Mostrando entradas con la etiqueta Cádiz. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cádiz. Mostrar todas las entradas

martes, 11 de diciembre de 2012

CUMPLEAÑOS TOTAL (3ª Y ÚLTIMA PARTE: EL EMBRUJO)


Es de bien nacido ser agradecido. Aunque el gran número de ingratos que pululan por ahí podría indicar lo contrario, el mundo está lleno de gente agradecida. Y es que dar las gracias no cuesta nada, creedme. Yo, sin ir más lejos, aprovechando esta oportunidad que me brindo a mí mismo de expresarme en mi propio blog, agradezco a mi señora su presencia a mi lado todos estos años, puesto que gran parte de mis virtudes -que las tengo- se las debo a ella. A ver, no es que antes de conocernos fuera un auténtico desastre, pero desde que nuestras vidas se cruzaron creo que he evolucionado como persona. Poco o mucho, pero he evolucionado. Os pondré un ejemplo, el cual me va a ir de perlas para introducir la entrada de hoy: de unos años para acá, he aprendido lo que es la mesura, sobre todo a la hora de alimentarse. Hasta no hace demasiado, el Pijo Mayor desconocía el significado de la palabra control aplicada a la gastronomía, vulgo papeo. ¿McDonald's más bollería industrial? ¡Ningún problema! ¿Para qué comerse un flan cuando puedes comerte dos? Si vas al mexicano, tráeme un burrito de cada, nachos con guacamole y una enchilada. En la nevera, ¡que no falten las Coca-Colas! Ejemplos pillados al vuelo, pero reales todos ellos. Fuera por ansiedad o por simple gula, estaba envuelto en una interminable vorágine de excesos grasientos, los cuales me estaban convirtiendo, poco a poco, pero sin pausa, en un barrigón con piernas. Pero apareció ella y, sin darme cuenta, también poco a poco, me vi imitando la mayoría de sus hábitos alimenticios. Los tiempos de excesos quedaron atrás, afortunadamente, y ahora mi cuerpo, aunque quede un poco (y un mucho también) cursi, se ha vuelto sabio. Pero eso tiene una contrapartida: esa sabiduría tiene unos mecanismos de defensa y, sobre todo, de aviso, muy poco... flexibles.

Cambio de planes

Los que leísteis la última entrada, recordaréis que acabó con un buen siestorro tras el magnífico almuerzo en la Venta de Vargas. El plan para la tarde/noche era salir a tomar una tapita e irse a la cama, pues al día siguiente ya teníamos que volver a Barcelona. Pero no contábamos, al menos yo, que una llamada de teléfono lo cambiaría todo. Al poco de echarnos en la cama, sonó el móvil de mi señora. Era su prima María Eugenia. Nos propuso que hiciéramos las compras que teníamos pendientes por el centro de San Fernando y que, posteriormente, pasáramos a buscarla por su casa. De allí, iríamos a tomar algo a una taberna llamada El Embrujo, un sitio del que ya nos habían hablado (muy bien, por cierto) sus primos un par de días antes y del que, al parecer, eran asiduos. Solo cabían dos posibles respuestas a su propuesta: decir que sí... ¡o decir que sí!

¿Por qué grita?

Pasadas las ocho, pasamos a recoger a María Eugenia. Ya de camino a El Embrujo, nos dijo que a  lo largo de la velada se sumarían a nosotros su marido, Antonio, su hermano Jose y su cuñada Saluqui. Aunque ya nos habíamos visto el martes, tenían ganas de estar con su prima y su marido fuera del jolgorio familiar, para poder charlar con tranquilidad sin gritos y sin fútbol.

El Embrujo se encuentra en pleno centro de San Fernando. Los que ya hayáis estado allí (en San Fernando, me refiero) sabréis que, de por sí, es un lugar muy tranquilo, pero es que el entorno de El Embrujo no puede ser más adecuado, en una calle peatonal, estrechita y con una terraza que, con el buen tiempo que suele reinar en la isla, invita a relajarse y dejar los problemas en casa. No os puedo hacer una descripción del interior del local porque la verdad es que no llegamos a entrar, nos sentamos directamente en la terraza. Esta consta de unas tres o cuatro mesas alineadas en forma de pasillo. Se nota que se lo han currado, pues el mobiliario no es el típico guarro de chiringuito, con mesas y sillas de plástico patrocinadas por la marca de rigor, no, son de madera, ¡como Dios manda!

Una vez sentados, aparece desde el interior de la taberna un señor que saluda a mi prima política que: a) se parece al Cordobés y b) Grita mucho. Una vez volvió adentro, María Eugenia me explicó que se llamaba Carlos y que era el dueño del negocio. A lo largo de la velada, pude comprobar que se trataba de un señor muy atento (procuró que no nos faltara de nada) y muy cachondo (vamos, como la mayoría de isleños), siempre con un volumen de voz muy generoso.

Todo no puede ser

Antes de que llegara el resto de la tropa, María Eugenia nos propuso picar algo para acompañar las cervezas. Optamos por un plato de quesos de la provincia de Cádiz. ¿Ah, que en Cádiz hay quesos? Pues sí señor, ¡y muy buenos! La verdad es que después del atracón de apenas cinco horas antes en la Venta de Vargas, lo que menos me apetecía era llenar mi estómago de lactosa, la cual no me sienta especialmente bien en grandes cantidades. Pero, qué coño, de perdidos al río.

Cuando llegaron el resto de comensales, salió Carlos y nos cantó los platos que tenían esa noche. En ese preciso instante me entró la risa floja porque los cantaba, como se suele decir, a grito pelao: ¡¡Tengo carrillada!! ¡¡Tengo jamón, buenísimo!! ¡¡Huevos camperos!! En esos momentos me dieron ganas de levantarme y decirle ¡No grite, señor! ¡Que se va a quedar afónico! Después de este gran momentum, acordamos que iríamos pidiendo platos según nos apeteciera. Para beber, cayeron dos o tres botellas de vino, aunque yo seguí con mis cervezas (ya sabéis que yo no soy muy de vinos). Sin más dilación, vamos con el comercio:


Selección de quesos de Cádiz. Cuatro tipos distintos, unos más curados, otros menos, de oveja y de vaca, todos muuuy buenos. Y acompañados, por supuesto, por los omnipresentes picos. Si encontráis algún bar/taberna/restaurante de Andalucía donde no los sirvan, no os engañéis a vosotros mismos: no estáis en Andalucía.


Estoque de langostino con allioli. Un pincho de toda la vida a base de langostino (gaditano, naturalmente) envuelto en una loncha de tocino, pasado por la plancha y aderezado con un allioli muy suave. Entraba muy bien. Y sabía mejor.


Tagarninas esparragás. Mi plato favorito de la noche. Las tagarninas son una especie de espárragos trigueros, pero un poco más finos. Los hierven y los sirven con una majada (¡qué buenos los ajetes, por Dios!) y un huevo frito en el medio. Espectacular es poco.


Habitas con jamón. Una cazuelita que no tiene mucho secreto. Las habas estaban en su punto y mezcladas con el huevo frito (segundo de la noche) y el jamón, te daban ganas de gritar a los cuatro vientos lo maravillosa que puede ser la vida. Grande.


Hasta aquí serían los entrantes. ¿Pero no habíamos quedado en que pedíamos platillos, a secas? Me explico: me refiero a ellos como  entrantes porque a partir de ahora comienza lo serio, un subidón hasta las cimas de lo grasiento que deja en bragas la carrera armamentística de los 80 entre Ronald Reagan y sus numerosos adversarios soviéticos.


Codillo. Servido en salsa y con unas cuantas patatas fritas. Muy bueno, pedía mojar pan a gritos. Después de apurar la última gota de salsa, mi cuerpo me envió un primer mensaje de aviso: Pijo, ve con cuidaooo, que ya has comido muuucho. Ya os dije que se había vuelto muy sabio.


Carrillada. Las patatas (again), la salsa (again) y carne (again) sabrosísima. Se deshacía en la boca. No soy muy carnivoro, ya sabéis, pero los efluvios que salían del plato no hacían más que enviarme mensajes traducibles como ¡Cóoomemeeee, cóoomemeeee!. El problema es que estos mensajes eran interceptados por  mi organismo, el cual, en un muy hábil trabajo de contra-traducción, se encargó de recordarme que estaba a tope y que, de seguir así, esto no podía acabar bien.


Flamenquín cordobés. Típicos de la zona de Córdoba, los flamenquines son rollos de cerdo ibérico, rellenos (habitualmente) de jamón, rebozados en pan y, finalmente, fritos. Un plato... ligerito, vamos. Hacía años que no los comía (en Barcelona es muy difícil encontrar sitios donde los preparen) y, pese a lo precario de mi estado gástrico, me abalancé sobre ellos cual chucho hambriento. Estaban, como diría el primo Nacho, ¡pa' chillarles! La guarnición era un poco de mayonesa y ¡así es! ¡Patatas fritas! Tras tragar el último trocito de flamenquín bañado en mayonesa, mi estómago se puso serio y me lanzó un ultimátum: o te plantas o te planto yo.


Huevos camperos. El útimo plato de la noche fue la auténtica cerecita del pastel: un auténtico misil tierra-aire a base de huevos fritos (tercer y cuarto frito de la noche) acompañados de una guarnición que haría las delicias de cualquier nutricionista: chorizo frito, salchicha frita, pimiento frito y ¡naturalmente: patatas fritas! Mientras escribo estas lineas estoy echándole un vistazo a la foto de más arriba y, de verdad os lo digo, ahora mismo me comería cuatro platos como ese. Pero en el preciso instante en el que llegó a la mesa, comencé a sentir unas ligeras nauseas y se me planteó un amargo (¡amarguísimo!) dilema. Las opciones eran dos. La primera: dejar de comer de forma inmediata. Todo estaba buenísimo, pero después del banquetazo de la Venta de Vargas, mi estómago había dicho basta. Quedaría como un moña, está claro, pero mi cuerpo me lo agradecería. Y la segunda consistiría, llegados a este punto, en darlo todo: abrirme la camisa, respirar hondo, intentar disfrutar del plato, salir corriendo, vomitar y, ¡efectivamente, quedar igualmente como un moña!

Y es aquí donde aparece el sentido de la mesura que me inspiró mi señora. Hace unos años, no hubiera dudado ni un instante en tirarme al río y que fuera lo que Dios quiera. Pero ahora ya no. Mi aprehendida sabiduría gástrica me aconsejó retirarme y aceptar como mal menor una derrota honrosa. ¿Dije honrosa? Desde el momento en el que, tras preguntarme Antonio por qué no comía, dije que no podía más, la catarata de reproches (dichos de cachondeo, por supuesto) que me cayó encima fue de órdago: que si has comido muy poco, que mucho blog pero luego nada, que los de ciudad no aguantáis nada, que si... Me hubiera gustado verlos a ellos a ver cómo aguantaban una cena como esta apenas cinco horas después de salir de la Venta de Vargas. ¡Pues con mucho gusto y quedándose con hambre! Lo dicho: soy un moña.

Cubata time

Entre tirito y tirito por parte de mis primos políticos, fui recuperando el aliento. La fresca brisa que corría ayudaba lo suyo. Dentro del local, por cierto, había un cuadro flamenco armando un jaleo del copón. Aunque estábamos fuera, el follón se oía a tres manzanas de allá. Y en esto que apareció de nuevo el amigo Carlos para preguntar si queríamos un gin-tonic. María Eugenia ya nos había comentado anteriormente que nadie en todo San Fernando preparaba los gin-tonics como Carlos, al parecer un auténtico as a la hora de mezclar la ginebra, la tónica, los cubitos y los aderezos (que ahora no recuerdo) de su cosecha. Todos, menos yo, se pidieron uno. Y ello se tradujo, claro está, en una nuevo chaparrón: que si no bebes nada, que eso no te puede hacer daño, que el cubata te ayudará a hacer la digestión (¿¿cómorll??)... Mi señora me comenta que el gin-tonic estaba muy bueno, si bien no os podemos dar una descripción más acurada, puesto que ninguno de los dos solemos beber cubatas y no sabríamos ir más allá del si está bueno o no.

Asignatura pendiente

Antonio y Jose entraron de forma muy discreta a pagar la cuenta, con el consiguiente enfado de mi señora. No sabría deciros si fue caro o no, pues me olvidé de preguntarles a cuánto ascendió la cena. En cualquier caso, estaba todo tan bueno que todo lo que se pagó sería poco.

Cuando salimos de El Embrujo pasaban unos minutos de la una. Volvimos a casa de los titos caminando, acompañando a sus respectivos hogares a María Eugenia y a Antonio en primer lugar y a Jose y a Saluqui a continuación. Nos rogaron que volviéramos sin falta en primavera del año que viene, pues nos llevarían a un montón de sitios que nosotros, los Pijos, debíamos catar sí o sí. Y en una época en la que el calor y los mosquitos todavía te dan un respiro. Los Pijos recogieron el guante y dieron su palabra de que no tardarían en volver por tierras gaditanas. Y además, de verdad: el Pijo mayor tiene una cuenta pendiente que saldar. Me refiero, naturalmente, a los huevos camperos de El Embrujo. ¡He dicho!


Taberna El Embrujo

San Dimas 9

San Fernando (Cádiz)

646.228.242

www.facebook.com/elembrujo.taberna



P.d.

No podía cerrar la crónica sobre este maravilloso periplo gaditano sin agradecer el cariño que recibimos por parte de nuestra (ahora también mía) familia de la isla. José Adolfo, Marita, Tere,  María Eugenia, Antonio, Jose, Saluqui, Nacho, Ati, Willy, Manoli y sus respectivas descendencias: muchas gracias por querernos tanto y por hacer posible que durante cuatro días fuéramos la pareja más feliz del mundo. ¡Gracias de todo corazón!


miércoles, 10 de octubre de 2012

CUMPLEAÑOS TOTAL (1ª PARTE: APONIENTE)


Mi señora quiere mucho a su familia. Como todos, supongo. Pero a su rama andaluza, por decirlo de alguna forma, los adora. Los adora mucho. Por eso, cada vez que se encuentra con ellos, que está entre ellos, es la mujer más feliz del mundo. Digo lo de se encuentra porque no viven aquí, en Barcelona, sino en San Fernando, Cádiz, cuna de la Constitución de 1812 , del Camarón de la Isla y del bienmesabe. ¿Que qué es el bienmesabe? Luego os lo cuento.

Como ya os expliqué hace un tiempo, el tema de los regalos entre mi señora y un servidor es capital: unos meses antes de nuestros respectivos cumpleaños o de las fiestas navideñas, ambos ya estamos maquinando en el más estricto secreto qué podríamos regalarnos. Todos los años se repiten las mismas preguntas: ¿le gustará?, ¿lo tendrá?, ¿no será muy caro?, ¿no será muy cutre?... Pero cuando me planteé hace unos pocos meses cuál sería el regalo principal de su aniversario, lo tuve muy claro. De hecho, lo tuve clarísimo. Y es que ella, sin saberlo, me lo había dejado en bandeja. Desde que decidimos compartir nuestras vidas, han sido tantas las ocasiones en  las que me ha hablado de los titos, de sus primos, del bienmesabe, de las coquinas, y de tantas otras cosas que añoraba desde sus veraneos en San Fernando que... bueno, una cosa llevó a la otra. A principios de junio puse en marcha todo el operativo. Lo primero, hablar con mis suegros y sondear la idea de regalarle un viaje a San Fernando. Ni qué decir tiene que a mis suegros la idea les pareció genial de todas todas. Una vez obtenida su bendición, había que contar con el beneplácito de sus tíos. A ver, ya sabía que dirían que sí, pero uno es educado y no le gusta ir por la vida dándolo todo por sentado. Una vez fijadas las fechas, mi suegro no tardó ni 24 horas en darme el sí por parte de los titos: estarían encantados de alojarnos y tratarnos como si fuéramos sus hijos (y doy fe de que así fue, pero no adelantemos acontecimientos...). Y por último, comprar los billetes de avión antes de que comenzaran a subir de precio (ya sabéis, las low-cost). Una vez tuve la reserva hecha, ya pude respirar tranquilo: ¡nos íbamos a San Fernando!

¡Sorpresaaaa! Eeeh...¿lo cualo?

No sé si os ha pasado alguna vez, pero cuando tienes un buen regalo, un gran regalo, metido en un cajón, esperando ser entregado a su destinatario, la espera se hace eterna. Tened en cuenta que compré los billetes a finales de junio, por lo que faltaban prácticamente tres meses para el gran momento. Menos mal que mis suegros y su familia son muy discretos, porque aguantar el secreto tanto tiempo... es más, tuve la ocasión de comprobarlo in situ, porque sus titas tuvieron a bien venir a Barcelona a mediados de agosto para acompañar a su hermano en su setenta cumpleaños. Una vez acabada la fiesta, llegó la hora de las despedidas, y la tita Tere abrazó a mi señora y le dijo socarronamente que a ver cuando nos dejábamos caer por San Fernando... mientras me guiñaba un ojo discretamente. Mi señora le respondió que más adelante lo intentaríamos. Después de ese momento supe que el regalo no iba a ser uno más en nuestra relación. Iba a ser el regalo.

Llegado el día de su cumpleaños, yo era todo excitación. Me había currado un cutre-montaje en tres folios a base de fotos bajadas de Internet y unos muy lamentables (pero divertidos) monigotes. La cuestión era presentarlo de forma sencilla, pero personal. En la primera hoja, imprimí un resguardo de los billetes. En la segunda, una foto de un tren simbolizando el trayecto Sevilla-San Fernando y debajo, una foto de los titos, todo ello explicado con buena letra por mis monigotes ¿Fácil, no? Vuelo + tren + Titos = viaje a San Fernando. Pues no señor. Una vez le doy el sobre a mi señora y despliega la primera hoja, estupor: ¿Un viaje a Sevilla? Pero si ya estuvimos hace un par de años... Mmm... ¡esto no empieza bien! Pero me dije, bueno, cuando vea la segunda hoja lo entenderá todo. Nada más lejos de la realidad: despliega la hoja y me dice ¿Un tren? ¿Y qué pinta esta foto de mis titos? Daría dinero por poder ver la cara que puse en ese instante, pues mi temperatura corporal bajó a unos -400 grados centígrados y mis testículos ya se habían espachurrado unas veinte veces contra el suelo. Pero todo tiene una explicación: mi señora lo pilló más o menos a la primera, pero la emoción la dejó tan anonadada que no supo cómo reaccionar. Unos minutos después, ya en conexión telefónica con San Fernando, pude comprobar por el brillo de sus ojos que había acertado plenamente y que aquel regalo era el regalo. Pero, un momento... ¿no había tres hojas en el sobre? ¿Qué había en la tercera? Pues en la última había dos fotos, una de un señor que se llama Ángel León y otra de la puerta de su restaurante en El Puerto de Santa María. Un restaurante llamado... Aponiente.


Busque, compare...

Los asiduos a este humilde blog ya sabéis que el Pijo Mayor (o sea, yo) nunca sale de viaje sin haber hecho antes un minucioso estudio gastronómico de nuestro destino, pues no es cuestión de pasar una semana lejos de casa y de nuestro gato y, encima, comer mal. Como diría Florentino Pérez, never, never, never. Yo ya era consciente de dónde me metía, sabía que por aquella zona de Andalucía se come muy bien (de hecho, ¿hay algún sitio en Andalucía donde no se coma bien?), pero quise aprovechar el viaje y regalarle a mi señora una invitación a un resturante... diferente. No era casualidad que la invitara a ese sitio y no a otro: por motivos que no vienen a cuento, el año pasado pasé cuatro días en El Puerto de Santa María y entonces ya llevé a cabo el proceso de documentación que os comentaba más arriba. El nombre de Ángel León y de su Aponiente sobresalía una y otra vez en mis sucesivas búsquedas en la red. Y además, para bien: ni una crítica negativa, todas superlativas. Me metí en su web y flipé con lo que vi: cocina rabiosamente de autor basada, de forma radical, en el mar y sus numerosísimos frutos. Pescado, algas, marisco, moluscos... todos ellos tenían cabida en su arriesgada propuesta. Como el año pasado viajé solo, lo dejé para una mejor ocasión con mi señora. Y esta ocasión había llegado. Hice la reserva pertinente y un mes después, allí estábamos.


La mer

La misma noche de nuestra llegada, fuimos agasajados en casa de los titos por prácticamente toda su prole. Allí estaban los propios titos, sus hijos, sus nueras, sus nietos y hasta una tele para ver el partido del Barça. Entre toneladas de bienmesabe (cazón en adobo y luego frito: no hay palabras para describirlo), ensalada, botellines de cerveza y botellas de Lambrusco, salió a colación el tema del restaurante al que iba a invitar a mi señora, y varios de los allí presentes aprobaron de inmediato la elección, pues si bien no habían estado, tenían magníficas referencias. Esto va bien, pensé.

Y llegó el día. Tomamos el autobús hasta Cádiz y allí cogimos el catamarán que, a través de la bahía de Cádiz, te deja en el muelle del Puerto de Santa María. Un sol de bandera, una temperatura elevada pero sin apenas humedad, las vistas de la Bahía y tu señora al lado. En momentos como esos, uno no necesita nada más. Una vez en El Puerto, nos dirigimos directos al restaurante. En pocos minutos (policía municipal mediante) ya estábamos en la puerta. Nos recibió un camarero simpatiquísimo que nos llevó hasta nuestra mesa y nos trajo las cartas. Estábamos solos. Hay gente que no lo soporta, pero a nosotros, que somos un poco raritos, nos encanta, pues así nos aseguramos que no haya gente hablando a todo volumen, que comamos sin estrecheces y, lo más importante, que el personal del negocio esté única y exclusivamente por nosotros, por los Pijos.

El comedor es pequeñito, apenas unas siete u ocho mesas. Cortinas para evitar que te achicharres en  un par de minutos (os lo acabo de decir: sol de justicia), mesas amplias, sillas cómodas, mantelería y cubertería elegantes, pero sin pasarse y un hilo musical con volumen agradable. Tras indicarle a uno de los cuatro (e insisto, muy simpáticos) camareros que por favor no me sirvieran ningún plato que contuviera atún (me da asco), comenzó el festín. Este consiste en un menú degustación de -ojo- ¡veintitres platos! o la versión resumida de este, con solo once. Nosotros nos decantamos por el segundo, puesto que el primero lo vimos un poco, como dirían allí, exagerao. Y para beber, una botella de Rueda Quintaluna del año 2010. Ya sabéis que no tengo ni p... idea de vinos, por lo que antes de cagarla, me limitaré a decir que estaba muy bueno. Lo sé, es una descripción un poco lamentable, pero es lo que hay. A partir de aquí, voy a intentar explicaros lo que fue el ágape en sí. A ver si me sale.


 
Chicharrones de morena. Crujientes y saladitos. Muy buenos.


Embutidos de mar acompañados de pan de camarones. Aquí empieza lo bueno: cortes que imitan a la perfección el aspecto de las rodajas de embutido de toda la vida, pero que en lugar de estar hechos a base de cerdo, todos sus ingredientes son de origen marino.
Los ojos te decían chorizo, pero el sabor te decía lisa (que es el pescado con cuya grasa estaban hechos los embutidos). Mención especial merecen la pequeña tosta con sobrasada de caballa (espectacular) y el pan de camarones. Salivando de nuevo.


Mollete relleno de manteca colorá, mix de pescados y ventresca de atún por encima. Muy sabroso. El mío no llevaba atún, claro.


Burrata con leche pura de vaca, rellena de erizo de mar y espolvoreada con pimienta de Jamaica, sal marina del Puerto y aceite de la sierra de Cádiz. Ni qué decir tiene que lo devoramos en apenas dos cucharadas. Exquisitamente condimentado, por cierto.


Barbacoa (hecha con huesos de aceituna) de sardina con berenjena y de jurel con pasta marroquí. Gran idea lo de las aceitunas, le dan un aroma muy curioso. A mí me gustó más la sardina, a mi señora el jurel.

Hasta aquí los aperitivos. Tras traernos el pan (una rebanada de pan normal y otra de pan de algas, este último, exquisito), entramos en los platos en sí, escogidos todos ellos por el propio restaurante.


Sopa al estilo marroquí con burgadillos, acompañada de cañaíllas con un guiso de tomate. Otra gran presentación. Un plato doble que combinaba a la perfección los moluscos de la zona. El caldito marroquí estaba de vicio. Salivando de nuevo (dos).


Surimi de tomaso cubierto por remolacha y cubito de rábano con queso payoyo espolvoreado. Nos encantó. Y tiene gracia que lo diga yo, porque no me gusta el surimi ni ningún pescado crudo.


Mejillones de roca de Conil con crema de moluscos de la Bahía. Mi preferido. Podría haberme comido litros y más litros de aquella crema. Salivando de nuevo (tres).


Risotto de microalgas con puntitos de allioli hecho a mortero. Mi otro preferido en dura pugna con los mejillones, con un arrocito al dente. Salivando de nuevo (cuatro).

Y por último, los postres, que fueron dos:


Dulce de manzana ácida, plancton y wasabi. Un postre mar y montaña. ¿Es eso posible sin vomitar? En Aponiente, sí. Exquisito, uno de los highlights de la jornada.


Alfajor de Medina Sidonia hecho con nitrógeno líquido. El único bocado no marino de toda la comida. Debía de estar bueno para que mi señora se lo comiera en apenas tres bocados, más que nada, porque llevaba canela por encima y ella odia la canela. La odia de verdad. Un rinconcito dulce.


Tras todo esto y un cafelito para cada uno, nos quedamos la mar de bien, detalle que justificó de sobras no habernos decantado por el supermenú de los veintitrés platos, pues hubiéramos salido de allí arrastrándonos por la bahía. A continuación pedí la cuenta. Subió a 216 euros. ¿Caro? ¿Barato? A ver, no es barato, no nos engañemos, pero como digo en todas y cada una de las entradas de este blog, el precio lo acabas poniendo tú. Es un importe elevado, no cabe duda, pero teniendo en cuenta el laboriosísimo trabajo que hay detrás de cada plato, la categoría del producto utilizado en su elaboración, el entorno y el exquisito trato del personal, a nosotros no nos dio la impresión en ningún momento de que estábamos pagando de más. Y ¡qué coño! Si te gusta comer, este tipo de cocina hay que probarla, ¡aunque sea una vez en la vida! Es más, a ver en cuántos restaurantes con estrella Michelin (Aponiente tiene una) comes por 100 euros.

La mer encore

Salimos del restaurante pasadas las cuatro y pusimos rumbo de nuevo hacia el muelle, el catamarán estaba esperando... como esperaréis vosotros, Pijos míos, a la siguiente parte de nuestro periplo gaditano, pues, como se suele decir, ¡esto acaba de comenzar!

CONTINUARÁ...


Aponiente
Calle Puerto escondido 6
El Puerto de Santa María (Cádiz)
956.851.870
www.aponiente.com