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miércoles, 25 de septiembre de 2013

THE GARGANTUAN TOUR - TERCERA ETAPA: EL LLAGUT


Estaba seguro de que la tercera etapa del Gargantuan Tour iba a salir bien. Bueno, a ver, seguro-seguro, lo que se dice seguro… no, pero casi, vamos. Me lo decía mi instinto Pijo, ese instinto que tantas sobremesas (y noches) de gloria nos ha proporcionado a mi señora, a mí y (espero) a la mayoría de vosotros, pijos míos. Y se basaba en algo tan endeble y absurdo como un refrán. Así es, amiguitos, el Pijo Mayor pensó que a la tercera tenía que ser la vencida. Y esa tercera no hacía referencia a las etapas previas de nuestro recorrido, sino a mis dos anteriores visitas a la ciudad de Tarragona. No guardaba muy buen recuerdo de ellas, la verdad. La primera fue hace unos mil años, es decir, en 1991. Por aquel entonces debía cursar segundo de BUP. Nuestro profesor de Historia, el mítico Josep Mohedano, tuvo a bien sacarnos unas horas del siempre tedioso instituto y visitar, autocar desvencijado mediante, las ruinas de la antigua Tarraco. Solo recuerdo dos cosas de ese día: una, imitar en la playa las llaves de Hulk Hogan que habíamos visto montones de veces en el inolvidable Pressing Catch de Tele 5 (más de uno salió de allí con varios moratones) y la otra, lucir el peinado más horroroso que he llevado jamás, el hachazo en mitad de la cabeza. Sí, fue por aquella época cuando me empezaron a llamar Luis Cobos por los pasillos del instituto. Es mirar las fotos de ese viaje y preguntarme en voz alta a mí mismo: Pijo, ¿cómo cojones se te ocurrió llevar el pelo como Luis Cobos? Como dice mi madre, es lo que se llevaba. Miento: nadie llevaba el pelo así en mi barrio, NADIE. En fin, que cada vez que pienso en mi primer día en Tarragona, mi cerebro corre un tupido velo sobre él y, naturalmente, sobre ese lamentable pelazo.


¿Dónde coño están las guitarras?

Saltemos ocho años hacia adelante. Año 1999. Es un viernes por la tarde. Esa noche toco con mi grupo en una sala del casco antiguo de Tarragona que se llama El Cau. Por cuestiones laborales, salimos tarde de Barcelona. Nada más comenzar el trayecto, la primera en la frente: no hemos llegado ni a la salida de Barcelona que, en plena Diagonal, comienza a salir un humazo negro por debajo del capó del coche. Llamada a la grúa y apretujones dolorosos en la furgo, el único vehículo de nuestra comitiva que quedaba sano. Llegamos a las tantas a Tarragona y, como bienvenida, nos encontramos con ¡una buena tormenta! Fue inolvidable: tener que abrir un pasillo en una sala abarrotada de gente (y con algunos de los presentes ya bastante cociditos), con un bombo en tus manos y la ropa completamente empapada (y sin cenar, ¡claro!) son de esas cosas que sabes que algún día podrás contar a tus nietos. Pero faltaba la guinda, por supuesto. Cuando estábamos montando todo el equipo, el cantante y bajista de la otra banda dice oye, ¿dónde está mi bajo? ¿Y la guitarra de Marcel? Comenzamos a buscar los instrumentos como locos sin resultado. Hasta que uno de nosotros hizo memoria y dijo Un momento. Para meter el órgano en la furgo sacamos las dos fundas y las apoyamos en el maletero de un coche que había aparcado al lado. Es decir, ¡que nos las hemos dejado en Barcelona! Estaba claro: no era nuestro día (o, mejor dicho, nuestra noche). A esta serie de calamidades le siguieron un par de conciertos olvidables, una cena a las dos de la mañana a base de frutos secos y una milagrosa aparición del ángel de la guarda de los rockeros, pues impidió que, al volver, nos comiéramos con patatas la mediana de la AP-7 : el conductor de la furgo se durmió durante unas décimas de segundo, pero me dio tiempo, como copiloto, de despertarlo con un grito que todavía resuena por El Vendrell y sus alrededores. Por corbata, señores, por corbata.

Por eso a la tercera…

Situar la visita a Tarragona en el tercer lugar de nuestro recorrido fue una decisión calculadísima: quería que coincidiera con la llegada del buen tiempo. Aunque siempre es mejor que no llueva y/o que no haga frío, en las dos primeras etapas la meteorología podía fastidiarnos el viaje hasta cierto punto, puesto que en los dos restaurantes elegidos comeríamos bajo cubierto, a salvo de chubascos y bajas temperaturas. Sin embargo, para esta parada el factor sol era esencial. No cabía en mi cabeza disfrutar de un buen ágape marinero en un local cerrado, no, debía ser en una terraza al aire libre, tenía que ser en una terraza al aire libre. Y qué mejor que jugar con ventaja: situando la visita a principios de verano me aseguraba un tiempo casi perfecto. Y así fue, pijos. El día de autos nos levantamos por la mañana con un sol de justicia, un sol de esos que te ponen de buen humor de forma instantánea, un sol, en definitiva, que invita a salir de casa y disfrutar de los pequeños placeres pijos. Dicho y hecho: tras un frugal desayuno, nos fuimos para la estación de Sants a coger el primer tren que saliera para Tarragona. Nos esperaba la cocina marinera de uno de los clásicos del casco antiguo de Tarragona. Nos esperaba El LLagut.


Arriba a la derecha

Qué bien que va el Google Maps, ¿eh? Abres la aplicación y en unos breves instantes te dice dónde estás y cómo llegar a tu destino. Lo que no te dice es que lo que en su mapa parecen diez metros en realidad es una escalera de tropecientos mil escalones. Desde la estación de Renfe hasta la calle Natzaret, que es donde se encuentra El LLagut, no se tarda demasiado, unos veinte minutos aproximadamente, pero todo el recorrido es una ascensión continua, más o menos pronunciada, pero ascensión al fin y al cabo. Ah, me había olvidado: se ha de subir porque el restaurante se encuentra en pleno casco antiguo, el cual está unos metrillos por encima del nivel de mar. El recorrido que nos marcó el señor Google nos llevó por unas cuantas calles más bien feúchas, pero una vez llegamos al casco antiguo, la cosa cambió. Es muy bonito (de hecho, no conozco ningún casco antiguo que sea feo) y apetece pasear por sus calles y callejuelas (una de ellas, por cierto, era donde está El Cau).

Una vez llegamos al número 10 de la calle Natzaret, echamos un vistazo y lo que vimos nos dio buenas vibraciones. Aunque su dirección indique una calle, el restaurante, en realidad, se encuentra en una plaza bastante amplia (la Plaça del Rei) que va a dar al museo arqueológico. Es una plaza muy bonica, muy tranquila, de esas que piden a gritos sol, una buena terraza y una mejor compañía. Y terrazas había unas cuantas, entre ellas las de nuestro restaurante (o taberna marinera, que es como ellos se autocalifican)



Los cuadritos

Cuando más arriba os decía lo de las buenas vibraciones, no me refería al marco, al espacio donde íbamos comer (que también) sino a un pequeño detalle que para los Pijos es una especie de señal: las mesas de la terraza tenían manteles de cuadros. A lo mejor os parece una chorrada, pero he conocido pocos sitios donde las mesas lucieran cuadritos y se comiera mal. Pese a que al poco de sentarnos pusieron encima del de cuadritos el inevitable mantelito blanco, el mensaje que nos mandó el cuadriculado estaba ahí y no podía ser ignorado: pijos, hoy comeréis bien. Las sillas eran todo lo cómodas que pueden ser las sillas de madera de toda la vida (por lo menos, no eran esas mega-sillazas rojas con el logotipo de Coca-Cola o Estrella Dorada detrás, esas en las que el culo acaba por desparramarse en siete direcciones distintas). Cubertería mona , servilletas de tela, ¡como Dios manda! y un parasol tamaño king-size para protegernos del solano, que a esa hora ya no hacía prisioneros.

Pueden tomar apuntes

La camarera –simpática y eficiente, luego os hablo un poco más de ella- nos trajo las cartas y nos orientó un poco. Ante una carta de tales dimensiones –no tanto en la variedad de platos sino en la casi interminable lista de arroces, la especialidad de la casa- agradecimos muchísimo la sesión informativa que tuvo a bien dedicarnos durante unos minutos. También hay que decir que llegamos tan pronto que estábamos solos –luego se llenó- y la chica pudo explayarse con nosotros. Respecto a los entrantes, no había mucho que explicar, pescado y marisco (de las lonjas de la zona) a tutiplén: boquerones, ensalada de bacalao con romesco y olivas arbequinas, mejillones de roca al vapor, almejas salteadas con uva garnacha, pulpitos de Tarragona estofados con vino rancio, pimiento de romesco y ajo confitado… Bufff… ¡difícil elección! Cuando vas a comer a un restaurante de cocina marinera, ya sabes que la cosa va a estar muy complicada y que los platos van a luchar entre ellos encarnizadamente por ser finalmente los elegidos. En la carta aparecen como Tapes per compartir al mig de la taula (tapas para compartir en mitad de la mesa), no como entrantes, pero son más lo segundo que lo primero. Luego os cuento.

A continuación, venía el apartado de pescados (rape, varias merluzas, dorada…) y calderetas (de bogavante y de langosta) y, finalmente, el plato fuerte, los arroces. Aquí comenzó la clase didáctica de la camarera. Era tal el torrente de información que nos facilitó sobre el origen, preparación e ingredientes de los diferentes tipos de arroces de la carta, que me dieron ganas de pedirle bibliografía. La pobre tuvo que repetirme más de una vez (y de dos, ¡y de tres!) en qué consistía cada plato. Me supo muy mal, pero mi cerebro, a aquellas horas en estado semi-operativo por el sol, el hambre y la escalada, ya no daba pa’más. A ver… sirven tres tipos de arroces, los melosos (con nécoras, con cigalas, con bogavante, con cangrejos de playa, con gambitas de Tarragona…), los secos (con sardinas, con bacalao, negro con sepia, al horno con pescado de roca, almejas y alioli de azafrán de Jiloca…) y los masqueta. Estos últimos son una especialidad de la costa tarraconense. Si no recuerdo mal las explicaciones de nuestra profe, es un arroz un poco picantón a base de verduras y marisco que los pescadores preparaban antiguamente en sus propias embarcaciones para coger fuerzas de cara a sus largas (y duras) jornadas en alta mar. Nos dijo también que era la especialidad de la casa y que valía la pena probar alguno (tenían dos, el de azafrán de Jiloca, calabacín y almejas y el de pimiento de romesco, rape y mejillones), pero lo del picante tiró un pelín para atrás a mi señora, poco amante de los incendios gástricos, así que lo dejamos para otra ocasión. Ahora no estoy seguro de si es caldoso, seco o qué, por lo que si alguno de vosotros lo sabe, ¡que nos lo diga!


¿Rácanos? No way!

Tras muchas dudas, nos decantamos por pedir dos tapas para compartir en mitad de la mesa y un arrocito. Como os decía antes, más que tapas eran entrantes puros y duros. O, dicho de otra forma, eran tapas muy generosas. Me gustaría dejar claro esto último, puesto que he leído por ahí que el tamaño de estas tapas era ridículo y que era vergonzoso que cobraran lo que cobraban por semejantes miniaturas. No puedo –ni quiero- defender a nadie en particular, pero ciñéndome a nuestra visita, las miniaturas brillaron por su ausencia.

Pedimos, en primer lugar, una cazuela de mejillones de roca al vapor. Normal: visitar la tierra de los musclos y no probarlos (y más estando en plena temporada) es como ir a Valencia y no probar la paella. Y yo, Pijo mayor y mejillonólogo de pro, doy fe de que estos bivalvos estaban de rechupete. Volviendo a lo del tamaño (ya está, ya lo dejo), indicaros que nos sirvieron una cazuelaca que no se la saltaba un galgo. Producto de la tierra (o, mejor dicho, del mar) al que no le hacía falta ni limón ni res de res: exquisitos, señores.

Como segunda tapa, los pulpitos de Tarragona estofados con vino rancio, pimiento de romesco y ajo confitado. ¿Que cómo estaban? Tuvimos que pedir otra ración de pan. No hase falta desir nada más, ¿no?

Y el arroz. Finalmente nos pedimos un arroz caldoso con bogavante. Y fue una sabia elección. Estaba simple y llanamente ¡espectacular! Unas cuantas semanas después, los Pijos nos desplazamos hasta Badalona para comer en un chiringuito que nos habían recomendado y que está en plena línea de mar. Pedimos el mismo arroz que en El LLagut y nos sirvieron una cazuela con sabor a caldo Aneto, lo cual no hizo sino elevar el de Tarragona al Olimpo de los arroces caldosos.


No fue casualidad

Cuando pedimos la cuenta (que incluía nuestras habituales cervezas y un par de cafés), mi señora aprovechó para ir al lavabo. Al poco, volvió nuestra camarera con el datáfono y, mientras me cobraba, me hizo el interrogatorio habitual que suelen hacer en los restaurantes de provincias a los que somos de can fanga: si nos había gustado, de dónde venimos, que cómo los conocimos… La chavala flipó bastante cuando le expliqué que supe de su restaurante a través de una reseña (muy elogiosa) publicada hace bastantes años en las páginas de El Periódico de Catalunya y que guardé el recorte durante todo este tiempo (en mi carpeta roja, of course), esperando que se dieran las circunstancias precisas para visitarles. Pasé de hablarle del blog, no fuera que me tomara por un freak (o peor, por un stalker obsesionado con las tabernas marineras tarraconenses). Una vez volvió mi señora del excusado, nos preguntó si nos íbamos a quedar en Tarragona todo el día, puesto que esa noche comenzaba la vigesimotercera edición del Concurso internacional de fuegos artificiales Ciutat de Tarragona y varios restaurantes del casco antiguo –entre ellos el suyo- instalarían casetas en uno de los miradores de la zona para picar algo mientras el cielo de Tarragona se llena de truenos, rayos, centellas y pólvora, mucha pólvora. La verdad es que si lo llegamos a saber con antelación nos hubiéramos quedado, pero nuestro gato tenía que cenar a su hora y no era plan de dejar al pobre animal maullando a pleno pulmón mientras sus papis se encontraban a cien kilómetros de distancia mirando petardos.

De camino a la estación (¡de bajada!) mi señora y yo comentamos que el banquete que nos habíamos calzado apenas había superado los 60 euros (65,30 concretamente), por lo que la segunda visita a El LLagut estaba totalmente confirmada. Con o sin petardos. Eso da igual.

martes, 6 de noviembre de 2012

CUMPLEAÑOS TOTAL (2ª PARTE: VENTA DE VARGAS)



¿A vosotros os gusta el flamenco? A mí no mucho, la verdad. Es una música que puede llegar a resultarme ligeramente bella, pero me aburre, me aburre muchísimo. De hecho, no la entiendo. Sí, lo sé, lo que acabo de decir es una gilipollez, pues la música no se entiende, la música (como cualquier  otra representación artística) te transmite algo o no. ¿Pero, verdad que me habéis entendido? Supongo que son muchos años de militancia pop: todo aquello que se sale del 4x4, del estribillo, del solo de guitarra y de las canciones de tres minutos es territorio sobrenatural para un servidor. Y para acabar de rematar la faena,  el único disco de flamenco que me gusta... no es estrictamente de flamenco. Se titula la La leyenda del tiempo y lo grabó hace más de treinta años un señor que se llamaba Camarón. Os suena, ¿no?


Volando voy...

Es curioso lo que me pasa con Camarón de la isla. Su obra, si exceptuamos el disco que cito más arriba, no me interesa lo más mínimo. Sin embargo, el propio Camarón, el personaje, me fascina. Puede parecer absurdo, pero estoy seguro de que a muchos de vosotros os pasa lo mismo, con él o con cualquier otro artista. Sus viajes, sus amigos, sus vicios, sus ilusiones, sus lugares... su vida, en suma, comenzó a interesarme poco después de escuchar por primera vez La leyenda del tiempo, esa obra incomprendida en su momento y que marcó un antes y un después en el devenir del flamenco. Durante los meses siguientes, pasé en numerosas ocasiones por la biblioteca para llevarme sus discos en préstamo. Tal como iba introduciéndolos en mi reproductor iban saliendo de uno en uno: la guitarra a palo seco de Paco de Lucía  no tenía nada que ver con el rollo progresivo de Alameda, las rumbas de Kiko Veneno o el sitar de Gualberto. Pero, a la vez que me iba quedando claro que nunca disfrutaría de esa música tan rara e impenetrable, la figura del cantaor de San Fernando me iba interesando más y más a medida que salía de su obra. Lo que yo os decía: absurdo.

Lo siguiente, por supuesto, fue leer su biografía. Un señor que había creado un disco tan guapo como La leyenda... debía de tener a la fuerza una vida interesante, ¿no? Me compré por cuatro duros en la Fnac una biografía suya, en edición de bolsillo. El libro no era gran cosa, para qué nos vamos a engañar, pero calmó con creces mi hambre de datos, fechas y lugares. Lugares... Había uno que me llamó mucho la atención. Era el lugar donde un chavalín de apenas ocho años llamado José Monge comenzó a cantar. Era el lugar donde todos los artistas flamencos que pasaban por San Fernando (o que vivían allí) paraban para comer, para beber, para tocar, para cantar y para bailar. Manolo Caracol, la Perla de Cádiz, Lola Flores, Antonio Mairena, etc. Todos ellos y muchísimos más pasearon su arte y su talento por una humilde venta de San Fernando llamada la Venta de Vargas.


Su (mi) regalo

Seguro que más de una vez (y más de dos) habéis regalado a alguien un regalo encubierto, esos presentes pensados para hacer feliz a una persona concreta...y de paso a vosotros mismos. ¿Quién no le ha regalado a su primo aquel disco que estabas deseando escuchar o aquel videojuego que tanto te molaba? Estos regalos son cojonudos, porque, por una parte, quedas genial, y por otra, te ahorras un dinerillo que podrás destinar a otros menesteres. Puede parecer un poco rastrero, pero los encubiertos están ahí, ¡son una realidad! Y el Pijo mayor, si tiene que tirar de ellos en alguna ocasión, tira y se acabó... como en esta ocasión.

Pues sí, amiguitos, cuando planeé este regalo, la visita a la Venta de Vargas ya estaba más que prevista. Teniendo en cuenta que no me pilla precisamente cerca de casa, aprovechar el viaje y comer allí eran uno. Por eso, cuando el tito José Adolfo nos dijo que había reservado mesa en la Venta para el penúltimo día de nuestro periplo gaditano, mi felicidad fue plena: ¡ya tenía mi encubierto!


Una cita con la Historia

Llegó el día señalado y nos dirigimos en coche para allá. Al volante, la tita Tere y en los otros asientos, el tito José Adolfo, la tita Marita, mi señora y yo. Una vez estacionado el coche, y mientras iban entrando, me entretuve unos instantes por los alrededores para hacer las fotos de rigor. Nada más traspasar la puerta, la primera sensación que tienes es de que se trata de un lugar especial, muy especial. Luego os explico. De frente, te encuentras con la barra y a mano izquierda, la entrada al comedor principal. La verdad es que si no has estado nunca antes (como yo), impresiona, pues se trata de una estancia bastante grande, muy luminosa, al estilo del típico patio andaluz (pero sin la fuente en medio) y un techo altísimo. Sus paredes son pura historia, de Andalucía en general, y del flamenco y la tauromaquia en particular: son tantos los cuadros, fotos y recuerdos que hay colgados en ellas que apenas se llega a atisbar el color blanco de los muros. Camarón, Paquirri, Sara Baras, Manolete, Juanito Valderrama... mires donde mires te quedas embobado, son unas paredes que desprenden arte, mucho arte. Y os estoy hablando del comedor principal, porque dispone de uno más, algo más pequeño, y de un reservado (o por lo menos, lo parece).

Tengo que reconocer que, pese a las muchas ganas que tenía de ir, tenía mis dudas de lo que me iba a encontrar, pues había leído por ahí (y mi mujer me lo había medio-confirmado) que se había convertido en una especie de atracción turística y que, como se suele decir en estos casos, ya no es lo que era. Pues nada más lejos de la realidad: un jueves de octubre a las dos de la tarde, ambiente agradable y más de la mitad de las mesas ocupadas. Y por lugareños, por cierto, sobre todo, hombres y mujeres de negocios. Y de turistas, ni rastro. Espera... De hecho, sí que había un par de turistas... ¡nosotros!


La mer (over and over again)

Pero vamos a lo importante, la manduca. El tito José Adolfo sugirió pedir una serie de entrantes, todos ellos típicos de la zona, y después un plato principal (lo que los ingleses llaman main course) para cada uno. Ni qué decir tiene que los Pijos estuvieron de acuerdo al instante. ¡Vamos con los entrantes!


Cañaíllas. En honor a la verdad, este plato no lo sugirió el tito, sino que fue una petición personal del nene (o sea, yo). Desde que las probé, hace unos tres años,  en la boda de mi primo Jordi, no había dejado de fantasear con el día en que podría degustarlas en San Fernando. Para los que no las hayáis probado, se trata de caracolas de mar hervidas con sal. Para comértelas has de pinchar con un palillo la carne que asoma por el agujerito y estirar con decisión, pues el cuerpo está muy pegado a la concha. Estaban exquisitas y, además, me jalé el plato yo solito, al resto no les apetecía probarlas.  Sin embargo, ese día, el plan estuvo a punto de irse al traste, porque el camarero, en un primer momento, nos dijo que no tenían pero, tras preguntar en la cocina, resultó que sí que quedaban. ¡Ufff!


Papas aliñadas. Un plato muy sencillo y refrescante. Patatas blancas hervidas con cebolla, aceitunas, huevo duro, perejil fresco, aceite, vinagre y sal. Muuuy buenas.


Chipirones. Supongo que no hace falta deciros qué son los chipirones. Excelente fritura (de hecho, no hay sitio en la tierra donde se fría mejor que en Andalucía) y excelente sabor. Nos hubiéramos comido un kilo... o más.


Tortitas de camarones. Un must en toda regla. Ir a San Fernando y no probar las tortitas de camarones ¡debería estar penado! Otra excelente fritura, a base de harina de garbanzos, camarones, huevo, ajo y perejil. A mi señora le gustan hasta el delirio. Y a mí, también.


Hasta aquí, los entrantes. Os habréis dado cuenta de que no pedimos bienmesabe, tal vez el plato más representativo de la zona. No hacía ni 48 horas que habíamos dado buena cuenta de varios kilos de cazón en adobo (literal: fueron ¡cinco kilos!), por lo que no procedía abusar... aunque a mi señora (a la cual se le ponen los ojos en blanco cuando huele el bienmesabe) no creo que le hubiera importado.

Y los main courses fueron:


Dorada a la espalda. Lo digo ya: la mejor dorada que he comido en mi vida. ¡Casi lloro al rememorarlo! Y es que no hay nada como las cosas sencillas, queridos pijos. Tan fácil como hacer el pescado a la plancha, abierto por la mitad y sin espinas, con un simple aderezo de ajo y perejil. El pescado que suelen cocinar en San Fernando es de estero, una especie de laguna artificial de agua de mar donde se crían varias especies marinas. La tita Marita también se pidió lo mismo.


Dorada a la plancha. Esta se la pidió la tita Tere. El mismo pescado de estero, pero hecho a la plancha. No hacía falta probarlo, seguro que estaba bueno.


Rabo de toro estofado. Un plato contundente, para amantes de la carne. Se lo pidieron mi señora y el tito José Adolfo. No lo probé, pero mi señora certifica que estaba delicioso. Solo hay que mirar la foto para comprobarlo.

Debe ser cosa de familia, porque ninguno de nosotros pidió postre. ¡Estábamos muy llenos! Directos al café. Ah, me olvidaba del bebercio. Tomamos lo habitual en nuestro caso, cervezas y agua. Da gusto hacer 1,135 kms y que las costumbres pijas no varíen ni un centímetro.


El engaño

Los que me conocen saben que me hace mucha gracia ese momentum típico (tipiquísimo, diría) en el que las diferentes partes de un ágape familiar o de amigos se pelean por abonar la cuenta. Especialmente cachondo es lo que hace mi padre, que, a la hora de pagar, saca la cartera y si ve que otro comensal también la saca, le agarra la mano donde lleva la cartera, se la tira para atrás y le suelta ¡Oye! ¡Oye! Ni se te ocurra, ¿eh? ¡Que me enfado! En esta ocasión, no hubo ni oportunidad de comentarlo: mi señora, con la excusa de ir a buscar la llave del lavabo, se deslizó rápidamente hacia la barra y abonó la cuenta. Cuando se enteraron, los titos “riñeron” a mi señora: ¡Pero cómo se te ocurre! El importe de la misma, por cierto, ascendió a unos 150 euros (no le dieron el ticket), por lo que, comido lo comido y visto lo visto, salió muy bien de precio, a unos 30 euros por cabeza.
 

Tras acabarnos el café, nos levantamos e hicimos un pequeño tour turístico por el resto de estancias, deleitándonos con las fotos y los pósters de los mil y un toreros y/o flamencos que han pasado por la Venta en su dilata historia. Te guste o no te guste esa iconografía (a mí, sí) hay que reconocer que había fotos bellísimas. De hecho, no me habría importado descolgar de la pared la foto de Manolete y habérmela llevado, tranquilamente, debajo del brazo.

Una vez en el coche, no hacía más que pensar en el siestorro que me iba a pegar en unos pocos minutos. Mi señora y yo planeamos que después de la siesta iríamos a dar una vuelta y, posteriormente, a cenar algo ligerito (una tapita y una birra) a un sitio que nos había recomendado su primo Jose, pues después del atracón en  la Venta de Vargas, el cuerpo me pedía tregua. ¿He dicho tregua? Para los primos de mi señora, esa palabra no significa... absolutamente nada.

CONTINUARÁ...


Venta de Vargas
Plaza de Juan Vargas s/n
San Fernando (Cádiz)
956.881.622
www.ventadevargas.es


miércoles, 10 de octubre de 2012

CUMPLEAÑOS TOTAL (1ª PARTE: APONIENTE)


Mi señora quiere mucho a su familia. Como todos, supongo. Pero a su rama andaluza, por decirlo de alguna forma, los adora. Los adora mucho. Por eso, cada vez que se encuentra con ellos, que está entre ellos, es la mujer más feliz del mundo. Digo lo de se encuentra porque no viven aquí, en Barcelona, sino en San Fernando, Cádiz, cuna de la Constitución de 1812 , del Camarón de la Isla y del bienmesabe. ¿Que qué es el bienmesabe? Luego os lo cuento.

Como ya os expliqué hace un tiempo, el tema de los regalos entre mi señora y un servidor es capital: unos meses antes de nuestros respectivos cumpleaños o de las fiestas navideñas, ambos ya estamos maquinando en el más estricto secreto qué podríamos regalarnos. Todos los años se repiten las mismas preguntas: ¿le gustará?, ¿lo tendrá?, ¿no será muy caro?, ¿no será muy cutre?... Pero cuando me planteé hace unos pocos meses cuál sería el regalo principal de su aniversario, lo tuve muy claro. De hecho, lo tuve clarísimo. Y es que ella, sin saberlo, me lo había dejado en bandeja. Desde que decidimos compartir nuestras vidas, han sido tantas las ocasiones en  las que me ha hablado de los titos, de sus primos, del bienmesabe, de las coquinas, y de tantas otras cosas que añoraba desde sus veraneos en San Fernando que... bueno, una cosa llevó a la otra. A principios de junio puse en marcha todo el operativo. Lo primero, hablar con mis suegros y sondear la idea de regalarle un viaje a San Fernando. Ni qué decir tiene que a mis suegros la idea les pareció genial de todas todas. Una vez obtenida su bendición, había que contar con el beneplácito de sus tíos. A ver, ya sabía que dirían que sí, pero uno es educado y no le gusta ir por la vida dándolo todo por sentado. Una vez fijadas las fechas, mi suegro no tardó ni 24 horas en darme el sí por parte de los titos: estarían encantados de alojarnos y tratarnos como si fuéramos sus hijos (y doy fe de que así fue, pero no adelantemos acontecimientos...). Y por último, comprar los billetes de avión antes de que comenzaran a subir de precio (ya sabéis, las low-cost). Una vez tuve la reserva hecha, ya pude respirar tranquilo: ¡nos íbamos a San Fernando!

¡Sorpresaaaa! Eeeh...¿lo cualo?

No sé si os ha pasado alguna vez, pero cuando tienes un buen regalo, un gran regalo, metido en un cajón, esperando ser entregado a su destinatario, la espera se hace eterna. Tened en cuenta que compré los billetes a finales de junio, por lo que faltaban prácticamente tres meses para el gran momento. Menos mal que mis suegros y su familia son muy discretos, porque aguantar el secreto tanto tiempo... es más, tuve la ocasión de comprobarlo in situ, porque sus titas tuvieron a bien venir a Barcelona a mediados de agosto para acompañar a su hermano en su setenta cumpleaños. Una vez acabada la fiesta, llegó la hora de las despedidas, y la tita Tere abrazó a mi señora y le dijo socarronamente que a ver cuando nos dejábamos caer por San Fernando... mientras me guiñaba un ojo discretamente. Mi señora le respondió que más adelante lo intentaríamos. Después de ese momento supe que el regalo no iba a ser uno más en nuestra relación. Iba a ser el regalo.

Llegado el día de su cumpleaños, yo era todo excitación. Me había currado un cutre-montaje en tres folios a base de fotos bajadas de Internet y unos muy lamentables (pero divertidos) monigotes. La cuestión era presentarlo de forma sencilla, pero personal. En la primera hoja, imprimí un resguardo de los billetes. En la segunda, una foto de un tren simbolizando el trayecto Sevilla-San Fernando y debajo, una foto de los titos, todo ello explicado con buena letra por mis monigotes ¿Fácil, no? Vuelo + tren + Titos = viaje a San Fernando. Pues no señor. Una vez le doy el sobre a mi señora y despliega la primera hoja, estupor: ¿Un viaje a Sevilla? Pero si ya estuvimos hace un par de años... Mmm... ¡esto no empieza bien! Pero me dije, bueno, cuando vea la segunda hoja lo entenderá todo. Nada más lejos de la realidad: despliega la hoja y me dice ¿Un tren? ¿Y qué pinta esta foto de mis titos? Daría dinero por poder ver la cara que puse en ese instante, pues mi temperatura corporal bajó a unos -400 grados centígrados y mis testículos ya se habían espachurrado unas veinte veces contra el suelo. Pero todo tiene una explicación: mi señora lo pilló más o menos a la primera, pero la emoción la dejó tan anonadada que no supo cómo reaccionar. Unos minutos después, ya en conexión telefónica con San Fernando, pude comprobar por el brillo de sus ojos que había acertado plenamente y que aquel regalo era el regalo. Pero, un momento... ¿no había tres hojas en el sobre? ¿Qué había en la tercera? Pues en la última había dos fotos, una de un señor que se llama Ángel León y otra de la puerta de su restaurante en El Puerto de Santa María. Un restaurante llamado... Aponiente.


Busque, compare...

Los asiduos a este humilde blog ya sabéis que el Pijo Mayor (o sea, yo) nunca sale de viaje sin haber hecho antes un minucioso estudio gastronómico de nuestro destino, pues no es cuestión de pasar una semana lejos de casa y de nuestro gato y, encima, comer mal. Como diría Florentino Pérez, never, never, never. Yo ya era consciente de dónde me metía, sabía que por aquella zona de Andalucía se come muy bien (de hecho, ¿hay algún sitio en Andalucía donde no se coma bien?), pero quise aprovechar el viaje y regalarle a mi señora una invitación a un resturante... diferente. No era casualidad que la invitara a ese sitio y no a otro: por motivos que no vienen a cuento, el año pasado pasé cuatro días en El Puerto de Santa María y entonces ya llevé a cabo el proceso de documentación que os comentaba más arriba. El nombre de Ángel León y de su Aponiente sobresalía una y otra vez en mis sucesivas búsquedas en la red. Y además, para bien: ni una crítica negativa, todas superlativas. Me metí en su web y flipé con lo que vi: cocina rabiosamente de autor basada, de forma radical, en el mar y sus numerosísimos frutos. Pescado, algas, marisco, moluscos... todos ellos tenían cabida en su arriesgada propuesta. Como el año pasado viajé solo, lo dejé para una mejor ocasión con mi señora. Y esta ocasión había llegado. Hice la reserva pertinente y un mes después, allí estábamos.


La mer

La misma noche de nuestra llegada, fuimos agasajados en casa de los titos por prácticamente toda su prole. Allí estaban los propios titos, sus hijos, sus nueras, sus nietos y hasta una tele para ver el partido del Barça. Entre toneladas de bienmesabe (cazón en adobo y luego frito: no hay palabras para describirlo), ensalada, botellines de cerveza y botellas de Lambrusco, salió a colación el tema del restaurante al que iba a invitar a mi señora, y varios de los allí presentes aprobaron de inmediato la elección, pues si bien no habían estado, tenían magníficas referencias. Esto va bien, pensé.

Y llegó el día. Tomamos el autobús hasta Cádiz y allí cogimos el catamarán que, a través de la bahía de Cádiz, te deja en el muelle del Puerto de Santa María. Un sol de bandera, una temperatura elevada pero sin apenas humedad, las vistas de la Bahía y tu señora al lado. En momentos como esos, uno no necesita nada más. Una vez en El Puerto, nos dirigimos directos al restaurante. En pocos minutos (policía municipal mediante) ya estábamos en la puerta. Nos recibió un camarero simpatiquísimo que nos llevó hasta nuestra mesa y nos trajo las cartas. Estábamos solos. Hay gente que no lo soporta, pero a nosotros, que somos un poco raritos, nos encanta, pues así nos aseguramos que no haya gente hablando a todo volumen, que comamos sin estrecheces y, lo más importante, que el personal del negocio esté única y exclusivamente por nosotros, por los Pijos.

El comedor es pequeñito, apenas unas siete u ocho mesas. Cortinas para evitar que te achicharres en  un par de minutos (os lo acabo de decir: sol de justicia), mesas amplias, sillas cómodas, mantelería y cubertería elegantes, pero sin pasarse y un hilo musical con volumen agradable. Tras indicarle a uno de los cuatro (e insisto, muy simpáticos) camareros que por favor no me sirvieran ningún plato que contuviera atún (me da asco), comenzó el festín. Este consiste en un menú degustación de -ojo- ¡veintitres platos! o la versión resumida de este, con solo once. Nosotros nos decantamos por el segundo, puesto que el primero lo vimos un poco, como dirían allí, exagerao. Y para beber, una botella de Rueda Quintaluna del año 2010. Ya sabéis que no tengo ni p... idea de vinos, por lo que antes de cagarla, me limitaré a decir que estaba muy bueno. Lo sé, es una descripción un poco lamentable, pero es lo que hay. A partir de aquí, voy a intentar explicaros lo que fue el ágape en sí. A ver si me sale.


 
Chicharrones de morena. Crujientes y saladitos. Muy buenos.


Embutidos de mar acompañados de pan de camarones. Aquí empieza lo bueno: cortes que imitan a la perfección el aspecto de las rodajas de embutido de toda la vida, pero que en lugar de estar hechos a base de cerdo, todos sus ingredientes son de origen marino.
Los ojos te decían chorizo, pero el sabor te decía lisa (que es el pescado con cuya grasa estaban hechos los embutidos). Mención especial merecen la pequeña tosta con sobrasada de caballa (espectacular) y el pan de camarones. Salivando de nuevo.


Mollete relleno de manteca colorá, mix de pescados y ventresca de atún por encima. Muy sabroso. El mío no llevaba atún, claro.


Burrata con leche pura de vaca, rellena de erizo de mar y espolvoreada con pimienta de Jamaica, sal marina del Puerto y aceite de la sierra de Cádiz. Ni qué decir tiene que lo devoramos en apenas dos cucharadas. Exquisitamente condimentado, por cierto.


Barbacoa (hecha con huesos de aceituna) de sardina con berenjena y de jurel con pasta marroquí. Gran idea lo de las aceitunas, le dan un aroma muy curioso. A mí me gustó más la sardina, a mi señora el jurel.

Hasta aquí los aperitivos. Tras traernos el pan (una rebanada de pan normal y otra de pan de algas, este último, exquisito), entramos en los platos en sí, escogidos todos ellos por el propio restaurante.


Sopa al estilo marroquí con burgadillos, acompañada de cañaíllas con un guiso de tomate. Otra gran presentación. Un plato doble que combinaba a la perfección los moluscos de la zona. El caldito marroquí estaba de vicio. Salivando de nuevo (dos).


Surimi de tomaso cubierto por remolacha y cubito de rábano con queso payoyo espolvoreado. Nos encantó. Y tiene gracia que lo diga yo, porque no me gusta el surimi ni ningún pescado crudo.


Mejillones de roca de Conil con crema de moluscos de la Bahía. Mi preferido. Podría haberme comido litros y más litros de aquella crema. Salivando de nuevo (tres).


Risotto de microalgas con puntitos de allioli hecho a mortero. Mi otro preferido en dura pugna con los mejillones, con un arrocito al dente. Salivando de nuevo (cuatro).

Y por último, los postres, que fueron dos:


Dulce de manzana ácida, plancton y wasabi. Un postre mar y montaña. ¿Es eso posible sin vomitar? En Aponiente, sí. Exquisito, uno de los highlights de la jornada.


Alfajor de Medina Sidonia hecho con nitrógeno líquido. El único bocado no marino de toda la comida. Debía de estar bueno para que mi señora se lo comiera en apenas tres bocados, más que nada, porque llevaba canela por encima y ella odia la canela. La odia de verdad. Un rinconcito dulce.


Tras todo esto y un cafelito para cada uno, nos quedamos la mar de bien, detalle que justificó de sobras no habernos decantado por el supermenú de los veintitrés platos, pues hubiéramos salido de allí arrastrándonos por la bahía. A continuación pedí la cuenta. Subió a 216 euros. ¿Caro? ¿Barato? A ver, no es barato, no nos engañemos, pero como digo en todas y cada una de las entradas de este blog, el precio lo acabas poniendo tú. Es un importe elevado, no cabe duda, pero teniendo en cuenta el laboriosísimo trabajo que hay detrás de cada plato, la categoría del producto utilizado en su elaboración, el entorno y el exquisito trato del personal, a nosotros no nos dio la impresión en ningún momento de que estábamos pagando de más. Y ¡qué coño! Si te gusta comer, este tipo de cocina hay que probarla, ¡aunque sea una vez en la vida! Es más, a ver en cuántos restaurantes con estrella Michelin (Aponiente tiene una) comes por 100 euros.

La mer encore

Salimos del restaurante pasadas las cuatro y pusimos rumbo de nuevo hacia el muelle, el catamarán estaba esperando... como esperaréis vosotros, Pijos míos, a la siguiente parte de nuestro periplo gaditano, pues, como se suele decir, ¡esto acaba de comenzar!

CONTINUARÁ...


Aponiente
Calle Puerto escondido 6
El Puerto de Santa María (Cádiz)
956.851.870
www.aponiente.com

martes, 4 de septiembre de 2012

CHERIFF


Hay tíos que tienen criterio... y Jordi es uno de ellos. Es de aquellas personas que defienden su punto de vista de forma vehemente, apasionada,  ¡hasta sus últimas consecuencias! A veces demasiado, todo hay que decirlo. Pero, qué queréis que os diga, sus ocasionales excesos verbales  son d'allò més entranyables. Y se los perdonamos. Primero, y más importante, por que lo queremos un montón. Segundo, porque te ríes muchísimo al rememorar episodios como el de aquel día en el que se me ocurrió decirle que comer en el Bulli tenía que molar. Y tercero, como ya dije al principio, porque tiene criterio. Tiene mucho criterio. Por eso, cuando le pedimos consejo para comer aquí  o cenar allá, mi señora y yo siempre seguimos a pies juntillas sus sabias recomendaciones. Y un dato a tener en cuenta: Jordi es un bon vivant, le gusta comer bien, lo que hace que sus consejos adquieran para nosotros, los Pijos, categoría de dogma de fe.

¿Jordi, tú sabes de algún sitio donde...?

Creo que puedo decir, sin miedo a equivocarme, que yo conquisté a mi señora por el estómago. O por lo menos en parte. Imposible olvidar el par de pseudo-tugurios a los que la llevé al principio de mis acometidas románticas: cualquiera otra chica hubiera huido al entrar en aquellos antros -míticos para mi entonces, míticos para los dos ahora- de estética más próxima a las pelis de Torrente que a las tabernas que frecuentaba Jean Cocteau en sus años por el Chino, pero donde el comer se transformaba, como decía uno de los hijos de Julio Iglesias, en una experiencia religiosa.

Yo tenía mis fuentes (estos dos lugares eran recomendaciones de mi gran amigo Uri), pero mi señora... también. Por eso, cuando ya durante nuestro primer año de relación ella quiso  reconquistarme por la vía romántico-culinaria (ya sabéis: hay que regar toooodos los meses la plantita del amor para que esta no se marchite), le pegó un telefonazo a Jordi y este le dio un nombre: Cheriff.


Todos los caminos llevan a la Barceloneta

Siempre he vivido en Barcelona. Sant Antoni, Gràcia, Poblenou... barrios todos ellos encantadores, pero si hay alguno en el que siempre me hubiera gustado vivir y hasta el momento no he tenido la oportunidad, ese es el de la Barceloneta. Seguro que más de uno me diréis que es demasiado ruidoso, que hay mucha inmigración, que ya no es lo que era... puede que tengáis razón, pero el panorama que me encontraría, mejor o peor, seguro que no distaría mucho del de cualquier otro barrio de  la ciudad. Me imagino que antiguamente las diferencias entre los distintos barrios de Barcelona serían bastante notables, pero hoy en día... Cosas de la globalización, supongo.

Después de las infernales temperaturas de las últimas semanas, aproveché la suave sobremesa del pasado viernes para ir dando un paseo hasta el propio Cheriff, sito en la calle Ginebra, en plena Barceloneta, y hacer la foto de rigor a su fachada (podría haberla hecho el día de autos, pero teniendo en cuenta que mi cámara no es nada del otro jueves y que, dato a tener en cuenta, era de noche, lo más probable es que me hubiera salido un churro de foto). Aunque me lo sepa de memoria, este es un trayecto que cada vez que lo hago lo disfruto como si fuera la primera vez: pasear lentamente por las callejuelas  de la Barceloneta mientras fijas tus ojos en esos tendederos que asoman prácticamente de todos los balcones (una imagen que me fascina y que me transporta muchos años atrás en el tiempo) no tiene precio. Y si lo rematas con una cervecita en la terraza de algún bar o restaurante, dejándote embriagar al mismo tiempo por el aroma a paella, a marisco, ¡a lo que sea! que sale de su cocina... eso ya no tiene nombre.

“Los percebes ya no son lo que eran”

El Cheriff es de esos sitios que es de lujo... pero que no es de lujo. Me explico: una vez entras, te encuentras, a la izquierda, con la típica pecera de las marisquerías, repleta de hermosas langostas, y a la derecha una inmensa nevera con expositor, donde toda suerte de moluscos, cefalópodos y otras suculentas especies marinas están pidiendo a gritos salir de ahí y darlo todo en el plato del comensal. Si sigues caminando, te encuentras un pequeño bureau, que es desde donde el señor Cheriff -el dueño, vaya, un señor con bigote muy simpático (el señor, no el bigote) se encarga de dirigir todo el cotarro y hacer la cuenta de su puño y letra (ver foto). A la izquierda está la entrada al comedor, una habitación de decoración un tanto rancia, a base de maderas oscuras y motivos marineros, con una serie de falsos ojos de buey distribuidos por todo el perímetro. Con todo, su estética desfasada no molesta (no es opresiva, vamos). Un defecto, por decir algo, sería que es algo pequeño. Bueno, no tanto, lo que pasa es que aprovechan al máximo el espacio disponible y lo llenan de mesas, al más puro estilo parisino, con varias pequeñas y un par de forma redonda para grupos de seis u ocho personas. Pero no hay mal que por bien no venga, pues gracias precisamente a esa proximidad pudimos oír en una ocasión (hace un par de veranos, si no recuerdo mal) a dos señores, uno de unos cuarenta-y-muchos y el otro de unos setenta-y-pocos, con ropa ambos de sport (¡Diosssss, cómo odio esa palabra!) y pinta de dentistas de la zona alta de Barcelona (mi señora opina que eran hombres de negocios), comentando sus vacaciones en Cabo Verde mientras degustaban unos percebes. Tras una interesantísima referencia al siempre fascinante mundo de las embarcaciones de recreo, uno de ellos finiquitó la conversación con una de esas frases que, una vez oídas (y más en el contexto en el que se produjo), se quedan grabadas para siempre en tu subconsciente y echas mano de ellas cada vez que quieres darle una pequeña pincelada irónica a tus frases: los percebes ya no son lo que eran. No sabéis la de veces que nos hemos reído de (y con) esa sentencia, desde entonces en mi top-five de mejores frases pilladas al vuelo.

Ahora tampoco os penséis que toda su clientela es así (pija, quiero decir), pues en el Cheriff yo he visto de todo, desde mindundis como nosotros a familias de tota la vida, turistas, empresarios y demás amantes del buen comer. Y hablando de comer, ¿qué se come en el Cheriff? Pues si está en la Barceloneta, la cosa está clara, ¿no? La señora Nini (que es como llaman cariñosamente a la cocinera y propietaria) cocina unos arroces sencillamente indescriptibles (¿la mejor paella de la Barceloneta? La respuesta es ¡SÍ!), por no hablar del cariño con el que cocina los fresquísimos pescados y mariscos que adquieren a diario en la lonja de la Barceloneta (¿de dónde si no?). En nuestra última visita, tuvimos a bien pedir unos mejillones al vapor (pequeñitos y sabrosos), unos salmonetes (mi señora llora cada vez que piensa en esas pequeñas maravillas rosadas) y un delicioso arròs negre, bañado todo ello con... atención... redoble de tambores... ¡Champagne! ¡Sí! ¡Los Pijos han bebido algo que no era cerveza! Es que la ocasión (era mi cumpleaños) lo merecía, si bien he de deciros que la botella de Laurent Perrier brut era mediana, más que nada porque una entera no nos la acabamos. ¡Qué bien cenamos ese día, joder! Como siempre que vamos al Cheriff, vamos.


Yo aquí sí vuelvo

Esa misma noche, el camarero de las gafas (no sé cómo se llama, la próxima vez se lo preguntaré) nos llevó hasta nuestra mesa y nos comentó que hacía como un año y medio que no veníamos. Coño, vaya memoria, le dije. Realmente no hacía tanto (unos nueve meses como mucho) pero la cuestión es que nos recordaba de anteriores visitas, lo cual es un detalle que los Pijos siempre valoramos. El servicio del Cheriff, tanto por este chaval (un tío muy cachondo que incluso compartió con nosotros unos chupitos, a los que, por cierto, invitó él) como por las otras dos chicas y el propio señor Cheriff, está más que a la altura, razón que suma a la hora de dejar una generosa propina. Se lo merecen. De verdad.

Y el precio: 97,50 euros en esta ocasión. No es para nada caro, teniendo en cuenta que el pescado y el marisco frescos se pagan y que ya la media botella de champagne supone más de la tercera parte de la factura. Y si no, haced la prueba: reservad (imprescindible, casi siempre está lleno), pediros una paella con una ensalada y un par de cervezas y ya veréis que la cuenta apenas pasará de los 3o ecus por cabeza. Si es así, no hace falta que nos deis las gracias. Y si pasa un poco, los Pijos nos haremos cargo de la diferencia. Bueno, eso ¡ya lo hablaremos!

Cheriff
c/ Ginebra 15
Barcelona
933.196.984