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jueves, 18 de diciembre de 2014

BAR EL CRUCE


Eran principios/mediados de los ochenta. Mi padre, que era (y continua siendo) socio de una peña madridista de Santa Coloma llamada La Paloma, nos llevaba de vez en cuando a mí y a mi hermano a ver algún que otro partido del Madrid. Nunca me he preguntado si lo hizo para intentar inocularnos su madridismo irredento o, simplemente, para que pasáramos la tarde fuera de casa. Si su intención era convertirnos en vikingos, hay que decir que fracasó estrepitosamente. En el caso de mi hermano, porque nuestro abuelo Miguel, el yayo, el padre de mi madre, se le adelantó.  Pese a haber nacido en Linares, mi abuelo sintió desde muy joven como suyos los colores del Barça. Tanto que se hizo socio. Y su carnet (el cual acabaría heredando yo) a veces caía en manos de mi hermano.  Y, en fin, que lo blaugrana le hizo tilín. Y yo… bueno, yo no recuerdo cuándo ni por qué me hice culé, simplemente sucedió.  Eso sí, nunca hemos sido unos fanáticos. A ver, más de una vez (y de dos, y de tres) nos hemos acordado de los muertos de más de un jugador blanco, pero la cosa jamás pasó de allí. A medida que te haces mayor te vas dando cuenta de que el fútbol, por mucho que sientas unos colores, no es más que eso, fútbol, o, como dijo una vez Jorge Valdano, lo más importante de las cosas menos importantes.  Esa progresiva desdramatización es la que me ha permitido introducirme sin ningún problema en ecosistemas madridistas. Y la peña de mi padre es uno de ellos.  Cada vez que iba, mi papá le decía a quien estuviera encargado de la barra aquel día, oye, ponle una Coca-Cola y unos cacaos al chaval. Y yo, con la botella en una mano (con pajita, por supuesto) y con los cacahuetes en la otra, me quedaba embobado mirando la vitrina de los trofeos. Entre copas, recuerdos y demás parafernalia blanca, sobresalía una foto enmarcada. Era una foto dedicada de Ramón Mendoza. Perdón, de Don Ramón Mendoza, el señor que presidió el Madrid durante los años dorados de la Quinta del Buitre. Don Ramón era MUY odiado en Barcelona, era casi el anti-Cristo para los culés (normal: era castizo hasta la médula), pero a mí me caía muy bien. En efecto, era muuuy castizo, sí, rancio, también, un rato, pero era una persona que siempre iba de cara (nada que ver con nuestro Josep Lluís Núñez) y que tenía un envidiable sentido del humor: su retranca sacaba de sus casillas a todo Can Barça, pero a mí me hacía llorar de risa. El día que murió (con estilo hasta el final: en las Bahamas y rodeado de sus chatis) me dio penita y me acordé de aquellas tardes de domingo en La Paloma, en las que, el Isabelo, el Gori, el Cartero y, por supuesto, mi padre, se dejaban la garganta celebrando los goles de Hugo Sánchez y compañía. Dejé de acompañar a mi padre precisamente por aquella época, mediados de los noventa. Y, desde entonces, no volví a pisar Santaco. No sería hasta el verano del 2013 que volvería a poner mis pies por allá. Iba a comer a El Cruce con mi amiga Anabel. Y nada más salir del metro, me acordé de Don Ramón, de la foto de Don Ramón. 

¿Las mejores…?

El Cruce lo conocí a través de mi buen amigo Jordi. Nunca me habló directamente de él, simplemente lo nombró en un post de Facebook, calificándolo como el bar donde hacen las mejores bravas del mundo. ¿Cómo? ¿Las mejores? Mmm… Como ya he dicho en más de una ocasión en este vuestro blog, las mejores patatas bravas todavía están por descubrir, pero hasta entonces, las del bar Lafuente ocupan el número uno de nuestro ranking pijo. Pero ello no quita que quizás estas también rayen la exquisitez, por lo que me apunté el nombre en uno de mis innumerables papelotes… y me olvidé. Hasta que el año pasado, encontré el post-it y me planteé hacer una excursión pija hasta el corazón de Santaco para comprobar in situ si el juicio de Jordi era para tanto o no. Mi primera opción para acompañarme fue, obviamente, mi gran amiga y compañera de fatigas radiofónicas Anabel. ¿Por qué? Muy sencillo, vive al lado. Ella ya había estado, naturalmente, pues El Cruce es un bar conocidísimo en toda Santa Coloma y alrededores. Y estamos hablando de una población donde el índice de bares de calidad es elevadísimo. Ya os hablé de ello en la entrada que le dediqué al bar Lafuente: en el extra-radio de Barcelona se concentra lo bueno y mejor de los bares de tapas de la capital. En Barcelona también los hay, sí, pero menos.

Bares, qué lugares

No veía tantos chinos juntos desde que estuve en China Town, en Nueva York. Mi señora, que conoce esta comunidad por motivos que no vienen al caso, ya me lo había comentado en alguna ocasión, pero hasta que no pasas por allá y ves anuncios en mandarín en las marquesinas de las paradas de autobús, no eres consciente de que la presencia china en Santa Coloma es muy importante.  La otra presencia masiva, como ya os adelanté unas líneas más arriba, es la de los bares. Saliendo de la parada de Metro de Fondo en dirección hacia El Cruce pierdes la cuenta de la cantidad de bares que hay en un trayecto de poco menos de trescientos metros. Pero hay algo que diferencia El Cruce del resto: siempre está lleno. Y tiene mérito, pues dispone, si no me equivoco, de cuatro salones o espacios, sin contar su mastodóntica terraza veraniega, a la cual hay que dar de comer a parte. Las colas que se forman los fines de semana requieren armarse de un poco de paciencia. Pero tranquilos, lo tienen muy bien organizado.

Entrando a mano izquierda está la barra y a la derecha una fila de mesas. Más adelante, todavía en el lado derecho, un pequeño descansillo donde hay algunas mesas más. Al fondo, uno de los comedores, y a la izquierda, el acceso a otro de los salones (ahora no sé si hay otro más, no me fijé). Mesas con manteles de papel, sillas de madera de las de toda la vida y decoración cien por cien cañí: toros, más toros y un pequeño santuario dedicado a la ínclita Isabel Pantoja. Diría que los dueños son de Málaga, pero quizás me equivoco (si alguien lo sabe y me he equivocado que me lo diga y lo corrijo). A algunos este tipo de decoración les tira para atrás, pero a mí me encanta, qué queréis que os diga (a mi señora no tanto). Y respecto al ambiente, familiar y currela a partes iguales, reflejo del barrio donde se encuentra situado. Es un ambiente con el que me identifico a saco: vengo de ahí. Hace poco hablaba de esto con mi gran amigo Uri, y los dos coincidíamos en que lo bueno de estos sitios es que todo lo que ves es en ellos es así. This is for real. No hay hipsters. No hay postureo. Solo hay niños, niñas, parejas, abuelos, tíos, primas y colegas. Nada más.

Tres visitas tres

Mi política a la hora de hacer una entrada pija suele consistir en hacer una primera visita de reconocimiento y, si nos gusta, volver ya con la cámara y tomar buena nota de todo lo que acontece. Y con El Cruce fue exactamente así. De la primera visita, con Anabel,  salí muuuuy satisfecho. Y, desde entonces, he vuelto en dos ocasiones. Una con Jordi (se la debía) y otra con mi señora.  Su oferta es tan amplia (carnes, pescados, torradas, parrilladas, mariscadas…) que hemos preferido centrarnos en las tapas (no olvidemos que lo que nos trajo aquí fueron las bravas), si bien no caímos en ninguna de nuestras incursiones en pedir la especialidad de la casa, los caracolillos. Y es que no se puede estar en todo, ¡hay mucho y bueno donde escoger! Ah, y también tienen un muy interesante menú del día a diez euros. Sin más dilación, la degustación pija:

Chipirones fritos. Se nota que son andaluces, pues la fritura es perfecta, la clavan. Muy buenos.

Pincho Moruno. La foto no le hace justicia, pues es un peazo banderilla. La carne estaba muy tierna y muy bien adobada. Viene acompañada de pan tostado. Muy bueno también.

Pulpo gallego. Pese a que no se trata de su especialidad, es un pulpo de nivel. Recuerdo alguno inferior en bares supuestamente gallegos.

Cazón en adobo. Otra gran fritura. Mi señora (con raíces en San Fernando, cuna del bienmesabe, que es como se conoce allá al pez espada en adobo) le dio su aprobación, si bien quiso dejarme claro que no estaba tan bueno como aquel. Pero ahí tenemos la batalla perdida: es muy difícil vencer tus recuerdos de infancia. Mi opinión: estaba buenísimo. Se deshacía en la boca.

Croquetas caseras de pollo. Bajonazo del quince: eran congeladas. Y además, malas. No sé si es que ese día no tenían y nos colaron estas o que habitualmente las sirven así, pero en cualquier caso está feo vender gato por liebre. Y puestos a poner congeladas, pon las del Mercadona,coño, que están más buenas. ¡Tirón de orejas!

Patatas bravas. Iré al grano: ¿superan a las del bar Lafuente? No. Dicho esto, reconocer que están muy buenas, con un corte plano (a mí me encanta) y bañadas en un allioli muy suave, con un toque de pimienta negra por encima. Cada vez que vuelva las pediré, por descontado.

Almejas a la plancha. Muy buenas. Las hacen con ajo y perejil. Cuando te las has pulido todas es obligatorio (al igual que con las patatas, me olvidaba) mojar pan hasta que hayas dejado el plato cristalino.


Las comparaciones son odiosas

Antes de acudir con mi señora, y sabiendo de su absoluta devoción por el bar Lafuente, ya le advertí: no te gustará tanto. Y así fue. Pero le gustó, de verdad. De hecho, al salir le pregunté si traería a sus padres a comer a El Cruce si algún día se da la ocasión y me respondió que sí. Prueba superada. Yo (y creo que también hablo por Jordi) soy de la opinión de que cuando algo te gusta mucho (pero mucho de verdad), cualquier cosa con la que lo compares saldrá siempre perdiendo. Siempre. Es lo que pasaba con el Barça de Guardiola. Eran tan buenos que parecía que sus rivales fueran unos peleles. Y no era así, claro. Las comparaciones son odiosas. Todas. Dicho esto, concluir que El Cruce es un bar morrocotudo y que merece ser visitado una y otra vez. Y el precio ayuda, amigos. La media (si vas de tapeo, ojo) es de unos quince euros por persona. Y eso está muy bien.  A Don Ramón, tan acostumbrado a pegarse el banquete padre en Jockey’s o en el Asador Donostiarra le hubiera parecido demasiado barato. Pero teniendo en cuenta también lo bon vivant  que era, se hubiera sentido muuuy a gusto entre las paredes de El Cruce. Seguro que sí. Don Ramón, sepa que cada vez que venga… me acordaré de usted. ¡Un brindis!


Bar El Cruce
Rambla de Sant Sebastià 102
Santa Coloma de Gramenet (Barcelona)
Tel. 934.683.017


lunes, 27 de enero de 2014

BAR LAFUENTE


Dicen los entendidos que en Barcelona no hay bares de tapas que valgan la pena. Si quieres comer tapas de verdad, dicen, has de desplazarte hasta el extra-radio (Hospitalet, Santa Coloma, Badalona…), porque es allí donde están los bares fundados hace ya muchos años por los que tienen fama de servir las mejores tapas, es decir, los andaluces, extremeños, aragoneses, gallegos y no-sé-cuántos más que vinieron a Barcelona a buscarse la vida y poder darles un futuro a sus hijos. Como todas las leyendas, tiene algo de cierto… y algo de mito. O, dicho de otra forma, están todos lo que son, pero no son todos los que están. ¿A dónde quiero ir a parar? Pues a que no hay que generalizar. Es cierto –¡ciertísimo!- que los bares de Santaco y Hospitalet lo petan, pero no es menos cierto que no hace falta pillar el B-20 o la línea azul del Metro para comerte un buen pulpo o unas sabrosas bravas . Eso sí, como pasa en todas las grandes ciudades, la comida realmente buena no la encontrarás cerca de la plaza Catalunya, no. Allí únicamente podrás hincarle el diente a infra-tapas tourists-oriented a precio del Celler de Can Roca. Si lo que deseas es calzarte unas tapas de esas que no se las salta un galgo y dar gracias al altísimo por haber nacido aquí y no en Kuusamo (Finlandia), tan solo tienes que dirigir tus pasos hacia el barrio de La Pau. Allí encontrarás uno de los templos de la tapa barcelonesa, un lugar donde también lo petan. Damas y caballeros, hats off! Ante todos ustedes… ¡el Bar Lafuente!

De padres a hijos

11 de mayo del 2006. Jueves. Ese fue el día en el que visité el Lafuente por primera vez. Pese a que ya os adelanto que fue memorable, no anoté la fecha de la visita en mi agenda para poder rememorarla cada año, no. Tiene una explicación mucho más simple: la noche antes, el Sevilla había ganado la primera de sus dos Europa League y recuerdo que hojeé el Marca en la barra del Lafuente.
Aquella mañana, mi señora me dijo que me iba a llevar a un lugar… especial, un bar al que había ido decenas y decenas de veces desde que era pequeña y donde servían las mejores tapas del mundo-mundial. Pues bien, cuando llegamos… ¡no había nadie!, estábamos más solos que la una. Mmm… pensé, ¿tan bueno que es y está vacío? Pero era normal: mi señora, perra vieja en lo que a lafuentismos se refiere, prefirió que fuéramos a primera hora, poco antes de la una, porque luego se llenaba y se hacía un poco complicado encontrar una mesa libre. Y, eh, así fue: una hora después de nuestra llegada estaba todo lleno, tanto dentro del local como en la terraza.
Una vez acomodados en nuestra mesa, y antes de que pidiéramos nada, mi señora me explicó que el Lafuente era un bar al que su familia acudía desde hacía muchísimos años. Según me explicó mi suegro hace unos pocos días, su primera visita se remonta al año 1968, cuando mi señora ni siquiera había nacido. Por aquel entonces, el bar apenas tenía un año escaso de vida. El señor Lafuente, originario de Albarracín (Teruel) decidió abrir su negocio en un polígono de viviendas llamado La Paz (hoy, La Pau) y que fue inaugurado en el año 1966. Este polígono (hoy barrio a secas) se construyó como respuesta a la creciente demanda de vivienda generada por la llegada masiva de inmigrantes a Barcelona desde todas partes del país. La Pau era un barrio, pues, popular. Y lo sigue siendo. Para comprobarlo, solo tienes que bajarte en la parada de Metro de La Pau (línea 2, la lila): en los escasos cinco minutos que dura el trayecto a pie desde la boca del Metro hasta el bar, solo verás pisos y pisos y más pisos, mayormente humildes. El edificio donde se encontraba originalmente fue demolido a principios de la década de los 90 por estar afectado por la aluminosis (esa gran lacra del Porciolismo), pero el señor Lafuente, con muy buen ojo, se encargó de reservar uno de los locales comerciales del edificio de viviendas que se iba a construir justo encima del original. De esta forma, el Lafuente pudo reabrir sus puertas en el año 1997, exactamente en el mismo lugar...

Una tradición es una tradición

…y con una estética más actual. Yo no vi el original, pero el actual (dirigido magníficamente por Jordi, el hijo del Sr. Lafuente) es un bar moderno, muy luminoso, donde predominan los colores gris y naranja. Las mesas, metálicas, están acompañadas por sillas de color blanco. Lo dicho: moderno, puesto al día, muy lejos de esa estética más bien rústica (y entrañable, por qué no decirlo) de los bares de tapas de toda la vida. El local tiene forma de herradura. Una vez entras, tienes a la derecha una gran barra y a la izquierda los lavabos y la escalera que da al segundo piso. Enfrente, al fondo, la cocina, a la vista de todo el mundo (esto me encanta). Desde allí, si giras a la izquierda te encuentras con un pasillo de unos tres o cuatro metros con mesas a ambos lados y, al final del mismo, lo que llamaríamos el comedor. Aunque en las horas punta se pone a petar (el Lafuente tiene una numerosísima clientela habitual que, como os estoy explicando, pasa de padres a hijos) es un local cómodo, nada asfixiante. Eso sí, me imagino que cuando hay fútbol… bueno, cuando hay fútbol el ambiente debe ser exactamente el mismo que en cualquier otro bar: ruido, ruido y más ruido. Y es que el fútbol es asín.
 
…y al chaval póngale uno entero.

Cuando los camareros (si no el propio Jordi) te traen la carta, comienzan los problemas: es tal la cantidad de tapas, platillos, bocadillos y chapatas que contiene, que cada vez que vamos el quebradero de cabeza está garantizado. ¿Por qué? ¡Pues porque todo está muy bueno! Pero ya sabéis que los Pijos solemos ir a piñón pijo, por lo que nuestros pedidos no suelen variar demasiado de una visita a otra. Dada la generosidad de sus raciones, acostumbramos a pedir tres platos en cada visita, cuatro si hay mucha hambre. Este hecho me limitaba un poco a la hora de escribir la entrada, pues con únicamente tres platos reseñados, iba a quedar un pelín pobre. Así que decidí ampliar la selección a seis. Lo que vais a ver a continuación es nuestro particular greatest hits del Lafuente, recopilado en sendas visitas realizadas durante el pasado mes de diciembre. Más abajo os adjunto las dos facturas, para que podáis comprobar que además de bueno es barato. ¡Joder, es que lo tienen todo!



Las patatas bravas. Si esta lista fuera, por ejemplo, una recopilación de los Rolling Stones, las bravas del Lafuente vendrían a ser el Satisfaction de la misma. Es el plato estrella de la casa, aquel por el que será recordado durante generaciones. No exagero: mi suegro dice que esas patatas saben EXACTAMENTE igual que hace cuarenta años. Aunque ya sabéis que yo no suelo ser muy amigo de los juicios absolutos, tengo que reconocer que estas papas rozan la perfección. Para mi señora (y para toda su familia) son las mejores bravas de la galaxia, unos tubérculos enormes que has de cortar sí o sí con el tenedor (o eres el feo de los Calatrava o no hay cojones a meterse una entera en la boca). Puedes pedirlas con salsa brava (riquísima, con el punto justo de picante, nada killer) o con una mezcla de brava y all i oli (muy suave, no repite). Como le dije una vez a mi buen amigo Marcus, soy de la opinión que las mejores bravas están por descubrirse, pero mientras tanto, me apaño con estas. Me temo que mi cuñado –el hermano de mi señora- no opina lo mismo: cuando era pequeño, tenían que pedir un plato de bravas solo para él. 



Las patitas. Si las bravas eran Satisfaction, las patitas de calamar serían Jumpin’ Jack Flash, la eterna segundona, al mismo nivel que la otra, pero sin tanta fama. Y es injusto. Estas delicatessen rebozadas son una obra maestra de la fritura que vienen servidas con la misma salsa que las bravas o bien (como las pedimos siempre nosotros) con un buen chorro de limón. Crujientes y sabrosas, no faltan nunca en nuestra comanda. Ni en la de mi suegra.



El pulpo. ¡Ojo! Es posible comer un pulpo exquisito –sí, exquisito- en un establecimiento no-gallego. Y el del Lafuente es la prueba. Lo sirven como Dios manda, es decir, en un plato de madera, con su aceite de oliva virgen extra y su pimentón de la Vera. Y se deshace en la boca, amigos. Aunque existen (ahora mismo me vienen a la mente el de La Esquinica y el de La Perla), no encontraréis demasiados pulpos en Barcelona y alrededores cocinados por no-gallegos y que rayen a su misma altura. Y es que es un plato algo complicado de preparar: a la que te descuidas, te estás comiendo un paquete de chicles con sabor a cefalópodo.

 

Los champiñones. Otro favorito de mi suegra (y nuestro). Los sirven al ajillo, en una cazuelita. No tienen mucho secreto, pero son excelentes. Obligatorios.

 

El pincho moruno. Otro hit que, si no recuerdo mal, lo pedimos en mi primera visita. Te lo sirven en un plato, sin la brocheta (me mola: esos alambres molestan un huevo a la hora de manejarlos, queman y manchan. Así es mucho más práctico) y acompañado de un par de rebanadas de pan tostado. Son enormes y necesitan de la intervención del cuchillo. Eso sí, una vez en la boca… ¿os lo imagináis? En efecto, se deshacen. Delicioso.

 

La chapata de jamón ibérico. Bufff… estoy escribiendo esto sin cenar y salivo solo de pensar en ella. Jamón ibérico del que quita el sentío acompañado de un pan celestial (ojo, el de la foto no es el habitual, ese día no tenían). Menos es más. Pan, jamón, tomate, aceite y sal. ¿Hace falta algo más para rozar el cielo?


El círculo (de nuevo)

Los que sois pijos veteranos, recordaréis la entrada que le dediqué hace un tiempo a La Bella Napoli, nuestro restaurante italiano de referencia. En aquel texto, hice referencia al círculo de confianza de Robert de Niro en la mítica Los padres de ella y a que mi señora no me descubrió uno de sus secretos gastronómicos mejor guardados hasta que no me hice merecedor de entrar en su circle of trust particular. Pues bien, con el Lafuente pasó tres cuartos de lo mismo. Durante aquella primera visita, lo recordaré toda mi vida, le pregunté, en pleno trance bravero, que por qué no me había traído antes. Me respondió exactamente lo mismo que en el italiano: porque todavía no te lo habías ganado. La alegría fue doble, claro: había descubierto uno de los bares definitivos de mi vida y, de paso, había entrado, ahora sí de manera permanente, en el círculo de mi señora. Dicho esto, lanzo una pregunta, como quien no quiere la cosa, hacia la habitación de al lado: cariño, ¿te queda algún sitio más por descubrirme? Te recuerdo que ¡YA ESTOY dentro del círculo!


Bar Lafuente
Gran Via de les Corts Catalanes 1179-1181
Barcelona
Tel. 932.781.959

P.d.
Olvidé comentaros que el padre de Jordi, el Sr. Lafuente, sigue al pie del cañón en otro bar… que se llama igual y que también está en la Gran Vía, concretamente en el número 931, ya en el barrio del Clot. No os puedo decir gran cosa de él porque no he ido nunca, pero el comando Pijo nunca descansa…

martes, 15 de enero de 2013

SAGÀS


Los que seguís este humilde blog recordaréis la entrada que le dediqué hace unos meses a la hamburguesería La Burg, en la cual hice una encendida defensa de las hamburguesas, entendidas estas como un rico manjar que, en las manos adecuadas, puede mirar de tú a tú al plato más sofisticado del restaurante de más relumbrón. Pues bien, la entrada de hoy va un poco en la misma onda reivindicativa. De hecho, me centraré en algo prácticamente idéntico, pero con una pequeña diferencia: si en aquella ocasión defendí a la hamburguesa del ninguneo al que se la había sometido durante años, esta vez el Pijo mayor fija su mirada en el padre (y la madre) de la hamburguesa, ese género que nace a partir del enfrentamiento directo entre dos trozos de pan con un árbitro en medio en forma de carne, pescado y/o vegetal. Estoy hablando, por supuesto, del bocadillo.

Pan con pan, comida de tontos


En mi casa, cuando era pequeño, este dicho estaba a la orden del día. Supongo que el motivo de su popularidad entre las paredes de nuestro hogar se debía a que los bocadillos eran una parte esencial de nuestra dieta. Si echo la vista atrás, no logro recordar otro desayuno (en casa y/o en el colegio) que no fuera un bocadillo. Fruta, cereales, tostadas... Bah, ¡donde esté un buen cacho'pan con algo en medio, que se quiten esas mariconadas! Ahora no pienso así (¡afortunadamente!), pero si entonces me hubieran cambiado mi desayuno por cualquiera de esas opciones seguramente hubiera pensado que querían matarme de hambre.



Y es que el bocadillo (con embutido, con Nutella, con sardinas, con queso, con hortalizas, con carne, ¡con lo que sea!) es algo muy nuestro. A ver, en casi todo occidente se consumen de forma habitual, pero no es sino en España donde el bocata tiene categoría de alimento básico, imprescindible para que los niños crezcan fuertes y sanos. Y también está especialmente indicado para los que tienen prisa y quieren comer rápido, para los que no tienen un duro, para los vagos, para los que no saben cocinar, para los que quedan con los amigos para tomar algo y, ya de paso, cenan fuera.... Pero... un momento. Si a todos (o a casi todos) nos gustan, si tan ricos están, si tantos entuertos culinarios solucionan... ¿Por qué al bocadillo nunca se le ha tomado realmente en serio? ¿Sabéis de lo que estoy hablando, verdad? Si vais a comer o a cenar fuera, comerse un bocata hace referencia a todo lo que he citado unas lineas más arriba, pero nunca, ¡nunca!, a un ágape de nivel, a una cena de categoría. Si queréis convencer a vuestro interlocutor de lo contrario, tenéis todos los números para que, con una mirada condescendiente, os respondan que sí, que podrá estar muy bueno y lo que tú quieras, pero que no deja de ser un bocadillo. Y que ante un plato de cuchara, cuchillo y tenedor no tiene nada-nada que hacer. Pues no señor, no estoy de acuerdo. Soy consciente de que quizás nunca haya un Celler de Can Roca de los bocatas, pero la alta gastronomía no debería estar reñida con ellos. Y en Barcelona, por lo menos, no lo está. Sagàs es la prueba.


Un paseíco

Así es, amiguitos. Si en Barcelona se reivindicó la hamburguesa de altos vuelos, con los bocatas ha pasado, afortunadamente, tres cuartos de lo mismo. Y eso se lo debemos a Oriol Rovira y a su fantástico equipo. Desde hace un par de años, el Sagàs (con el permiso ¡obligatorio! del Passadís d'en Pep) es el faro que ilumina la plaza del Pla de Palau. Lo conocí (y van...) de la mano de mi admirado Pau Arenós, que en una de sus magníficas crónicas gastronómicas para El Periódico de Catalunya, tuvo a bien hablar de él poco después de abrir. Que yo recuerde, lo puso bastante bien, pero ello no garantizaba al 100% que los Pijos nos dejáramos caer por allí. Nuestra particular wish-list es muuuy extensa y el presupuesto exiguo, así que hay que hilar muy fino y escoger con mucho cuidado dónde nos dejamos los dineros. Cuando se produce una disyuntiva de estas en el seno del Pijismo, la solución está clara: inspección ocular. Y como no está muy lejos de casa, pues ná, a dar una vuelta con la bici y, de paso, otear el panorama.

Yo aquí sí que entro

Una vez le preguntaron al gran Luis Buñuel por qué había titulado una de sus películas con el nombre de El ángel exterminador si en toda la obra no salía ningún ángel. Y menos, exterminador. Respondió algo así como que una película con un título como ese llamaría la atención del espectador potencial y le empujaría al interior del cine. Pues con el Sagàs sucede algo similar. No por el nombre del negocio, sino por el sorprendente espacio que te encuentras al asomarte desde la calle. Es de aquellos lugares a los que mi padre se refiere con su ya mítico se ve curioso. Que invita a entrar, vamos.

En la puerta hay un par de grandes toneles a cada lado, como las bodegas de toda la vida. Ya dentro, domina la estancia una larguísima barra, situada a la izquierda. Al final de la misma, un pequeño descansillo con cuatro mesas de dos comensales cada una. Y al final, un comedor (la sala Sagàs) con una gran mesa alta y taburetes. Las paredes (¡y el techo!) están repletas de pósters de estética retro que hacen referencia a la mayoría de platos de la carta así como de fotos del pueblo de Sagàs y de su entorno. Porque Oriol Rovira, su chef y propietario, es también el cocinero de Els Casals de Sagàs, un hotel-restaurante (con una estrella Michelin) situado en dicha población de la comarca del Berguedà, de donde es originaria su familia y de donde provienen la mayor parte de ingredientes que utiliza en ambas cocinas, tanto en la del pueblo como en la de Barcelona. Las verduras, las hortalizas, los lácteos, los embutidos, el pan... Ese plan casi autárquico, sumado a la luz natural que llena toda la estancia y a la simpatía que derrocha su servicio, hacen del Sagàs un must en toda regla. Y el buen hacer de Oriol en la cocina, por descontado.


Rockin' all over the world

La carta del Sagàs comprende tres grandes bloques. El primero, Orígens, se centra en los bocadillos, podríamos decir, de aquí, els nostres, los cuales se clasifican según su principal materia prima, a saber, los de cerdo (Llonganissa de Cal Rovira, Porchetta, Botifarra del Perol...), ave (pintada en escabetx), vaca (Cua, Llengua, cecina...) y los de La terra (Formatge de cabra, Agromix). El segundo gran bloque se llama Món y engloba las propuestas más globales, esto es, bocadillos de origen foráneo preparados al estilo Sagàs. Aquí encontramos las hamburguesas, el frankfurt, el bocata de sardinas ahumadas (típico de Sicilia), el Bun de cerdo (originario de Shanghai y perfeccionado en Nueva York) y el Bánh Mì (vietnamita con reminiscencias coloniales francesas). El tercer y último apartado es el Festivals, que incluye un viaje a México con el Chicharrón (este pica, lo pone en la carta) y otro al este de Asia con el Bo Ssäm (una reinterpretación del original coreano). Completan la oferta tres ensaladas, las patatas rosses (tubérculos de variedad agria y fritas ¡con piel y todo!) y sus fantásticas patatas bravas. Repasando su página web, observo que también tienen menús para grupos, entre ellos un menú-degustación que tiene muy-muy buena pinta.

Entre nuestras visitas conjuntas, la que hicimos con mis suegros y las que ha hecho mi señora con diferentes amistades, habremos ido al Sagàs en una decena larga de ocasiones. Nos hemos pedido casi toda la carta, pero como esta va mutando cada cierto tiempo, siempre hay nuevas propuestas en lista de espera. El nivel de la misma es muy alto pero, siendo sinceros, eliminaríamos de ella el frankfurt, bastante flojo, la verdad. Los puedes comer mejores (y más baratos) en muchos sitios. El resto, de diez (o casi). Respecto a nuestra penúltima visita, ha desaparecido del menú de acompañamientos la exquisita tortilla de patatas (babeuse, muy poco hecha, como les gusta a los Pijos), si bien sobrevive (¡menos mal!) en bocadillo. Y en la última, de hace menos de una semana, el matrimonio Pijo se pidió unas patatas bravas (buenísimas, con una salsa en su punto de pincante. El único pero es que la ración resulta algo escasa, máxime cuando te cobran seis euracos por ella, pero aún así son fijas en todas y cada una de nuestras visitas), un bocata de butifarra del Perol (exquisita, rellena de bolets de l'Empordà y con un pan que se deshacía) y una Porchetta, un delicioso bocadillo de cerdo asado y aliñado con su propio jugo. El bebercio consistió en una cerveza sin alcohol para mi señora y una Coca-Cola para mí, y el postre... bueno, el postre decidimos dejarlo para otra ocasión, no nos cabía nada más. Rematamos la faena con un par de cafés (acompañados de sendas trufitas de chocolate, cortesía de la casa).

El importe del ágape ascendió a 36,40 euros, 18 ecus por barba. Cierto, no es barato, pero tampoco es excesivamente caro. La propuesta, creedme, bien lo vale. De todas formas, si queréis ahorraros un dinerillo, tened en cuenta que también funciona como take-away, así que tanto la bebida, como los postres y el café los podéis poner vosotros.


A mí no me sale igual

Cada vez que comemos en el Sagàs, mi señora y yo repetimos la misma cantinela: Aquí tengo que traer al tal o A ver si un día venimos con este y el otro, o... Nos encantaría comer aquí más a menudo pero, como ya dije al principio, el presupuesto Pijo es el que es y hay que dosificar las visitas. De hecho, mejor, así la próxima vez vendremos todavía con más ganas. Y, mientras tanto, siempre podemos prepararnos un bocata en casa, ¡que bien buenos que están!


Sagàs
Plaça Pla de Palau 13
Barcelona
Tel. 933.102.434



P.d.

Casi me olvido: una vez has hecho tu pedido, te traen un cuenquito con una toallita caliente enrollada dentro, para que te laves las manos sin tener que levantarte de la mesa. ¡Aaah, me encantan estas puñetitas! 

domingo, 29 de enero de 2012

DOCAMAR


¿Habéis escuchado en alguna ocasión a Nick Lowe? Para aquellos que no le conozcáis, deciros que es un músico y compositor británico de 62 años y que está facturando sus mejores discos en su madurez, entre ellos el magnífico At my age. De hecho, fue gracias a este álbum que me hice fan suyo. Ya lo conocía –si eres, como yo, seguidor de Elvis Costello, has de saber quién es Nick Lowe-, pero no fue hasta que escuché A mi edad que re-descubrí a un tío grande, a uno de los grandes.

No sé si os pasa lo mismo, pero cuando un disco me cautiva (hablo de esos que te acompañan obsesivamente desde que te levantas hasta que te acuestas), siento la necesidad imperiosa de verlo en directo, y si es en la gira de ese mismo disco, mejor (así tendrás más posibilidades de que toque el disco casi entero. Si lo ves en una gira posterior, lo más seguro es que la mayoría de esas canciones ya no las toque. Cosas del negocio…). Desde que me enganché a At my age, recé y recé para que se dejara caer por Barcelona. Y vino… pero para acompañar al pesado de Ry Cooder. Esa no valía. Poco después, se acercó hasta Vilanova para hacer un solo-show en el festival Faraday, pero no pude ir por motivos laborales. Y en eso que cuando parecía todo perdido, a finales del verano pasado, se anuncia que aprovecharía un pequeño descanso en su gira americana (en la que telonea a unos tales Wilco) para hacer tres bolos ¡con banda! en España. Las ciudades agraciadas fueron Madrid, Valencia y otra que no recuerdo. No era cuestión de dejar pasar más oportunidades (no quiero que suene cenizo, pero en el año 2000 decidí no pasarme por el Razz-3 a ver a Elliott Smith y…), así que me lié la manta a la cabeza, lié a su vez a mi señora y para Madrid que nos fuimos. ¿Y porqué a Madrid, os preguntaréis, teniendo Valencia más cerca? Muy sencillo: el Museo del Prado –y su exposición temporal sobre el museo del Ermitage- está allí. ¿Únicamente por eso? Pues no. Por eso… y por el Docamar.

Gracias, Google

Al Docamar lo descubrí, al igual que los dos restaurantes ya comentados hasta la fecha en el blog, por casualidad. Un viernes por la noche, mientras cenaba, me puse a hacer zapping y acabé en Cuatro. En ese momento estaban echando una edición de Callejeros dedicada a bares famosos (o casi) de la capital del reino. Lo pillé ya comenzado, justo en el momento en el que estaban hablando de un lugar donde de podían comer las mejores patatas bravas de Madrid. ¿Las mejores? Como le dije una vez a mi amigo Marcus, las mejores patatas bravas no existen, están por descubrirse. En cualquier caso, el garito tenía muuuuy buena pinta. No me pude quedar con el nombre, pero sí que estaba en la calle Alcalá para arriba. Tirando de San Google (¿cómo lo hacíamos antes de Google para buscar información? ¡No hace tanto de eso!), en unos breves instantes localicé el local en cuestión: se llamaba Docamar y estaba en el número 337 de la madrileña calle de Alcalá (lo sé, da mucha rabia lo de la madrileña, pero es que no he podido evitarlo). Imaginaos lo célebre que es el sitio que incluso tienen página web (muy chula, por cierto). Ni qué decir tiene que tras el reportaje de la tele y mi pequeña investigación, Docamar se convirtió de forma instantánea en un must en toda regla. De este modo, cuando ya teníamos las entradas para el concierto y los billetes de avión, tenía muy claro que una visita al Docamar iba a caer. Tenía que caer.

¿Hoy es viernes? ¡Seamos malos!

El Docamar está en pleno distrito de Ciudad Lineal, en el muy madrileño barrio (¡¡no lo puedo evitar!!) de Quintana. No sé si habéis pasado alguna vez por allí, pero una vez sales de la estación de Metro de Quintana, te da la impresión que estás por los alrededores de la plaza Virrei Amat. ¡Es igual, os lo juro! Tras subir unos números la calle Alcalá, giramos la vista hacia la izquierda y allí estaba. Nada más acercarnos a su puerta, las sensaciones que tuve fueron muy positivas, basadas todas ellas en su emplazamiento. ¿Qué tiene de particular, os preguntaréis? Pues que los negocios que hay a su alrededor son la carnicería José Luis, la mercería Mariví y la ferretería Fernández (los nombres me los acabo de inventar), negocios todos ellos populares, sitos en un barrio de currelas. Y allí donde hay currelas, como dice mi buen amigo Isaac, se come bien. Porque, a ver: los bares de tapas buenos, ¿dónde están, en el Paseo de Gracia o en Hospitalet? ¿Entendéis lo que quiero decir, no?

Una vez dentro, ambiente de bar de toda la vida y un señor muy amable nos indica que si vamos a comer, podemos subir al salón de arriba. Tuvimos suerte de poder sentarnos, porque tiene pinta de llenarse mucho (de hecho, cuando nos fuimos estaban todas las mesas ocupadas). La verdad es que dentro se está muy a gusto. El mobiliario es moderno, pero funcional, nada de virguerías, con mantelitos de papel personalizados (ver foto) y el ambiente, agradable -me imagino que los días que hay fútbol puede ser un infierno, pero eso pasa en todos, me temo. Un camarero como los de antes (como diría el ministro Arias Cañete) nos trajo la carta. Aunque ya sabíamos adonde íbamos, comer en un sitio como el Docamar el mismo día de un concierto es, cuando menos, arriesgado, pues la carta está compuesta, casi en exclusiva, por platos rayando lo insano: choricitos, calamares a la romana, pulpo, chocos, chistorra, huevos rotos, morcilla y, por supuestísimo, las patatas bravas. Ante esta oda a la grasa y a la fritura (que no fritanga, no es lo mismo), uno debe dejarse de mariconadas e ir a darlo todo. Y así lo hicimos: cuando la frase cuidado con el colesterol no significa absolutamente nada para ti, hay que dar rienda suelta a tus instintos más bajos y pedirte unas bravas, unos huevos rotos, unos choricicos y unos calamares a la romana.

Todo estaba de rechupete: las bravas, muy buenas, en su punto de cocción –lo que os decía de la fritura- y con una salsa quizás un pelín suave –a mi señora le gusta así, que no pique mucho- los choricitos en su punto, nada secos, los calamares tremendos –en ningún sitio de España los fríen como en Madrid- y los huevos rotos… buff. Huevo, zorza (carne adobada, para entendernos), patata… Como dicen por la zona de Cádiz, estaban para chillarles.

Tras rematar la faena con un café –para nuestra vergüenza, admitir que no pudimos acabarnos los calamares y los choricitos, pues las raciones son bastante generosas-, y departir con el camarero como los de antes –un señor muy simpático, por cierto, que se mostró muy agradecido por el hecho de que, viniendo de tan lejos y habiendo tanta oferta similar en Madrid, hubiéramos escogido el restaurante donde él trabaja-, enfilamos la calle Alcalá para abajo, dispuestos a caminar un buen ratito para poder bajar lo antes posible el festín grasiento que nos acabábamos de meter entre pecho y espalda. Ah, y respecto al precio, a la altura: cuatro raciones –insisto- generosísimas, dos bebidas y dos cafés, 30 euros en total. Visto lo visto –mejor dicho, comido lo comido- nos pareció muy, pero que muy ajustado.

At my age

Dicen que sarna con gusto no pica. O que lo que no mata engorda. Pues es verdad: comimos tan bien, que lo que temimos que iba a ser un via crucis gástrico, se fue convirtiendo, siestorro mediante, en una tarde apacible. Y todavía quedaba lo mejor: ver – y escuchar- a Nick Lowe a un par de metros de distancia. El concierto, como no podía ser de otro modo, fue mágico, muy grande, casi dos decenas de magníficas canciones –versión de nuestro querido Elvis Costello incluida- que nos transportaron literalmente a otro mundo. Mejor, por supuesto.

Tras salir de la sala Kapital y volver a pata a nuestro muy cutrongo hostal en el centro de Madrid, todavía tuvimos tiempo de encontrar hambre donde –parecía que- no la había y cascarnos un bocata en una conocida franquicia de bocadillos cada-vez-más-infumables. Y, ojo, que aquí el amigo todavía tuvo los santos huevos de pedirse… ¡una de patatas! Si aquel día no se me puso cara de tubérculo…


Docamar
Calle Alcalá nº 337
Madrid
Tel. 913.678.317
www.docamar.com


P.d.

Os dejo un video de nuestro admirado Nick Lowe. Que lo disfrutéis.