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miércoles, 25 de septiembre de 2013

THE GARGANTUAN TOUR - TERCERA ETAPA: EL LLAGUT


Estaba seguro de que la tercera etapa del Gargantuan Tour iba a salir bien. Bueno, a ver, seguro-seguro, lo que se dice seguro… no, pero casi, vamos. Me lo decía mi instinto Pijo, ese instinto que tantas sobremesas (y noches) de gloria nos ha proporcionado a mi señora, a mí y (espero) a la mayoría de vosotros, pijos míos. Y se basaba en algo tan endeble y absurdo como un refrán. Así es, amiguitos, el Pijo Mayor pensó que a la tercera tenía que ser la vencida. Y esa tercera no hacía referencia a las etapas previas de nuestro recorrido, sino a mis dos anteriores visitas a la ciudad de Tarragona. No guardaba muy buen recuerdo de ellas, la verdad. La primera fue hace unos mil años, es decir, en 1991. Por aquel entonces debía cursar segundo de BUP. Nuestro profesor de Historia, el mítico Josep Mohedano, tuvo a bien sacarnos unas horas del siempre tedioso instituto y visitar, autocar desvencijado mediante, las ruinas de la antigua Tarraco. Solo recuerdo dos cosas de ese día: una, imitar en la playa las llaves de Hulk Hogan que habíamos visto montones de veces en el inolvidable Pressing Catch de Tele 5 (más de uno salió de allí con varios moratones) y la otra, lucir el peinado más horroroso que he llevado jamás, el hachazo en mitad de la cabeza. Sí, fue por aquella época cuando me empezaron a llamar Luis Cobos por los pasillos del instituto. Es mirar las fotos de ese viaje y preguntarme en voz alta a mí mismo: Pijo, ¿cómo cojones se te ocurrió llevar el pelo como Luis Cobos? Como dice mi madre, es lo que se llevaba. Miento: nadie llevaba el pelo así en mi barrio, NADIE. En fin, que cada vez que pienso en mi primer día en Tarragona, mi cerebro corre un tupido velo sobre él y, naturalmente, sobre ese lamentable pelazo.


¿Dónde coño están las guitarras?

Saltemos ocho años hacia adelante. Año 1999. Es un viernes por la tarde. Esa noche toco con mi grupo en una sala del casco antiguo de Tarragona que se llama El Cau. Por cuestiones laborales, salimos tarde de Barcelona. Nada más comenzar el trayecto, la primera en la frente: no hemos llegado ni a la salida de Barcelona que, en plena Diagonal, comienza a salir un humazo negro por debajo del capó del coche. Llamada a la grúa y apretujones dolorosos en la furgo, el único vehículo de nuestra comitiva que quedaba sano. Llegamos a las tantas a Tarragona y, como bienvenida, nos encontramos con ¡una buena tormenta! Fue inolvidable: tener que abrir un pasillo en una sala abarrotada de gente (y con algunos de los presentes ya bastante cociditos), con un bombo en tus manos y la ropa completamente empapada (y sin cenar, ¡claro!) son de esas cosas que sabes que algún día podrás contar a tus nietos. Pero faltaba la guinda, por supuesto. Cuando estábamos montando todo el equipo, el cantante y bajista de la otra banda dice oye, ¿dónde está mi bajo? ¿Y la guitarra de Marcel? Comenzamos a buscar los instrumentos como locos sin resultado. Hasta que uno de nosotros hizo memoria y dijo Un momento. Para meter el órgano en la furgo sacamos las dos fundas y las apoyamos en el maletero de un coche que había aparcado al lado. Es decir, ¡que nos las hemos dejado en Barcelona! Estaba claro: no era nuestro día (o, mejor dicho, nuestra noche). A esta serie de calamidades le siguieron un par de conciertos olvidables, una cena a las dos de la mañana a base de frutos secos y una milagrosa aparición del ángel de la guarda de los rockeros, pues impidió que, al volver, nos comiéramos con patatas la mediana de la AP-7 : el conductor de la furgo se durmió durante unas décimas de segundo, pero me dio tiempo, como copiloto, de despertarlo con un grito que todavía resuena por El Vendrell y sus alrededores. Por corbata, señores, por corbata.

Por eso a la tercera…

Situar la visita a Tarragona en el tercer lugar de nuestro recorrido fue una decisión calculadísima: quería que coincidiera con la llegada del buen tiempo. Aunque siempre es mejor que no llueva y/o que no haga frío, en las dos primeras etapas la meteorología podía fastidiarnos el viaje hasta cierto punto, puesto que en los dos restaurantes elegidos comeríamos bajo cubierto, a salvo de chubascos y bajas temperaturas. Sin embargo, para esta parada el factor sol era esencial. No cabía en mi cabeza disfrutar de un buen ágape marinero en un local cerrado, no, debía ser en una terraza al aire libre, tenía que ser en una terraza al aire libre. Y qué mejor que jugar con ventaja: situando la visita a principios de verano me aseguraba un tiempo casi perfecto. Y así fue, pijos. El día de autos nos levantamos por la mañana con un sol de justicia, un sol de esos que te ponen de buen humor de forma instantánea, un sol, en definitiva, que invita a salir de casa y disfrutar de los pequeños placeres pijos. Dicho y hecho: tras un frugal desayuno, nos fuimos para la estación de Sants a coger el primer tren que saliera para Tarragona. Nos esperaba la cocina marinera de uno de los clásicos del casco antiguo de Tarragona. Nos esperaba El LLagut.


Arriba a la derecha

Qué bien que va el Google Maps, ¿eh? Abres la aplicación y en unos breves instantes te dice dónde estás y cómo llegar a tu destino. Lo que no te dice es que lo que en su mapa parecen diez metros en realidad es una escalera de tropecientos mil escalones. Desde la estación de Renfe hasta la calle Natzaret, que es donde se encuentra El LLagut, no se tarda demasiado, unos veinte minutos aproximadamente, pero todo el recorrido es una ascensión continua, más o menos pronunciada, pero ascensión al fin y al cabo. Ah, me había olvidado: se ha de subir porque el restaurante se encuentra en pleno casco antiguo, el cual está unos metrillos por encima del nivel de mar. El recorrido que nos marcó el señor Google nos llevó por unas cuantas calles más bien feúchas, pero una vez llegamos al casco antiguo, la cosa cambió. Es muy bonito (de hecho, no conozco ningún casco antiguo que sea feo) y apetece pasear por sus calles y callejuelas (una de ellas, por cierto, era donde está El Cau).

Una vez llegamos al número 10 de la calle Natzaret, echamos un vistazo y lo que vimos nos dio buenas vibraciones. Aunque su dirección indique una calle, el restaurante, en realidad, se encuentra en una plaza bastante amplia (la Plaça del Rei) que va a dar al museo arqueológico. Es una plaza muy bonica, muy tranquila, de esas que piden a gritos sol, una buena terraza y una mejor compañía. Y terrazas había unas cuantas, entre ellas las de nuestro restaurante (o taberna marinera, que es como ellos se autocalifican)



Los cuadritos

Cuando más arriba os decía lo de las buenas vibraciones, no me refería al marco, al espacio donde íbamos comer (que también) sino a un pequeño detalle que para los Pijos es una especie de señal: las mesas de la terraza tenían manteles de cuadros. A lo mejor os parece una chorrada, pero he conocido pocos sitios donde las mesas lucieran cuadritos y se comiera mal. Pese a que al poco de sentarnos pusieron encima del de cuadritos el inevitable mantelito blanco, el mensaje que nos mandó el cuadriculado estaba ahí y no podía ser ignorado: pijos, hoy comeréis bien. Las sillas eran todo lo cómodas que pueden ser las sillas de madera de toda la vida (por lo menos, no eran esas mega-sillazas rojas con el logotipo de Coca-Cola o Estrella Dorada detrás, esas en las que el culo acaba por desparramarse en siete direcciones distintas). Cubertería mona , servilletas de tela, ¡como Dios manda! y un parasol tamaño king-size para protegernos del solano, que a esa hora ya no hacía prisioneros.

Pueden tomar apuntes

La camarera –simpática y eficiente, luego os hablo un poco más de ella- nos trajo las cartas y nos orientó un poco. Ante una carta de tales dimensiones –no tanto en la variedad de platos sino en la casi interminable lista de arroces, la especialidad de la casa- agradecimos muchísimo la sesión informativa que tuvo a bien dedicarnos durante unos minutos. También hay que decir que llegamos tan pronto que estábamos solos –luego se llenó- y la chica pudo explayarse con nosotros. Respecto a los entrantes, no había mucho que explicar, pescado y marisco (de las lonjas de la zona) a tutiplén: boquerones, ensalada de bacalao con romesco y olivas arbequinas, mejillones de roca al vapor, almejas salteadas con uva garnacha, pulpitos de Tarragona estofados con vino rancio, pimiento de romesco y ajo confitado… Bufff… ¡difícil elección! Cuando vas a comer a un restaurante de cocina marinera, ya sabes que la cosa va a estar muy complicada y que los platos van a luchar entre ellos encarnizadamente por ser finalmente los elegidos. En la carta aparecen como Tapes per compartir al mig de la taula (tapas para compartir en mitad de la mesa), no como entrantes, pero son más lo segundo que lo primero. Luego os cuento.

A continuación, venía el apartado de pescados (rape, varias merluzas, dorada…) y calderetas (de bogavante y de langosta) y, finalmente, el plato fuerte, los arroces. Aquí comenzó la clase didáctica de la camarera. Era tal el torrente de información que nos facilitó sobre el origen, preparación e ingredientes de los diferentes tipos de arroces de la carta, que me dieron ganas de pedirle bibliografía. La pobre tuvo que repetirme más de una vez (y de dos, ¡y de tres!) en qué consistía cada plato. Me supo muy mal, pero mi cerebro, a aquellas horas en estado semi-operativo por el sol, el hambre y la escalada, ya no daba pa’más. A ver… sirven tres tipos de arroces, los melosos (con nécoras, con cigalas, con bogavante, con cangrejos de playa, con gambitas de Tarragona…), los secos (con sardinas, con bacalao, negro con sepia, al horno con pescado de roca, almejas y alioli de azafrán de Jiloca…) y los masqueta. Estos últimos son una especialidad de la costa tarraconense. Si no recuerdo mal las explicaciones de nuestra profe, es un arroz un poco picantón a base de verduras y marisco que los pescadores preparaban antiguamente en sus propias embarcaciones para coger fuerzas de cara a sus largas (y duras) jornadas en alta mar. Nos dijo también que era la especialidad de la casa y que valía la pena probar alguno (tenían dos, el de azafrán de Jiloca, calabacín y almejas y el de pimiento de romesco, rape y mejillones), pero lo del picante tiró un pelín para atrás a mi señora, poco amante de los incendios gástricos, así que lo dejamos para otra ocasión. Ahora no estoy seguro de si es caldoso, seco o qué, por lo que si alguno de vosotros lo sabe, ¡que nos lo diga!


¿Rácanos? No way!

Tras muchas dudas, nos decantamos por pedir dos tapas para compartir en mitad de la mesa y un arrocito. Como os decía antes, más que tapas eran entrantes puros y duros. O, dicho de otra forma, eran tapas muy generosas. Me gustaría dejar claro esto último, puesto que he leído por ahí que el tamaño de estas tapas era ridículo y que era vergonzoso que cobraran lo que cobraban por semejantes miniaturas. No puedo –ni quiero- defender a nadie en particular, pero ciñéndome a nuestra visita, las miniaturas brillaron por su ausencia.

Pedimos, en primer lugar, una cazuela de mejillones de roca al vapor. Normal: visitar la tierra de los musclos y no probarlos (y más estando en plena temporada) es como ir a Valencia y no probar la paella. Y yo, Pijo mayor y mejillonólogo de pro, doy fe de que estos bivalvos estaban de rechupete. Volviendo a lo del tamaño (ya está, ya lo dejo), indicaros que nos sirvieron una cazuelaca que no se la saltaba un galgo. Producto de la tierra (o, mejor dicho, del mar) al que no le hacía falta ni limón ni res de res: exquisitos, señores.

Como segunda tapa, los pulpitos de Tarragona estofados con vino rancio, pimiento de romesco y ajo confitado. ¿Que cómo estaban? Tuvimos que pedir otra ración de pan. No hase falta desir nada más, ¿no?

Y el arroz. Finalmente nos pedimos un arroz caldoso con bogavante. Y fue una sabia elección. Estaba simple y llanamente ¡espectacular! Unas cuantas semanas después, los Pijos nos desplazamos hasta Badalona para comer en un chiringuito que nos habían recomendado y que está en plena línea de mar. Pedimos el mismo arroz que en El LLagut y nos sirvieron una cazuela con sabor a caldo Aneto, lo cual no hizo sino elevar el de Tarragona al Olimpo de los arroces caldosos.


No fue casualidad

Cuando pedimos la cuenta (que incluía nuestras habituales cervezas y un par de cafés), mi señora aprovechó para ir al lavabo. Al poco, volvió nuestra camarera con el datáfono y, mientras me cobraba, me hizo el interrogatorio habitual que suelen hacer en los restaurantes de provincias a los que somos de can fanga: si nos había gustado, de dónde venimos, que cómo los conocimos… La chavala flipó bastante cuando le expliqué que supe de su restaurante a través de una reseña (muy elogiosa) publicada hace bastantes años en las páginas de El Periódico de Catalunya y que guardé el recorte durante todo este tiempo (en mi carpeta roja, of course), esperando que se dieran las circunstancias precisas para visitarles. Pasé de hablarle del blog, no fuera que me tomara por un freak (o peor, por un stalker obsesionado con las tabernas marineras tarraconenses). Una vez volvió mi señora del excusado, nos preguntó si nos íbamos a quedar en Tarragona todo el día, puesto que esa noche comenzaba la vigesimotercera edición del Concurso internacional de fuegos artificiales Ciutat de Tarragona y varios restaurantes del casco antiguo –entre ellos el suyo- instalarían casetas en uno de los miradores de la zona para picar algo mientras el cielo de Tarragona se llena de truenos, rayos, centellas y pólvora, mucha pólvora. La verdad es que si lo llegamos a saber con antelación nos hubiéramos quedado, pero nuestro gato tenía que cenar a su hora y no era plan de dejar al pobre animal maullando a pleno pulmón mientras sus papis se encontraban a cien kilómetros de distancia mirando petardos.

De camino a la estación (¡de bajada!) mi señora y yo comentamos que el banquete que nos habíamos calzado apenas había superado los 60 euros (65,30 concretamente), por lo que la segunda visita a El LLagut estaba totalmente confirmada. Con o sin petardos. Eso da igual.

jueves, 14 de marzo de 2013

CAL GANXO


Me sucede todos los años. Uno tras otro. Es llegar la última semana de enero y no poder dejar de pensar en otra cosa. ¿Y por qué a finales de enero, os preguntaréis? Muy sencillo, queridos pijos y pijas: ¡comienza la temporada de calçots! Aunque con los años (y sobre todo, a medida que se han ido popularizando entre los habitantes de la metrópolis) las primeras calçotades tienen lugar allá por el mes de noviembre, no es hasta la última semana de enero que comienza oficialmente la temporada con la Gran Festa de la Calçotada de Valls (Tarragona). A partir de ese momento, el Pijo mayor se pone manos a la obra y no para hasta fijar el día en el que el comando Pijo se pondrá los baberos. Digo lo de comando porque las calçotades son una de las dos cosas en la vida que hay que hacer sí o sí en grupo. La otra, por supuesto, es ver Aterriza como puedas.

No os creáis que soy un experto en esto de las calçotades. De hecho, mi primer encuentro serio con los cebollinos y la salsa romesco tuvo lugar hace poco menos de diez años, ya en mi treintena. Fue en un restaurante del Montseny, creo recordar. Me gustaron, pero tampoco me entusiasmaron, la verdad. El entorno, qué queréis que os diga, tampoco ayudaba. Era más bien un bar de comidas con un comedor atestado de familias. Y los que me conocéis, ya sabéis que ese ambiente, el familiar, me encanta: estrecheces, gritos, niños, humo (bueno, eso ya no, afortunadamente)... Después de aquella jornada de lo más olvidable, lo tenía claro: no volvería a ir de calçotada si no se daban un mínimo de tres condiciones in-ne-go-cia-bles. A saber:

  • El entorno: si los calçots son originarios de la comarca del Alt Camp, a poco más de cien kilómetros de Barcelona, ciudad en la que resido, ¿tiene sentido irse de calçotada a un bar de comidas del Montseny? La respuesta está clara: ¡NO! Quiero comérmelos en el campo, ¡en el mismo epicentro del cebollino! ¡Allá donde saben de qué va esto!
  • El restaurante: Esta es consecuencia de la anterior. Si hay que comer en plena naturaleza, las opciones se reducen a dos: al aire libre o en una masia. Y como por esta época suele hacer fresquito por la zona, gana por goleada la masia.
  • El momento: Entre semana, sin familias ni niños. Más anchos y más tranquilos.

Más de uno dirá que lo del entorno es una tontería y que no hay que irse tan lejos para calzarse unos buenos calçots. Y quizás tengáis razón. Si la materia prima es de calidad y tienes el equipo y la cocina adecuados, ¿por qué carajo no van a estar buenos? Pero una vez has comido en Cal Ganxo, os puedo asegurar que los 110 kilómetros que separan mi domicilio de este templo calçotaire no significan absolutamente nada.


Los que sí que saben

Lo tuve claro desde el principio. Si quería comerme los mejores calçots en el mejor entorno posible debía dirigir mis pasos hacía la comarca del Alt Camp. Ya, pero...¿dónde? Será que no hay restaurantes y masias por esa zona dedicadas en cuerpo y alma al cebollino... Fácil: pregunta a los que saben. Y no hay gente más sabia que los proveedores de la empresa donde trabajo, auténticos currelas que conocen palmo a palmo la zona por la que se mueven habitualmente. Y así lo hice. Hace exactamente siete años llamé a nuestro hombre en Valls y le pregunté Escolta, saps d'algun lloc que estigui bé per fer una calçotada? ¹
  Su respuesta fue rápida y concisa: Cal Ganxo, no t'ho pensis ni dues vegades ².
La cosa, pues, estaba clara, ¿no?

Sin contar la que nos ocupa en esta entrada, los Pijos hemos disfrutado del arte de Cal Ganxo en tres ocasiones. La primera, en febrero de 2006, con nieve todavía en los márgenes de las carreteras, fue espectacular. Comimos de fábula. Y comimos mucho. Y cuando digo mucho es mucho. Yo salí de allí medio mareao, con ganas de irme a la cama inmediatamente para que mi estómago reposara un poco. Ah, no os lo había dicho: Cal Ganxo no está especialmente indicado para aquellas personas que tienen suficiente con una ensaladita y un poco de pollo a la plancha. No. Cal Ganxo es para los valientes, para aquellos que una vez se sientan a la mesa, lo dan todo y no hacen prisioneros. Pero no adelantemos acontecimientos...

Después de aquella primera visita, los Pijos repitieron en dos ocasiones más. Especialmente cómica fue la tercera, en la que a mi suegro, llevado por un (desconocido en él) espíritu aventurero, le dio por obviar la autopista AP-7 y volver a casa atravesando media Catalunya, obsequiándonos la vista con las bonitas entradas (y las no menos bellas salidas) de unas catorce poblaciones del Vendrell, el Garraf y el Baix Llobregat. Y para acabar, la guinda: ¿A alguien se le ocurre una forma mejor de rematar una comida opípara que con una buena sesión de curvas por las costas del Garraf? ¡A mí no, desde luego! Solo por el color pseudo-tísico que se le quedó a mi señora en pleno vaivén ¡ya valió la pena! Y es que mi suegro es de los que saben.

Somos gente con clase...

...y no nos juntamos con cualquiera. Eso es justo lo que pensé cuando el comando Pijo (formado en esta ocasión por Rubén, Marta, Juan, Lidia, Isaac y yo) llegamos hace unas semanas al aparcamiento de Cal Ganxo. Allí fuera, un poco apartado de los coches, había estacionado...¡un helicóptero! ¡Su p... madre! Estaba claro, no iba a llevar a mis colegas a un sitio cualquiera. Hacía ya un tiempo que en el trabajo nos rondaba la idea de salir de calçotada y yo me comprometí a llevarlos al mejor sitio que conocía para ello. Lo que no sabía es que también tenían clientes vip, mira tú.

Cal Ganxo es un restaurante que abre únicamente para comer -nada de cenas- entre los meses de noviembre y abril, es decir, coincidiendo con la temporada de calçots. Está situado en un pueblecito (bueno, quizás sería más adecuado calificarlo de aldea, apenas son cuatro casas mal contadas) llamado Masmolets, a pocos kilómetros de Valls. La masia es una preciosa casa solariega del siglo XVIII que ha sido reformada en su justa medida: una vez dentro, te da la impresión de que el tiempo se paró allí hace más de doscientos años.

Tras las pertinentes fotos al helicóptero (con postureo incluido) nos dirigimos a la entrada. Tras cruzar la puerta, entras en una especie de recibidor con unas brasas (a pleno rendimiento) a la derecha, uno de los comedores a la izquierda y en el centro, la entrada al comedor principal, que es donde teníamos nuestra mesa. Aunque era la cuarta vez que entraba en dicha estancia, me volvió a sorprender gratamente su ambiente cálido y acogedor, con mesas y sillas de madera maciza, una iluminación tenue (a base de lamparitas y velas) y una decoración más que correcta hecha a base de objetos antiguos. Y aunque estaba lleno (ojo: no era un fin de semana, dato a tener en cuenta) en ningún momento hubo gritos ni molestias de ningún tipo.

Desabrochando cinturones

En la mesa estaban esperándonos nuestros respectivos baberos -esenciales en una calçotada-, un par de porrones de vino tinto, un cuenquito de su estupenda salsa romesco para cada uno y un par de cestos con sendos panes de pagès ya cortados a rebanadas. Mucho cuidado con la salsa romesco de Cal Ganxo: crea adicción. Está tan buena que es tremendamente sencillo que se te vaya la olla y que antes de que llegue la carne ya te hayas jalado medio kilo de pan mojando a diestro y siniestro. Mi buen amigo Isaac dice que la salsa romesco que hace su señora está mejor, pero que esta está muy buena. No seré yo quien le lleve la contraria, pero hasta que no la pruebe, me quedo con la de Cal Ganxo.

El plan es sencillo. Un menú cerrado que consta de calçots a go-go, sin límite alguno, una parrillada de carne de segundo y postre. Una vez sentados todos en su sitio, con los baberos bien atados, ¡comienza el espectáculo!: los camareros van trayendo tejas y más tejas de calçots envueltos en papel de periódico. Están hechos como Dios manda y se nota, pues a partir de aquel momento la conversación que estábamos manteniendo sobre los posibles pasajeros del helicóptero (¿serían famosos?) se fue diluyendo en pocos instantes. Aunque el menú incluye calçots non-stop, paramos después de la quinta o sexta ronda, pues todavía faltaba más de medio ágape y no era cuestión de darlo todo tan al principio. Conozco gente que preferiría comer calçots y romesco hasta reventar y pasar de la habitual carne a la brasa de segundo, pero eso va a gustos. Yo me decanto por comer un poco de todo y no centrarme únicamente en los cebollinos... pero para eso hay que tener un poco de sentido de la mesura y tener muy claro hasta donde puedes llegar con cada plato. Yo soy perro viejo y conozco mis límites, así que cuando ya llevaba unos treinta y cinco calçots dije basta y me quité el babero. Marta, Lidia e Isaac siguieron dándole a los cebollinos hasta sobrepasar con creces los sesenta (repetimos: ¡sesenta!), aunque Isaac es de buen comer y a él no le supuso ningún problema, cosa que no puede decirse de ellas dos (luego os explico).

A continuación, los camareros retiraron los baberos, los despojos, los cuenquitos y el mantel de papel que cubría el de tela (muy buena idea esta: es tal la cantidad de brasas e hilachos que salen disparados que si no lo pusieran dejarían la mesa hecha una pocilga para el resto de la comida) y comenzaron a traer la guarnición de la parrillada, dos platos bien hermosos llenos de mongetes, una alcachofa asada por cabeza y un butifarrot negro para cada uno. Pintaza, señores, ¡pintaza! Un par de minutos después llegó el turno de la carne, que traían sobre un par de cazuelas con sus propias brasas candentes debajo y una rejilla encima. Cada cazuela constaba de tres raciones que incluían cada una una butifarra, una mitjana y una costilla de cordero. Ah, y all i oli, ¡mucho all i oli! La carne estaba simplemente deliciosa, todos coincidimos en ello. Para beber, por cierto, trajeron un par de botellas de cava de la casa. Muy bueno también.

A estas alturas, quien más o quien menos ya estaba un poco llenito. El Pijo mayor estaba especialmente contento, pues gracias a una buena dosificación todavía tenía espacio en el buche para el postre. Antiguamente, te servían un plato ¡sopero! de crema catalana y un par de naranjas ¡para cada uno! Ahora se han moderado y se limitan a traer un par de platos con naranja a rodajas y otros dos platos (sí, soperos) de crema catalana, todos para compartir. Mejor así, la verdad.

Yellow is the colour

Cuando vas de calçotada, es relativamente fácil saber quién va peor a nivel gástrico, ¡tan solo hay que fijarse en quién se pide un té! Y Marta y Lidia estaban entre las más perjudicadas. De hecho, el color de su piel había mutado hacia la misma tonalidad pseudo-tísica de mi señora unos años antes. Pero tampoco hay que darle mucha importancia, pues si es la primera vez que vienes es muy fácil que la gula te engañe y acabes empachado. Yo acabé exactamente igual (¡o peor!) la primera vez que fui.

La cuenta salió por 242 euros, es decir, a unos 40 euros por barba. A todos nos pareció bien teniendo en cuenta el entorno, el servicio (super-atento y muy simpático) y, sobre todo, lo bien, lo jodidamente bien que habíamos comido. Insuperable.

Zzzzzzzzz....

Tras abonar la cuenta, nos levantamos y salimos a dar una vueltecita por la aldea, más que nada para que nos bajara un poco toda la manduca ingerida. Cuando estábamos a la altura de la iglesia, oímos cómo el helicóptero que habíamos visto a la entrada se elevaba en pocos segundos y marchaba de allá a toda leche. Qué rabia, ¡nos quedamos sin saber quién iba en él! A medida que nos alejábamos de Masmolets pensamos en lo que molaría ir montados en él y llegar a casa en pocos minutos. Y si tenemos en cuenta la letal sesión de La Oreja de Van Gogh con la que tuvieron a bien obsequiarnos Juan (por poner el disco) y Marta (por berrear sus canciones) durante la mayor parte del viaje de vuelta, más todavía, ¡mucho más! Yo ya no vuelvo a salir de calçotada si no es en helicóptero, ¡que lo sepáis!

Cal Ganxo
c/ de la Font 9
Masmolets – Valls (Tarragona)
Tel. 977.605.960
www.calganxo.com/


¹
Oye, ¿sabes de algún sitio que esté bien para hacer una calçotada?
 
²

Cal Ganxo, no te lo pienses dos veces