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martes, 9 de julio de 2013

THE GARGANTUAN TOUR - SEGUNDA ETAPA: EL CELLER DEL ROSER


Así, a bote pronto, me vienen tres cosas a la cabeza si pienso en la palabra Lleida: la primera es Jaume, el compañero de mi buena amiga Eli, que es de allá. La segunda, el sello de reediciones Guerssen, que también es de allí (por cierto, si sois aficionados a la música y os molan la psicodelia y/o el hard 70’s, entre otras exquisiteces pretéritas, ya tardáis en daros una vuelta por su web. Tienen unos discos a-co-jo-nan-tes). Y la tercera, los caracoles, un clásico de la cocina catalana en general y de la lleidetana en particular. Con los caracoles no hay término medio: o te encantan o los odias. Y mi señora, protagonista principal del Gargantuan Tour, es de los segundos (al igual que mi padre, que dice que son cornudos, babosos y arrastraos). De esta forma, cuando planifiqué la segunda etapa de nuestro pantagruélico recorrido tuve que romperme los cuernos (nunca mejor dicho) para encontrar un restaurante que estuviera a la altura y que no basara su propuesta únicamente en estos entrañables moluscos terrestres. Como ya dije en la entrada que dediqué a la primera etapa, limité la búsqueda a los restaurantes de los que guardo reseña en mi carpeta roja, de esta forma me ahorraba una farragosa investigación entre decenas y decenas de webs dedicadas al tema gastronómico. Problema: todos los candidatos eran especialistas en caracoles. Mieeeerdaa…


En la variedad está el gusto


Pues nada, no me quedó más remedio que investigar uno por uno todos los establecimientos de la lista (menos mal que no era muy larga). Pero tuve suerte, porque, al poco de comenzar, di con uno que, si bien manejaba el rollo cargolaire como el que más, ese no era el plato estrella de la casa. Ese lugar de honor estaba reservado para el bacalao, uno de mis pescados favoritos. Respiré tranquilo cuando chequeé su web y vi que la carta, además de lo ya comentado, incluía varias carnes y arroces (y lo digo porque a mi señora, el bacalao no le vuelve loca. A ver, le gusta, pero solo si está bien cocinado). Unos minutos más tarde (y unas cuantas webs después) ya teníamos un ganador confirmado: ganaba por goleada El Celler del Roser. Mi instinto pijo me decía que ese era el sitio. Y no me equivoqué.

Lo quiero todo

La visita al El Celler del Roser estaba prevista para finales del mes de mayo, pero un asuntillo familiar y, sobre todo, el mal tiempo que tuvimos por toda Catalunya por esa época, recomendaron retrasarla. Hubo un día que estuve a punto de subir a la torre de Collserola y amenazar con mi bate de béisbol a los meteorólogos para que cesaran de un vez los chubascos y su putísima madre, idea de lo más ridícula, ya no solo porque no tienen ningún poder sobre la meteorología sino porque no creo que en esa torre haya ninguno (es lo que tiene dejarse llevar por la imaginación). Pero llegó el buen tiempo y los Pijos, ¡por fin! pudimos reservar mesa en nuestro objetivo lleidetà. Esta visita, además, nos iba que ni pintada para hacer aprovisionamiento de cosas güenas de la región. Por una parte, íbamos a cargar el maletero (literalmente) de coques de recapte. Pocas semanas antes, se me hizo la boca agua tras leer un artículo en la revista Cuina dedicado a estas delicatesen de las terres de ponent. Al final del mismo, había un recuadrito con una selección de los mejores especialistas en la materia, todos en la provincia de Lleida. La mayoría de los forns estaban en poblaciones un poco alejadas de nuestro trayecto, pero había uno que estaba en la misma capital del Segrià. Y el destino quiso que estuviera situado a unas pocas decenas de metros de El Celler del Roser. A esto se le llama tener potra.
Por otra parte, había visto en la web del restaurante que también tenían una tienda de platos preparados o, mejor dicho, una tienda donde podías encontrar la mayoría de los platos de su carta, bien envasados y listos para calentarlos en un golpe de horno o microondas. Esto me iba de perlas porque, de esta forma, podría comer bacalao y llevarme a casa un buen plato de cargols. O al revés, vaya. Y es que los Pijos somos insaciables, ¡lo queremos todo!



Contrarreloj

El día de autos, los Pijos se levantaron temprano y tomaron rumbo hacia Lleida sin prisa, pero sin pausa, pues teníamos una reserva para las 14.00 horas y queríamos dejar listas las compras antes del ágape. A nadie le gusta ir con un petardo en el culo, ¿verdad? Pues a mi señora, menos. Una vez aparcado el coche, consultamos el Google Maps y nos pusimos en marcha hacia la primera etapa de nuestra jornada, el Forn de Sant Antoni, una panadería centenaria (abierta en 1902) donde, supuestamente, se hacen algunas de las mejores coques de recapte de la provincia. Nada más entrar supimos que habíamos ido a parar al sitio indicado: ante nosotros se extendían un par de metros largos de mostrador llenos de bandejas y más bandejas de coques, las cuales VOLABAN. De hecho, me puse un poco nervioso porque veía que los clientes que teníamos delante no hacían más que pedirse porciones de coca, algunas de las cuales estaban a punto de acabarse. Una vez nos llegó el turno, no dejamos títere con cabeza: entre las que nos llevábamos para nosotros (de escalibada, de sardinas, de cebolla…) y las que íbamos a regalar a la familia nos dejamos cerca de cincuenta eurazos. Ahí es nada.
Para no tener que cargar con ellas (pesaban un huevo y, además, tienes que mantenerlas en posición horizontal), les pedimos que nos las guardaran hasta que emprendiéramos el viaje de vuelta. Ningún problema, por supuesto. Tras salir del forn, dirigimos nuestros pasos hacia la segunda etapa de nuestro periplo, la tienda del restaurante, situada a unos pocos metros de la panadería. No sé porqué, pero me la esperaba como muy casolana y, sin embargo, era una tienda con una decoración moderna, funcional, todo en tonos claros. Dado que ya había decidido trincarme un bacalao para comer, me fui directo al refrigerador a coger una fiambrera de caracoles, un pack que incluía un par de palillos y un vasito con alioli. La dependienta debió calarme rápido, puesto que me preguntó si íbamos a comer en el restaurante. Tras asentir, me dijo que no los pillara aquí y que los pidiera en el propio restaurante, pues me costarían lo mismo y me los darían recién hechos. Y así lo hicimos. Da gusto que te atienda gente honesta, la verdad.


Hem fet el cim!
Olvidé comentaros que aquel día hacía un calor de mil demonios, dato a tener en cuenta si has de recorrer poco más de cien metros… cuesta arriba. Es lo que tiene el Google Maps, que te dice que estás muy cerca de tu destino pero nada acerca de que el trayecto es a) cuesta arriba y b) es casi como un Tourmalet urbano. Para cuando llegamos a la puerta del restaurante de marras, tanto mi señora como yo estábamos sudando la gota gorda. Menos mal que dentro tenían aire acondicionado, menos mal.
La puerta (y el interior) eran justo como me los había imaginado, todo muy clásico, muy hogareño. Una vez entras, te encuentras la barra a la derecha. Al final de la misma esperamos a que nos atendieran. Desde allí podías observar el comedor, una especie de pasillo ancho con mesas a ambos lados, que estaba al fondo, y un escalera que bajaba a otro comedor, que quedaba a nuestra izquierda, el cual estaba coronado por un arco con las palabras El celler forjadas en hierro. La decoración era la típica de este tipo de establecimientos casolans, esto es, cuadros de paisajes, naturalezas muertas, mazorcas de maíz colgadas de la pared, muebles viejos, recuerdos, fotos… Las mesas, con su correspondiente mantel blanco, disponían cada una de una pequeña lamparita de pie, la cual, pese a no iluminar demasiado, le daba un pequeño toque íntimo.
Una vez sentados, pasamos a echarle un vistazo a la carta. Era prácticamente la misma que la de la web (la cual ya me sabía de memoria), por lo que no me fue muy difícil escoger lo que iba a comer. Le comenté a la camarera (muy simpática, por cierto) lo de los caracoles y me dijo que no habría problema, solo tenía que recordárselo cuando estuviéramos por el postre, pues te los hacen al momento. Como decía el gran George Peppard en boca de Hannibal Smith, me encanta que los planes salgan bien.
No me extenderé con la carta, puesto que ya os hablé de ella un poco más arriba y podéis consultarla cuando queráis en su web. Tras unos minutos de dudas (por parte de mi señora), los Pijos hicieron su comanda. Sin que sirva de precedente, los dos nos pedimos de entrante exactamente el mismo plato, una crema de cigalas y espárragos verdes al aroma de trufa, y de segundo, un bacalao gratinado con ajo, aceite de peras y salsa de ñoras para mi y un bacalao gratinado con romesco sobre salsa de espinacas para mi señora. Para beber, lo de siempre, cerveza. Antes de hincarle el diente a todo esto, la casa tuvo a bien invitarnos a un señor aperitivo, una cazuelita de olivas arbequinas (típicas de aquí) rodeada por unas cuantas rodajas de fuet de la zona, acompañadas ambas viandas, por supuesto, por una buena cestaca de pan. Con este tipo de aperitivos hay que ir al loro, puesto que la combinación pan + embutido + hambre canina puede joderte una buena comida. Afortunadamente, no fue el caso, los Pijos aprendimos hace tiempo a poner el freno de mano en los momentos más delicados.
 
Les fauves

La crema, que quemaba como un demonio, estaba es-pec-ta-cu-lar (nos hubiéramos tomado un par de litros cada uno sin problemas), un mar-y-montaña líquido que no se decantaba por ninguno de los dos lados, sabía a marisco y sabía a huerta. Gran antesala para lo que venía. Los Pijos (y todos los que sois, como nosotros, aficionados al buen comer) sabemos que un buen plato comienza por una buena presentación del mismo. La percepción de lo que te vas a comer varía según te lo sirvan en un recipiente o en otro, o si lo montan así o lo montan asá y si destacan una cosa o la otra. Pues bien, queridos pijos, la presentación de nuestros dos bacalaos nos ganó desde el preciso instante en que la camarera puso los ardientes platos (también quemaban un huevo) delante de nuestros ojos. Me dio la impresión de estar delante de un cuadro de Matisse: el amarillo del allioli y el rojo de las ñoras, vivísimos los dos, pugnaban por destacar uno por encima del otro sobre el fondo blanco del plato. Además, tuvieron el detalle de adornar lo alto del bacalao con cuatro tiras de pimiento rojo escalibado dando forma a les quatre barres de la senyera. ¡Detallazo, oiga! Y el de mi señora, del mismo palo: el mar verde de las espinacas hacía las veces de soporte para el bacalao, un montículo blanco cubierto por el tono terroso de la salsa romesco. De diez. Las fotos no les hacen justicia, de verdad os lo digo. Ah, ni qué decir tiene que los dos estaban de muerte mortal. Se derretían en nuestras bocas. Repetimos: de diez, señores, ¡de diez!

Los deberes

Después de haberte puesto como el Tenazas, pedir un plato de caracoles, aunque sea para llevar, no es una buena idea, más que nada porque la sola visión de más comida puede hacer que tus intestinos se rebelen en tu contra. Pero no fue el caso, tal como me los trajeron, así me los llevé. Y no hubo postres, claro, no cabían.

La cuenta subió a 73,40 lereles, cafés incluidos, un precio que los Pijos consideramos muy atractivo a tenor del nivel de los platos que nos habíamos comido (y el que quedaba por comer). Tras las fotos de rigor, procedimos a hacer el mismo camino que antes pero a la inversa. Pasamos por la panadería y recogimos las cocas, las cuales, repito lo de antes, pesaban como un muerto.
Aunque salí de allí bastante lleno, la sola visión de las cocas sobre nuestra cocina me abrió el apetito de nuevo a eso de las diez de la noche del día de autos. Y casi lloro, amigos, porque lo de las cocas del Forn de Sant Antoni es para salir a la calle y gritar a los cuatro vientos que eres un hombre feliz, pleno, en perfecto equilibrio con la naturaleza. Qué buenas, joder. ¡JODER! Eh, y todavía me quedaba una asignatura pendiente, los caracoles. El colofón a esta experiencia culinaria de casi veinticuatro horas llegó al mediodía del día siguiente. Puse los moluscos en una sartén a fuego lento y dejé que el allioli se pusiera a temperatura ambiente. Unos minutos después , el Pijo mayor ARRASÓ con el plato de caracoles. Estaban absolutamente deliciosos, en su punto, con una salsa picantona que, unida al allioli, me dejó para el arrastre el resto de la tarde. Pero valió la pena. Valió mucho la pena. Como dice mi padre, después de un buen pucherazo, un buen colchonazo. Y así fue. Colchonazo del quince.

El Celler del Roser
c/ Cavallers 24
Lleida
Tel. 973.239.070

jueves, 14 de marzo de 2013

CAL GANXO


Me sucede todos los años. Uno tras otro. Es llegar la última semana de enero y no poder dejar de pensar en otra cosa. ¿Y por qué a finales de enero, os preguntaréis? Muy sencillo, queridos pijos y pijas: ¡comienza la temporada de calçots! Aunque con los años (y sobre todo, a medida que se han ido popularizando entre los habitantes de la metrópolis) las primeras calçotades tienen lugar allá por el mes de noviembre, no es hasta la última semana de enero que comienza oficialmente la temporada con la Gran Festa de la Calçotada de Valls (Tarragona). A partir de ese momento, el Pijo mayor se pone manos a la obra y no para hasta fijar el día en el que el comando Pijo se pondrá los baberos. Digo lo de comando porque las calçotades son una de las dos cosas en la vida que hay que hacer sí o sí en grupo. La otra, por supuesto, es ver Aterriza como puedas.

No os creáis que soy un experto en esto de las calçotades. De hecho, mi primer encuentro serio con los cebollinos y la salsa romesco tuvo lugar hace poco menos de diez años, ya en mi treintena. Fue en un restaurante del Montseny, creo recordar. Me gustaron, pero tampoco me entusiasmaron, la verdad. El entorno, qué queréis que os diga, tampoco ayudaba. Era más bien un bar de comidas con un comedor atestado de familias. Y los que me conocéis, ya sabéis que ese ambiente, el familiar, me encanta: estrecheces, gritos, niños, humo (bueno, eso ya no, afortunadamente)... Después de aquella jornada de lo más olvidable, lo tenía claro: no volvería a ir de calçotada si no se daban un mínimo de tres condiciones in-ne-go-cia-bles. A saber:

  • El entorno: si los calçots son originarios de la comarca del Alt Camp, a poco más de cien kilómetros de Barcelona, ciudad en la que resido, ¿tiene sentido irse de calçotada a un bar de comidas del Montseny? La respuesta está clara: ¡NO! Quiero comérmelos en el campo, ¡en el mismo epicentro del cebollino! ¡Allá donde saben de qué va esto!
  • El restaurante: Esta es consecuencia de la anterior. Si hay que comer en plena naturaleza, las opciones se reducen a dos: al aire libre o en una masia. Y como por esta época suele hacer fresquito por la zona, gana por goleada la masia.
  • El momento: Entre semana, sin familias ni niños. Más anchos y más tranquilos.

Más de uno dirá que lo del entorno es una tontería y que no hay que irse tan lejos para calzarse unos buenos calçots. Y quizás tengáis razón. Si la materia prima es de calidad y tienes el equipo y la cocina adecuados, ¿por qué carajo no van a estar buenos? Pero una vez has comido en Cal Ganxo, os puedo asegurar que los 110 kilómetros que separan mi domicilio de este templo calçotaire no significan absolutamente nada.


Los que sí que saben

Lo tuve claro desde el principio. Si quería comerme los mejores calçots en el mejor entorno posible debía dirigir mis pasos hacía la comarca del Alt Camp. Ya, pero...¿dónde? Será que no hay restaurantes y masias por esa zona dedicadas en cuerpo y alma al cebollino... Fácil: pregunta a los que saben. Y no hay gente más sabia que los proveedores de la empresa donde trabajo, auténticos currelas que conocen palmo a palmo la zona por la que se mueven habitualmente. Y así lo hice. Hace exactamente siete años llamé a nuestro hombre en Valls y le pregunté Escolta, saps d'algun lloc que estigui bé per fer una calçotada? ¹
  Su respuesta fue rápida y concisa: Cal Ganxo, no t'ho pensis ni dues vegades ².
La cosa, pues, estaba clara, ¿no?

Sin contar la que nos ocupa en esta entrada, los Pijos hemos disfrutado del arte de Cal Ganxo en tres ocasiones. La primera, en febrero de 2006, con nieve todavía en los márgenes de las carreteras, fue espectacular. Comimos de fábula. Y comimos mucho. Y cuando digo mucho es mucho. Yo salí de allí medio mareao, con ganas de irme a la cama inmediatamente para que mi estómago reposara un poco. Ah, no os lo había dicho: Cal Ganxo no está especialmente indicado para aquellas personas que tienen suficiente con una ensaladita y un poco de pollo a la plancha. No. Cal Ganxo es para los valientes, para aquellos que una vez se sientan a la mesa, lo dan todo y no hacen prisioneros. Pero no adelantemos acontecimientos...

Después de aquella primera visita, los Pijos repitieron en dos ocasiones más. Especialmente cómica fue la tercera, en la que a mi suegro, llevado por un (desconocido en él) espíritu aventurero, le dio por obviar la autopista AP-7 y volver a casa atravesando media Catalunya, obsequiándonos la vista con las bonitas entradas (y las no menos bellas salidas) de unas catorce poblaciones del Vendrell, el Garraf y el Baix Llobregat. Y para acabar, la guinda: ¿A alguien se le ocurre una forma mejor de rematar una comida opípara que con una buena sesión de curvas por las costas del Garraf? ¡A mí no, desde luego! Solo por el color pseudo-tísico que se le quedó a mi señora en pleno vaivén ¡ya valió la pena! Y es que mi suegro es de los que saben.

Somos gente con clase...

...y no nos juntamos con cualquiera. Eso es justo lo que pensé cuando el comando Pijo (formado en esta ocasión por Rubén, Marta, Juan, Lidia, Isaac y yo) llegamos hace unas semanas al aparcamiento de Cal Ganxo. Allí fuera, un poco apartado de los coches, había estacionado...¡un helicóptero! ¡Su p... madre! Estaba claro, no iba a llevar a mis colegas a un sitio cualquiera. Hacía ya un tiempo que en el trabajo nos rondaba la idea de salir de calçotada y yo me comprometí a llevarlos al mejor sitio que conocía para ello. Lo que no sabía es que también tenían clientes vip, mira tú.

Cal Ganxo es un restaurante que abre únicamente para comer -nada de cenas- entre los meses de noviembre y abril, es decir, coincidiendo con la temporada de calçots. Está situado en un pueblecito (bueno, quizás sería más adecuado calificarlo de aldea, apenas son cuatro casas mal contadas) llamado Masmolets, a pocos kilómetros de Valls. La masia es una preciosa casa solariega del siglo XVIII que ha sido reformada en su justa medida: una vez dentro, te da la impresión de que el tiempo se paró allí hace más de doscientos años.

Tras las pertinentes fotos al helicóptero (con postureo incluido) nos dirigimos a la entrada. Tras cruzar la puerta, entras en una especie de recibidor con unas brasas (a pleno rendimiento) a la derecha, uno de los comedores a la izquierda y en el centro, la entrada al comedor principal, que es donde teníamos nuestra mesa. Aunque era la cuarta vez que entraba en dicha estancia, me volvió a sorprender gratamente su ambiente cálido y acogedor, con mesas y sillas de madera maciza, una iluminación tenue (a base de lamparitas y velas) y una decoración más que correcta hecha a base de objetos antiguos. Y aunque estaba lleno (ojo: no era un fin de semana, dato a tener en cuenta) en ningún momento hubo gritos ni molestias de ningún tipo.

Desabrochando cinturones

En la mesa estaban esperándonos nuestros respectivos baberos -esenciales en una calçotada-, un par de porrones de vino tinto, un cuenquito de su estupenda salsa romesco para cada uno y un par de cestos con sendos panes de pagès ya cortados a rebanadas. Mucho cuidado con la salsa romesco de Cal Ganxo: crea adicción. Está tan buena que es tremendamente sencillo que se te vaya la olla y que antes de que llegue la carne ya te hayas jalado medio kilo de pan mojando a diestro y siniestro. Mi buen amigo Isaac dice que la salsa romesco que hace su señora está mejor, pero que esta está muy buena. No seré yo quien le lleve la contraria, pero hasta que no la pruebe, me quedo con la de Cal Ganxo.

El plan es sencillo. Un menú cerrado que consta de calçots a go-go, sin límite alguno, una parrillada de carne de segundo y postre. Una vez sentados todos en su sitio, con los baberos bien atados, ¡comienza el espectáculo!: los camareros van trayendo tejas y más tejas de calçots envueltos en papel de periódico. Están hechos como Dios manda y se nota, pues a partir de aquel momento la conversación que estábamos manteniendo sobre los posibles pasajeros del helicóptero (¿serían famosos?) se fue diluyendo en pocos instantes. Aunque el menú incluye calçots non-stop, paramos después de la quinta o sexta ronda, pues todavía faltaba más de medio ágape y no era cuestión de darlo todo tan al principio. Conozco gente que preferiría comer calçots y romesco hasta reventar y pasar de la habitual carne a la brasa de segundo, pero eso va a gustos. Yo me decanto por comer un poco de todo y no centrarme únicamente en los cebollinos... pero para eso hay que tener un poco de sentido de la mesura y tener muy claro hasta donde puedes llegar con cada plato. Yo soy perro viejo y conozco mis límites, así que cuando ya llevaba unos treinta y cinco calçots dije basta y me quité el babero. Marta, Lidia e Isaac siguieron dándole a los cebollinos hasta sobrepasar con creces los sesenta (repetimos: ¡sesenta!), aunque Isaac es de buen comer y a él no le supuso ningún problema, cosa que no puede decirse de ellas dos (luego os explico).

A continuación, los camareros retiraron los baberos, los despojos, los cuenquitos y el mantel de papel que cubría el de tela (muy buena idea esta: es tal la cantidad de brasas e hilachos que salen disparados que si no lo pusieran dejarían la mesa hecha una pocilga para el resto de la comida) y comenzaron a traer la guarnición de la parrillada, dos platos bien hermosos llenos de mongetes, una alcachofa asada por cabeza y un butifarrot negro para cada uno. Pintaza, señores, ¡pintaza! Un par de minutos después llegó el turno de la carne, que traían sobre un par de cazuelas con sus propias brasas candentes debajo y una rejilla encima. Cada cazuela constaba de tres raciones que incluían cada una una butifarra, una mitjana y una costilla de cordero. Ah, y all i oli, ¡mucho all i oli! La carne estaba simplemente deliciosa, todos coincidimos en ello. Para beber, por cierto, trajeron un par de botellas de cava de la casa. Muy bueno también.

A estas alturas, quien más o quien menos ya estaba un poco llenito. El Pijo mayor estaba especialmente contento, pues gracias a una buena dosificación todavía tenía espacio en el buche para el postre. Antiguamente, te servían un plato ¡sopero! de crema catalana y un par de naranjas ¡para cada uno! Ahora se han moderado y se limitan a traer un par de platos con naranja a rodajas y otros dos platos (sí, soperos) de crema catalana, todos para compartir. Mejor así, la verdad.

Yellow is the colour

Cuando vas de calçotada, es relativamente fácil saber quién va peor a nivel gástrico, ¡tan solo hay que fijarse en quién se pide un té! Y Marta y Lidia estaban entre las más perjudicadas. De hecho, el color de su piel había mutado hacia la misma tonalidad pseudo-tísica de mi señora unos años antes. Pero tampoco hay que darle mucha importancia, pues si es la primera vez que vienes es muy fácil que la gula te engañe y acabes empachado. Yo acabé exactamente igual (¡o peor!) la primera vez que fui.

La cuenta salió por 242 euros, es decir, a unos 40 euros por barba. A todos nos pareció bien teniendo en cuenta el entorno, el servicio (super-atento y muy simpático) y, sobre todo, lo bien, lo jodidamente bien que habíamos comido. Insuperable.

Zzzzzzzzz....

Tras abonar la cuenta, nos levantamos y salimos a dar una vueltecita por la aldea, más que nada para que nos bajara un poco toda la manduca ingerida. Cuando estábamos a la altura de la iglesia, oímos cómo el helicóptero que habíamos visto a la entrada se elevaba en pocos segundos y marchaba de allá a toda leche. Qué rabia, ¡nos quedamos sin saber quién iba en él! A medida que nos alejábamos de Masmolets pensamos en lo que molaría ir montados en él y llegar a casa en pocos minutos. Y si tenemos en cuenta la letal sesión de La Oreja de Van Gogh con la que tuvieron a bien obsequiarnos Juan (por poner el disco) y Marta (por berrear sus canciones) durante la mayor parte del viaje de vuelta, más todavía, ¡mucho más! Yo ya no vuelvo a salir de calçotada si no es en helicóptero, ¡que lo sepáis!

Cal Ganxo
c/ de la Font 9
Masmolets – Valls (Tarragona)
Tel. 977.605.960
www.calganxo.com/


¹
Oye, ¿sabes de algún sitio que esté bien para hacer una calçotada?
 
²

Cal Ganxo, no te lo pienses dos veces