Hace un par de días, mi buen amigo Marcus me preguntaba porqué mi señora y yo tenemos desde hace unos años la sana -¡sanísima!- costumbre de salir a comer los lunes al mediodía y no otro día cualquiera. Y la verdad es que no supe qué contestarle. Teniendo en cuenta que mi señora tiene clase todos los lunes por la tarde y que un servidor entra a trabajar a las 16.00, quizás no sea el día más indicado, más que nada porque vamos contra reloj, sin poder acabar de disfrutar de la sobremesa y, todavía más importante, sin poder hacer una siesta como Dios manda. Supongo que la razón principal será la pereza, pero, ¿qué más da? ¡Cualquier día es bueno para salir a comer juntos!
Como os decía más arriba, sin saber exactamente el porqué, un día nos dio por comer fuera los lunes. Pues bien, durante un par de años largos, nuestro santuario particular de los lunes fue el mítico El cau del Padró, un bar-restaurante de toda la vida ubicado en la calle Botella, casualmente en los bajos del edificio donde nació el gran escritor (e ilustre gastrónomo) Manuel Vázquez Montalbán. Si os digo la verdad, ir a currar después de haber comido allí era menos traumático: fideos a la cazuela, sopa de verduras, lentejas, flamenquines, albóndigas, paella, pescadilla... Auténtica comida casera, para entendernos. Uno salía de allí convencido de que la vida es bella y de que el planeta Tierra es un lugar maravilloso. Pero de pronto, llegó el primer lunes de septiembre del año 2009 y el Cau estaba... ¡Aaaaaargh, cerrado! Pensamos que a lo mejor aquel día no habrían podido abrir, pero iban pasando las semanas y nada, que no abrían. No sería hasta hace unas pocas semanas que nos enteramos de que los dueños volvieron a su tierra -eran gallegos, creo. Mira que irse sin avisar...
La cuestión es que nos quedamos compuestos y sin restaurante. A partir de ese momento, comenzó una especie de travesía del desierto en la que caben todo tipo de propuestas, algunas buenas (como L’hortet, un magnífico vegetariano del que otro día os hablaré con más calma), otras regulares (como el Imprevist, un sitio interesante que fue de más a menos) y otras nefastas (como fueron varias, paso de enumerarlas todas, ocuparían mucho espacio y no se lo merecen). Pero toda travesía debe tener un final. Y ese final se llama...
CERA 23
Al restaurante Cera 23 (carrer de la Cera nº 23, como para perderse) nos llevó, como suele pasar en más de una ocasión, la casualidad. El verano pasado, tras no poder comer en Can LLuís (de este también os hablaré otro día) porque estaba a reventar, seguimos por la calle de la Cera y nos topamos con este local, que habían abierto recientemente (lo sabía porque paso mucho por ahí y más de una vez me fijé en que estaban en obras). El local, que debía ser un antiguo... algo (almacén, taller, oficina..) tiene buena pinta nada más entrar, moderno pero sin pasarse. Un pasillo con un par de escalones te llevan hasta el comedor, con la cocina a la vista (buena señal) y una serie de mesas y sillas diferentes entre sí, supongo que fruto de llevar el reciclaje hasta las últimas consecuencias. En las paredes, algunas fotos que ilustran cómo montaron el restaurante (ahora no recuerdo si siguen ahí) y otras a la venta. Todo esto está muy bien, pensaréis, pero... ¿se come bien en el Cera 23? Se come muy bien. Se come jodidamente bien.
Back to basics: vuelve la cuchara
Dice Guillermo que casi todo lo que hace se lo enseñó su madre, y uno, tras probar todos y cada uno de estos sencillos (y a la vez excelsos) platos no puede sino creérselo. Las madres son sabias. Y si son gallegas, más.
Pero falta el remate final, la guinda: el menú de mediodía (de lunes a viernes) incluye primero, segundo, postre, bebida o café y vale... ¡8,50 euros! Como dijo un buen día el entrañable Bernd Schuster no hase falta desir nada más (por la noche, con Filippo en la cocina, únicamente a la carta, pero con precios super-ajustados). Si a todo esto, le sumamos la música de fondo (a un volumen adecuado para la conversación, que aprendan en la competencia), el buen humor (y cachondeo) que destilan todos los días, así como su cariño para con sus clientes, no podemos más que recomendar encarecidamente que algún día os dejéis caer por aquí.
Dicho todo esto, démosle gracias al Señor por el retorno de la cuchara a ésta, nuestra ciudad. Y, de paso, roguémosle para que se extienda por toda su superficie gastronómica. ¡Amén!
Cera 23
Carrer de la Cera 23
Barcelona
Tel. 607262426
www.cera23.com
reservas@cera23.com