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jueves, 24 de abril de 2014

CA LA JADI


Seguro que os ha pasado un montón de veces. Al lado de donde vives, del trabajo o de casa de los suegros siempre hay algún negocio que conoces de vista, pero al que, por una razón u otra nunca te has decidido a entrar. Eso si os habéis fijado, claro, porque os puede pasar como a mí, que soy capaz de pasar tres mil quinientas treinta y tres veces por delante de una calle cualquiera y darme cuenta una tarde de que allí hay un local donde arreglan zapatos o una tienda donde venden placas base de ordenadores. Ca la Jadi, el restaurante que nos ocupa hoy, estaría en el segundo grupo, el de los locales digamos fantasmas. ¿Siempre ha estado ahí? ¿No es nuevo? A ver, tengo que reconocer que la calle donde se ubica, la del Marqués de Campo Sagrado, no es precisamente el Paseo de Gràcia. Pese a ser una calle bastante ancha, no anda muy sobrada de atractivos. O mejor dicho, para que no se me enfaden sus vecinos, no tiene nada que no tenga otras trescientas calles de Barcelona. Es una calle normal. Así, a bote pronto, recuerdo que hay un Caprabo, una tienda de instrumentos, dos o tres bares, un mecánico, un par de badulakes y… poco más. Precisamente por eso, y a pesar de que es la calle que hay justo detrás de la mía, no la he transitado demasiado en los últimos nueve años, que son los que hace que vivo en el barrio. Estas cosas pasan, qué queréis que os diga. Pero el destino quiso que una tarde nuestra amiguísima Ka se empeñara en tomar un café con mi señora en la terraza de un bar que hay en dicha calle, entre las de Comte Borrell y la ronda de Sant Pau. Mi señora, pese a no haber probado bocado, volvió de allí encantadísima, tanto que una vez se despidió de Ka, vino a casa a buscarme y me dijo: abuelo (sí, me llama así), vístete que te voy a invitar a cenar. Es un sitio que hay aquí detrás y te va a encantar.

¿Está en esta calle?

Cuando me dijo aquí detrás pensaba que se refería al Paralelo o a otro sitio cercano, no a la calle de detrás de casa. Me comentó que había estado tomando un café con Ka en un bar al que nunca habían ido y que les había encantado el trato que les dispensó su dueña, una señora marroquí llamada Khadija (para vuestra información, la Kh en árabe se pronuncia como la J española, de ahí que el nombre de su establecimiento, para ponérnoslo fácil, ya esté adaptado a nuestra pronunciación). Esta, a su vez, les preguntó si querían cenar pues, de ser así, podía ofrecerles un buen número de especialidades árabes. A mi señora eso le dio buenas vibraciones, por lo que no lo dudó ni un instante y se fue a por el Pijo Mayor. Cuando llegué allí recuerdo que le pregunté a mi señora en voz alta ¿aquí hay un bar marroquí? Tal como ya os comenté en la entrada del Rincón Persa estamos acostumbrados a que los restaurantes exóticos (árabes, asiáticos, sudamericanos…) tengan una estética muy definida, mayormente kistch. Pues con Ca la Jadi no pasa eso, pues es un bar normal y corriente que no llama la atención por nada en particular. Nos sentamos en su terraza y pensé: la de veces que habré pasado por aquí y ahora me entero de que aquí hay un bar marroquí. Pues lleva ahí… ¡desde 1993!

Las apariencias engañan

A Ca la Jadi habremos ido unas siete u ocho veces y nunca hemos comido o cenado dentro. De hecho, solo hemos entrado para pagar o para ir al lavabo, porque su terraza está abierta todo el año y, la verdad, se está muy a gusto en ella. El interior es un espacio bastante pequeño con un par o tres de mesas sencillas a cada lado de la pared, con la barra y la cocina al fondo a mano derecha. Paredes pintadas en un tono claro con un par de cuadros colgados en cada una. Y nada más. Y es que no lo necesita. Cuando se come bien nunca se necesita.

La terraza, por su parte, está cubierta por una carpa blanca y dispone de cuatro mesas, dos de ellas dobles, todas con mantelitos de color fucsia. Teniendo en cuenta el espacio del que dispone quizás habría cabido alguna mesa más, pero así está bien, pues la sensación de amplitud, ergo de comodidad, es absoluta. Y se agradece, sobre todo si, como a nosotros, los Pijos, no os agradan demasiado las conversaciones ajenas a todo volumen así como las mesas con fumadores empedernidos. 

Aquí come todo el mundo

Mi padre es de la vieja guardia. Es complicado llevarle a comer fuera porque sus gustos culinarios son un poco, digamos, monolíticos. O no, ahora que lo pienso: como tanto él como yo tenemos muy claro lo que nos gusta comer y lo que no, me limito a llevarle a los sitios donde sé que le van a servir platos de su agrado. A mi padre le sacas de los macarrones con tomate, el codillo con patatas y la paella de los domingos… y tienes un problema. Pues bien, ese problema no lo tendría si lo llevara a Ca la Jadi, porque pese a ser un establecimiento especializado en cocina árabe, su carta tiene un buen número de platos autóctonos. Y me parece una buena idea, qué queréis que os diga. Si te apetece comer árabe y tu acompañante es como mi padre, lo llevas a Ca la Jadi ¡y todos contentos!
Dicho esto, no os puedo contar demasiado sobre los platos españoles –o mediterráneos, como consta en su carta-, más que nada porque en nuestras visitas siempre hemos tirado de especialidades árabes. Tienen bocatas fríos y calientes (los típicos), tapas (las típicas) y su menú diario (a 9,50 euros, si no recuerdo mal) siempre incluye, al menos, un primero y un segundo a base de pasta, carne o pescado. 

A taula complerta

En homenaje a la descubridora de nuestro protagonista de hoy, decidimos visitar Ca la Jadi acompañados de Ka y, por unanimidad, decidimos pedir un poco de todo, como si de un menú-degustación se tratara. Aconsejados por la propia Khadija, nos decantamos por tres entrantes para compartir, un primer plato exclusivo para mí (no olvidéis que soy un pijo) y, para acabar, un plato principal para cada uno. Antes de comenzar, nos trajeron un platito de olivas aliñadas marroquíes, un poco picantes. A mí me encantan. Los entrantes fueron un plato de hummus (excelente, con su pan de pita correspondiente), unas samosas de verduras (empanadillas fritas, buenísimas, con una fritura perfecta y con una salsita picante servida a parte) y un plato de berenjenas al vapor con especias (acompañadas con unas rebanadas de pa amb tomàquet. A mi señora le chiflan. Y a mí, también). Mientras mis acompañantes departían sobre la vida y sus cosas, yo me trinqué uno de mis platos favoritos de Ca la Jadi, la sopa harira, un caldo típico marroquí hecho a base de pollo, legumbres, verduras y especias. Al igual que el consomé de verduras del Celler de can Roca, podría comerla a diario los próximos veintitrés años. Y pasando al plato principal, los tres nos pedimos un cuscús (de pollo para mi señora, de ternera para Ka y de verduras para un servidor), todos servidos en su recipiente típico, ese que parece la sordina de una trompeta. ¿Y cómo están los cuscús? Pues pa’ chillarles, claro. Muuuuy buenos, de verdad. Y es que estamos hablando de cocina casera, una cocina casera hecha con mucho amor. Y se nota. Khadija siempre –repito, siempre- se acerca por nuestra mesa para preguntarnos si todo está siendo de nuestro agrado. Y es imposible que no sea así. 

Y en la próxima visita…

Mientras degustamos su riquísimo té con menta (Khadija nos dijo que las propias hojas de menta se las habían traído de Marruecos), comentamos que en futuras visitas a Ca la Jadi (que las habrá, por supuesto) seguiremos explorando otros platos que todavía no hemos catado, como los tajines (estofados de carne y/o verdura), la bastela (una pasta de hojaldre con pollo) o la baisara (una crema de guisantes y habas). Ah, y sus postres, esas cosas que los Pijos nunca llegan a probar porque llegan extenuados al final de sus ágapes.

La minuta ascendió a 53,05 euros, es decir, a poco más de 17 euros por persona. Como veis, está muy bien de precio. Y si vienes al mediodía y te decantas por el menú, todavía más, puesto que por menos de diez euros comes como un señor a base de platos árabes caseros. Y si a todo esto le sumas el trato prácticamente familiar tanto por parte de Khadija como de su hijo, que la ayuda en la cocina y sirve las mesas, la cosa está clara, ¿no? La calle del Marqués de Campo Sagrado ya no es ese par de manzanas que cruzo para llevar las pilas al Punt Verd. Ni es donde está el Caprabo. Es, sencillamente, la calle donde está Ca la Jadi.

Ca la Jadi
c/ Marqués de Campo Sagrado 25
Barcelona
Tel. 935.287.705
www.calajadi.com

miércoles, 24 de abril de 2013

THE GARGANTUAN TOUR - PRIMERA ETAPA: EL CIGRÓ D'OR



Pues sí, amigos: ya estamos a finales de abril y los Pijos todavía no tienen su Ipad. Pero hay un motivo para ello (bueno, dos). El primero de ellos (y el más obvio) es que es muy caro. Quizás en épocas pretéritas, no muy lejanas en el tiempo, cuando el crédito corría a sus anchas por nuestra imbatible economía de Champions, hubiéramos sucumbido a los cantos de sirena de la Visa y lo hubiéramos pagado en cómodos plazos, pero ahora, no. ¡Economía de guerra! Y el segundo viene a ser consecuencia del primero. Cuando llegan las navidades, siempre se me presenta la misma disyuntiva: ¿invierto el dinero en la compra conjunta de nuestro Ipad o bien le regalo a mi señora algo bien bonico, algo que le guste? Pues claro, ¡lo segundo! Una vez descartada la tableta, nuevo interrogante: ¿Qué le regalo? Mi primera opción era un viaje, pero mi señora ya me había dejado claro de forma indirecta (y qué coño, directa también) que lo de pasar tres días en un bello destino volando con una compañía low cost, como que no, no hay dinero. Y si lo dice la jefa, va a misa. Pero... un momento... no me dijo que no pudiéramos viajar a destinos próximos a nuestra casa. Un fin de semana en una masia, en un balneario de Andorra, en... naaah. Mi señora tiene que estudiar y no puede permitirse (por lo menos hasta que acabe el curso) perder tres días en esos menesteres, así que el viaje tenía que ser de ida y vuelta el mismo día. Como no me convencía ningún destino en concreto, llegué a la conclusión de que tenía que cambiar la perspectiva, darle la vuelta a la idea del viaje relámpago.


Somos ruteros...

Me acuerdo perfectamente: estaba sentado en el sofá, viendo la tele. Aparté mis ojos de la pantalla por unos segundos y, de forma totalmente casual, fijé la mirada en mi carpeta roja. Mi carpeta roja... ¿nunca os he hablado de ella? Es una carpeta tamaño DIN A4 donde guardo toda la información que he ido recogiendo durante los últimos años sobre restaurantes, cocineros, productos y demás mandangas gastronómicas. En otro momento os diré qué hay ahí dentro (y cómo lo clasifico, que también es interesante), pero para lo que nos ocupa es suficiente con saber que tengo una sección dedicada a
todos aquellos restaurantes de la geografía catalana (excluidos los de Barcelona ciudad) que en su momento me llamaron la atención por una cosa o por otra. Fue ver la carpeta y mi mente hizo click. Claro... ¿Por qué en lugar de hacer un viaje express a cualquier localidad catalana no tiraba de archivo y montaba el viaje en función de alguno de los restaurantes de mi wishlist particular? Y ya puestos, dado que una salida gastronómica me parecía poca cosa para regalar a mi señora, ¿por qué no hacer cuatro, una por cada provincia de la terra? La decisión estaba tomada. Había nacido... ¡el Gargantuan Tour!

...y en el camino nos encontraremos

Dejé lo que estaba viendo en la tele y me puse manos a la obra en pocos segundos (¡qué excitante!). Lo primero que tenía que hacer era hacer un update de los contenidos de la sección Catalunya de mi carpeta roja. Dado que mi recopilación de datos comenzó hace ya unos cuantos años, tenía que poder al día dichos contenidos, ya sabéis que el negocio de la restauración es muy cambiante y que el negocio que un día era boyante, al día siguiente podía estar cerrado. Así que fui apartando aquellos que ya no existían. A continuación, fui descartando, con todo el dolor de mi corazón, los que se encontraban en medio de la nada (es decir, en el campo). Motivo: los Pijos, además de no tener Ipad, tampoco tienen coche, por lo que tenía que ceñirme a negocios que estuvieran bien comunicados. Este paso me puso las cosas más fáciles, puesto que los restaurantes campestres eran numerosísimos. La última eliminatoria iría en función de sus horarios, puesto que, al depender del transporte público, se quedarían fuera todos aquellos que no tuvieran turno de almuerzo. Cenar y hacer noche en un hotel no estaba contemplado.
Y llegamos a la gran final. Tuve que escoger entre unos doce restaurantes y luego, limitarlo a unos tres o cuatro por provincia. En dos casos, los referidos a la provincia de Barcelona y a la de Girona, lo tuve muy claro, pero en los otros dos la lucha fue ¡encarnizada! Y escogí lo que me dijo mi instinto. El tiempo dirá si me equivoqué o no. Los agraciados fueron... bueno, de eso ya os iréis enterando.

¿Power... qué?

Una vez elegidos los cuatro magníficos, tenía que darles un envoltorio ad-hoc. Pensé de todo (un sobre, un mapa, geo-localizaciones...) pero finalmente me decanté por preparar un PowerPoint con fotos, textos y tal. Me pasé una p... tarde haciendo el PowerPoint de los c... ¿Os ha quedado claro que no había hecho ninguno jamás (y que seguramente no volveré a hacer ninguno)? Ni qué decir tiene que me quedó un señor churro, con letras de diferentes tipos, tamaños y colores. Un mierdote, vamos. Pero lo bueno de las cosas hechas con el corazón es que el destinatario de las mismas suele darse cuenta de ello, por lo que pasa por alto el posible cutrerío del artefacto (en este caso, bastante acusado). El día de Reyes, por la noche, entregué a mi señora un sobre con un pendrive en su interior y la invité a enchufarlo en el ordenador. Una vez abierto el archivo, ni reparó en lo deficiente del invento: la idea de hacer cuatro salidas gastronómicas por nuestro país, a razón de una al mes, le pareció genial. Un regalo de Reyes que dura ¡cuatro meses! Eso se llama regalazo. Aquí y en la conchimbamba.

Meteo.cat

Perdí la cuenta de la cantidad de veces que consulté la web de predicción meteorológica de la Generalitat en apenas dos semanas. El final del invierno y el comienzo de la primavera nos trajo, hablando sin tapujos, un tiempo de mierda: no había semana en la que el frío y, sobre todo, la lluvia no apareciera en el horizonte. A ver, íbamos a comer, sí, pero las salidas no fueron concebidas como un pim-pam-pum, de ir, llegar, comer y largarse. No, lo suyo es ir, dar una vueltecica, tomarse un aperitivo si apetece, comer tranquilamente y, después, dar un paseito por la población. Tras un intento fallido a principios de marzo (un día en el que llovió a mares), los Pijos dirigieron sus pasos hacia la capital de l'Alt Penedès, Vilafranca del Penedès, la localidad a la que Oriol Llavina decidió trasladar su negocio desde su original emplazamiento en Gelida. No podía ser otro: el Pijo mayor lo tenía entre ceja y ceja desde hacía unos cuantos años, demasiados ya. Había llegado el momento. El momento de El Cigró d'Or.

Las tablas

Y llegó el día. La previsión indicaba un día nublado, pero tuvimos suerte y una vez bajamos del tren el cielo empezó a clarear. Tirando de Google Maps, llegamos a las inmediaciones del restaurante con una media hora de antelación. Dado que ya íbamos teniendo hambre, pensamos en hacer una caña por la zona. El problema era dónde, pues estaba todo cerrado. Y cuando digo todo, es TODO. No era ni la una y media y aquello parecía el episodio piloto de The Twilight Zone, ni un alma por la calle. Nos quedó claro: en Vilafranca, la hora de comer es sa-gra-da. Pero tuvimos suerte, pues a la vuelta del mercado de Vilafranca (en cuyo primer piso se encuentra El Cigró d'Or) encontramos un bar abierto. Nos sentamos en la terraza y nos pedimos un par de cañas. Una vez le di el primer sorbo a mi cerveza, fijé mi atención en sendas tablas en las que estaban anotadas las tapas de las que disponía el bar y nada más comenzar a leer, la primera en la frente: Tapa + Bevida: dos euros. ¡¡Bevida!! A mi señora -que entre otras muchas cosas, es correctora- le dio un triple ictus al ver semejante faltote. Bah, qué exageraos, pensaréis, pero es que la falta se repetía en las tablas hasta siete veces. Nosotros, los Pijos, creemos firmemente que cualquier negocio, cualquiera, para ir bien, ha de comenzar por cuidar todos los detalles, por mínimos que parezcan. Y la ortografía lo es. Más que nada por que si no se fijan en eso, que es muy fácil de cuidar, qué será de su oferta. Qué coño, normalmente es la primera impresión que te llevas del negocio. A ver, los Pijos no somos muy aprensivos, pero estoy seguro de que hay gente por ahí que detalles como este ya hacen que pasen de largo.

Y en esas que, en medio del tercer ictus, sale del interior del bar un sujeto con un mullet tamaño king size (para los que no lo sepáis, el mullet es el peinado característico de los paletos norteamericanos, cortito de arriba y con cholacas por detrás), una versión ibérica del gran (lo de gran es irónico, claro) Billy Ray Cyrus. Sí hombre, el padre de la teen idol Miley Cyrus y, sobre todo, el ¿artista? que llevó hasta el número uno de las listas una de las canciones más infumables del siglo XX, el letal hit Achy breaky heart. Infumable siempre que no escuchéis, claro, la versión que hizo en castellano el ínclito Coyote Dax, aquel cagarro cósmico conocido como No rompas más (mi pobre corazón). Es tan nefasta, que hace que la del bueno de Billy Ray sea simplemente mala. Volviendo al señor del mullet, este dirigió sus pasos hacia mí. Creía que me iba a llamar la atención por hacer cachondeo de su iletrada tabla de tapas, pero qué va, nada más lejos de la realidad. Me soltó ¡Ná, aquí ponemoh lah tapillah y eso, pero ahora, como hemoh de poné loh barreñoh de birrah, pues tenemoh que cambial.las! Ante semejante discurso, no pude más que asentir. A continuación nos cobró, cerró el bar y se marcho con su familia a comer (?). ¿Cómorl? ¿Cierras tu negocio (un bar) para ir a comer? No lo habíamos visto nunca. Sabíamos que iban a comer por que nos lo dijo él mismo. A ver, el ferretero cierra para comer. Y el de la lavandería, el de la mercería, el del colmado... pero...¿el del bar? Son esas cosas que los de ciudad no entendemos, al igual, sin ir más lejos, que lo de no recoger los vasos de nuestras cervezas antes de cerrar el negocio. Ahí se quedaron, encima de la mesa. En Barcelona, seguramente, serían sustraídos (o destrozados) en poco más de tres décimas de segundo. Pero en Vilafranca, al parecer, no. Como en Noruega, que dejas tu bici apoyada en un árbol y cuando vuelves, tres horas después, todavía está allí. O eso dicen.

¡Al rico menú!

Como ya os he dicho un poco más arriba, El Cigró d'Or era una vieja asignatura pendiente. Lo conocí a través de una muy elogiosa crítica de mi siempre admirado Pau Arenós. Por aquel entonces, estaba situado en la población de Gelida, pero por motivos que ahora mismo no recuerdo, se mudó unos años después al piso de arriba del mercado de abastos de Vilafranca del Penedès. Según el propio Arenós, el traslado le sentó de fábula a la propuesta de Oriol Llavina, puesto que desde entonces llenaba a diario para comer (y para cenar, si bien abren por la noche únicamente los fines de semana) y el nivel de la cocina no había hecho sino aumentar. Por eso, cuando tuve que escoger cuál sería la primera etapa del Gargantuan Tour, la correspondiente a la provincia de Barcelona, no tuve ninguna duda. De hecho, fue el único de los cuatro restaurantes que no tuvo que competir con otras propuestas.

Tras el episodio del bar, entramos en el mercado y subimos la escalera, que queda a la izquierda. Vas a parar a una puerta con un ojo de buey. Cuando la abres, ya estás dentro del restaurante, un espacio de tamaño medio, muy luminoso, de techo alto, con una barra a la izquierda (donde también sirven comidas), la cocina al otro lado de la barra, totalmente a la vista (dando la cara, sí señor: confianza a tope) y el comedor propiamente dicho a la derecha, con unas diez o doce mesas ordenadas más o menos como un reloj y un par de mesas redondas en medio. Olvidé decir que nada más entrar hay otro comedor pequeñito, pero parece (bueno, de hecho lo es) un reservado.

Cuando llegamos a la altura de la barra, el propio Oriol nos dio la bienvenida (dato a tener en cuenta: está literalmente al frente del negocio) y dio instrucciones a uno de los camareros para que nos preparara la mesa. Como teníamos reserva, nos sentaron en la mejor mesa, justo una de la que estaban junto a los ventanales. Había un señor sentado en ella pero, con buen criterio, le preguntaron si no le importaba sentarse en otra mesa. El señor, muy educado, no tuvo ningún inconveniente. Aunque los Pijos, hubieran hecho lo mismo en una situación similar, no tenía por qué hacerlo. Desde aquí le damos las gracias, señor. Una vez sentados, sorpresón al canto: tenían menú de mediodía y valía...¡¡12,50 euros!! ¡IVA incluido, señores! Yo había calculado unos 30 ecus por cabeza y mira tú, por ese importe íbamos a comer los dos.

Tras echarle una ojeada al menú (y más después de haberlo disfrutado) comprendí porqué el local estaba lleno a los pocos minutos (barra y reservado incluidos): una propuesta como esa y, sobre todo, a ese precio, no se ve todos los días, por lo que la gente viene en tromba al Cigró (ahora también entiendo porqué no había nadie por la calle, ¡estaban todos aquí!). El menú constaba de cuatro primeros, cuatro segundos y tres postres, a saber: ensalada con crujiente de cabra, macarrones a la carbonara de trompetas de la muerte, crema de patata ahumada con huevo escalfado y gambas de Vilanova salteadas como primeros, bacalao a la empordanesa, codillo al horno, pollo al limón y entrecot de ternera como segundos y naranja al cava, helado y coca de anís de postre. Ah, las gambas y el entrecot llevaban un suplemento de seis euros (si no los cobran es directamente para ponerles un monumento). Ah, también tienen un menú-degustación por 25 lereles (impuestos incluidos) muy, pero que muy interesante, que consistía en un aperitivo (ni idea de lo que era), canelones crujientes con bechamel de fuagrás, arroz de pescado, cordero cocido al vacío y mandarina con chocolate. Ambos nos decantamos por el menú de 12,50, pero no por el precio (que también), sino porque los menús-degustación suelen hacérsenos un poco largos.

Tras varios minutos de dudas, la Pija mayor se decantó por la crema (casi llora: estaba absolutamente deliciosa) y por el codillo (que-te-cagas, en una primera impresión; sabroso y tierno, ya más calmada). Yo, por mi parte, por los macarrones (de los mejores que he comido en mi vida, p'a llorar) y el bacalao (muy bueno. No está a la altura del de Chicoa, pero se le acerca). De postre, naranja al cava para los dos. Muy buena, fruta de calidad con la cantidad justa de alcohol. Y para beber, redoble de tambores... ¡vino para los dos! En esta ocasión me trinqué una copichuela de vino blanco del Penedès (tinto el de mi señora), el cual estaba muy bueno (lo siento, no puedo daros datos como la cosecha, el bouquet y todas esas cosas raras de las que habláis los amantes de los vinos. Estaba bueno ¡y punto!).

Tras el magnífico ágape, era de recibo transmitir a Oriol que nos había gustado muchísimo. Por eso, cuando lo vimos pulular por ahí, le felicitamos de todo corazón. Tras agradecernos los elogios, nos dijo que si volvíamos (cosa que haremos, sin duda alguna) vengamos temprano y que aprovechemos la mañana para visitar castillos o para hacer una excursión por las cavas de Sant Sadurní. Pedimos un par de cafés y, a continuación, nos dirigimos hacia la barra para pagar la cuenta, la cual ascendió a 27,20 euros. Como se decía antiguamente, más barato que en Andorra. En Barcelona, ni de coña comes un menú así por este precio. Es más, he comido muchos bastante peores por más dinero. Oriol, eres un tío grande.

Love train!!


Después de salir del Cigró, fuimos a dar una vuelta y la cosa, en cuanto a público se refiere, no había cambiado demasiado respecto a unas horas antes, las calles seguían desiertas. Pues nada, un par de fotos i cap a l'estació. Al contrario que el trayecto de ida, el de vuelta no se me hizo nada pesado, y más, teniendo en cuenta que a medio camino subirían al convoy dos chavales que le pusieron la guinda a una magnífica jornada gastronómica. Los sujetos en cuestión, Marc Hernández i el Negro Garrofer (así se presentaron) son un par de entrañables raperos del Penedès que, armados con un ampli conectado a un Ipod y un micro (¿o eran dos?), amenizan los viajes de la linea R-4 a base de rimas a toda velocidad. Los Pijos no somos muy amantes del hip-hop que digamos (a mi me sacas de los Beastie Boys y de Public Enemy y me duermo), pero la verdad es que el tema que nos cantaron (o que nos recitaron, mejor dicho) estaba muy bien, muy divertido. Cuando acabaron, dieron las gracias a todo el mundo por la atención prestada (a ritmo del Bad de Michael Jackson) y pasaron el sombrero, no sin antes advertirnos de que bajo ningún concepto debíamos dejar de sonreír al levantarnos por la mañana y, sobre todo, de que nunca-nunca debíamos dejar de soñar. Ante un discurso tan positivo y lleno de buenas vibraciones, los Pijos les soltaron un par de euritos, dándoles las gracias por ese ratito tan guay que nos habían hecho pasar. Chicos, aquí tenéis, desde ya, un par de fans. ¡Nos vemos en nuestro próximo Cigró!


El Cigró d'Or
Plaça de l'oli 1
Vilafranca del Penedès (Barcelona)
Tel. 938.905.609



miércoles, 29 de febrero de 2012

TERRA D'ESCUDELLA


Cuando pensáis en cocina catalana, ¿qué es lo primero que os viene a la cabeza? El pa amb tomàquet, ¿no? O los calçots, la escalivada, el fuet, la escudella... ¿Pero a que nunca pensáis en los macarrones? Es que los macarrones son italianos, no catalanes, diréis, y con razón. Bueno, no del todo... Creo que puedo decir, sin riesgo a equivocarme, que el 99% de los que hemos nacido en Catalunya hemos comido macarrons prácticamente desde la cuna. Así es: una vez dejados atrás los potitos, los macarrones se convirtieron en el plato nº1 de nuestra dieta, un plato que alimentaba, que entraba por la vista -importantísimo cuando eres un renacuajo- y que estaba tirado de precio. Un plato molt nostre que, dicho de otra forma, era bueno, bonito y barato. Asociados tradicionalmente a la figura de la iaia, los macarrones, como ya sabéis, se pueden cocinar de mil formas distintas, pero aquí suelen prepararse con carne, muchas veces rostida (no sé en vuestra casa, pero en la mía se hacían en su versión más minimalista, esto es, con tomate frito. Si por aquella época -bueno, y ahora también- le llegan a venir a mi madre -o a mi abuela -con que había otras formas de cocinar los macarrones -que si a la boloñesa, que si al pesto, que si a la carbonara...- seguramente les hubiera dicho que eso, sencillamente, NO ES POSIBLE).

Curiosamente, un plato tan nostrat como este ha desaparecido prácticamente del menú diario de los bares-restaurantes (ahora suelen servirte sucedáneos basados supuestamente en la cocina italiana) para aparecer en las cartas de algunos de los mejores restaurantes de Barcelona (en el Freixa Tradició y en la Fonda España los hacen... y muy buenos, por cierto). Mientras que el menú diario reniega de la tradición, las cartas miran hacia atrás y resucitan la cocina de nuestras abuelas. El mundo al revés.

Pero no estaba todo perdido: gracias, una vez más, a una reseña en la prensa, supe de un bar-restaurante en el barrio de Sants donde no sólo podías comer un menú de la terra a precio popular, sino que los lunes servían el plato estrella de la casa, els macarrons de la padrina. Ni qué decir tiene que a los pocos días, ya estábamos allí mi señora y yo para catarlos. No hizo falta masticar mucho para saber que els macarrons de la padrina eran  ELS macarrons.


Visca la terra... d'escudella!


Cuando vives en una ciudad tan grande como Barcelona, hay barrios a los que no vas a menos que tengas una razón. No me malinterpretéis: a mi me gusta prácticamente cada rincón de Barcelona, pero rara vez voy a dar una vuelta a un lugar que esté a varias paradas de Metro de mi casa. Pues bien, mi razón para dejarme caer por el barrio de Sants es el Terra d'escudella. Este bar-restaurante, sito en el nº 20 de la calle Premià, es un lugar a medio camino entre el bar de menú y la asociación cultural. Me explico: ofrecen un menú diario a 9,35 euros (dos platos, postre/café y bebida) centrado en la gastronomía catalana de tota la vida en un entorno (sus propias paredes) dedicado a exposiciones de carácter cultural, político o social, algunas fijas (como la dedicada a las revueltas y movimientos populares en los Països catalans) y otras temporales (como la actual, fotografías de... ups, me temo que no recuerdo al autor. ¡Que me perdone si lee esto!). Está abierto casi todo el día, pero nosotros sólo lo hemos visitado al mediodía (algún día tendremos que ir por la  noche a cenar un bocata, ¿no, cariño?), así que nos centraremos en su menú.

Una vez entras en el Terra, bajas una pequeña rampa y te encuentras con la barra a mano izquierda y una hilera de mesas a la derecha. Si sigues andando, vas a parar a un espacio más ancho con más mesas -una especie de pre-comedor- que, a su vez, da a un pasillo, el cual acaba por desembarcar en el comedor propiamente dicho. Si vas pasadas las 14.30 es muy probable que tengas que esperar, pues llenan a diario, pero no os preocupéis, porque en el Terra todo el mundo (camareros y clientes) van per feina y el flujo de clientes que entran y que salen está muy equilibrado.

Nosotros hemos ido casi todos los días de la semana, pero nuestro día preferido, obviamente, es el lunes, pues es el día de los macarrons de la padrina (lo cual nos crea un conflicto: el lunes también es el día del Cera 23. ¡Grrr!). Y es que los macarrones del Terra no tienen parangón. Mi señora sigue una costumbre (que yo he acabado también por adoptar) que consiste en no pedir jamás pasta en un lugar que no sea un italiano. Pues bien, los macarrons de la padrina son la excepción que confirma la regla. No es que tengan mucho secreto (si no vamos errados, llevan cebolla, tomate, carne rostida, bechamel y queso rallado) pero tienen el ingrediente secreto, aquello que, por desgracia, cada vez abunda menos en los comedores de nuestra ciudad, que es el amor, el cariño por las cosas bien hechas. Los lunes no paran de salir platos y más platos de macarrones por el ventanuco de la cocina, pero da la impresión de que el tuyo es especial, de que le han dedicado más tiempo que a los de los demás clientes, porque esos macarrones siempre, ¡siempre!, están ricos hasta decir basta.


Bona cuina


Pero el Terra no es únicamente un plato de macarrones: prácticamente todo lo que hemos comido está muy bueno: los guisantes con  cansalada, las cremas de verduras, los fideos a la cazuela, los garbanzos (¡un sitio donde hacen garbanzos!), las habas, el trinxat, las cazuelitas de berenjena, el fricandó, las galtes, las salchichas con allioli de membrillo, la tortilla de tomate y olivas, las... en fin, que se come muy bien. Con el segundo plato, siempre te preguntan qué guarnición quieres, habitualmente a escoger entre ensalada, patata al caliu, verdura, arroz o patatas fritas. Justo aquí es donde radica quizás el único punto flaco del restaurante, pues las papas son congeladas. En cualquier caso, un detalle menor. Y, sin que sirva de precedente, vuestros pijos favoritos también os recomiendan sus postres: son cien por cien casolans, y valen mucho la pena. Nosotros hemos probado el brownie de chocolate y la tarta de manzana, y ambos están de rechupete.



...y a trabajar



Lo malo de que el día de los macarrones sea el lunes es que ese día concreto trabajo por la tarde, pero, al igual que cuando vamos al Cera 23, lo glorioso de la comida hace que pase por alto el hecho de que tengo por delante siete-horas-siete de pesadísimo laboro. Por eso, cuando vamos un día que no es lunes, me gusta que a la vuelta pasemos por la puerta del trabajo, pues la sensación de, por una vez, pasar de largo es... indescriptiblemente placentera.




Terra d'escudella
c/ Premià 20
Barcelona
934.221.613
www.tdk.cat 

martes, 21 de febrero de 2012

PIAZZA GRANDE


Todo era de color gris. Las calles, los edificios, los coches, las personas… Insisto: todo era de color gris. O así es como lo recuerdo. En 1979, Poblenou no era un barrio, era casi el extra-radio. De hecho,  la línea 4 del Metro finalizaba en Selva de Mar, a tan sólo una parada de la de Poblenou. ¿He dicho Poblenou? Quería decir Pueblo Nuevo, porque por aquel entonces ningún barcelonés sabía lo que era aquello, Poblenou. Sin embargo, si se lo decías en castellano, sabía de inmediato de qué le estabas hablando. Tan claro lo tenían algunos que, al decirles que vivías allí, sus caras adoptaban de inmediato un gesto a medio camino entre el rechazo y la condescendencia. Lo primero se explica porque era un barrio que, por aquella época (como tantos otros, para qué vamos a mentir), estaba dejado de la mano de Dios: a duras penas comunicado con el centro de la ciudad, calles mal asfaltadas, aceras llenas de socavones, fábricas que languidecían, equipamientos públicos inexistentes… (tan sólo os digo que Perros Callejeros, el auténtico tótem del cine quinqui, ¡se rodó allí! Así es: la mayoría de gestas del Torete, del Fitipaldi o del Pepsicolo tuvieron lugar  en Poblenou. De hecho, el centro de menores –que más tarde pasaría a ser la cárcel de mujeres de Wad-Ras- también se encontraba en el barrio). Y lo segundo venía a ser consecuencia de lo primero. No era el Bronx, tampoco hay que exagerar. Pero casi.


Homenaje a Poblenou

Lo que ignoraban todos aquellos que miraban el barrio por encima del hombro es que, entre otras muchas cosas, la revolución industrial barcelonesa comenzó aquí (de hecho, a Poblenou se le llegó a denominar el Manchester català), que su fiesta mayor tenía más de 150 años de historia y que, si hubo alguna vez un barrio libertario, éste fue Poblenou, epicentro del anarquismo ibérico (y diría incluso que europeo) de finales del siglo XIX y principios del XX. En fin, un barrio lleno de historia e historias. Pero no nos engañemos: cuando tienes seis años, te arrancan sin explicaciones del barrio de Gràcia y te meten en un piso oscuro en medio de aquel paraje gris, tan sólo te vienen a la mente cinco-palabras-cinco: me cago en mi vida.
En efecto: mudarte a Poblenou, en 1979, significaba irte a vivir al fin del mundo.  Al culo del mundo. Y es que lo que decía al principio del color gris era cierto: de camino al colegio no veías más que agencias de transporte, fábricas (la mayoría hechas polvo) y camiones, decenas de camiones, ¡cientos de camiones! Y si te acercabas a la playa, la depresión ya era total: cascotes por todos lados, búnkers de la guerra civil medio derruidos, alambres, piedras… Si caminabas un ratico hacia el norte, ibas a parar al camp de la bota (conocido entonces como Campo’la bota), un asentamiento de chabolas , la mayoría habitadas por familias gitanas, que había sido erigido sobre un antiguo campo de fusilamiento de desafectos al régimen franquista. Y si tirabas hacia el sur, acababas por darte de bruces con el Somorrostro, otro núcleo chabolista (en el que nació, por cierto, la inolvidable bailaora Carmen Amaya).

Pero las cosas fueron mejorando con los años. Poco a poco, y gracias a las reivindicaciones de l’associació de veïns del Poblenou por un lado y de las Olimpiadas del 92 por el otro (y, es de justicia decirlo, del ayuntamiento socialista de Pasqual Maragall), el barrio fue cambiando progresivamente.  El instituto, la apertura al mar (con unas playas, ahora sí, como Dios manda), los parques, la desaparición (o reconversión en equipamientos públicos) de la mayoría de fábricas y agencias de transporte… vaya, que nos dejaron el barrio niquelao. Por eso, cuando después de treinta y dos años me mudé a mi actual barrio, me dio un poco de penita. Dejaba atrás un lugar, ahora sí, precioso, luminoso, tranquilo, bien comunicado, un barrio donde se vive, hablando claro, de puta madre. Ah, y donde también se come muy bien. Podría hablaros del  Recassens, del  Bar Andalucía, de El Safreig… Pero no. Otro día ya os hablaré de ellos en este, vuestro blog, pero hoy no. Porque hoy toca hablar de un pedacito de Italia en medio del Poblenou. Hoy toca hablar del Piazza Grande.



Piazza Pizza

Yo le cambiaría el nombre al restaurante. A ver, Piazza Grande está bien pero Piazza Pizza molaría más. Por dos motivos: el primero, porque suena mejor. Y el segundo, porque piazza no me suena a plaza (supongo que utilizaron la palabra porque el restaurante está ubicado en una plaza, la de Julio González, concretamente) sino más bien a peazo, en definitiva, a peazo pizza. ¡Y es que las pizzas de este establecimiento son enormes! Pero no adelantemos acontecimientos…

Para ir al Piazza Grande tenéis que coger el Metro y bajaros en la parada Poblenou (línea 4). Una vez salgáis, cruzáis la calle Pujades y bajáis la calle Bilbao un par de manzanas en dirección hacia el mar. Tras cruzar la calle Ramon Turró, ya estaréis en la plaza de Julio González, y allí, a mano izquierda, tenéis el restaurante. La plaza, para qué nos vamos a engañar, es una birria, en la línea de las nefastas plazas duras con las que nuestro queridísimo ayuntamiento socialista tuvo a bien obsequiarnos durante dos largas décadas (sí, no todo lo que hicieron en Poblenou estuvo a la altura), pero es muy tranquila y (muy importante) soleada, por lo que os recomiendo que,  si la climatología acompaña, comáis en la terraza: os aseguro que comer bien en completo silencio es una experiencia de lo más gratificante.  De verdad.


 
Una vez te traen la carta, primera buena noticia: tienen menú de mediodía a 11,50 euros, el cual puede consistir en dos platos más postre/café y bebida o bien en una pizza de la carta (tope 11 euros) con postre/café y también bebida. Cualquiera de las dos opciones son buenas, pero para aquellos que no les apetezca pizza, sabed que los dos platos del menú suelen consistir en especialidades italianas de calidad (aunque esto último que acabo de decir puede sonar absurdo –sí, ya sé que en los restaurantes italianos se suele comer comida italiana- no lo es en absoluto: la cantidad de veces que he pedido menú en un italiano y los platos fuera de la carta consistían en poco más que una ensalada insípida y en un filete seco con patatas congeladas…). Sin ir más lejos, la última vez, mi señora se pidió de primero unos gnocchi sorrentina, a base de tomate y mozzarella gratinada, que estaban –doy fe de ello- de rechupete, y de segundo una mini-pizza calzone rellena de requesón y jamón cocido. Un servidor, por su parte, se calzó una pizza cuyo nombre, para variar, no recuerdo, pero sé que llevaba queso fontina y que, también para variar, estaba de película. Porque, como ya os comenté en la entrada del restaurante Bun Bo, yo soy más a tiro fijo y me cuesta cambiar de plato cuando algo me gusta mucho. Y os aseguro que estas pizzas me gustan…¡me gustan muchísimo! De hecho, en mi particular ranking pizzero barcelonés, el Piazza Grande ocupa actualmente el número 1 indiscutible, seguido muy de cerca por el que parecía que iba a ser el eterno líder de la clasificación, el igualmente genial –y legendario- La Bella Napoli (de este también os hablaré otro día, se lo merece). Ah, y como adelanté más arriba (podéis comprobarlo en la foto) son-muy-grandes. A mi, la verdad, cada vez que cuesta más acabármelas. Y respecto a la carta, está llena de platos ricos-ricos a muy buen precio. Uno de los que caerá más pronto que tarde –lo juro: la próxima vez no pediré pizza- será el de spaghetti ai frutti di mari. ¡Schhhhllllurps! Mi señora, en anteriores visitas, dio buena cuenta de diferentes platos de pasta, a cada cual más bueno. Palabra.



¡Y volver, volver, volveeeeer…!


Tras el café –bueno el solo de mi señora, flojito mi cappucino- y pagar la cuenta -23 euros justos- procedimos a ir chino-chano hacia la parada de Metro. Aquel día sé que volvimos a casa enseguida porque teníamos algún compromiso, pero es muy recomendable –de hecho es lo que solemos hacer- dar un paseo en dirección a la Rambla de Poblenou y, desde allí, hacia la playa. Con el sol de media tarde y la –generalmente suave- brisa marina acariciándote la cara, la pizza se digiere mejor, ¡dónde va a parar! Y justo durante esos paseos, voy pasando revista a los edificios que ya no están y me doy cuenta de cómo ha cambiado mi barrio. Porque, sí, Poblenou es mi barrio. Y siempre lo será. Aunque ya no viva en él.








Piazza Grande
Plaza de Julio González 10
Barcelona
Tel. 932.214.132
www.piazzagrande.es


 


P.d.

Cuando estoy repasando el texto, me da por pasarme por la web del restaurante y me topo con esto. Cito textual: “si quieres disfrutar de un restaurante italiano auténtico, así como hacen los jugadores del CF Barcelona, Piazza Grande es tu restaurante”. Ni que decir tiene que nunca me he encontrado con Xavi, Messi o Puyol  comiendo en el Piazza Grande, pero si algún día se produce ese acontecimiento planetario, habrá que convertir este restaurante en un lugar sagrado. ¡Como mínimo!

domingo, 29 de enero de 2012

DOCAMAR


¿Habéis escuchado en alguna ocasión a Nick Lowe? Para aquellos que no le conozcáis, deciros que es un músico y compositor británico de 62 años y que está facturando sus mejores discos en su madurez, entre ellos el magnífico At my age. De hecho, fue gracias a este álbum que me hice fan suyo. Ya lo conocía –si eres, como yo, seguidor de Elvis Costello, has de saber quién es Nick Lowe-, pero no fue hasta que escuché A mi edad que re-descubrí a un tío grande, a uno de los grandes.

No sé si os pasa lo mismo, pero cuando un disco me cautiva (hablo de esos que te acompañan obsesivamente desde que te levantas hasta que te acuestas), siento la necesidad imperiosa de verlo en directo, y si es en la gira de ese mismo disco, mejor (así tendrás más posibilidades de que toque el disco casi entero. Si lo ves en una gira posterior, lo más seguro es que la mayoría de esas canciones ya no las toque. Cosas del negocio…). Desde que me enganché a At my age, recé y recé para que se dejara caer por Barcelona. Y vino… pero para acompañar al pesado de Ry Cooder. Esa no valía. Poco después, se acercó hasta Vilanova para hacer un solo-show en el festival Faraday, pero no pude ir por motivos laborales. Y en eso que cuando parecía todo perdido, a finales del verano pasado, se anuncia que aprovecharía un pequeño descanso en su gira americana (en la que telonea a unos tales Wilco) para hacer tres bolos ¡con banda! en España. Las ciudades agraciadas fueron Madrid, Valencia y otra que no recuerdo. No era cuestión de dejar pasar más oportunidades (no quiero que suene cenizo, pero en el año 2000 decidí no pasarme por el Razz-3 a ver a Elliott Smith y…), así que me lié la manta a la cabeza, lié a su vez a mi señora y para Madrid que nos fuimos. ¿Y porqué a Madrid, os preguntaréis, teniendo Valencia más cerca? Muy sencillo: el Museo del Prado –y su exposición temporal sobre el museo del Ermitage- está allí. ¿Únicamente por eso? Pues no. Por eso… y por el Docamar.

Gracias, Google

Al Docamar lo descubrí, al igual que los dos restaurantes ya comentados hasta la fecha en el blog, por casualidad. Un viernes por la noche, mientras cenaba, me puse a hacer zapping y acabé en Cuatro. En ese momento estaban echando una edición de Callejeros dedicada a bares famosos (o casi) de la capital del reino. Lo pillé ya comenzado, justo en el momento en el que estaban hablando de un lugar donde de podían comer las mejores patatas bravas de Madrid. ¿Las mejores? Como le dije una vez a mi amigo Marcus, las mejores patatas bravas no existen, están por descubrirse. En cualquier caso, el garito tenía muuuuy buena pinta. No me pude quedar con el nombre, pero sí que estaba en la calle Alcalá para arriba. Tirando de San Google (¿cómo lo hacíamos antes de Google para buscar información? ¡No hace tanto de eso!), en unos breves instantes localicé el local en cuestión: se llamaba Docamar y estaba en el número 337 de la madrileña calle de Alcalá (lo sé, da mucha rabia lo de la madrileña, pero es que no he podido evitarlo). Imaginaos lo célebre que es el sitio que incluso tienen página web (muy chula, por cierto). Ni qué decir tiene que tras el reportaje de la tele y mi pequeña investigación, Docamar se convirtió de forma instantánea en un must en toda regla. De este modo, cuando ya teníamos las entradas para el concierto y los billetes de avión, tenía muy claro que una visita al Docamar iba a caer. Tenía que caer.

¿Hoy es viernes? ¡Seamos malos!

El Docamar está en pleno distrito de Ciudad Lineal, en el muy madrileño barrio (¡¡no lo puedo evitar!!) de Quintana. No sé si habéis pasado alguna vez por allí, pero una vez sales de la estación de Metro de Quintana, te da la impresión que estás por los alrededores de la plaza Virrei Amat. ¡Es igual, os lo juro! Tras subir unos números la calle Alcalá, giramos la vista hacia la izquierda y allí estaba. Nada más acercarnos a su puerta, las sensaciones que tuve fueron muy positivas, basadas todas ellas en su emplazamiento. ¿Qué tiene de particular, os preguntaréis? Pues que los negocios que hay a su alrededor son la carnicería José Luis, la mercería Mariví y la ferretería Fernández (los nombres me los acabo de inventar), negocios todos ellos populares, sitos en un barrio de currelas. Y allí donde hay currelas, como dice mi buen amigo Isaac, se come bien. Porque, a ver: los bares de tapas buenos, ¿dónde están, en el Paseo de Gracia o en Hospitalet? ¿Entendéis lo que quiero decir, no?

Una vez dentro, ambiente de bar de toda la vida y un señor muy amable nos indica que si vamos a comer, podemos subir al salón de arriba. Tuvimos suerte de poder sentarnos, porque tiene pinta de llenarse mucho (de hecho, cuando nos fuimos estaban todas las mesas ocupadas). La verdad es que dentro se está muy a gusto. El mobiliario es moderno, pero funcional, nada de virguerías, con mantelitos de papel personalizados (ver foto) y el ambiente, agradable -me imagino que los días que hay fútbol puede ser un infierno, pero eso pasa en todos, me temo. Un camarero como los de antes (como diría el ministro Arias Cañete) nos trajo la carta. Aunque ya sabíamos adonde íbamos, comer en un sitio como el Docamar el mismo día de un concierto es, cuando menos, arriesgado, pues la carta está compuesta, casi en exclusiva, por platos rayando lo insano: choricitos, calamares a la romana, pulpo, chocos, chistorra, huevos rotos, morcilla y, por supuestísimo, las patatas bravas. Ante esta oda a la grasa y a la fritura (que no fritanga, no es lo mismo), uno debe dejarse de mariconadas e ir a darlo todo. Y así lo hicimos: cuando la frase cuidado con el colesterol no significa absolutamente nada para ti, hay que dar rienda suelta a tus instintos más bajos y pedirte unas bravas, unos huevos rotos, unos choricicos y unos calamares a la romana.

Todo estaba de rechupete: las bravas, muy buenas, en su punto de cocción –lo que os decía de la fritura- y con una salsa quizás un pelín suave –a mi señora le gusta así, que no pique mucho- los choricitos en su punto, nada secos, los calamares tremendos –en ningún sitio de España los fríen como en Madrid- y los huevos rotos… buff. Huevo, zorza (carne adobada, para entendernos), patata… Como dicen por la zona de Cádiz, estaban para chillarles.

Tras rematar la faena con un café –para nuestra vergüenza, admitir que no pudimos acabarnos los calamares y los choricitos, pues las raciones son bastante generosas-, y departir con el camarero como los de antes –un señor muy simpático, por cierto, que se mostró muy agradecido por el hecho de que, viniendo de tan lejos y habiendo tanta oferta similar en Madrid, hubiéramos escogido el restaurante donde él trabaja-, enfilamos la calle Alcalá para abajo, dispuestos a caminar un buen ratito para poder bajar lo antes posible el festín grasiento que nos acabábamos de meter entre pecho y espalda. Ah, y respecto al precio, a la altura: cuatro raciones –insisto- generosísimas, dos bebidas y dos cafés, 30 euros en total. Visto lo visto –mejor dicho, comido lo comido- nos pareció muy, pero que muy ajustado.

At my age

Dicen que sarna con gusto no pica. O que lo que no mata engorda. Pues es verdad: comimos tan bien, que lo que temimos que iba a ser un via crucis gástrico, se fue convirtiendo, siestorro mediante, en una tarde apacible. Y todavía quedaba lo mejor: ver – y escuchar- a Nick Lowe a un par de metros de distancia. El concierto, como no podía ser de otro modo, fue mágico, muy grande, casi dos decenas de magníficas canciones –versión de nuestro querido Elvis Costello incluida- que nos transportaron literalmente a otro mundo. Mejor, por supuesto.

Tras salir de la sala Kapital y volver a pata a nuestro muy cutrongo hostal en el centro de Madrid, todavía tuvimos tiempo de encontrar hambre donde –parecía que- no la había y cascarnos un bocata en una conocida franquicia de bocadillos cada-vez-más-infumables. Y, ojo, que aquí el amigo todavía tuvo los santos huevos de pedirse… ¡una de patatas! Si aquel día no se me puso cara de tubérculo…


Docamar
Calle Alcalá nº 337
Madrid
Tel. 913.678.317
www.docamar.com


P.d.

Os dejo un video de nuestro admirado Nick Lowe. Que lo disfrutéis.