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miércoles, 15 de julio de 2015

ÀBAC


Los Pijos somos animales de costumbres. Gente tradicional. La audiencia pija más veterana recordará seguramente que cada Sant Jordi nos dejábamos caer por nuestro querido y entrañable Chicoa . Pero llegó un año (el 2013) en el que, vaya usted a saber porqué, decidimos cambiar. Ya digo, no hubo un motivo concreto. O, espera, quizás sí... Es muy posible que quisiéramos un lugar un poco más abierto, con luz natural. La diada de Sant Jordi es uno de nuestros días preferidos del año y si la climatología es benigna, suele ser una jornada espléndida, majestuosa, pura alegría de vivir, que decía Ray Heredia. Recuerdo que cuando sopesamos los candidatos a sustituir a Chicoa estuvimos de acuerdo en que fuera un local con terraza y a ser posible, céntrico. Y reservamos mesa en un pequeño restaurante de la calle Enric Granados, cercano a la plaza Letamendi, un lugar donde habíamos comido muy bien hacía un tiempo y que, vaya, estábamos seguros de que sería un digno sucesor de la institución de la calle Aribau. Pues no fue así. El día acompañó, sí, pero el resto, nada. Todo lo que podía salir mal, salió peor. Pese a que habíamos reservado con mucha antelación, nos dieron una mesa en un rincón de la terraza, sin apenas un rayo de sol. La carta no estuvo a la altura (ni recuerdo qué comimos: mala señal). Y, además, estábamos muy preocupados por un tema familiar que... bueno, que lo que tenía que ser uno de los días más felices del año fue un chasco-Carrasco. Una diada para olvidar. Unos días después, dándole vueltas al tema, le propuse a mi señora hacer borrón y cuenta nueva. El Sant Jordi del 2014 debía ser perfecto, tenía que ser perfecto. Y una noche, viendo la edición española de Master Chef, le dije a mi señora... Oye, Pija... ¿Y si el próximo Sant Jordi vamos... al Àbac?


Dreams

Igual que un futbolista, cuando ficha por el Barça o por el Madrid, suelta ese típico rancio-fact de Es un sueño hecho realidad, desde pequeño soñaba con este momento, los Pijos soñábamos desde hacía años con visitar el templo de la avenida Tibidabo. Sobre todo, yo. La primera vez que leí algo sobre él, fue -cómo no- en una reseña de Pau Arenós en El Periódico. El chef Xavier Pellicer abandonaba sus fogones para sustituir al entonces recientemente fallecido Santi Santamaria en Can Fabes, en Sant Celoni, y lo dejaba en manos de un jovencísimo chef que ya tenía un restaurante con una estrella Michelin -el Àngle, en Sant Fruitós de Bages-, un tal Jordi Cruz. Si la memoria no me falla, en la foto que acompañaba el artículo posaba todo el equipo del Àbac, con Jordi Cruz en primer plano, en el jardín del establecimiento. Me sorprendió la cara de niño que tenía este payo. A tenor de lo que decía el señor Arenós en su crónica, las dos estrellas Michelin del Àbac no corrían ningún peligro (recordad que las estrellas las otorgan al restaurante, no al cocinero de turno), pues el menú-degustación que había probado era de un nivel altísimo. Como el precio, claro. Costaba del orden de 130 ñapos, euro arriba, euro abajo. Recorté las páginas y las introduje en la sección Caros de mi carpeta roja, sección que podría llamarse perfectamente Los restaurantes que , casi seguro, no vas a poder catar en tu puta vida. Pero preferí dejarla en Caros. Más corto y menos hiriente. Pero mira tú que algunos sueños pueden hacerse realidad. Y este, bien pensado, tampoco era inabarcable. Si una vez al año podíamos celebrar por todo lo alto nuestro aniversario en El Celler de Can Roca, ¿por qué no hacer lo propio para Sant Jordi con el Àbac? Tan solo era cuestión de ir ahorrando poco a poco y, además, teníamos un año entero por delante para reunir el pastón que nos iba a costar. Mi señora, de vuelta al momento que os comentaba más arriba, me dijo que sí, que porqué no. En ese instante me acordé de las palabras del amigo de Tom Cruise en Risky Business: En la vida, hay momentos en los que hay que saber decir... ¿¡pero qué coño!?

El método

Algo que nos llamó la atención cuando echamos un vistazo a la web del Àbac, fue que, a parte del menú-degustación, tenían carta. Y tiene sentido, puesto que el Àbac no es un restaurante, sino un hotel. Aunque la propuesta de su restaurante no deje de ser gastronómica, no tendría mucho sentido que te alojes ahí y que para comer o cenar te tengas que meter entre pecho y espalda del orden de quince o veinte platos. Lo de la carta, decíamos, nos agradaba. Nos permitiría hacer una primera incursión de reconocimiento sin tener que dejarte un riñón y medio. Ya sabéis que la operativa Pija -excepto en contadísimas ocasiones- consiste en visitar el restaurante en cuestión. Si nos gusta, volvemos con la cámara para hacer las fotos de rigor y, de mantener el nivel respecto a la primera visita, publicamos la entrada en el blog. Y con el Àbac no íbamos a hacer ninguna excepción. No hace falta ser muy perspicaz para saber, leyendo estas líneas, que la cosa salió bien. Bueno, salió más que bien. Salió genial. Entramos hacia las 14.00 y salimos de allí casi levitando a eso de las 18.00 (los que vieron la foto que colgué en mi muro de Facebook posando con mi señora y con el propio Jordi Cruz saben a lo que me refiero). Mientras bajábamos por la calle Balmes, no parábamos de repetirnos lo genial que había sido la experiencia. Y emplazándonos, por supuesto, a volver al año siguiente -este- ya armados con toda la artillería pija. Hicimos la nueva reserva a finales de noviembre del 2014. Y no tanto porque tarden meses en darte mesa -que también- sino porque en unas pocas semanas -principios del mes de diciembre- la guía Michelin celebraría su gana anual para España y Portugal. ¿Y eso qué significa? Pues que si le llegan a otorgar la tercera estrella (recordad: tiene dos) reservar una mesa hubiera sido prácticamente imposible. El esnobismo es así, amiguitos: la de gente que conocemos (y/o que hemos visto) que solo va a comer a estos sitios porque hay que comer en estos sitios. En fin... aunque se la merece sin duda alguna (más adelante lo comento), me alegré de que no se la hubieran dado. Uff...


El búnker

Si alguna vez vais al Àbac es muy probable que os pase lo mismo que a nosotros. Tal como sales de las escaleras de los ferrocatas, echas un mirada de 360º y te dices a ti mismo... ¿dónde coño está el Àbac? Uno se espera que un súper-hotel de cinco estrellas llame la atención, que destaque entre los edificios de la zona, por muy pudiente que esta sea (y Sant Gervasi, lo es), que, en definitiva, sea imposible no verlo. Pues no señor. No se ve. Este restaurante, situado en el número 1 de la exclusivísima avenida del Tibidabo (repleta de consulados, aseguradoras y palacetes, chozas todas ellas de las que quitan el hipo) está camuflado. Una vez cruzas el semáforo y te plantas en la esquina de la avenida con el paseo de Sant Gervasi, ves el rótulo y ya te tranquilizas. ¿He dicho te tranquilizas? Me he equivocado. A continuación viene la segunda prueba: ¿por dónde se entra? Parece un homenaje a escala real del fuerte de los Playmobil, una fortificación hecha a base de maderas nobles que no deja entrever absolutamente NADA de lo que hay dentro. Desde fuera, lo único que puedes otear es vegetación, solo eso. En nuestra primera visita, estuvimos como tres minutos buscando la puerta. Encontramos finalmente dos, las dos con un interfono (¿cómorl?). Yo decía de picar al timbre de la de abajo y mi señora al de arriba. ¿Quién acertó? Mmm... ¿hace falta decirlo?

Tras abrirnos la puerta, pasamos adentro y nos sentimos como Locke y Jack, de la serie Lost, entrando por primera vez en el búnker donde Desmond introducía una y otra vez el código de seis números. De frente hay unos huertecitos muy cuquis (por utilizar argot Masterchef) y la entrada a las habitaciones. Para llegar al restaurante has de bajar las escaleras que hay a mano izquierda, atravesar el jardín y, una vez abajo, girar a mano derecha. Recorres un pasillo bastante ancho -siempre, lo olvidaba, rodeados de plantas y árboles- y ¡por fin! vas a dar con la puerta del restaurante. Nadie dijo que sería fácil.


¡Aquí hay... niveeel!

Una vez entras, los salones quedan a mano izquierda. Son tres, si no recuerdo mal, todos diáfanos, iluminados hasta decir basta por los rayos del sol. Nosotros siempre hemos estado en el del medio, quizás el más amplio. Las mesas, bastante grandes, se encuentran situadas a los lados, y, como no podía ser de otro modo, vestidas con mantelería, cubertería y cristalería (y todas las ías que se os ocurran) de qualité. ¡Que hablamos de un hotel de cinco estrellas, coño! Pese a que en medio se encuentran las mesas de servicio, la sensación de amplitud es constante. Se nota que es un espacio pensado y diseñado para que el comensal se sienta como en su casa. Y a ello contribuye sobremanera el servicio, una pléyade de camareros y somelieres que, detalle muy importante para los Pijos, se muestran cercanos en todo momento sin dejar de lado una profesionalidad extraordinaria. Es más, tienen sentido del humor, y eso, qué queréis que os diga, se agradece, y más en un sitio como este. Mi señora y yo lo hemos comentado muchas veces -no solo refiriéndonos al Àbac, sino a muchos otros: deben estar tan hasta los cojones de aguantar a estirados, famosetes, millonarios, pijos en minúsculas (nosotros vamos en mayúsculas) y demás personajes rancios, que cuando se encuentran a gente como nosotros, educados pero lúmpen al fin y al cabo, deben pensar... joder, por fin dos payos normales. A ver, a lo mejor se me está yendo la olla, pero creemos que no debemos andar muy desencaminados.


Welcome to the pleasure dome

Tal como os dije un poco más arriba, en nuestra incursión de reconocimiento del año pasado pasamos del menú-degustación y tiramos de carta. Ahora que lo pienso, si hablamos con propiedad, carta, lo que se dice una carta de las de toda la vida, tampoco tienen. Más bien te dan la posibilidad -pensando en sus huéspedes y en aquellos clientes externos que solo deseen comer un primero, un segundo y un postre- de escoger entre algunos de los platos de los dos menús-degustación que tienen. Valen un cojón -de eso también hablaremos más adelante- pero son platos bastante contundentes. Para que os hagáis una idea, el año pasado  nuestro camarero nos recomendó (ya que era nuestra primera visita) pedir medias raciones de tres platos, para así probar un poco de todo y luego un plato principal para cada uno. Y así lo hicimos. Mare de Déu... Yo pensaba que íbamos a reventar. Aquellas medias raciones habrían sido, sin ningún problema, platos enteros en un restaurante cualesquiera. A todo eso hay que añadir los aperitivos -que ya van incluidos en el precio- y el pre-postre. Este año íbamos a repetir la jugada, pero, al contrario que el año pasado, la oferta de carta era bastante más reducida, por lo que volví a soltarle a mi señora la frase de Risky Business: pero qué coño. ¿No hemos venido aquí a celebrar uno de nuestros días favoritos del año? ¡Quememos las naves y vamos a por ese menú-degustación, con dos cojones! Así pues, lo que viene a continuación es una descripción 100% pija (es decir, todo corazón y nada -o prácticamente nada- de comentarios gastronómicos fundados) del menú-degustación de abril del 2015 (cuando escribo esto observo en su web que ya han cambiado algunos platos debido al cambio de estación, en el Àbac solo trabajan con productos de temporada). Por cierto, regamos el ágape con una copita de cava de aperitivo, agua mineral y una botella de Principia Mathematica, un vinico blanco muy bueno que ya habíamos probado anteriormente. Pensamos en tomar un tinto, pero el somelier nos recomendó blanco, puesto que solo un plato del menú era de carne. Hay que hacer caso a los que saben. En fin, ¡vamos al lío!


 
Bloody Mary on the rocks / Tamarillo Bloody con cogollos de lechuga impregnados en agua de anchoas. La interpretación de Jordi Cruz del celebérrimo cocktail es una deconstrucción (por utilizar un término adrianiano). Por un lado, un vaso de los de whiskazo de toda la vida con unos cubitos y un líquido de color vainilla, y por el otro, un tamarillo (es una especie de tomate de árbol originario de Suramérica) relleno con un sorbete de tomate. Te recomendaban tomarte primero el tomate y el cogollito de lechuga y luego el contenido del vaso. El sorbete estaba delicioso, con el grado justo de acidez, el cogollín, riquísimo, y el líquido y los cubitos (que vendrían a ser el vodka y los condimentos)... bueno, se trata de esos brebajes que solo saben preparar los grandes chefs y que no sabes ni lo que llevan pero están de muerte. A día de hoy todavía no sé qué pintaba la lechuga en este plato, pero no olvidemos que se trata de una interpretación, así que... máximo respeto. En resumen, un primer plato muy refrescante. Gran comienzo.


Taco de maíz y foie gras con helado de mole. No soy muy amigo del foie gras (mi señora, sí) pero tengo que reconocer que era una pequeña exquisitez, se deshacía en la boca, ideal para degustarlo muy leeeeentamente. El heladito de mole, con el punto justo de picante, maridaba muy bien, una gran combinación. Venía servido sobre unas migas ahumadas de maíz. Un plato muy completo, dulce, picante, crujiente... Nivelón, vamos.


Ceviche de lulo con ostras y pisco sour. Este plato lo acabó de rematar en la mesa nuestro camarero a base de nitrógeno líquido. Aquello parecía un concierto de KISS. Ojo al vídeo que grabó mi señora:




Habrá mucha gente que pensará que esto es un truco efectista para quedarse con la gente. ¡Y así es, se quedan contigo! Pero me parece muy bien que te muestren in your face cómo se prepara (o cómo se acaba de preparar, mejor dicho) un plato de esos que jamás, en tu puta vida, vas a poder probar fuera de este tipo de establecimientos. Volviendo al plato en sí, se trata de un ceviche presentado dentro de un lulo (otra fruta exótica), con trocitos de ostra y una cremita de pisco sour (un cocktail muy popular en America del sur), que es lo que el camarero prepara delante tuyo. Simplemente espectacular. La combinación de sabores en la boca era una pasada. Si de fondo hubiera sonado Love Gun me meo encima. Un puto diez.


Jugo de coco y corales thai con colitas de cigala, almendras tiernas y aceite de chiles. ¡Aaah, los caldos cañeros de Jordi Cruz! Qué lástima que no puedas llevarte a casa una marmita con esa sopita thai, un caldo absolutamente exquisito servido dentro de medio coco. La cigalita y el aceite de chile acabaron de rematar la jugada. Se mantiene el nivelón.


Nuestro pan chino, brioche frito, anguila asada, wasabi y alioli ahumado. Uno de los grandes hits del menú. Una versión del pan chino de toda la vida con anguila asada en su interior acompañada de un minúsculo trocito de wasabi y un allioli donde mojar el bocadillito. El camarero nos invitó a comernos primero el wasabi y luego el resto. Nos dijo que el wasabi (auténtico, no el sucedáneo que suelen servir en la mayoría de japoneses) nos limpiaría la cavidad bucal y la dejaría en perfecto estado para que pudiéramos saborear el resto del plato. Y que no nos preocupáramos por lo fuerte que está, puesto que la explosión duraba apenas un instante y no dejaba secuelas gustativas (lo dicho: era wasabi bueno). Pasado el susto (aquello parecía una canción de Motörhead concentrada en tres segundos), casi lloramos con el bollito (esponjoso hasta decir basta), con el allioli, con la anguila y con la madre que la parió. Este bocata, a tamaño bar, acabaría con las guerras en el mundo. Otro puto diez.


Curry de pieles y carnes de atún con consomé ligeramente acidulado. Al Pijo mayor no le gusta el atún, pero cuando viene a un sitio como este, se deja de hostias y se come lo que le pongan, le guste o no. Y me gustó, para qué vamos a engañarnos. No me entusiasmó -me quedo con el caldito, cañero, cómo no- antes que con el pescado. Mi señora, que ADORA el atún no piensa lo mismo, claro. No era el atún del Koy Shunka, pero casi. Podríamos calificar a este plato como una especie de alto en el camino, un sitio donde recuperarte de las sensaciones anteriores y que te preparaba para lo que vendría a continuación.


Calamar tratado como un arroz negro con semillas de Padrón. Un trompe l’oeil o, como se le llama por estos lares, un trampantojo. Un plato que parece una cosa, es otra y sabe como esa otra. El calamar estaba cortado de forma minúscula para hacer las veces de arroz. De sabor, excelente. No pasará a la historia como uno de sus mejores platos, eso seguro, pero en otro restaurante sería un must. Insisto: excelente.


Jugo de cebolla asada con scamorza ahumada, nueces y piel de naranja (Vegetación). Vuelven las lágrimas, vuelven los dieces. Una sopa de cebolla -¡aaaay, esos caldos, Jordi, esos caldos!- con queso scamorza ahumado, nueces y cítricos, presentada dentro de una simple y humilde cebolla asada, con su parte superior haciendo las veces de tapadera de la ollita donde suelen servirla en los restaurantes mundanos. Un pasote de sopa. Genial.


Salmonete de roca y Mediterráneo. Este vendría a ser el primer plato principal, el de pescado. Sobreviviente del menú del 2014 (lo comimos entonces, media ración para cada uno), apenas había cambiado. A los Pijos nos encantan los molls (que es como se conocen por aquí los salmonetes). Y, claro, nos encantó. Iba acompañado de una espuma, de una cremita, de tierra... las mil y una texturas al servicio de un gran plato de pescado. Seguimos en la parte alta de la clasificación.


Pintada a la brasa con maíz y foie gras. Y este era la última etapa del menú antes de pasar a los postres, el segundo plato principal, una pintada con maíz y foie gras, excelentemente presentado y con un sabor diez. Los pijos no somos muy de caza, pero hay que reconocer que estaba de fábula. Y en la cantidad justa, sino podría habernos tumbado un poco.


Almendras tiernas. En versión fina, se trata de un pre-postre, una especie de prólogo de las propuestas dulces del menú. Hablando en plata, vendría a ser, conceptualmente, el infame -pero siempre entrañable- sorbete de limón de las bodas lumpen. Su misión era refrescar el paladar y lo consigue, en esta ocasión con unas almedras tiernas acompañadas de un montón de cosicas que no recuerdo. Estaba muy bueno.


Flores, helado de violetas, espuma de yogurt y crujiente de galletas. El plato más bello de todos con diferencia y el mejor postre... después del siguiente. Venía presentado con una especie de tapadera traslúcida de caramelo y flores, muy rica. Y los diversos elementos, en diferentes texturas, combinaban a la perfección. Delicioso. Las fotos no le hacen justicia, de verdad os lo digo.


Tierra de chocolate con crema de chirivías, cortezas de tubérculos asados, ganache chipotle y avellanas. Mi plato favorito de todo el menú, un plato que hace que merezca la pena dejarse la pasta que has ahorrado durante meses. No os puedo explicar mucho sobre el plato porque es muy difícil plasmar en palabras las sensaciones que experimenté cuando lo comí, cuando lo disfruté. Casi lloro, lo digo en serio. Mezclar chocolate negro con verduritas y tubérculos es algo que, a priori, no debería funcionar, pero lo hace. Emocionante y evocador, le doy un puto once, a lo Spinal Tap.


Bajo un velo de avellanas, vainilla, nata fresca y cítricos. Un colofón correcto, todo muy en su sitio. No sorprende pero tampoco decepciona. Muy rico, pero quizás hubiera tenido más sentido como primer postre. Después de la tierra de chocolate, supo a poco, la verdad.


Más de dos meses después de nuestra visita, me vienen a la mente algunas reflexiones que hicimos al acabar el menú, en espera de los cafés. La primera, que todos los elementos de los platos tenían sentido, estaban allí por algo. Nada era superfluo. Por ejemplo, prácticamente todos los platos llevaban florecitas, y todas tenían su función, más gustativa algunas, más decorativas otras, o ambas cosas a la vez. En segundo lugar, que todos los platos estaban diseñados para seducirte a través de todos los sentidos. Por eso los olía con detenimiento a medida que nos los iban sirviendo. Te entraban por la vista, por el olfato, por el tacto -los que se comían con la mano... Y en tercer lugar, la disparidad de criterios que provocan este tipo de propuestas. Pasado el día de Sant Jordi, leí por ahí opiniones para todos los gustos, dejando unos a caer de un burro los platos que a nosotros nos habían entusiasmado y otros elogiando hasta el absurdo cosas que nos habían dicho menos. En fin, supongo que esa es la grandeza de algo como la cocina: provoca sentimientos, en plural. Y no todos sentimos igual.


¡Al fresco!

En el Àbac tienen el detalle de (si la meteorología acompaña) servir los cafés y/o licores en su magnífico jardín, un espacio con un seto enorme, árboles que parecen sacados de un cuadro y un césped impoluto. Eso a la derecha (según sales). A la izquierda están las mesitas con sus correspondientes butacones. Pese a que el final de la fila de mesas da al paseo de Sant Gervasi -con su tráfico infernal- la paz que se respira es absoluta, apenas llega un lejanísimo murmullo. Ahí me di cuenta el año pasado de que diseñar este hotel como si fuera el bunker de la cancillería tenía todo el sentido del mundo. Junto con los cafés -buenísimos, por cierto- te traen una bandejita con unos petits fours, deliciosos todos ellos, sobre todo los bomboncitos con envoltorio comestible -cómo molan estas chorraditas. Pero para detalle molón, el pintalabios, un clásico de la casa. Se trata de una barrita de pintar los labios que, al descapucharla y extraer la barra, te encuentras con un mini-polo de frambuesa. Y está muy bueno, claro. Y además, refresca. El año pasado, mientras disfrutábamos de nuestra sobremesa en estado semi-comatoso, salió Jordi Cruz a saludar al respetable y a preguntar si todo había sido de nuestro agrado. A nosotros nos pareció un bonito detalle, más que nada porque nos encanta comentar la jugada con los que saben y felicitarles si procede. Si no hubiera salido, como este año- nuestro camarero nos dijo que se encontraba en Madrid, firmando libros- nuestra opinión del ágape hubiera sido exactamente la misma. Y digo esto porque a algunos blogueros parece molestarles estos, digamos, baños de masas. Que si es un egocéntrico, que si va de guays, que si busca el elogio fácil por gente que solo va a hacerse la foto, que si es un gilip... en fin, muy típico de este país de mierda, un país lleno de envidiosos que, a la mínima, ponen en tela de juicio al que triunfa sin tener en cuenta que para llegar hasta ahí puede -entiéndase la cursiva como ironía en estado puro- que se lo haya currado. Y, ojo, que quizás sí sea un egocéntrico del copón, quién sabe, pero de ahí a despreciarlo (o directamente a insultarlo) por el mero hecho de salir a saludar a sus clientes... A los Pijos nos la suda que salga o no, o que haga de jurado en Masterchef, o que haga anuncios de Gas Natural... nosotros juzgamos únicamente sus platos, su obra, en definitiva. Porque es lo justo. A él y al chef que sea. Como ya dije una vez, los Pijos hacemos nuestra aquella frase de J.R. Ewing: nunca mezclamos los negocios con el placer.


La crucifixión Pija

Visto con perspectiva, son muy listos en el Àbac. Te dejan flotando en el jardín para que, cuando veas a cuánto asciende la cuenta, estés como medio anestesiado y el impacto de la clatellada no sea tan doloroso. Ascendió a unos insignificantes (jaja) 361,46 euros. Una señora clavada... pero pagada con gusto. A ver, si observáis la factura con detenimiento podréis ver reflejada en ella los típicos vicios de un hotel de cinco estrellas, esto es, cobrarte veinticinco euracos por dos copas de cava, más de cuatro por un botellín de agua y casi ocho por los cafés -esperad, borremos lo del café: los petit fours van incluidos en ese precio-, pero más allá de estos detalles, tenemos un menú-degustación BRUTAL a 130 euros, un precio, como dice la prensa deportiva, de mercado. Te podrá parecer caro o barato, pero es lo que valen, no más ni menos. Detrás de ello hay un producto excepcional y, sobre todo, muchísimo trabajo, muchísimo esfuerzo. Y eso se paga. Y con gusto, como decía. Por lo menos nosotros, los Pijos. Mi reflexión final acerca de nuestra última visita a El Celler de Can Roca se puede aplicar al Àbac perfectamente, punto por punto. Parafraseándome a mí mismo (¡esto sí que es egocentrismo!), podría decir -y digo, ¡qué coño!- que el Àbac es, cada Sant Jordi, nuestro mejor restaurante del mundo. Y que lo sea muchos años más. Moltes gràcies, Jordi. Ah, i feliç sant!



Àbac
Av. del Tibidabo 1
Barcelona
Tel. 933.196.600
abacbarcelona.com/es/restaurante



jueves, 21 de noviembre de 2013

EL CELLER DE CAN ROCA

Mi señora y yo, como ya sabéis, tenemos muchas cosas en común. Una de ellas tiene que ver con el objeto (o, mejor dicho, con el restaurante) del que vamos a hablar hoy. Me refiero a lo poco que nos gustan los juicios absolutos. De hecho, no los soportamos. Por vanidad, por crear tendencia, por vagancia o, simplemente, por gilipollez innata, esos juicios están a la orden del día. Porque, vamos a ver…  ¿Es necesario referirse a Messi CONSTANTEMENTE como el “millor jugador del món”? Sí, vale, es muy bueno, todo lo que tú quieras, pero es muy cansino hacer de sus habilidades como futbolista una verdad absoluta. Por no hablar de esa revista (no diré el nombre para no perjudicarla… bueno, va, una pista: comienza por Time y acaba por Out) que una semana sí y la otra también saca una portada (con su correspondiente reportaje a seis páginas) sobre las mejores patatas bravas de Barcelona, o las mejores hamburguesas de Barcelona, o las mejores croquetas de…  Lo de esta revista, además, es enfermizo, en serio. Hace unos meses llegaron a publicar en su web una lista titulada… ¡Los mejores bares de yayos de Barcelona! Y luego está la figura del enterao, aquel  personaje odioso al que le comentas que has comido, qué sé yo, una pizza muy buena en tal sitio y él te responde en medio segundo con un pues si quieres comerte una buena de verdad, ve a no-sé-dónde, hacen las mejores pizzas de Barcelona. Le da igual tu recomendación, se la suda, tan solo desea dejarte claro que la verdad, la verdad absoluta, solo la conoce él. Y nadie más que él. Lo dicho: odiosos.

Todo esto también es aplicable al que desde hace unos pocos meses es considerado por la prestigiosa revista británica Restaurant como el mejor restaurante del mundo, El Celler de Can Roca. ¿Y… es así? Veamos.

La tradición Pija


Contando la cena de la semana pasada, los Pijos ya hemos visitado el Celler en tres ocasiones. La primera fue en febrero de 2011. Entonces tenían solo dos estrellas Michelin y ocupaban el cuarto puesto en el ranking de Restaurant (le antecedían el Noma de Rene Redzepi, El Bulli y The Fat Duck, del cachondo de Heston Blumenthal). Quería invitar a mi señora a un restaurante de primerísima categoría (de hecho, este sería nuestro primer estrellado), y como los otros tres se me escapaban por presupuesto (y por sus delirantes listas de espera, dicho sea de paso), me decanté por el que quedaba. En muchas de sus magníficas crónicas culinarias, Pau Arenós no hacía más que reivindicar la cocina de los hermanos Roca y pedir –no, ¡exigir!- para su restaurante la tercera estrella y un empujón hacia arriba en la dichosa lista anual, así que no me lo pensé: tras cerciorarme de que podría pagarlo –el amor no está reñido con la cordura-  envié un e-mail al Celler, rezando para que aceptaran mi reserva para el día propuesto. Y fue mucho mejor de lo que pensaba, puesto que me respondieron a los pocos días y me confirmaron, con tres meses de antelación, una mesa para dos para principios del mes de febrero de 2011 (ni qué decir tiene que esto de reservar mesa en el Celler con solo tres meses de antelación ya pasó a mejor vida. Ahora has de reservar... ¡a once meses vista!). La cuestión es que la velada fue tan bien que, desde entonces, decidimos que cada año celebraríamos allí nuestro aniversario. Y así fue: en noviembre de 2012 repetimos y la semana pasada volvimos a personarnos en el lugar del crimen. Los Pijos somos así, como muy… tradicionales.

Frío, fuego, ¡luz!

Si no has pasado nunca por delante, la primera impresión que te llevas del Celler nada más bajarte del taxi (está bastante lejos del centro de Girona) es que, más que un restaurante, parece más bien un búnker o un refugio anti-radiación. Ante tus ojos, un muro de más de tres metros de alto forrado de maderas nobles con el nombre del establecimiento a media altura en letras iluminadas. A la izquierda del muro, un pasillo ascendente de unos seis o siete metros de largo, iluminado desde el suelo, que te lleva hasta el jardín. Allí la cosa ya cambia. Vemos árboles, zarzas, un pequeño fuego encendido sobre una especie de barbacoa de diseño, unas mesas que deben estar cotizadísimas en época de buen tiempo  y un montón de focos que dan mucha claridad, tanto a la fachada de la masia donde se ubica el restaurante como al propio jardín en sí. Todo muy bonito, sí, pero si vais en invierno (como nosotros) os recomendamos que no os entretengáis mucho en hacerle fotos, os podéis quedar tiesos por el frío.
A la derecha del todo se encuentra la puerta que da entrada al edificio. Una vez la cruzas, te encuentras con un espacio completamente blanco, de techos altos, que me recuerda mogollón a la habitación que salía al final de 2001: Una odisea del espacio. A la izquierda, el mostrador y unos metros después, la entrada a la cocina. A la derecha, dos pasillitos en paralelo que dan acceso a los dos lados del comedor, el cual tiene forma triangular y está rodeado de paredes de cristal que dan a esos típicos jardincitos de piedras, zarzas, arbolitos raros y tal (si alguno de vosotros sabe cómo se llaman, que nos lo diga, por favor, nos tiene intrigados). En el suelo, parquetazo, por supuesto, y en el techo, claro, ¡más madera!

Hace poco pudimos ver a la madre de los Roca en el programa de TV3 El convidat. Todo el episodio estuvo muy bien, pero mi momento favorito es aquel en el que Albert Om le pregunta a la señora Fontané por lo que pasó por su cabeza cuando entró por primera vez al restaurante de sus hijos tras la reforma a fondo que hicieron hace unos años. La respuesta:  I com ho pagareu, això? (¿y cómo pagaréis esto?).  El amigo Om se descojonaba, pero solo hay que ver la cara de la entrañable abuela para ver que sus palabras no escondían ni un ápice de ironía: le preocupaba que la millonaria inversión que habían hecho sus vástagos en aquella decoración se los llevara por delante en caso de que el negocio no funcionara.  Pero funcionó. Porque esa decoración ya te gana nada más entrar. Sabes que estás en un lugar especial y que está diseñado para que el cliente se sienta cómodo y relajado, completamente preparado para lo que está por venir.

La carretilla

A esa sensación de confortabilidad contribuye sobre manera el gran servicio del Celler, todo un ejército de camareros y maîtres que hacen que todo funcione como un reloj. Normalmente, el camarero (o camarera) que te lleva desde la entrada hasta tu mesa será la persona que te atenderá el resto de la velada, con la excepción del maître, que es quien toma nota del pedido, y del sumiller. Sillas amplias y cómodas, y sobre la mesa, también muy amplia, un gran mantel blanco y tres rocas que representan… ¿de verdad os tengo que decir qué representan? Tras ofrecerte una copita de cava de bienvenida –Albert i Noya, un brut fabricado especialmente para el Celler,  muy bueno- te traen la carta, un díptico de casi medio metro de alto cuyas dimensiones pasan a ser anecdóticas desde el preciso instante en que te traen las cartas de vinos (sí, cartas, en plural, una para los tintos, otra para los blancos y otra para los cavas y champanes). Esas cartas son tan jodidamente grandes que te las traen ¡en una carretilla! ¡De verdad! Para que os hagáis una idea, vienen a ser un poco más grandes que los libracos de Taschen que todos hemos regalado alguna vez por Navidad. Y pesan un huevo, claro. ¡Llevan hasta índice! No me he fijado nunca, pero no me extrañaría que al final de cada mamotreto hubiera una bibliografía. Cachondeo a parte, no hay que olvidar que se llama Celler (bodega) por algo. Los amantes de los vinos deben sentir un orgasmo detrás de otro nada más ver que se acerca la carretilla.

Aquí hemos venido a jugar

Al contrario que en nuestra primera visita (en la cual pudimos elegir entre carta o menú degustación), las opciones se reducían a dos menús degustación, el Menú Clàssics, que incluye (hablo de memoria) cuatro o cinco aperitivos, cinco platos y dos postres, todos ellos clásicos de todas las épocas del restaurante, y el Menú Festival, consistente en siete aperitivos, once platos y tres postres, los cuales van cambiando cada año. Tras varios minutos de dudas –todavía teníamos fresco el recuerdo de nuestra primera visita, en la que salimos completamente doblaos de tanto comer y beber- nos decantamos por el segundo. Aunque los Pijos no somos muy de menú degustación –siempre se nos hacen un poco largos- aquí las opciones eran darlo todo… o darlo todo. Y puestos a darlo todo, qué coño, ¡a por el grande! Como decían los concursantes del Un, dos, tres ante la disyuntiva de quedarse con el regalo que había traído (el gran) Arévalo y el que había traído la Bombi: ¡¡Aquí hemos venido a jugar!!

Volviendo al tema de la carta de vinos. Mi señora (que es la que entiende algo de caldos) se lió tanto con la p#@ carta que no encontró el Riesling que nuestra amiga Ka tuvo a bien regalarnos hace unos meses y pidió una botella de Naiades 08, denominación de origen Rueda. Nos decantamos por un único vino para toda la cena, pasando del maridaje, más que nada porque este está hecho para gente a la que le chifla el vino y, lo más importante, para gente que sabe apreciarlo. Y nosotros, los Pijos, no somos ni de unos ni de otros.  Mi siempre lamentable gusto para los vinos tan solo alcanza a deciros que estaba muy bueno. Qué queréis que os diga, el bebercio no es lo mío.

¡Que comience el Festival!

Hace unos días se me pasó por la cabeza hacer una selección, una especie de greatest hits, de entre todos los platos que hemos comido en el Celler en estos tres años, puesto que algunos merecen subir a los altares del imaginario Pijo, pero finalmente deseché la idea. Creo que hubiera quedado un poco dispersa y que crearía (en el caso de que alguno de vosotros se animara a comer aquí) alguna falsa expectativa: la mayoría de ellos ya no están en la carta y difícilmente volverán a ella. Pero a última hora llegué a un acuerdo conmigo mismo y colé en la descripción del Menú Festival el que, para mí –y creo que para mi señora también- ha sido el plato por el que siempre llevaré al Celler en mi corazón.

Sin más dilación, vamos con los 21 platos (más uno) del menú festivalero, descritos todos ellos con la naturalidad y sinceridad que caracterizan a los Pijos (por cierto, os pongo los nombres de los platos ya traducidos del catalán, para no andar traduciendo en cada línea).

LOS APERITIVOS


Comerse el mundo.  Un tronquito de madera con cinco pequeñas ramas hechas de alambre de las que cuelgan otros tantos pequeños snacks basados cada uno de ellos en el sabor típico de un país concreto. Estaban Méjico (con un burrito de mole poblano y guacamole), Perú (con un caldo de ceviche), China (con unas verduritas encurtidas con crema de ciruelas), Marruecos (con una mezcla de almendras, rosas, miel, azafrán, ras el hanout y yogur de cabra) y Corea (con pan frito, panco, panceta cocida con salsa de soja, tirabeques, kimchi –esto no sé lo que es- y aceite de sésamo). Ya lo sirvieron el año pasado. Pese a que sigue estando a un nivel muy alto, nos gustó más entonces, porque, a diferencia de este año, lo plantearon como un juego y tenías que adivinar a qué país correspondía cada snack. En cualquier caso, hablamos de auténticas maravillas de ingeniería gastronómica, todas ellas absolutamente deliciosas. ¡Todas!


Aceitunas caramelizadas. Un clásico del Celler que no puede faltar. Aceitunas sevillanas caramelizadas rellenas de anchoa y colgadas de un olivo bonsai. Buenísimas, otro año más.

 
Crujiente de gambita. Te las sirven en una maderita, justo encima de lo que parecen unas redecillas de pescador. Todo el conjunto remite a esos cuadros de nudos marineros tan demodés que cuelgan de las paredes de los restaurantes de la Barceloneta. El crujiente, de hecho, imita la forma de esas mismas redecillas. Muy sabrosas y nada aceitosas.

 
Bombón de Carpano con pomelo y sésamo negro. Una mezcla de vermut y cítrico que explota dentro de la boca y te deja un aroma excitante. Quizá mi snack preferido.

 
Tortilla de calabacín. Servida en cuchara, parece más un ñoqui, pero es muy sabrosa. Nos gustó.


Bombón de trufa de verano. Servidos en un mortero de mármol con una especie de helechos haciendo de base, recreando el hábitat natural de las trufas –bueno, ¡eso creo!-. A mi señora le gustó más que a mí. No soy muy de trufas, la verdad.




Brioche de ceps. Buenísimos. Para mí, el mejor aperitivo después del bombón de Carpano y el de los países. Esponjoso hasta decir basta, te los sirven sobre una rebanada de pan rústico hecha de metal y con un trocito de cep encima del brioche. Si lleva ceps, tiene que ser bueno.

LOS PLATOS


Consomé vegetal. Comenzamos el menú propiamente dicho con un plato de consomé hecho a base de puré de calabaza, chirivía, confitura de membrillo, nabo, zanahoria, patata violeta, queso comté, ñoquis de ceps y tofu de avellanas. Los que nos seguís desde el principio ya sabéis que al Pijo Mayor le pirran los platos de cuchara en general y los de sopa en particular. Pues este casi me hace entrar en la cocina, cuchillo en ristre, y amenazar a todo el equipo si no me llenaban una garrafa de cinco litros con ese líquido celestial. Nunca un caldito de verduras me había emocionado tanto. Los colores, los sabores, las texturas, el olor…Bufff…. Una maravilla, señores, una jodida maravilla.


Comtessa de espárragos blancos y trufa. Esto ya fue un golpe bajo, señor Roca. A los Pijos nos vuelven locos los espárragos, pero prepararlos y servirlos en forma de homenaje al postre más ochentero de la historia, aquel que amenizó tantas y tantas sobremesas de domingo mientras intentabas asimilar los bodrios que echaban en Estrenos Tv… eso, Joan  -¿puedo llamarte así?- nos llegó al alma. Un plato –como el pan con aceite del Capritx - que nos transportó a nuestra infancia mientras el suave helado de espárrago con trufa se deshacía en nuestras bocas. De diez, Joan, de diez.


Alfombra de castañas con anguila. Mmm… un plato que no me acabó de convencer –a mi señora le agradó bastante más. Quizás fue por la textura, demasiado cremosa para mi gusto. De sabor, muy bien, eso sí. Y es que llevando castaña a la brasa, anguila ahumada, estragón, hinojo, mantequilla tostada, naranja confitada y yuzu ha de estar bueno, ¿no? Ah, y la presentación, magnífica.


Caballa con encurtidos y botarga. Una de esas obras de ingeniería de las que hablaba al principio. Solo por su trabajadísima presentación ya merece el elogio, pero es que además ¡está bueno! Caballa marinada con sal y azúcar, infusión de caballa, salsa de caballa con vino blanco, limón, alcaparras y botarga de lisa… Caballismo puro y duro. Fans.


Cep curado en sal con yema de huevo marinada en miso y aire de levadura. Me remito a lo que dije un poco más arriba: si lleva ceps, tiene que ser bueno. Y lo estaba. Presentado como si fuera un huevo frito, el miso le daba al plato un aire oriental muy interesante. Mi señora creo que mojó pan y todo. Yo no, que me hincho y luego no como.

 
Ensalada de anénonas, navajas, espardenyes y algas escabechadas. La foto no le hace justicia, pero os puedo asegurar que fue uno de los platos definitivos de la velada. Si te gusta el mar, si te gustan los productos del mar, como a nosotros, este es tu plato. No sabría deciros qué es lo que más nos gustó de él, puesto que todo, repito: todo, estaba espectacular. Un homenaje al producto de proximidad, fresco y en su punto de cocción, es decir, escaso. El gran Paco León lo firmaría ya para su Aponiente.


Toda la gamba. Si el anterior era definitivo, este es definitivísimo. Al igual que con la caballa (y con el cerdo), Joan Roca aprovecha toda la gamba –una señora gambaca- para que la Costa Brava llegue a tus papilas gustativas en todo su esplendor. Otra magnífica presentación con una gamba –gambaca- a la brasa en el centro del plato sobre una base de jugo de la cabeza con algas, una ligera fritura de sus patitas a ambos lados y un bizcocho de plancton delante y detrás. Brutal.


Cigala al vapor de Palo Cortado, bisqué avellanizado y caramelo de Jerez. Otro plato al que la foto no le hace justicia. Y otro homenaje a la Costa Brava. El camarero dispone ante ti una bandejita de pizarra con una ollita a la izquierda, un cuenquito en el centro y una cucharilla a la derecha. En la ollita, una cigala ya pelada sobre una rejilla que separa el marisco de unas brasas al rojo vivo. En el centro, el bisqué –una especie de sopa marinera francesa- de cigala y avellanas y, al final, una cucharilla con una gota de caramelo de Jerez. Una vez estás preparado, el camarero destapa la ollita, vierte un chorrito de Palo Cortado y la vuelve a tapar. En cinco segundos, la cigala ya está lista, por lo que ya puedes proceder a comértelo todo de izquierda a derecha. Cedo la palabra a mi señora, ella definió a la perfección nuestras sensaciones: Pijo, este plato me ha llegado al alma. Pues eso.


Lenguado a la brasa con ajo negro fermentado, ajo blanco, jugo de perejil y limón. Un señor lomazo de lenguado con una salsita de ajo y perejil presentada como si fuera un chicle. La salsa era excelente y el lenguado… bueno, el lenguado era espectacular. Una carne que se deshacía en la boca. Nos gustó que acabara el turno de los pescados con este plato. Un broche de oro, qué duda cabe.

 

Mandala especiado de flor de alcachofa, ventresca de cordero lechal y mollejas de cordero.
A nivel estético, este fue de lejos el mejor plato. Todo el mandala estaba rodeado, tanto por dentro como por fuera, por yogur de curry, remolacha, espinacas, nabo, limón, mandarina, boniato y varias florecitas comestibles. En el centro, una gran flor de alcachofa que cubría unos crujientes cuadraditos de cordero lechal y sus mollejas. Ya sabéis que no soy muy de carne, pero aún así me gustó. Contribuyó a ello que la carne estuviera tierna y sabrosa. A mi mujer le gustó más que a mí.

 

Parfait de pichón con cebolla.  El plato que menos me gustó junto al de la anguila. Habitualmente como muy poca carne, pero pajaritos, todavía menos. Y el hecho de que estuviera tan poco hecha no contribuyó precisamente a aficionarme a ella. Mi señora dice que estaba bien. Eso sí, la guarnición, a base de nueces caramelizadas al curry, enebro, piel de naranja y hierbas varias, estaba muy buena. Me la acabé y dejé discretamente la carne a un lado.

LOS POSTRES

 
Helado de masa madre con pulpa de cacao, lichis salteados y macarrones de vinagre de Jerez. Entramos en el terreno de Jordi Roca. Un postre que ya entraba por la vista –parecía un erizo-  y con un juego de texturas muy agradable, con el punto justo de dulzura (no hay nada peor que un postre que empalague). El vinagre le da un toque muy guapo. El postre que más me gustó.


Manzana de feria. Si no recuerdo mal, hizo este postre en la primera edición de Masterchef, pero con alguna pequeña modificación respecto al que preparó en el programa.  Se trata de una falsa manzana a base de caramelo y que está rellena de crema de manzana, acompañada por un algodón de azúcar de lo más raruno –era verde- y una especie de tierra de azúcar. Un poco empalagoso, la verdad, pero aún así, un gran postre. Sigo quedándome con el primero.



Nueces tiernas con limón y ratafía. Estuve a punto de llamar al camarero y pedirle, por favor, que me trajera unos picos, pues este postre parecía un platillo de ensaladilla rusa. Cachondeo a parte, la ensaladilla estaba deliciosa, nuevamente con el punto justo de azúcar. Segundo puesto en el ranking de postres de la noche.

EPÍLOGO

El gol de Messi. Este es el plato que no he podido resistir a comentar pese a que lo degusté hace ya casi tres años. Unos meses antes de ni tan siquiera pensar en invitar a mi señora a cenar al Celler, vi unas fotos en El Periódico de Catalunya que me llamaron muchísimo la atención. Jordi Roca, el encargado de los postres de un restaurante familiar de Girona, había dedicado una de sus creaciones a Leo Messi y más concretamente, a su inolvidable gol maradoniano contra el Getafe. No era la típica mona de Pascua con su cara, o una tarta con una foto serigrafiada, no, era un postre en el que había intentado plasmar aquella irrepetible jugada. Eeeeh… ¿Cómorl? ¿Jugada? ¿Postre? No entendí nada. Por eso, cuando íbamos camino de Girona, le comenté a mi señora que si estaba en la carta lo pediría, a ver cómo se comía eso –nunca mejor dicho. Una vez allí, hicimos nuestro pedido y, al no ver el postre por ningún lado de la carta, le pregunté al camarero si todavía lo hacían. Me dijo que era una creación de Jordi que no estaba en la carta pero que le iba a preguntar a ver si podían hacerlo especialmente para mí. Y el amigo Jordi... ¡dijo que sí! Joder, son uno de esos detalles que ya te ganan. Una vez acabados los platos, el camarero me trajo media pelota de color blanco con césped sintético encima que olía ¡a hierba! (no sé qué coño utilizó, pero olía claramente a césped). La jugada estaba representada por una tira de metacrilato en forma de zigzag en la que tenías que ir sorteando/comiendo rivales (en este caso unos pequeños merengues: Jordi, era contra el Getafe, no contra el Madrit) para, finalmente, atravesar con una bolita de dulce de leche –homenaje al país de nacimiento de Leo- una redecilla de azúcar y marcar el gol de tu vida, representado por una mousse de fruta de la pasión, flores, bergamota, menta, lima, limón y ¡peta-zetas! El éxtasis, vamos. Antes de marcar mi gol, el camarero me preguntó si quería ambientarme con la locución que hizo aquella noche Joaquim Maria Puyal en su retransmisión para Catalunya Ràdio. Le dije que sí, claro. Imaginad la escena: me trae un Ipod Nano y me pregunta  Preparat? Asentí y le dio al play. Comienzo a escuchar al Puyal y aquello de mésimésimés!! mientras voy cepillándome/comiéndome a los rivales, y cuando Puyal suelta el encara Messi, encara Messi!! marco el gol con la bolita y los tres (el camarero, mi señora y yo) levantamos los brazos y gritamos ¡¡Goool!! A continuación sumergí la cuchara en la mousse y sentí algo aproximado a lo que debió sentir Leo aquella noche de abril del año 2007, una auténtica explosión de felicidad, pero en este caso en el interior de mi boca. Fue increíble, inolvidable, una obra maestra hecha postre. ¿Comprendéis ahora por qué he querido recuperarlo?

EPÍLOGO DOS

Volvamos al presente. Tras el último postre, el camarero tomó nota de los cafés, en mi caso fue una infusión, y nos acercó un carrito –que ya habíamos visto el año pasado- de color negro con tubitos blanquirojos,  homenaje a la película Charlie y la fábrica de chocolate. ¿Y qué contiene? Todo aquello que haría inmensamente feliz a un dentista: bombones de todos los tipos, frutas confitadas, frutos secos caramelizados, galletas… en fin, un auténtico exceso azucarero. Aunque a esas alturas de la noche no nos cabía casi nada más, hicimos un pequeño esfuerzo y picoteamos unos cuantos bomboncitos. Buenísimos todos, claro.

El eterno debate

Tras el último bombón, mi señora y yo estuvimos debatiendo unos minutos sobre todo lo que habíamos comido y llegamos a la conclusión de que el giro marinero de este año –tan solo dos platos de carne- había sido todo un acierto. Con nuestros estómagos llenos y nuestras mentes todavía en funcionamiento –pasaban de las doce y media y comenzábamos a estar algo cansados- procedimos a pedir la cuenta. La cena de aniversario nos salió por 434,64 euros, IVA incluido. Dos menús Festival, el vino, el agua, un café solo y un poleo menta. No es caro, no, es lo siguiente: ¡carísimo! Pero es que al Celler no se viene a cenar, se viene a… otra cosa. Es la experiencia gastronómica total: durante más de tres horas, pones tus cinco sentidos al servicio de una cocina directamente de otro mundo, con medio pie en la tradición y el pie y medio restante en la fantasía. Se huele, se toca, se ve, se oye, se saborea, todo ello dentro de un entorno muy confortable y con un servicio de primera división. Por eso me da mucha rabia toda esa gente que, sin haberlo probado –repetimos: sin haberlo probado- descalifican este tipo de experiencias a la primera de turno. Que si eso no es comer, que si todo es una farsa, que te sirven platos ridículos a precio de oro, que si yo una vez comí en uno parecido, que si son un timo, que si… es un discurso muy endeble que no se sostiene por ningún lado. Y que cansa. Cansa mucho. Primero, insisto, porque no lo han probado. Segundo, porque es una experiencia cualitativa, no cuantitativa. No se trata de ponerte hasta el culo y salir arrastrándote, se trata de probar, de disfrutar de una serie de platos que probablemente no vas a volver a catar en tu puta vida. Y ojo, que a mí también me gusta lo primero, pero no aquí. Para eso ya voy cada año a Cal Ganxo , donde mis colegas y yo nos ponemos finos a base de calçots y allioli. Y tercero, porque un precio elevado –muy elevado, en este caso- no tiene porqué ser igual a timo, sino más bien a trabajo de artesanía con el mejor producto disponible. Timo es que tu señora te invite a cenar a un famoso bistronómic de mi barrio –en Sant Antoni- y que se deje más de setenta euros en un ágape que no llegaba ni a aperitivo. Gastarte esa pasta en una cena para que tu pareja se planteé muy seriamente hacerse un bocata al llegar a casa es muy triste. Eso sí que es un timo. Los Pijos no son ricos, ya les gustaría, pero mientras puedan gastarse ese pastón una vez al año para festejar que son las personas más felices del mundo, lo harán, ¡y tanto que lo harán! Y más teniendo en cuenta que van a un restaurante donde siempre les han tratado de maravilla, donde el propio dueño les ha preguntado si se lo han pasado bien, donde una camarera les ha invitado a ver esa cocina que parece la Enterprise porque sí, porque le hemos caído bien, donde el pastelero ha hecho exclusivamente para ti el postre que creías que jamás ibas a probar, donde, en definitiva, se come de maravilla. Dicho todo esto, volvamos al principio: ¿Es El Celler de Can Roca el mejor restaurante del mundo? ¡Quién sabe! Puede que sí… y puede que no. Pero a nosotros eso nos da igual. Los Pijos se citan aquí cada 13 de noviembre por la noche porque no pueden imaginarse un sitio mejor para celebrar que están vivos, que tienen salud y, lo más importante, que se quieren mucho. Durante casi cuatro horas al año es nuestro mejor restaurante del mundo.

El Celler de Can Roca
c/ Can Sunyer 46
Girona
Tel. 972.222.157
www.cellercanroca.com   
 

P.d.

Era inevitable.