántico-culinaria (ya sabéis: hay que regar toooodos los meses la plantita del amor para que esta no se marchite), le pegó un telefonazo a Jordi y este le dio un nombre: Cheriff.


Todos los caminos llevan a la Barceloneta

Siempre he vivido en Barcelona. Sant Antoni, Gràcia, Poblenou... barrios todos ellos encantadores, pero si hay alguno en el que siempre me hubiera gustado vivir y hasta el momento no he tenido la oportunidad, ese es el de la Barceloneta. Seguro que más de uno me diréis que es demasiado ruidoso, que hay mucha inmigración, que ya no es lo que era... puede que tengáis razón, pero el panorama que me encontraría, mejor o peor, seguro que no distaría mucho del de cualquier otro barrio de  la ciudad. Me imagino que antiguamente las diferencias entre los distintos barrios de Barcelona serían bastante notables, pero hoy en día... Cosas de la globalización, supongo.

Después de las infernales temperaturas de las últimas semanas, aproveché la suave sobremesa del pasado viernes para ir dando un paseo hasta el propio Cheriff, sito en la calle Ginebra, en plena Barceloneta, y hacer la foto de rigor a su fachada (podría haberla hecho el día de autos, pero teniendo en cuenta que mi cámara no es nada del otro jueves y que, dato a tener en cuenta, era de noche, lo más probable es que me hubiera salido un churro de foto). Aunque me lo sepa de memoria, este es un trayecto que cada vez que lo hago lo disfruto como si fuera la primera vez: pasear lentamente por las callejuelas  de la Barceloneta mientras fijas tus ojos en esos tendederos que asoman prácticamente de todos los balcones (una imagen que me fascina y que me transporta muchos años atrás en el tiempo) no tiene precio. Y si lo rematas con una cervecita en la terraza de algún bar o restaurante, dejándote embriagar al mismo tiempo por el aroma a paella, a marisco, ¡a lo que sea! que sale de su cocina... eso ya no tiene nombre.

“Los percebes ya no son lo que eran”

El Cheriff es de esos sitios que es de lujo... pero que no es de lujo. Me explico: una vez entras, te encuentras, a la izquierda, con la típica pecera de las marisquerías, repleta de hermosas langostas, y a la derecha una inmensa nevera con expositor, donde toda suerte de moluscos, cefalópodos y otras suculentas especies marinas están pidiendo a gritos salir de ahí y darlo todo en el plato del comensal. Si sigues caminando, te encuentras un pequeño bureau, que es desde donde el señor Cheriff -el dueño, vaya, un señor con bigote muy simpático (el señor, no el bigote) se encarga de dirigir todo el cotarro y hacer la cuenta de su puño y letra (ver foto). A la izquierda está la entrada al comedor, una habitación de decoración un tanto rancia, a base de maderas oscuras y motivos marineros, con una serie de falsos ojos de buey distribuidos por todo el perímetro. Con todo, su estética desfasada no molesta (no es opresiva, vamos). Un defecto, por decir algo, sería que es algo pequeño. Bueno, no tanto, lo que pasa es que aprovechan al máximo el espacio disponible y lo llenan de mesas, al más puro estilo parisino, con varias pequeñas y un par de forma redonda para grupos de seis u ocho personas. Pero no hay mal que por bien no venga, pues gracias precisamente a esa proximidad pudimos oír en una ocasión (hace un par de veranos, si no recuerdo mal) a dos señores, uno de unos cuarenta-y-muchos y el otro de unos setenta-y-pocos, con ropa ambos de sport (¡Diosssss, cómo odio esa palabra!) y pinta de dentistas de la zona alta de Barcelona (mi señora opina que eran hombres de negocios), comentando sus vacaciones en Cabo Verde mientras degustaban unos percebes. Tras una interesantísima referencia al siempre fascinante mundo de las embarcaciones de recreo, uno de ellos finiquitó la conversación con una de esas frases que, una vez oídas (y más en el contexto en el que se produjo), se quedan grabadas para siempre en tu subconsciente y echas mano de ellas cada vez que quieres darle una pequeña pincelada irónica a tus frases: los percebes ya no son lo que eran. No sabéis la de veces que nos hemos reído de (y con) esa sentencia, desde entonces en mi top-five de mejores frases pilladas al vuelo.

Ahora tampoco os penséis que toda su clientela es así (pija, quiero decir), pues en el Cheriff yo he visto de todo, desde mindundis como nosotros a familias de tota la vida, turistas, empresarios y demás amantes del buen comer. Y hablando de comer, ¿qué se come en el Cheriff? Pues si está en la Barceloneta, la cosa está clara, ¿no? La señora Nini (que es como llaman cariñosamente a la cocinera y propietaria) cocina unos arroces sencillamente indescriptibles (¿la mejor paella de la Barceloneta? La respuesta es ¡SÍ!), por no hablar del cariño con el que cocina los fresquísimos pescados y mariscos que adquieren a diario en la lonja de la Barceloneta (¿de dónde si no?). En nuestra última visita, tuvimos a bien pedir unos mejillones al vapor (pequeñitos y sabrosos), unos salmonetes (mi señora llora cada vez que piensa en esas pequeñas maravillas rosadas) y un delicioso arròs negre, bañado todo ello con... atención... redoble de tambores... ¡Champagne! ¡Sí! ¡Los Pijos han bebido algo que no era cerveza! Es que la ocasión (era mi cumpleaños) lo merecía, si bien he de deciros que la botella de Laurent Perrier brut era mediana, más que nada porque una entera no nos la acabamos. ¡Qué bien cenamos ese día, joder! Como siempre que vamos al Cheriff, vamos.


Yo aquí sí vuelvo

Esa misma noche, el camarero de las gafas (no sé cómo se llama, la próxima vez se lo preguntaré) nos llevó hasta nuestra mesa y nos comentó que hacía como un año y medio que no veníamos. Coño, vaya memoria, le dije. Realmente no hacía tanto (unos nueve meses como mucho) pero la cuestión es que nos recordaba de anteriores visitas, lo cual es un detalle que los Pijos siempre valoramos. El servicio del Cheriff, tanto por este chaval (un tío muy cachondo que incluso compartió con nosotros unos chupitos, a los que, por cierto, invitó él) como por las otras dos chicas y el propio señor Cheriff, está más que a la altura, razón que suma a la hora de dejar una generosa propina. Se lo merecen. De verdad.

Y el precio: 97,50 euros en esta ocasión. No es para nada caro, teniendo en cuenta que el pescado y el marisco frescos se pagan y que ya la media botella de champagne supone más de la tercera parte de la factura. Y si no, haced la prueba: reservad (imprescindible, casi siempre está lleno), pediros una paella con una ensalada y un par de cervezas y ya veréis que la cuenta apenas pasará de los 3o ecus por cabeza. Si es así, no hace falta que nos deis las gracias. Y si pasa un poco, los Pijos nos haremos cargo de la diferencia. Bueno, eso ¡ya lo hablaremos!

Cheriff
c/ Ginebra 15
Barcelona
933.196.984