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jueves, 21 de abril de 2016

ARUME


Los que vivimos en el centro sabemos que los bares de menú, los buenos bares de menú,  escasean por nuestra zona. La mayoría de los que valían la pena fueron cayendo uno detrás de otro: dueños que se jubilaban, alquileres de renta antigua que vencían, fallecimientos... Hace años ya comentamos por aquí el mazazo que supuso para los Pijos el cierre inesperado (precisamente por fallecimiento del dueño) de El Cau del Padró, favoritísimo personal del Raval con un menú de mediodía que quitaba el sentido. Sus fideos a la cazuela, sus lentejas, sus flamenquines (¡sí, flamenquines en Barcelona!), su pollo a la brasa, su... ¡Madre mía, qué pena me da recordarlo! Cada vez que pasábamos por delante del local (situado, por cierto, en los bajos del edificio donde nació Manolo Vázquez Montalbán) y veíamos su persiana bajada con el rótulo original todavía intacto sobre la puerta, rezábamos para que cayera en buenas manos y no acabara convertido en un vulgar locutorio o, todavía peor, en un negocio de kebabs. Pero afortunadamente, no fue así.


Reborn

Estamos en el año 2013. Fue durante una de nuestras innumerables visitas a nuestro casi cuartel general por entonces, el Cera 23, cuando Rubén y Carlos, sus propietarios, nos comentaron (ya sabedores de nuestra vieja historia de amor con El Cau del Padró) que estaban negociando con la dueña del local -gallega, como ellos- para montar algo allí. Nos pareció una magnífica idea, puesto que ese espacio -muy singular, como luego os explicaré- pedía a gritos un buen enfoque, y estábamos seguros de que nuestros amigos serían unos espléndidos gestores. Se pusieron manos a la obra y en la primavera de 2014 la persiana del nº 11 de la calle Botella volvió a subir. Había nacido el Arume. Fue emocionante observar desde la calle que aquel viejo bar donde acudíamos a comer todos los lunes se había convertido en un negocio boyante (llenan prácticamente ¡a diario, ojo! desde su apertura) y luminoso, de esos que invitan a entrar a curiosear. Pero fue todavía más emocionante comprobar que allí dentro se seguía comiendo MUY bien.

Extreme make-over (home edition)

Es curioso cómo la memoria va modelando los recuerdos a nuestra conveniencia. En el caso de El Cau del Padró, con el paso de los años y a medida que lo íbamos mitificando, fuimos arrinconando en una esquinita lo vetusta que era su decoración, a base de cuadros de naturalezas muertas, cencerros de vaca y demás artilugios agropecuarios. Y por qué no decirlo, de sus muy incómodas sillas con el culo de mimbre, que en verano te troquelaban las piernas cosa mala. En resumidas cuentas, que los nuevos propietarios tenían mucho trabajo por delante. Conservaron la entrada original -a excepción del rótulo con el nuevo nombre, como es obvio- y el interior lo remodelaron, pero más a nivel de decoración que a nivel estructural (lo cual hubiera supuesto un fuerte desembolso, pues el local es laberíntico, con salones, pasillos y dobles niveles por doquier). Sus paredes -y esto nos parece un acierto- homenajean tanto al barrio que los ubica (¡esa ropa tendida!) como al buen comer en general. Y con mucha más luz que la que solía haber antiguamente. Como curiosidad, deciros que durante la remodelación se dieron de bruces con un pozo, el cual no solo no taparon, sino que lo iluminaron y cobijaron en su interior a Manolito, un simpático esqueleto llamado así en honor del ya citado anteriormente Vázquez Montalbán. Cuando paséis por encima, saludadlo, Manolito os lo agradecerá. Es muy buen nene.



I’m a rock’n’roll star

Al Arume hemos ido tres veces, pero solo cenamos en dos de ellas. Eeeh... ¿cómo? Me explico: la primera fue un poco chasco-carrasco, porque los platos que pedimos salieron todos sin sal, sin excepción. Pese a que pedimos un salero, aquello ya no tenía remedio, por lo que salimos de allí con la sensación de no haber cenado y, sobre todo, de no saber de qué iba la cocina de Arume. Tampoco le dimos mucha importancia, pues el negocio hacía poco que estaba en marcha y este tipo de fallos son normales durante la apertura. Es más, posteriormente nos enteramos que aquel día concreto Manuel (Núñez, el chef e ideólogo gastronómico de Arume, original de A Coruña) no estaba en el restaurante y su equipo, todavía en fase de rodaje, no atinó todo lo que debiera. Resumiendo, nada que no pudiera corregirse en futuras visitas. La segunda nos hizo sentir como rockstars por unos minutos, puesto que la camarera, una vez sentados en nuestra mesa, nos transmitió de parte del chef si nos apetecía cenar un menú-degustación personal (no lo ofrecen en su carta), para tener una visión más amplia de su propuesta. ¡Y dijimos que sí, claro! No sabemos si fue porque los Pijos marcamos tendencia (¡jajaja!) o porque Rubén y Carlos nos quieren mucho y quisieron compensarnos por esa primera visita fallida (lo más probable), la cuestión es que durante unos instantes nos hicieron sentir especiales. Y eso, querido público pijales, mola mucho.


Galicia calidade

Vamos al grano con el menú Carvalho (¡grandioso nombre!). Como veréis, se trata a grandes rasgos de una propuesta variada, moderna pero sencilla, más gallega por el producto (mariscos, pescados y carnes de primerísima división) que por la elaboración, con sabores contundentes, de los que te dejan huella, vamos.

 
El ceviche del tío Walter. Un ceviche de corvina, con su leche de tigre y equilibrado a nivel ácido. Muy por encima de la media de los ceviches que puedes encontrarte por ahí.

 
Carpaccio de presa de cerdo ibérico, vermut, piparras, frutos secos y aceite Isbilya. Gran corte y muchos contrastes interesantes. Se deshacía en la boca. Delicioso

 
Crocante de pulpo de Muros con espuma de patata, codium y ajada. Uno de los platos estrellas de Arume (de hecho, fue galardonado con el primer premio a la Tapa del año 2014), ha evolucionado desde la primera vez que lo probamos -¡sin sal!- y solo podemos deciros que es un señor platazo. Nos comentó Manuel que el pulpo de Muros es exquisito, pero que en algunas contadas ocasiones han de proveerse de pulpo marroquí, porque, al parecer, es un producto muy variable y el genero que les sirven habitualmente no siempre permite elaborarlo según sus receta. La espuma de patata está francamente deliciosa. Y el pulpo, tierno y crujiente a la vez. Un diez.

 
“La Galicia emigrante”. Taco de zorza, millo corvo, queso del país y pico de gallo. Quizás nuestro favorito. Servido sobre una tortilla de trigo azul (pero que luego es... ¡verde!), la zorza, combinada con el resto de ingredientes, dan como resultado un taco divertido, que pica lo justo y que, en resumidas cuentas, está que te cagas-on-the-bragas. Otro puto diez.

 
Calamar de playa mar y montaña, puré de apio-nabo y samfaina cítrica. Otro gran producto cocinado a la perfección, muy, muy tierno. Al no estar familiarizados con el apio-nabo, el sabor del puré, muy potente, nos descolocó. Es el típico ingrediente que conoces por Masterchef pero que no tienes ni puta idea de a qué sabe. Y está muuuy bueno. El pisto cítrico, por último, encaja. Un gran-pequeño plato.

 
Cordero deshuesado, polenta cremosa de almendras, lima y cebolla morada. Como podréis observar, la descripción no concuerda con la foto. El cordero que nos sirvieron era muchísimo más sencillo, sin rastro de la guarnición anunciada. Ello puede deberse o bien a que a esas alturas de la velada ya estábamos muy llenos (por lo generoso de sus raciones)  y aligeraron el plato -yo personalmente se lo advertí a la camarera- o bien a que se confundieron. Pero no nos importó. Es más, mucho mejor, puesto que la combinación cordero-polenta nos hubiera hecho reventar como el señor aquel que salía en El sentido de la vida. Y no era plan. En cualquier caso, la carne que degustamos era deliciosa. En defensa del plato original, deciros que en la mesa de al lado lo pidieron y quedaron muy satisfechos. Si alguno de vosotros tiene foto de este plato, ya tarda en colgarla en nuestra página de Facebook.

 
La torrija de Manuel con helado de vainilla. Este fue el plato más flojo de la velada. Más que una torrija, era una crema inglesa con cobertura de azúcar quemado. Estaba muy buena, pero me temo que la combinación con el helado de vainilla (también dulce) no era la más adecuada. Mi señora -estoy con ella- cree que hubiera pegado mejor un helado de té o de frutos rojos, algo que diera al plato un toque refrescante.



El concierto perfecto

Aquella noche experimenté en Arume una sensación que pocas, poquísimas veces, se ha dado en nuestras incursiones pijas: el quedarme con ganas de más. No me refiero a querer comer más, sino más bien a querer probar más cosas, a recibir más sorpresas. Lo que vendría a ser el concierto perfecto para un servidor: una banda en plena forma, un repertorio demoledor y una duración justa que te deje con ganas de más. Y si a todo esto le añadimos que nos invitaron a las bebidas, pues, joder, ¡de puta madre! La cuenta subió a 70 euros (35 cada menú Carvalho), precio más que razonable, descuentos a parte. En breve nos dejaremos caer de nuevo por ahí: nos esperan los bises.


Arume
Botella 11-13
Barcelona
Tel. 933.154.872
arumerestaurant.com

viernes, 2 de agosto de 2013

CERA 23 (REVISITADO)



Hace unas semanas me dio por echar un vistazo a las primeras entradas del blog. ¿Por qué? Pues porque me gusta ver las cosas que hago -y las que no hago, también- con un poco de perspectiva. No se trataba de corregirlas o añadirles nuevos textos y/o fotos. ¿Que hay cosas que cambiaría? Puede ser, pero prefiero dejarlo todo tal como está. Cada entrada que escribo pertenece al momento en el cual la concebí, por lo que creo que cualquier tipo de edición del texto original -exceptuando las estrictamente lingüísticas, claro- está de más.

Me las leí todas y, para mi tranquilidad, la mayoría estaban perfectas... perfectas ¡bajo mi modesto criterio pijo, claro! Y si utilizo la expresión la mayoría es porque una de ellas no me acabó de convencer. No fue ni por el contenido, ni por el tono del texto ni por las fotos (pese a que una de ellas es un cagarrín del quince), simplemente se había quedado obsoleta, MUY obsoleta. Me refiero, queridos Pijos, a la entrada del domingo 15 de enero del 2012, la dedicada a nuestros amigos del Cera 23.


El Pijo siempre vuelve al lugar del ágape

Una vez leído el texto, me di cuenta de que ese Cera 23 del que tan bien hablaban los Pijos tenía poco que ver con el de ahora. A ver, están en el mismo lugar (no se han movido ni un centímetro), Guillermo, Carlos y Rubén continuan al frente del negocio y, lo más importante, se sigue comiendo divinamente en él. Pero ha cambiado mucho desde aquellas ya lejanas visitas que hacíamos los pijos cada lunes al mediodía, por lo que creí conveniente dejar la entrada del 2012 tal como estaba y dedicarles una nueva. Y, ya puestos, darle un enfoque diferente. Pensé que, dado que en lo básico (decoración, distribución, trato, precio...) está todo prácticamente igual que entonces, no valía la pena repetir lo mismo. Aprovechando una incursión nocturna al número 23 de la calle de la Cera, le propuse a Rubén que contestara a un pequeño cuestionario pijo y este tuvo a bien dedicarme unos minutos...

Cera 23: la entrevista

...y aquí la tenéis. Las fotos corresponden a lo que cenó el matrimonio pijo aquella suave noche de finales de mayo. Aprovecho para comunicaros que los Pijos nos vamos de vacaciones y que estaremos de vuelta con vosotros a principios de septiembre. Hasta entonces, sed felices y comed ¡muuuy-muy bien!



Cumplisteis dos años hace unos días. La última vez que fuimos al Cera (hará un mes más o menos) comentamos lo que había cambiado desde vuestros comienzos. ¿Te queda como algo muy lejano? Lo digo precisamente por ese cambio tan grande.

Quizás sea un poco frívola la comparación, ya que todavía no soy padre, pero cuando pienso en los dos últimos años desde que abrimos el Cera, no puedo dejar de pensar en las analogías con tener un bebé. Lo duro de la gestación, la alegría en el parto, las noches sin dormir y los apuros económicos para mantenerlo. Han pasado 2 años y de alguna manera parece que fue ayer, pero en realidad han sido los años más intensos de mi vida.

Cuando los Pijos comenzamos con nuestro humilde blog (por la misma época, más o menos) tuvimos muy claro que la primera entrada tenía que ser para el Cera, puesto que desde el primer día nos sentimos como en casa y, lo más importante, comimos muy bien. Volviendo a nuestra última visita, nos fijamos en que seguís cuidando muchísimo a vuestra clientela, no solo con vuestro buen hacer en la cocina, sino también respecto al trato personal con el cliente.

Lo raro es que abunden tanto los sitios donde no lo hacen. Ayuda mucho el disfrutar de lo que haces, que es nuestro caso. Los tres somos personas muy sociales, nos gusta la gente, así que no nos cuesta ningún esfuerzo. Nuestra intención es brindar a todos nuestros clientes una experiencia agradable, desde que escriben o llaman para reservar, hasta que se van del restaurante, normalmente con una sonrisa (y un chupito).

Todos los comienzos son duros. Recuerdo días en los que los Pijos éramos los únicos comensales. En aquellos momentos, ¿teníais claro Guillermo, Carlos y tú que la cosa saldría adelante o, por el contrario, pensasteis en algún momento que no lograríais remontar?

Sabíamos que los comienzos serían duros, pero una cosa es saberlo, y otra es vivirlo. Abrir el bar 18 horas al día, dar desayunos, comidas, cenas y copas y barrer y fregar nosotros mismos fue un reto muy grande. Hubo dudas, fruto muchas veces del cansancio o de la falta de dinero. Pero si buscas certezas, este no es el tipo de negocio apropiado, abres la puerta y lo haces lo mejor que puedes, pero nadie te asegura que la vayan a franquear más de un par de Pijos de vez en cuando...


Corrígeme si me equivoco, pero aquel increíble tercer puesto en la lista de restaurantes de TripAdvisor marcó un punto de inflexión en vuestro devenir.

Pues no sé decirte si fue el tercer puesto (¡llegamos incluso a estar primeros!) pero sin duda que es un motivo de orgullo figurar consistentemente entre los diez primeros restaurantes de Barcelona para una página tan popular como TripAdvisor y que se guía, únicamente por las recomendaciones de los clientes. Esta página, junto con Yelp, nos dio a conocer a un tipo de clientela que normalmente no se acercaría a las profundidades ravaleras, y creo que esto es algo muy bueno, en todos los sentidos.

Una parte importante de esa clientela es foránea o, dicho de una forma un poco más popular, guiri . ¿Eso es bueno o es malo? Lo digo porque aquí tenemos la fea costumbre de cargarnos un restaurante (o cualquier negocio) únicamente porque hay muchos turistas  en sus mesas. Ya sabes, eso de "no debe ser muy bueno, está lleno de guiris" o "aquí no, que hay guiris".

Es que el término guiri tiene muchas connotaciones

Definámoslo como "extranjero rubiales al que le mola Barcelona".


Hombre, Pijo, si los miles de restaurantes de Barcelona tuviesen que repartirse a los pocos privilegiados que pueden salir a cenar fuera un lunes o un martes cualquiera, te aseguro que la oferta gastronómica se limitaría bastante. Lo que pasa es que la palabra guiri está muy demonizada, te evoca a hordas de ingleses abrevando en chiringuitos, peleándose o meando en la calle, pero honestamente creo que estos en Barcelona son una excepción, y se suelen concentrar en las trampas para turistas de las Ramblas o en el Port Olimpic. Los guiris que se toman la molestia de venir hasta el Cera pese a que los recepcionistas de hoteles, guías y taxistas se empeñen en hacerlos desistir, suelen ser gente muy maja, la verdad, y muchas veces muy cultivada, que quieren disfrutar de una experiencia distinta. El hecho de que los tres nos podamos comunicar fluidamente en inglés ayuda sin duda al proceso de desguirización, al fin y al cabo son turistas, como los de aquí que se pueden permitir viajar de vez en cuando, y la mayor parte de las veces, bastante más educados.


Retomemos el hilo: el restaurante comienza a llenarse y tomáis la determinación de abrir únicamente por la noche... hasta hace bien poco, pues volvéis a dar de comer al mediodía. ¿Por qué?

Hacer rentable el menú del día es de las tareas más complicadas para un restaurante. Tienes que ofrecer tres platos y bebida con un precio muy contenido, el margen es mínimo y el esfuerzo necesario es muy grande. Además en la calle de la Cera no abundan las oficinas que digamos, la clientela potencial era bastante limitada. Decidimos centrarnos en las cenas para optimizar los recursos que teníamos, ya sabes, quien mucho abarca... Volvimos a retomar el menú del día con una oferta distinta, ofreciendo mucha más calidad subiendo un poco el precio. Y creemos que con el tiempo funcionará, aunque ahora lo hemos vuelto a parar en los meses de verano, porque competir con las terrazas era una batalla perdida. En Septiembre volveremos a intentarlo, y esperamos conseguir que, esta vez sí, nuestra fórmula funcione.


Hablemos del tema culinario. Los que somos coleccionistas (en mi caso de discos) tendemos siempre a categorizarlo absolutamente TODO, a poner etiquetas a diestro y siniestro. En el caso del Cera, no sé en que cajón meteros, porque sois gallegos y no sois gallegos, sois italianos y no sois italianos. ¿Os meto pues en el cajón de los restaurantes inclasificables?


Te sería más fácil la vida si tu método de etiquetado fuese por orden alfabético, porque cada vez es más difícil dividir en categorías estancas, y no solo los restaurantes, igual pasa con la música, el cine, la moda...¡cosas de la globalización, querido Watson! La verdad es que no le damos mucha importancia a la etiqueta gastronómica que nos puedan poner. Somos gallegos, nos gusta trabajar con productos de calidad de nuestra tierra como la ternera, el pulpo o el lacón, pero es cierto que no somos un restaurante gallego típico, y quizás ahí esté nuestra diferenciación, en incorporar ingredientes y técnicas de cocinas de distintas partes del mundo. Si el resultado te convence, métenos en el cajón de los restaurantes preferidos, ahí estaremos muy a gustito.

Decía al principio que el Cera ha cambiado un montón, y vuestros fogones no son una excepción. Pero si te soy sincero, la distancia que separa las ¡míticas! albóndigas de Guillermo del volcán de arroz negro y marisco con parmesano que me comí hace unos días (delicioso, por cierto) me parece muy corta. ¿Podríamos hablar de una especia de transición tranquila?


Sin entrar en cuestiones etimológicas, no creo que tengamos que hablar de una transición, sino de la evolución normal de un restaurante, de su crecimiento. El primer año siempre es una especie de laboratorio de pruebas, investigas fórmulas de negocio, horarios, personal... Nuestro primer año vino muy marcado por las urgencias, por sobrevivir en un sector muy competitivo en un barrio con muchas carencias pero con un potencial enorme que había que aprovechar. Las albóndigas de Guillermo posiblemente ya están en el imaginario colectivo de los que vivisteis nuestros inicios, y por supuesto que no se descarta que en algún momento vuelvan a la carta, pero es que hay tantos sabores, texturas y formas que probar...


¿Cómo te imaginas el Cera a corto, medio y largo plazo? No es por haceros la pelota, pero estoy seguro de que, visto lo visto (o mejor dicho, comido lo comido) tenéis cuerda para rato. ¿Me equivoco?

¡Pues nadie tiene más ganas que nosotros de que no te equivoques! Hace unos días que celebramos nuestro segundo aniversario, hace poco empezamos a andar y ahora nos están saliendo los dientecillos. Espero que nos queden muchos años para seguir disfrutando haciendo disfrutar a todos lo que nos honráis con vuestra presencia. ¡Tenemos más ganas que nunca!

domingo, 15 de enero de 2012

CERA 23


Hace un par de días, mi buen amigo Marcus me preguntaba porqué mi señora y yo tenemos desde hace unos años la sana -¡sanísima!- costumbre de salir a comer los lunes al mediodía y no otro día cualquiera. Y la verdad es que no supe qué contestarle. Teniendo en cuenta que mi señora tiene clase todos los lunes por la tarde y que un servidor entra a trabajar a las 16.00, quizás no sea el día más indicado, más que nada porque vamos contra reloj, sin poder acabar de disfrutar de la sobremesa y, todavía más importante, sin poder hacer una siesta como Dios manda. Supongo que la razón principal será la pereza, pero, ¿qué más da? ¡Cualquier día es bueno para salir a comer juntos!

Como os decía más arriba, sin saber exactamente el porqué, un día nos dio por comer fuera los lunes. Pues bien, durante un par de años largos, nuestro santuario particular de los lunes fue el mítico El cau del Padró, un bar-restaurante de toda la vida ubicado en la calle Botella, casualmente en los bajos del edificio donde nació el gran escritor (e ilustre gastrónomo) Manuel Vázquez Montalbán. Si os digo la verdad, ir a currar después de haber comido allí era menos traumático: fideos a la cazuela, sopa de verduras, lentejas, flamenquines, albóndigas, paella, pescadilla... Auténtica comida casera, para entendernos. Uno salía de allí convencido de que la vida es bella y de que el planeta Tierra es un lugar maravilloso. Pero de pronto, llegó el primer lunes de septiembre del año 2009 y el Cau estaba... ¡Aaaaaargh, cerrado! Pensamos que a lo mejor aquel día no habrían podido abrir, pero iban pasando las semanas y nada, que no abrían. No sería hasta hace unas pocas semanas que nos enteramos de que los dueños volvieron a su tierra -eran gallegos, creo. Mira que irse sin avisar...

La cuestión es que nos quedamos compuestos y sin restaurante. A partir de ese momento, comenzó una especie de travesía del desierto en la que caben todo tipo de propuestas, algunas buenas (como L’hortet, un magnífico vegetariano del que otro día os hablaré con más calma), otras regulares (como el Imprevist, un sitio interesante que fue de más a menos) y otras nefastas (como fueron varias, paso de enumerarlas todas, ocuparían mucho espacio y no se lo merecen). Pero toda travesía debe tener un final. Y ese final se llama...

CERA 23

Al restaurante Cera 23 (carrer de la Cera nº 23, como para perderse) nos llevó, como suele pasar en más de una ocasión, la casualidad. El verano pasado, tras no poder comer en Can LLuís (de este también os hablaré otro día) porque estaba a reventar, seguimos por la calle de la Cera y nos topamos con este local, que habían abierto recientemente (lo sabía porque paso mucho por ahí y más de una vez me fijé en que estaban en obras). El local, que debía ser un antiguo... algo (almacén, taller, oficina..) tiene buena pinta nada más entrar, moderno pero sin pasarse. Un pasillo con un par de escalones te llevan hasta el comedor, con la cocina a la vista (buena señal) y una serie de mesas y sillas diferentes entre sí, supongo que fruto de llevar el reciclaje hasta las últimas consecuencias. En las paredes, algunas fotos que ilustran cómo montaron el restaurante (ahora no recuerdo si siguen ahí) y otras a la venta. Todo esto está muy bien, pensaréis, pero... ¿se come bien en el Cera 23? Se come muy bien. Se come jodidamente bien.

Back to basics: vuelve la cuchara


La propuesta del Cera 23 (con Guillermo y Filippo en los fogones y Carlos y Rubén en la sala) no puede ser más sencilla: cocina tradicional, de cuchara, de la de toda la vida. En estos tiempos que corren, a rebosar de franquicias vacuas y woks grasientos, no tiene precio zamparte media barra de pan mojándolo en la salsa de los mejillones a la marinera, deleitarte con sus increíbles albóndigas (Guilllermo, cabrón, ¿cómo coño las haces?), casi llorar al degustar el ¡bru-tal! lacón con patatas (olvidé deciros que son gallegos), degustar una merluza a la gallega como-Dios-manda, disfrutar un hummus recién hecho, engullir un buen platanco de patatas a la riojana con su choricico, y...

Dice Guillermo que casi todo lo que hace se lo enseñó su madre, y uno, tras probar todos y cada uno de estos sencillos (y a la vez excelsos) platos no puede sino creérselo. Las madres son sabias. Y si son gallegas, más.

De los postres no puedo hablaros porque, como ya os adelanté en la introducción del blog, siempre llego lleno y no me queda espacio para meterme entre pecho y espalda un trozo de tarta de Santiago, un poquito de Panacotta o un sabroso brownie de chocolate (esto lo sé por mi señora, que sí lo probó, y al parecer estaba de muerte).

Pero falta el remate final, la guinda: el menú de mediodía (de lunes a viernes) incluye primero, segundo, postre, bebida o café y vale... ¡8,50 euros! Como dijo un buen día el entrañable Bernd Schuster no hase falta desir nada más (por la noche, con Filippo en la cocina, únicamente a la carta, pero con precios super-ajustados). Si a todo esto, le sumamos la música de fondo (a un volumen adecuado para la conversación, que aprendan en la competencia), el buen humor (y cachondeo) que destilan todos los días, así como su cariño para con sus clientes, no podemos más que recomendar encarecidamente que algún día os dejéis caer por aquí.

Dicho todo esto, démosle gracias al Señor por el retorno de la cuchara a ésta, nuestra ciudad. Y, de paso, roguémosle para que se extienda por toda su superficie gastronómica. ¡Amén!

Cera 23
Carrer de la Cera 23
Barcelona
Tel. 607262426
www.cera23.com
reservas@cera23.com