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jueves, 24 de abril de 2014

CA LA JADI


Seguro que os ha pasado un montón de veces. Al lado de donde vives, del trabajo o de casa de los suegros siempre hay algún negocio que conoces de vista, pero al que, por una razón u otra nunca te has decidido a entrar. Eso si os habéis fijado, claro, porque os puede pasar como a mí, que soy capaz de pasar tres mil quinientas treinta y tres veces por delante de una calle cualquiera y darme cuenta una tarde de que allí hay un local donde arreglan zapatos o una tienda donde venden placas base de ordenadores. Ca la Jadi, el restaurante que nos ocupa hoy, estaría en el segundo grupo, el de los locales digamos fantasmas. ¿Siempre ha estado ahí? ¿No es nuevo? A ver, tengo que reconocer que la calle donde se ubica, la del Marqués de Campo Sagrado, no es precisamente el Paseo de Gràcia. Pese a ser una calle bastante ancha, no anda muy sobrada de atractivos. O mejor dicho, para que no se me enfaden sus vecinos, no tiene nada que no tenga otras trescientas calles de Barcelona. Es una calle normal. Así, a bote pronto, recuerdo que hay un Caprabo, una tienda de instrumentos, dos o tres bares, un mecánico, un par de badulakes y… poco más. Precisamente por eso, y a pesar de que es la calle que hay justo detrás de la mía, no la he transitado demasiado en los últimos nueve años, que son los que hace que vivo en el barrio. Estas cosas pasan, qué queréis que os diga. Pero el destino quiso que una tarde nuestra amiguísima Ka se empeñara en tomar un café con mi señora en la terraza de un bar que hay en dicha calle, entre las de Comte Borrell y la ronda de Sant Pau. Mi señora, pese a no haber probado bocado, volvió de allí encantadísima, tanto que una vez se despidió de Ka, vino a casa a buscarme y me dijo: abuelo (sí, me llama así), vístete que te voy a invitar a cenar. Es un sitio que hay aquí detrás y te va a encantar.

¿Está en esta calle?

Cuando me dijo aquí detrás pensaba que se refería al Paralelo o a otro sitio cercano, no a la calle de detrás de casa. Me comentó que había estado tomando un café con Ka en un bar al que nunca habían ido y que les había encantado el trato que les dispensó su dueña, una señora marroquí llamada Khadija (para vuestra información, la Kh en árabe se pronuncia como la J española, de ahí que el nombre de su establecimiento, para ponérnoslo fácil, ya esté adaptado a nuestra pronunciación). Esta, a su vez, les preguntó si querían cenar pues, de ser así, podía ofrecerles un buen número de especialidades árabes. A mi señora eso le dio buenas vibraciones, por lo que no lo dudó ni un instante y se fue a por el Pijo Mayor. Cuando llegué allí recuerdo que le pregunté a mi señora en voz alta ¿aquí hay un bar marroquí? Tal como ya os comenté en la entrada del Rincón Persa estamos acostumbrados a que los restaurantes exóticos (árabes, asiáticos, sudamericanos…) tengan una estética muy definida, mayormente kistch. Pues con Ca la Jadi no pasa eso, pues es un bar normal y corriente que no llama la atención por nada en particular. Nos sentamos en su terraza y pensé: la de veces que habré pasado por aquí y ahora me entero de que aquí hay un bar marroquí. Pues lleva ahí… ¡desde 1993!

Las apariencias engañan

A Ca la Jadi habremos ido unas siete u ocho veces y nunca hemos comido o cenado dentro. De hecho, solo hemos entrado para pagar o para ir al lavabo, porque su terraza está abierta todo el año y, la verdad, se está muy a gusto en ella. El interior es un espacio bastante pequeño con un par o tres de mesas sencillas a cada lado de la pared, con la barra y la cocina al fondo a mano derecha. Paredes pintadas en un tono claro con un par de cuadros colgados en cada una. Y nada más. Y es que no lo necesita. Cuando se come bien nunca se necesita.

La terraza, por su parte, está cubierta por una carpa blanca y dispone de cuatro mesas, dos de ellas dobles, todas con mantelitos de color fucsia. Teniendo en cuenta el espacio del que dispone quizás habría cabido alguna mesa más, pero así está bien, pues la sensación de amplitud, ergo de comodidad, es absoluta. Y se agradece, sobre todo si, como a nosotros, los Pijos, no os agradan demasiado las conversaciones ajenas a todo volumen así como las mesas con fumadores empedernidos. 

Aquí come todo el mundo

Mi padre es de la vieja guardia. Es complicado llevarle a comer fuera porque sus gustos culinarios son un poco, digamos, monolíticos. O no, ahora que lo pienso: como tanto él como yo tenemos muy claro lo que nos gusta comer y lo que no, me limito a llevarle a los sitios donde sé que le van a servir platos de su agrado. A mi padre le sacas de los macarrones con tomate, el codillo con patatas y la paella de los domingos… y tienes un problema. Pues bien, ese problema no lo tendría si lo llevara a Ca la Jadi, porque pese a ser un establecimiento especializado en cocina árabe, su carta tiene un buen número de platos autóctonos. Y me parece una buena idea, qué queréis que os diga. Si te apetece comer árabe y tu acompañante es como mi padre, lo llevas a Ca la Jadi ¡y todos contentos!
Dicho esto, no os puedo contar demasiado sobre los platos españoles –o mediterráneos, como consta en su carta-, más que nada porque en nuestras visitas siempre hemos tirado de especialidades árabes. Tienen bocatas fríos y calientes (los típicos), tapas (las típicas) y su menú diario (a 9,50 euros, si no recuerdo mal) siempre incluye, al menos, un primero y un segundo a base de pasta, carne o pescado. 

A taula complerta

En homenaje a la descubridora de nuestro protagonista de hoy, decidimos visitar Ca la Jadi acompañados de Ka y, por unanimidad, decidimos pedir un poco de todo, como si de un menú-degustación se tratara. Aconsejados por la propia Khadija, nos decantamos por tres entrantes para compartir, un primer plato exclusivo para mí (no olvidéis que soy un pijo) y, para acabar, un plato principal para cada uno. Antes de comenzar, nos trajeron un platito de olivas aliñadas marroquíes, un poco picantes. A mí me encantan. Los entrantes fueron un plato de hummus (excelente, con su pan de pita correspondiente), unas samosas de verduras (empanadillas fritas, buenísimas, con una fritura perfecta y con una salsita picante servida a parte) y un plato de berenjenas al vapor con especias (acompañadas con unas rebanadas de pa amb tomàquet. A mi señora le chiflan. Y a mí, también). Mientras mis acompañantes departían sobre la vida y sus cosas, yo me trinqué uno de mis platos favoritos de Ca la Jadi, la sopa harira, un caldo típico marroquí hecho a base de pollo, legumbres, verduras y especias. Al igual que el consomé de verduras del Celler de can Roca, podría comerla a diario los próximos veintitrés años. Y pasando al plato principal, los tres nos pedimos un cuscús (de pollo para mi señora, de ternera para Ka y de verduras para un servidor), todos servidos en su recipiente típico, ese que parece la sordina de una trompeta. ¿Y cómo están los cuscús? Pues pa’ chillarles, claro. Muuuuy buenos, de verdad. Y es que estamos hablando de cocina casera, una cocina casera hecha con mucho amor. Y se nota. Khadija siempre –repito, siempre- se acerca por nuestra mesa para preguntarnos si todo está siendo de nuestro agrado. Y es imposible que no sea así. 

Y en la próxima visita…

Mientras degustamos su riquísimo té con menta (Khadija nos dijo que las propias hojas de menta se las habían traído de Marruecos), comentamos que en futuras visitas a Ca la Jadi (que las habrá, por supuesto) seguiremos explorando otros platos que todavía no hemos catado, como los tajines (estofados de carne y/o verdura), la bastela (una pasta de hojaldre con pollo) o la baisara (una crema de guisantes y habas). Ah, y sus postres, esas cosas que los Pijos nunca llegan a probar porque llegan extenuados al final de sus ágapes.

La minuta ascendió a 53,05 euros, es decir, a poco más de 17 euros por persona. Como veis, está muy bien de precio. Y si vienes al mediodía y te decantas por el menú, todavía más, puesto que por menos de diez euros comes como un señor a base de platos árabes caseros. Y si a todo esto le sumas el trato prácticamente familiar tanto por parte de Khadija como de su hijo, que la ayuda en la cocina y sirve las mesas, la cosa está clara, ¿no? La calle del Marqués de Campo Sagrado ya no es ese par de manzanas que cruzo para llevar las pilas al Punt Verd. Ni es donde está el Caprabo. Es, sencillamente, la calle donde está Ca la Jadi.

Ca la Jadi
c/ Marqués de Campo Sagrado 25
Barcelona
Tel. 935.287.705
www.calajadi.com

martes, 9 de julio de 2013

THE GARGANTUAN TOUR - SEGUNDA ETAPA: EL CELLER DEL ROSER


Así, a bote pronto, me vienen tres cosas a la cabeza si pienso en la palabra Lleida: la primera es Jaume, el compañero de mi buena amiga Eli, que es de allá. La segunda, el sello de reediciones Guerssen, que también es de allí (por cierto, si sois aficionados a la música y os molan la psicodelia y/o el hard 70’s, entre otras exquisiteces pretéritas, ya tardáis en daros una vuelta por su web. Tienen unos discos a-co-jo-nan-tes). Y la tercera, los caracoles, un clásico de la cocina catalana en general y de la lleidetana en particular. Con los caracoles no hay término medio: o te encantan o los odias. Y mi señora, protagonista principal del Gargantuan Tour, es de los segundos (al igual que mi padre, que dice que son cornudos, babosos y arrastraos). De esta forma, cuando planifiqué la segunda etapa de nuestro pantagruélico recorrido tuve que romperme los cuernos (nunca mejor dicho) para encontrar un restaurante que estuviera a la altura y que no basara su propuesta únicamente en estos entrañables moluscos terrestres. Como ya dije en la entrada que dediqué a la primera etapa, limité la búsqueda a los restaurantes de los que guardo reseña en mi carpeta roja, de esta forma me ahorraba una farragosa investigación entre decenas y decenas de webs dedicadas al tema gastronómico. Problema: todos los candidatos eran especialistas en caracoles. Mieeeerdaa…


En la variedad está el gusto


Pues nada, no me quedó más remedio que investigar uno por uno todos los establecimientos de la lista (menos mal que no era muy larga). Pero tuve suerte, porque, al poco de comenzar, di con uno que, si bien manejaba el rollo cargolaire como el que más, ese no era el plato estrella de la casa. Ese lugar de honor estaba reservado para el bacalao, uno de mis pescados favoritos. Respiré tranquilo cuando chequeé su web y vi que la carta, además de lo ya comentado, incluía varias carnes y arroces (y lo digo porque a mi señora, el bacalao no le vuelve loca. A ver, le gusta, pero solo si está bien cocinado). Unos minutos más tarde (y unas cuantas webs después) ya teníamos un ganador confirmado: ganaba por goleada El Celler del Roser. Mi instinto pijo me decía que ese era el sitio. Y no me equivoqué.

Lo quiero todo

La visita al El Celler del Roser estaba prevista para finales del mes de mayo, pero un asuntillo familiar y, sobre todo, el mal tiempo que tuvimos por toda Catalunya por esa época, recomendaron retrasarla. Hubo un día que estuve a punto de subir a la torre de Collserola y amenazar con mi bate de béisbol a los meteorólogos para que cesaran de un vez los chubascos y su putísima madre, idea de lo más ridícula, ya no solo porque no tienen ningún poder sobre la meteorología sino porque no creo que en esa torre haya ninguno (es lo que tiene dejarse llevar por la imaginación). Pero llegó el buen tiempo y los Pijos, ¡por fin! pudimos reservar mesa en nuestro objetivo lleidetà. Esta visita, además, nos iba que ni pintada para hacer aprovisionamiento de cosas güenas de la región. Por una parte, íbamos a cargar el maletero (literalmente) de coques de recapte. Pocas semanas antes, se me hizo la boca agua tras leer un artículo en la revista Cuina dedicado a estas delicatesen de las terres de ponent. Al final del mismo, había un recuadrito con una selección de los mejores especialistas en la materia, todos en la provincia de Lleida. La mayoría de los forns estaban en poblaciones un poco alejadas de nuestro trayecto, pero había uno que estaba en la misma capital del Segrià. Y el destino quiso que estuviera situado a unas pocas decenas de metros de El Celler del Roser. A esto se le llama tener potra.
Por otra parte, había visto en la web del restaurante que también tenían una tienda de platos preparados o, mejor dicho, una tienda donde podías encontrar la mayoría de los platos de su carta, bien envasados y listos para calentarlos en un golpe de horno o microondas. Esto me iba de perlas porque, de esta forma, podría comer bacalao y llevarme a casa un buen plato de cargols. O al revés, vaya. Y es que los Pijos somos insaciables, ¡lo queremos todo!



Contrarreloj

El día de autos, los Pijos se levantaron temprano y tomaron rumbo hacia Lleida sin prisa, pero sin pausa, pues teníamos una reserva para las 14.00 horas y queríamos dejar listas las compras antes del ágape. A nadie le gusta ir con un petardo en el culo, ¿verdad? Pues a mi señora, menos. Una vez aparcado el coche, consultamos el Google Maps y nos pusimos en marcha hacia la primera etapa de nuestra jornada, el Forn de Sant Antoni, una panadería centenaria (abierta en 1902) donde, supuestamente, se hacen algunas de las mejores coques de recapte de la provincia. Nada más entrar supimos que habíamos ido a parar al sitio indicado: ante nosotros se extendían un par de metros largos de mostrador llenos de bandejas y más bandejas de coques, las cuales VOLABAN. De hecho, me puse un poco nervioso porque veía que los clientes que teníamos delante no hacían más que pedirse porciones de coca, algunas de las cuales estaban a punto de acabarse. Una vez nos llegó el turno, no dejamos títere con cabeza: entre las que nos llevábamos para nosotros (de escalibada, de sardinas, de cebolla…) y las que íbamos a regalar a la familia nos dejamos cerca de cincuenta eurazos. Ahí es nada.
Para no tener que cargar con ellas (pesaban un huevo y, además, tienes que mantenerlas en posición horizontal), les pedimos que nos las guardaran hasta que emprendiéramos el viaje de vuelta. Ningún problema, por supuesto. Tras salir del forn, dirigimos nuestros pasos hacia la segunda etapa de nuestro periplo, la tienda del restaurante, situada a unos pocos metros de la panadería. No sé porqué, pero me la esperaba como muy casolana y, sin embargo, era una tienda con una decoración moderna, funcional, todo en tonos claros. Dado que ya había decidido trincarme un bacalao para comer, me fui directo al refrigerador a coger una fiambrera de caracoles, un pack que incluía un par de palillos y un vasito con alioli. La dependienta debió calarme rápido, puesto que me preguntó si íbamos a comer en el restaurante. Tras asentir, me dijo que no los pillara aquí y que los pidiera en el propio restaurante, pues me costarían lo mismo y me los darían recién hechos. Y así lo hicimos. Da gusto que te atienda gente honesta, la verdad.


Hem fet el cim!
Olvidé comentaros que aquel día hacía un calor de mil demonios, dato a tener en cuenta si has de recorrer poco más de cien metros… cuesta arriba. Es lo que tiene el Google Maps, que te dice que estás muy cerca de tu destino pero nada acerca de que el trayecto es a) cuesta arriba y b) es casi como un Tourmalet urbano. Para cuando llegamos a la puerta del restaurante de marras, tanto mi señora como yo estábamos sudando la gota gorda. Menos mal que dentro tenían aire acondicionado, menos mal.
La puerta (y el interior) eran justo como me los había imaginado, todo muy clásico, muy hogareño. Una vez entras, te encuentras la barra a la derecha. Al final de la misma esperamos a que nos atendieran. Desde allí podías observar el comedor, una especie de pasillo ancho con mesas a ambos lados, que estaba al fondo, y un escalera que bajaba a otro comedor, que quedaba a nuestra izquierda, el cual estaba coronado por un arco con las palabras El celler forjadas en hierro. La decoración era la típica de este tipo de establecimientos casolans, esto es, cuadros de paisajes, naturalezas muertas, mazorcas de maíz colgadas de la pared, muebles viejos, recuerdos, fotos… Las mesas, con su correspondiente mantel blanco, disponían cada una de una pequeña lamparita de pie, la cual, pese a no iluminar demasiado, le daba un pequeño toque íntimo.
Una vez sentados, pasamos a echarle un vistazo a la carta. Era prácticamente la misma que la de la web (la cual ya me sabía de memoria), por lo que no me fue muy difícil escoger lo que iba a comer. Le comenté a la camarera (muy simpática, por cierto) lo de los caracoles y me dijo que no habría problema, solo tenía que recordárselo cuando estuviéramos por el postre, pues te los hacen al momento. Como decía el gran George Peppard en boca de Hannibal Smith, me encanta que los planes salgan bien.
No me extenderé con la carta, puesto que ya os hablé de ella un poco más arriba y podéis consultarla cuando queráis en su web. Tras unos minutos de dudas (por parte de mi señora), los Pijos hicieron su comanda. Sin que sirva de precedente, los dos nos pedimos de entrante exactamente el mismo plato, una crema de cigalas y espárragos verdes al aroma de trufa, y de segundo, un bacalao gratinado con ajo, aceite de peras y salsa de ñoras para mi y un bacalao gratinado con romesco sobre salsa de espinacas para mi señora. Para beber, lo de siempre, cerveza. Antes de hincarle el diente a todo esto, la casa tuvo a bien invitarnos a un señor aperitivo, una cazuelita de olivas arbequinas (típicas de aquí) rodeada por unas cuantas rodajas de fuet de la zona, acompañadas ambas viandas, por supuesto, por una buena cestaca de pan. Con este tipo de aperitivos hay que ir al loro, puesto que la combinación pan + embutido + hambre canina puede joderte una buena comida. Afortunadamente, no fue el caso, los Pijos aprendimos hace tiempo a poner el freno de mano en los momentos más delicados.
 
Les fauves

La crema, que quemaba como un demonio, estaba es-pec-ta-cu-lar (nos hubiéramos tomado un par de litros cada uno sin problemas), un mar-y-montaña líquido que no se decantaba por ninguno de los dos lados, sabía a marisco y sabía a huerta. Gran antesala para lo que venía. Los Pijos (y todos los que sois, como nosotros, aficionados al buen comer) sabemos que un buen plato comienza por una buena presentación del mismo. La percepción de lo que te vas a comer varía según te lo sirvan en un recipiente o en otro, o si lo montan así o lo montan asá y si destacan una cosa o la otra. Pues bien, queridos pijos, la presentación de nuestros dos bacalaos nos ganó desde el preciso instante en que la camarera puso los ardientes platos (también quemaban un huevo) delante de nuestros ojos. Me dio la impresión de estar delante de un cuadro de Matisse: el amarillo del allioli y el rojo de las ñoras, vivísimos los dos, pugnaban por destacar uno por encima del otro sobre el fondo blanco del plato. Además, tuvieron el detalle de adornar lo alto del bacalao con cuatro tiras de pimiento rojo escalibado dando forma a les quatre barres de la senyera. ¡Detallazo, oiga! Y el de mi señora, del mismo palo: el mar verde de las espinacas hacía las veces de soporte para el bacalao, un montículo blanco cubierto por el tono terroso de la salsa romesco. De diez. Las fotos no les hacen justicia, de verdad os lo digo. Ah, ni qué decir tiene que los dos estaban de muerte mortal. Se derretían en nuestras bocas. Repetimos: de diez, señores, ¡de diez!

Los deberes

Después de haberte puesto como el Tenazas, pedir un plato de caracoles, aunque sea para llevar, no es una buena idea, más que nada porque la sola visión de más comida puede hacer que tus intestinos se rebelen en tu contra. Pero no fue el caso, tal como me los trajeron, así me los llevé. Y no hubo postres, claro, no cabían.

La cuenta subió a 73,40 lereles, cafés incluidos, un precio que los Pijos consideramos muy atractivo a tenor del nivel de los platos que nos habíamos comido (y el que quedaba por comer). Tras las fotos de rigor, procedimos a hacer el mismo camino que antes pero a la inversa. Pasamos por la panadería y recogimos las cocas, las cuales, repito lo de antes, pesaban como un muerto.
Aunque salí de allí bastante lleno, la sola visión de las cocas sobre nuestra cocina me abrió el apetito de nuevo a eso de las diez de la noche del día de autos. Y casi lloro, amigos, porque lo de las cocas del Forn de Sant Antoni es para salir a la calle y gritar a los cuatro vientos que eres un hombre feliz, pleno, en perfecto equilibrio con la naturaleza. Qué buenas, joder. ¡JODER! Eh, y todavía me quedaba una asignatura pendiente, los caracoles. El colofón a esta experiencia culinaria de casi veinticuatro horas llegó al mediodía del día siguiente. Puse los moluscos en una sartén a fuego lento y dejé que el allioli se pusiera a temperatura ambiente. Unos minutos después , el Pijo mayor ARRASÓ con el plato de caracoles. Estaban absolutamente deliciosos, en su punto, con una salsa picantona que, unida al allioli, me dejó para el arrastre el resto de la tarde. Pero valió la pena. Valió mucho la pena. Como dice mi padre, después de un buen pucherazo, un buen colchonazo. Y así fue. Colchonazo del quince.

El Celler del Roser
c/ Cavallers 24
Lleida
Tel. 973.239.070

jueves, 14 de febrero de 2013

RINCÓN PERSA



Irán... Cuando era pequeño, las únicas cosas que sabía de Irán eran que se trataba de un país árabe, que siempre estaba en guerra con su vecina Irak y que lo gobernaba un señor que daba mucho miedito, el ayatollah Jomeini. Y no sería hasta muchos años después que comencé a situarlo en el mapa -la geografía, mi eterna asignatura pendiente- y a enterarme que de árabes, nada. Eran persas, y su cultura, una de las más antiguas -y fascinantes- de la historia de la humanidad. ¿Y sabéis cómo averigüé todo ello? Pues gracias a un cómic, un GRAN cómic. Muchos de vosotros lo habréis leído, estoy seguro. Se llama Persépolis y lo escribió y dibujó una artista iraní llamada Marjane Satrapi. Se trata de una historia autobiográfica escrita en primera persona, en la que la autora relata, con un estilo sencillo y directo, en blanco y negro, los instantes previos a la revolución integrista que consiguió derrocar al Sha de Persia para instaurar una nefasta teocracia que todavía sigue ahí, periodo que coincide con el final de su niñez y el inicio de la adolescencia. Si no lo habéis leído, ya tardáis en hacerlo. Consta de cuatro álbumes, pero Norma Cómics lo editó hace un tiempo en un único tomo en tapa dura. Desde el día en que lo leí por primera vez -bueno, devoré sería un término mucho más preciso-, mi interés por la cultura persa creció exponencialmente, de ahí que, al pasear un día por mi barrio y darme de bruces con un restaurante llamado Rincón Persa, ir a probarlo se convirtiera en prioridad Pija. Y así fue.


...y con ustedes, ¡Georges Corraface!

Mi señora y yo hemos comido en unas cuantas ocasiones en el Rincón Persa (ella más que yo: no sabéis la de veces que ha llevado a sus amigos), pero si me tengo que quedar con una en concreto, fue aquella en la que hablamos largo y tendido con el dueño. Bueno, hablar-hablar, lo que se dice hablar, solo habló él: ¡menudo speech! Pero valió la pena, valió mucho la pena. De hecho, era la primera vez (y hasta el momento, la única) que hablaba con un persa. Durante cerca de una hora, mientras nos tomábamos uno de sus deliciosos tés verdes, nos estuvo contando un montón de cosas sobre su país, sobre su cultura y, cómo no, sobre su magnífica gastronomía. Entre otras cosas, nos dijo que la imagen que dan los medios sobre su país está muy distorsionada y que si lo visitábamos nos llevaríamos una sorpresa muy agradable, pues la mayoría de sus habitantes, al parecer, pasan bastante de los curas, del impresentable Ahmadineyad y de todas esas historias chungas del mundo integrista. Imaginad lo que nos impactó su relato que incluso nos planteamos muy seriamente viajar a Irán al año siguiente, pero entre el precio del vuelo (es caro de cojones) y las historias que leímos en varios blogs de viajeros sobre lo simpáticos que eran los guardianes de la fe del régimen iraní, acabamos por desistir. En cualquier caso, cada vez que vamos nos acordamos de aquel señor que, según mi señora, ya no es el dueño, y que se parecía una barbaridad al actor Georges Corraface. Sí, sí, exacto, el protagonista de La pasión turca. Clavao, os lo juro, ¡clavao!


Las berenjenas

Los Pijos (y sobre todo el Pijo mayor, o sea, yo) suelen ir a tiro fijo allá donde saben que van a comer como los señores. Así es: en todos y cada uno de los restaurantes que han salido (y que saldrán) en este, vuestro blog, siempre hay un plato fetiche, un plato que, pidamos lo que pidamos, no puede faltar en nuestra comanda. Por eso, cada vez que bajamos los tres o cuatro escalones que van a parar al comedor principal y nos sentamos en nuestra mesa, tenemos claro que el Kashk o Badenyún caerá sí o sí. Pero no adelantemos acontecimientos.

La decoración es quizás (bueno, quizás no, seguro) el único punto flojo del Rincón Persa. Es la típica decoración que tenían los restaurantes digamos exóticos allá por los 80, cuando la mayoría de ellos intentaban, con mayor o menor fortuna, reproducir en sus negocios la supuesta estética o ambiente de sus países de origen. Por aquel entonces molaría, supongo, pero ahora, la verdad, en un mundo tan y tan globalizado, resulta un pelín rancia, muy demodé. Y hasta aquí lo malo. A partir de este momento, todo es bueno, muy bueno o mejor. Comenzando por la carta. Se divide en cinco apartados, a saber, entrantes y acompañamientos, polós (especialidades de arroz), los chelo kabab (asados acompañados de arroz basmati), los cheló khoresh (estofados, acompañados también con arroz basmati) y, finalmente, los platos vegetarianos. Ah, me olvidaba, como no podría ser de otra forma, tienen caviar auténtico, nada de sucedáneos, pero su prohibitivo precio (entre los 135 y los 250 euros) está muy fuera del alcance del bolsillo Pijo (y del bolsillo de cualquiera, vamos), por lo que si alguno de vosotros tiene la fortuna de probarlo, ya nos contará qué tal estaba.

En nuestra última incursión (de hace apenas una semana), los Pijos se decantaron, a parte de las ya habituales cervezas) por el anteriormente citado (y siempre delicioso) Kashk o Badenyún (una pasta hecha a base de berenjenas, cebolla, nueces y queso curado persa), Kufteh (albóndigas de carne, garbanzos, pasas y especias) y pan persa (una especie de torta fina) como entrantes para compartir. Cuidado con ambos platos: ¡son altamente adictivos! Y a la que te lías a mojar pan, es un no parar que puede dejarte saciado antes de que lleguen los platos principales. En esta ocasión fueron un plato de Yuyeh Kabab para mi señora (una brocheta de pollo macerado en azafrán y aceite de oliva) y un Taskabab para mi (un estofado de verduras). Como los dos platos van acompañados de arroz basmati, optaron (muy buena idea) por traernos el arroz en un único recipiente a colocar en el centro. Los dos platos estaban exquisitos, pero el arroz merece una mención especial: estaba de-li-cio-so. Como podéis observar en la foto adjunta, nos sirvieron un bandejote con tres aderezos diferentes; con naranja, con limón y con cáscaras de granada (mi favorito, sin duda alguna). Hemos probado muchos platos más de la carta y no hay ninguno (repito: ninguno) que baje del 7 en una hipotética escala del 1 al 10. Palabra.

Tea time!

Yo nunca he sido mucho de té, siempre me ha tirado más el café, pero desde hace un par de visitas he sucumbido al poder de su té con menta fresca: está increíblemente bueno y, además, nada de piscinas de medio litro, no, un vaso cortito y estrecho con una hojita de menta. Desde que lo probé, no me preocupa meterme entre pecho y espalda media carta, sé que el té siempre estará ahí para ayudarme en mis momentos más bajos (gástricamente hablando, quiero decir).

La factura ascendió a 46,80 euros, poco más de 23 euros por cabeza. A nosotros nos parece, para lo bien que se come, un precio de lo más ajustado. De eso precisamente hablábamos justo cuando nos íbamos, prometiéndonos que la próxima vez procuraríamos ir un viernes o un sábado noche, pues en esas dos veladas hay ¡danza del vientre! ¡Sí! A mí, la verdad, me da un poco de cosica, porque soy algo tímido y me da miedo que me saquen a bailar o algo, pero tengo que reconocer que me pica la curiosidad. Al fin y al cabo, es cultura persa. Y eso, me interesa.



Rincón Persa
c/ Floridablanca 85
Barcelona
Tel. 934. 255.996