martes, 4 de septiembre de 2012

CHERIFF


Hay tíos que tienen criterio... y Jordi es uno de ellos. Es de aquellas personas que defienden su punto de vista de forma vehemente, apasionada,  ¡hasta sus últimas consecuencias! A veces demasiado, todo hay que decirlo. Pero, qué queréis que os diga, sus ocasionales excesos verbales  son d'allò més entranyables. Y se los perdonamos. Primero, y más importante, por que lo queremos un montón. Segundo, porque te ríes muchísimo al rememorar episodios como el de aquel día en el que se me ocurrió decirle que comer en el Bulli tenía que molar. Y tercero, como ya dije al principio, porque tiene criterio. Tiene mucho criterio. Por eso, cuando le pedimos consejo para comer aquí  o cenar allá, mi señora y yo siempre seguimos a pies juntillas sus sabias recomendaciones. Y un dato a tener en cuenta: Jordi es un bon vivant, le gusta comer bien, lo que hace que sus consejos adquieran para nosotros, los Pijos, categoría de dogma de fe.

¿Jordi, tú sabes de algún sitio donde...?

Creo que puedo decir, sin miedo a equivocarme, que yo conquisté a mi señora por el estómago. O por lo menos en parte. Imposible olvidar el par de pseudo-tugurios a los que la llevé al principio de mis acometidas románticas: cualquiera otra chica hubiera huido al entrar en aquellos antros -míticos para mi entonces, míticos para los dos ahora- de estética más próxima a las pelis de Torrente que a las tabernas que frecuentaba Jean Cocteau en sus años por el Chino, pero donde el comer se transformaba, como decía uno de los hijos de Julio Iglesias, en una experiencia religiosa.

Yo tenía mis fuentes (estos dos lugares eran recomendaciones de mi gran amigo Uri), pero mi señora... también. Por eso, cuando ya durante nuestro primer año de relación ella quiso  reconquistarme por la vía romántico-culinaria (ya sabéis: hay que regar toooodos los meses la plantita del amor para que esta no se marchite), le pegó un telefonazo a Jordi y este le dio un nombre: Cheriff.


Todos los caminos llevan a la Barceloneta

Siempre he vivido en Barcelona. Sant Antoni, Gràcia, Poblenou... barrios todos ellos encantadores, pero si hay alguno en el que siempre me hubiera gustado vivir y hasta el momento no he tenido la oportunidad, ese es el de la Barceloneta. Seguro que más de uno me diréis que es demasiado ruidoso, que hay mucha inmigración, que ya no es lo que era... puede que tengáis razón, pero el panorama que me encontraría, mejor o peor, seguro que no distaría mucho del de cualquier otro barrio de  la ciudad. Me imagino que antiguamente las diferencias entre los distintos barrios de Barcelona serían bastante notables, pero hoy en día... Cosas de la globalización, supongo.

Después de las infernales temperaturas de las últimas semanas, aproveché la suave sobremesa del pasado viernes para ir dando un paseo hasta el propio Cheriff, sito en la calle Ginebra, en plena Barceloneta, y hacer la foto de rigor a su fachada (podría haberla hecho el día de autos, pero teniendo en cuenta que mi cámara no es nada del otro jueves y que, dato a tener en cuenta, era de noche, lo más probable es que me hubiera salido un churro de foto). Aunque me lo sepa de memoria, este es un trayecto que cada vez que lo hago lo disfruto como si fuera la primera vez: pasear lentamente por las callejuelas  de la Barceloneta mientras fijas tus ojos en esos tendederos que asoman prácticamente de todos los balcones (una imagen que me fascina y que me transporta muchos años atrás en el tiempo) no tiene precio. Y si lo rematas con una cervecita en la terraza de algún bar o restaurante, dejándote embriagar al mismo tiempo por el aroma a paella, a marisco, ¡a lo que sea! que sale de su cocina... eso ya no tiene nombre.

“Los percebes ya no son lo que eran”

El Cheriff es de esos sitios que es de lujo... pero que no es de lujo. Me explico: una vez entras, te encuentras, a la izquierda, con la típica pecera de las marisquerías, repleta de hermosas langostas, y a la derecha una inmensa nevera con expositor, donde toda suerte de moluscos, cefalópodos y otras suculentas especies marinas están pidiendo a gritos salir de ahí y darlo todo en el plato del comensal. Si sigues caminando, te encuentras un pequeño bureau, que es desde donde el señor Cheriff -el dueño, vaya, un señor con bigote muy simpático (el señor, no el bigote) se encarga de dirigir todo el cotarro y hacer la cuenta de su puño y letra (ver foto). A la izquierda está la entrada al comedor, una habitación de decoración un tanto rancia, a base de maderas oscuras y motivos marineros, con una serie de falsos ojos de buey distribuidos por todo el perímetro. Con todo, su estética desfasada no molesta (no es opresiva, vamos). Un defecto, por decir algo, sería que es algo pequeño. Bueno, no tanto, lo que pasa es que aprovechan al máximo el espacio disponible y lo llenan de mesas, al más puro estilo parisino, con varias pequeñas y un par de forma redonda para grupos de seis u ocho personas. Pero no hay mal que por bien no venga, pues gracias precisamente a esa proximidad pudimos oír en una ocasión (hace un par de veranos, si no recuerdo mal) a dos señores, uno de unos cuarenta-y-muchos y el otro de unos setenta-y-pocos, con ropa ambos de sport (¡Diosssss, cómo odio esa palabra!) y pinta de dentistas de la zona alta de Barcelona (mi señora opina que eran hombres de negocios), comentando sus vacaciones en Cabo Verde mientras degustaban unos percebes. Tras una interesantísima referencia al siempre fascinante mundo de las embarcaciones de recreo, uno de ellos finiquitó la conversación con una de esas frases que, una vez oídas (y más en el contexto en el que se produjo), se quedan grabadas para siempre en tu subconsciente y echas mano de ellas cada vez que quieres darle una pequeña pincelada irónica a tus frases: los percebes ya no son lo que eran. No sabéis la de veces que nos hemos reído de (y con) esa sentencia, desde entonces en mi top-five de mejores frases pilladas al vuelo.

Ahora tampoco os penséis que toda su clientela es así (pija, quiero decir), pues en el Cheriff yo he visto de todo, desde mindundis como nosotros a familias de tota la vida, turistas, empresarios y demás amantes del buen comer. Y hablando de comer, ¿qué se come en el Cheriff? Pues si está en la Barceloneta, la cosa está clara, ¿no? La señora Nini (que es como llaman cariñosamente a la cocinera y propietaria) cocina unos arroces sencillamente indescriptibles (¿la mejor paella de la Barceloneta? La respuesta es ¡SÍ!), por no hablar del cariño con el que cocina los fresquísimos pescados y mariscos que adquieren a diario en la lonja de la Barceloneta (¿de dónde si no?). En nuestra última visita, tuvimos a bien pedir unos mejillones al vapor (pequeñitos y sabrosos), unos salmonetes (mi señora llora cada vez que piensa en esas pequeñas maravillas rosadas) y un delicioso arròs negre, bañado todo ello con... atención... redoble de tambores... ¡Champagne! ¡Sí! ¡Los Pijos han bebido algo que no era cerveza! Es que la ocasión (era mi cumpleaños) lo merecía, si bien he de deciros que la botella de Laurent Perrier brut era mediana, más que nada porque una entera no nos la acabamos. ¡Qué bien cenamos ese día, joder! Como siempre que vamos al Cheriff, vamos.


Yo aquí sí vuelvo

Esa misma noche, el camarero de las gafas (no sé cómo se llama, la próxima vez se lo preguntaré) nos llevó hasta nuestra mesa y nos comentó que hacía como un año y medio que no veníamos. Coño, vaya memoria, le dije. Realmente no hacía tanto (unos nueve meses como mucho) pero la cuestión es que nos recordaba de anteriores visitas, lo cual es un detalle que los Pijos siempre valoramos. El servicio del Cheriff, tanto por este chaval (un tío muy cachondo que incluso compartió con nosotros unos chupitos, a los que, por cierto, invitó él) como por las otras dos chicas y el propio señor Cheriff, está más que a la altura, razón que suma a la hora de dejar una generosa propina. Se lo merecen. De verdad.

Y el precio: 97,50 euros en esta ocasión. No es para nada caro, teniendo en cuenta que el pescado y el marisco frescos se pagan y que ya la media botella de champagne supone más de la tercera parte de la factura. Y si no, haced la prueba: reservad (imprescindible, casi siempre está lleno), pediros una paella con una ensalada y un par de cervezas y ya veréis que la cuenta apenas pasará de los 3o ecus por cabeza. Si es así, no hace falta que nos deis las gracias. Y si pasa un poco, los Pijos nos haremos cargo de la diferencia. Bueno, eso ¡ya lo hablaremos!

Cheriff
c/ Ginebra 15
Barcelona
933.196.984

martes, 31 de julio de 2012

¡VACACIONES SANTILLANA!

Pues sí, pijos y pijas: ¡cerramos por vacaciones! Tras un muy satisfactorio semestre (en el cual hemos superado de largo nuestras expectativas más optimistas), los Pijos se toman un breve descanso. Durante el mes de agosto no colgaremos ninguna entrada nueva, pero ello no implica el cese temporal de nuestra actividad pijil, ¡más bien al contrario!, pues seguiremos descubriendo para todos vosotros nuevos templos del comercio y del bebercio.

¡Nos vemos la primera semana de septiembre!

¡Que paséis un feliz verano!

martes, 10 de julio de 2012

FONDA ESPAÑA

Si pudierais viajar hacia atrás en el tiempo, ¿qué momento concreto de la Historia escogeríais para desplazaros? Yo tengo una lista de destinos pasados casi interminable: París durante la revolución francesa, la Nueva York de los años 20 (bueno, y la de los 30, los 40, los 50, los 60...), el Cavern de Liverpool en el 62 (para ver a los Beatles, of course), Barcelona en la época romana, Barcelona en la edad media, Barcelona en 1714, Barcelona en...

Así es, pijos míos, mi querida Barcelona es el denominador común de la mayoría de mis viajes en el tiempo. Las épocas, los momentos concretos, son muchos, pero hay uno que siempre me ha interesado por encima del resto, que es la Barcelona de finales del siglo XIX y principios del XX. Imaginaos: Picasso, el apogeo del anarquismo y el pistolerismo, los primeros envelats, el nacimiernto del Barça, el derribo de las murallas, el modernismo... ¿No os molaría? Es un periodo que encuentro fascinante. De hecho, siempre que paso por delante de un edificio de Puig i Cadafalch, de Gaudí o de Domènech i Montaner, intento imaginarme cómo era la vida por aquel entonces en ese preciso lugar. Por eso, cada vez que mi señora y yo vamos a comer al restaurante del que os hablaré hoy, la Fonda España,  y nos quedamos embobados ante su majestuoso comedor, nuestras mentes retroceden del orden de cien años en el tiempo, cuando nuestra ciudad era un hervidero de anarquistas, y en la misma calle podían convivir sin problemas un hotel de lujo y un gran número de familias humildes que habían llegado a Barcelona desde muy lejos en busca de un futuro mejor para su prole. Vamos, exactamente igual que ahora.


De Fonda a Hotel

Aunque en la última década había pasado centenares de veces por delante (la calle Sant Pau es el camino más rápido para cruzar el Chino... perdón, el Raval, en dirección a las Ramblas), nunca reparé en la fachada del edificio. Miento, sí que lo hice una vez, pero porque me llamaron la atención sus altísimos ventanales, los cuales -creo recordar- estaban cubiertos con cortinas y filtraban una luz como muy... mmm... ¿vaporosa? (no sé bien cómo explicároslo, me refiero a esa luz típica de las lámparas de araña decimonónicas). La cuestión es que me pareció un sitio completamente démodé, bastante rancio (por no decir tétrico) que se había quedado parado en el túnel del tiempo. Y no era un restaurante. Bueno, sí lo era, pero era el restaurante de un hotel, el Hotel España.

No sería hasta unos años después que leí en la prensa que estaban reformándolo y que iban a recuperar todo su esplendor original. Y a fe que lo lograron.


De Hotel a Fonda

En el año 2010 -leo en su página web- se recuperó el diseño original de Domènech i Montaner, el cual, a su vez, correspondía a otra reforma, la primera desde su apertura en el año 1859 bajo el nombre de Fonda de España. Muchos años después de aquella decepcionante visión, volví a pasar por delante y -me perdonaréis la expresión- se me cayeron los cojones al suelo. Aquel edificio decadente se había convertido en un espacio clásico pero nou de trinca. Volví a asomarme a los antaño rancios ventanales y divisé un comedor sencillamente espectacular. Yo quería comer allí. Yo tenía que comer allí. Cuando llegué a casa, consulté su web para ver cómo estaba de precio y tal. Doble sorpresa agradable: por una parte, la dirección del restaurante corría de la mano del gran Martín Berasatégui (comprensible: no era cuestión de dejar la dirección en manos de un cualquiera) y, por otra, los precios eran muy, pero que muy atractivos, toda una sorpresa, insisto, si tenemos en mente la increíble decoración del comedor. No tardé ni un segundo en hacer la reserva.


Pocos (pero bien avenidos)

Lo primero que me llamó la atención al entrar al comedor fue lo espacioso que es. Podrían haberlo llenado de mesas sin ningún problema pero, afortunadamente para el cliente, no fue el caso. Nada más sentarte, la sensación de amplitud es total, tanto a lo ancho como a lo alto. Mientras esperas a que te traigan la carta, lo normal (por lo menos, la primera vez) es quedarte embobado mirando las paredes, los espejos, el techo (¡altísimo!), las lámparas... Y es que es muy bonito, para qué nos vamos a engañar.

La carta es breve: unos cinco aperitivos, seis o siete entrantes, unas cinco carnes y otros tantos pescados. Algunos pensaréis que un sitio como este debería tener una carta amplia, pero yo no lo veo así. Recordad aquello de el que mucho abarca, poco aprieta: mejor centrarse en elaborar pocos platos con un buen producto que no montar una carta interminable llena de platos irregulares.

El matrimonio Pijo por excelencia ya ha disfrutado de la cocina de la Fonda España en cuatro ocasiones y en todas hemos comido muy-muy bien. La última consistió, por mi parte, en un huevo de caserío con butifarra del Perol y caldo meloso de primero (espectacular) y unos langostinos de Sant Carles de la Ràpita de segundo (enormes y jugosos: se deshacían). Mi señora optó por unas vieiras a la plancha con tocineta y parmentier de patata (buenísimas, ¡no tuve más remedio que probarlas!) y por un tremendo magret de pato con lágrima de orejones y morcilla, en palabras de mi señora, crujiente por fuera y meloso por dentro. Respecto al bebercio, lo de siempre: un par de cervezas y agua. Y sin que sirva de precedente, en esta ocasión... ¡pedimos un postre! ¡Sí, de verdad! Concretamente txakoli con fresas y helado de cáscara de limón. Buenísimo, señores. Buenísimo.


From St. Pau to the dock

La cuenta ascendió a 69 euros justos, un precio que nos pareció, una vez más, realmente atractivo. Teniendo en cuenta lo que comimos y dónde lo comimos, la verdad es que no se puede pedir más. Ah, me olvidaba: el servicio está a la altura, eficiente y educado como pocos.

Ya fuera del restaurante, enfilamos la calle Sant Pau en dirección a la Rambla del Raval. En ese momento, me vino a la mente aquella canción de Mano Negra que se llama Indios de Barcelona:

Lot of soul in my block
From St pau to the dock
Are you ready to be hurt & shocked?
Barrio Chino never fails to rock



Supongo que cuando escribieron esta canción no se fijaron en aquel edificio de altos ventanales que   había en dirección a las Ramblas. Pero si la escribieran hoy, no estoy tan seguro de que lo pasaran por alto. Ya me encargaría yo de recordárselo...


Fonda España (Hotel España)
c/ Sant Pau 9-11
Barcelona
Tel. 935.500.000
www.hotelespanya.com






martes, 5 de junio de 2012

CHICOA


¿Cuál es vuestro día favorito del año? Va, seguro que tenéis alguno. Un cumpleaños, un aniversario, el último día de curro antes de las vacaciones, el día que comienzan las fiestas de vuestro pueblo... Nosotros, los Pijos, tenemos cuatro, a saber: el día de Reyes (ver la entrada del restaurante Capritx), la Diada, nuestros respectivos cumpleaños y... el día de Sant Jordi. Es cierto que es una fiesta cada vez más comercial y menos romántica, el auténtico día grande de la industria del libro, pero no es menos cierto que si te abstraes de las aglomeraciones del centro y de los -muy pesados, francamente- vendedores ambulantes de rosas, es un día bonico-bonico de verdad: aunque suene muy cursi, ¿no es algo bello que dos personas enamoradas se regalen flores y libros entre ellas? ¡A nosotros nos parece algo inigualable! Salir de casa, con un sol radiante -bueno, eso si hay suerte, recuerdo más de un Sant Jordi pasado por agua-, caminar tranquilamente hacia el centro y pasar por delante de las paradas de libros y rosas, envueltas todas ellas en senyeres inmensas, ver las terrazas llenas y un montón de gente paseando y, cómo no...¡comer fuera de casa! ¿O es que esperabais menos de los Pijos?


Una tradición es una tradición


Así es: al igual que todos los lunes vamos al Cera 23, cada 23 de abril vamos a comer fuera. Durante nuestros primeros Sant Jordi, no fuimos a ningún lugar en especial -de hecho ni los recuerdo-, pero con el tiempo sentimos la necesidad de fijar un restaurante (o más de uno) que fuera infalible, es decir, un establecimiento de confianza que no nos arruinara un día tan especial para nosotros. Porque imaginaos por un momento que vamos paseando tranquilamente, yo con mi libro y mi señora con su rosa y su libro (sí, yo soy de los que le regalo las dos cosas), y cuando llega la hora de comer nos paramos a comer en un sitio cualquiera en el que acabamos ingiriendo una ensalada insípida y un filete reseco... nos iríamos a casa con la sensación de haber dejado a medias un día que debería ser perfecto, que tiene que ser perfecto. Así que, para evitar una (hipotética) situación tan desagradable como esta, lo mejor es ir a lo seguro, ir a un lugar donde sabes que es imposible que no salgas, como mínimo, igual de feliz que como entraste. Ir a nuestro santuario de la calle Aribau. Ir, en definitiva, al Chicoa.


Como en casa, oiga


Nuestro primer Sant Jordi en el Chicoa fue hace unos cinco años. Lo recuerdo como si fuera ayer porque fue un día muy bonito, muy especial. Aunque no habíamos ido nunca, en ningún momento tuvimos esa sensación de riesgo de la que os hablaba más arriba, puesto que todas las críticas que habíamos leído eran muy positivas y, lo más importante, nuestro instinto pijo nos indicaba que ese restaurante era el restaurante.

Tras el preceptivo paseo matutino y un divertido encuentro con mi admirado Kiko Amat (que me dedicó su Cosas que hacen bum), enfilamos nuestros pasos hacia el Chicoa. La entrada recuerda un montón a la de las típicas masías donde ir a hacer una costellada, muy rústica. Una vez pasado el umbral de la puerta, vas a dar a una especie de recibidor con una pequeña barra a la izquierda y con otra puerta al fondo. Allí te atiende el camarero para confirmar tu reserva -prácticamente imprescindible: casi siempre está lleno- y darte paso, ahora sí, al restaurante propiamente dicho. Si la memoria no me falla, hay un comedor en medio, otro a la derecha y otro arriba. A nosotros, el que más nos gusta es el de arriba porque es amplio y muy tranquilito. La decoración es un poco demodé, con madera, cuadros y tal, pero no es para nada opresiva, en todo momento te sientes muy cómodo, como si estuvieras en tu propia casa. Contribuyen a ello la correcta iluminación, la mantelería blanca de toda la vida y, sobre todo, el magnífico servicio. Como diría el ministro Arias-Cañete, los camareros del Chicoa son de los que ya no quedan.


¡Bacalao, bacalao!

La carta del Chicoa -que yo recuerde no tienen menú de mediodía- es cocina catalana pura y dura, es decir, una absoluta delicia: canelones, caracoles, esqueixada, arroces, alcachofas, una gran variedad de carnes (incluido el steak tartar) y de pescados, entre los cuales sobresalen (redoble de tambores, por favor) los bacalaos.

Así es, la especialidad de la casa es el bacalao, y lo cocinan de muchas formas distintas: a la plancha, con samfaina, con garbanzos y col, gratinado al all i oli con langostinos, al vapor, a la empordanesa (con ciruelas, pasas y piñones)... En el Sant Jordi de este año, me decanté por el gratinado al all i oli, un auténtica orgía catalano-bacaladera que estaba para cantarle una saeta. No hay duda: si os gusta el bacalao, Chicoa is the place.

Ese mismo día comí, de primero una parrillada de verduras con romesco, muy buena, y mi señora unos espárragos a la parrilla, también excelentes. De segundo, se pidió una cueta de rap al horno, deliciosa (la probé, naturalmente). Mención aparte merecen las croquetas de  ceps que pedimos como aperitivo, unas auténticas delicatessen de la fritura  que forman parte, desde ya, de la santísima trinidad croquetera de Barcelona junto a Freixa Tradició y la Fonda Gaig (comentaros que mi señora, una vez más, fue más lista que yo, puesto que mientras ella se comió sus dos croquetas con suma delicadeza, yo las devoré en un segundo, pasando a sufrir  de forma inmediata una horrible tortura, al ver cómo se las acababa muuuuuuuy lentamente).


La gran familia

Como suele ser habitual tratándose de los Pijos, no comimos postre, no nos cabía. Y respecto a la bebida, lo habitual: dos cervezas sin alcohol y una botella de agua. Si a todo esto le sumamos los cafés, la minuta se elevó hasta los 90,05 euros. Está claro que no es un restaurante para ir a comer cada día, pero si te lo planteas como nosotros, como una comida especial en el marco de un día muy especial, vale la pena con creces. Ahora que lo pienso, sí que tienen clientes que tienen pinta de ir cada día o, si no cada día, cada semana. Y es que la clientela del Chicoa es muy familiar. Gente con posibles, como se decía antiguamente, pero familiar. De hecho, de las tres veces en las que hemos comido allí, no recuerdo no habernos topado en alguna ocasión con un grupo de cinco, seis o más personas, con la figura omnipresente de la iaia presidiendo la mesa. En definitiva, familias que quieren comer bien en un entorno cómodo y, sobre todo, de trato cercano. Como dato curioso que corrobora todo lo anterior, deciros que he leído un par de veces por ahí que el dueño, al parecer gran aficionado a la magia, suele pasearse por las mesas de los clientes al final de su comida para mostrarles un par de trucos de cartas y similar. ¡A ver si tenemos suerte la próxima vez y nos echamos unas risas entre el café y la copa!




Chicoa
c/ Aribau 73
Barcelona
Tel. 934.531.123
www.chicoa.es



jueves, 3 de mayo de 2012

LA BURG

Como recordaréis todos aquellos que seguís este, vuestro blog, en la última entrada estuvimos dándole vueltas al concepto comida divertida. Para los que no lo recordéis, deciros que dicho concepto se refiere a todos aquellos platos que nos chiflan pero que tenemos que comer con moderación, pues podemos acabar más ceporros que Val Kilmer. Pizzas, burritos, kebabs, hamburguesas...

Hamburguesas...

¿Conocéis a alguien a quien no le gusten las hamburguesas? Yo no, la verdad. Si esa persona existe, debe estar en un mundo alternativo, como el de Fringe, pues la hamburguesa es el bocadillo global por excelencia, el plato ideal para muchísimos niños y  gran parte de sus progenitores, para bien o para mal, presente en todos los rincones del mundo, gracias a las franquicias que todos conocéis. Y digo para mal, porque no son sino esas mismas franquicias (you know, McDonalds, Burger King, Wendy’s...) las que le han granjeado la mala fama que tienen... y que no se merecen. NO rotundo. ¿Acaso os cagaríais en la paella tras degustar un buen plato de ese engrudo plástico que responde al nombre de Paellador? No, ¿verdad? Pues con las hamburguesas pasa todo lo contrario: como los bocadillos de estos establecimientos son más bien pobres (sé de lo que hablo: trabajé en un McDonald’s durante seis meses) el resto, dicen por ahí, tampoco vale un pimiento. Y no, señores, de eso nada. Una hamburguesa es un plato como otro cualquiera, que si está hecho a base de amor y buenos ingredientes, puede proporcionar tanto placer (o más, si cabe) que el caviar, el foie, y todas esas chuminadas tan caras. Tampoco es cuestión de demonizar las hamburguesas baratas (mi querida Marta y un servidor las consumimos un par de veces al mes), pero lo que no se puede concluir es que la mera existencia de estas últimas excluya las de calidad, las buenas de verdad. Porque estas existen, sí. Y más cerca de lo que os pensáis.


Sí, somos unos pijos (primera parte)


Así es, amiguitos. Sabéis desde el principio de este blog que tanto mi señora como yo somos unos pijos (y a mucha honra), pero desde que nos hicimos clientes habituales de La Burg, el pijismo, más que nunca, circula raudo por nuestras venas cual chute de heroína. ¿Porqué? Dos pistas: está en una calle que se llama Sant Joan Bosco y el barrio se llama Sarrià. Lo váis pillando, ¿no? Pero no adelantemos acontecimientos.

Conocí la hamburguesería La Burg a raíz de un comentario que hacía mi admirado Juan Manuel Freire en la sección de up&downs que tenía (o tiene, hace tiempo que no compro el diario los domingos) en el suplemento dominical de El Periódico de Catalunya. En ella se refería a las hamburguesas de La Burg como las mejores de Barcelona. Y ante una afirmación de tal magnitud, los Pijos no podían hacer otra cosa que ir a comprobarlo in situ. Y así lo hicimos.

Si la memoria no me falla, nuestra primera vez fue hace un par de años, aproximadamente. Era pleno mes de agosto, lo recuerdo por la sudada que nos pegamos hasta que llegamos allí (está en una calle cuesta arriba) y porque al entrar estaba prácticamente vacío, nada que ver si vas un día de cada día fuera de las fechas estivales (y es que, para comer en algunos sitios determinados, no hay nada como ir en agosto: no hace falta reservar, apenas hay ruido, ¡no hay niños!, los camareros trabajan prácticamente para ti solo... qué gozada).

Lo primero que nos llamó la atención es la decoración, a base de maderas oscuras y luces más o menos tenues, muy lejos de los grasientos (pero entrañables) frankfurts de barrio y de los míticos diners norteamericanos, así como la inmensa pizarra que hay al fondo, en la que estaba anotada la procedencia de sus carnes, en su inmensa mayoría, de buey. Tanto a la derecha como a la izquierda, encontramos dos o tres mesas altas con sus correspondientes taburetes, y si entramos hasta el fondo, una vez subes un par o tres de escalones, vamos a parar al comedor propiamente dicho. Nosotros casi siempre hemos acabado comiendo precisamente en las mesas de la entrada, pues está siempre a petar y nunca nos acordamos de reservar.



Caprice des dieux!


El camarero (que, por cierto, fue muy amable; digo esto porque he leído por ahí comentarios tremendamente críticos para con el servicio, tildándolos de lentos, maleducados y prepotentes. Nada más lejos de la realidad: habremos ido del orden de diez veces y jamás hemos tenido ningún problema, más bien lo contrario) nos trajo la carta y nos aconsejó un poco por encima. En ella podemos encontrar del orden de trece o catorce tipos de hamburguesas, mayoritariamente, como ya dije más arriba, de carne de buey, aunque también hay una de cordero y una vegetal. Hemos probado un montón, pero nuestras favoritas son la Champion (con cebolla confitada, pimiento asado y champiñones) y esa obra maestra del arte hamburguesil conocida como la New York (con tomate, cebolla confitada, queso emmental y ese huevo poché que hace que cada vez que le hincas el diente se te salten las lágrimas). Asignaturas pendientes son la Ninja (con setas shitake, salsa japonesa y sésamo) y la Quesos (con quesos emmental, brie y, una vez más, cebolla confitada). La carne (te preguntan si la quieres poco hecha, al punto o muy hecha) es excelente, así como el panecillo (¡nada de bollos!) y los distintos ingredientes que escojáis. Dicho esto, ¿son las mejores hamburguesas de Barcelona, como sentenció el amigo Freire? ¡Quién sabe! A los Pijos no les van mucho los juicios absolutos, de ahí que pensemos que la mejor hamburguesa está todavía por descubrir. En cualquier caso, hasta que no encontremos unas hamburguesas, no ya que las superen, sino que las igualen, mi señora y yo seguiremos siendo fieles a La Burg. Los Pijos somos así.


Para acompañar, además de las típicas patatas fritas (ricas-ricas, no son congeladas), tienen patatas bravas (muy buenas: bien cocidas y con una mezcla tirando a suave de salsa brava y allioli) , nachos con guacamole (correctos, sin más) y papas arrugás (las pedimos una vez y no nos gustaron nada; quizás fue cosa de una día, pero lo cierto es que no las hemos vuelto a pedir). También tienen ensaladas, pero tampoco las hemos pedido en ninguna ocasión: nosotros, cuando vamos a La Burg, vamos a por todas, es decir, sin mariconadas.

Y respecto al precio, sale por unos 15/20 euros por barba (siempre y cuando no pidáis vino, claro, porque entonces subirá más; nosotros, como ya sabéis, siempre tiramos de cervezas y Coca-Colas). ¿Lo encontráis caro? Nosotros no, la verdad. Como dije en alguna que otra entrada anterior, que te parezca caro o no dependerá de lo bien o mal que hayas comido. Sin más.


Sí, somos unos pijos (segunda parte)


He dejado para el final uno de los rasgos más característicos de La Burg y que a nosotros nos hace mucha gracia: su ambiente. A grandes rasgos, podemos comentar que es muy agradable, con espacio suficiente entre las mesas y sin demasiado ruido ni demasiado silencio. Pero lo mejor no es eso, no. Lo mejor es zamparte tu riquísima hamburguesa mientras observas tranquilamente el incesante (¡e inacabable!) desfile de pijos de todas las edades, tamaños y colores: señoras con la piel estirada hasta el límite de lo estirable, escolares con uniforme de colegio de curas, armados todos ellos con Iphones y pelucos carísimos, ejecutivos con flequillos salvajes… Si a tan deliciosas estampas le añades el hilo musical rabiosamente ochentas que escupen sin cesar los altavoces del local (a un volumen agradable, todo hay que decirlo), obtenemos un escenario de lo más pintoresco. Y es que, en algunas ocasiones, subir a la parte alta de la ciudad equivale a entrar en otra dimensión. Y si es a ritmo de Kool & The Gang, ni te cuento.

La Burg
Passeig de Sant Joan Bosco 55
Barcelona
Tel. 932.056.348

www.laburg.es






P.d. (1)


La Burg tiene un hermano mellizo en el Eixample que se llama El filete ruso. Es prácticamente igual que el original, la única diferencia se encuentra en la carne, que es de ternera. Hemos ido del orden de cuatro o cinco veces y certificamos que, también, se come de fábula. Cuestión de gustos, vaya. Está en la calle Enric Granados 95, haciendo esquina con la calle Rosselló. Eso sí, id pronto, se pone a petar en un santiamén.


P.d. (2)

No podiamos despedirnos sin este regalito. ¡Que lo disfrutéis! 

sábado, 7 de abril de 2012

DELI'RIOUS FOOD SHOP - ¡¡CERRADO!!


A lo largo de mi existencia he tenido muy pocos ídolos. Poquísimos, de hecho. Pero cuando han acabado por entrar en mi vida, se han quedado para siempre. Romario, Stanley Kubrick, John Lennon... y Silvio José Pereda. Silvio es toooodo un personaje: es egoísta, ruín, sarcástico hasta decir basta,  cruel... un tipejo despreciable, vamos. ¿Y cómo un sujeto como este puede ser el ídolo, ya no mío, sino de cualquiera, os preguntaréis? Pues muy sencillo: porque no existe. Bueno, sí existe, pero tan sólo en las páginas de El Jueves, ya sabéis, la revista que sale los miércoles. Creado por el gran Paco Alcázar, el personaje de Silvio José lleva ya unos cuantos años alegrándome los desayunos del miércoles por la mañana. Y es que el ritual siempre es el mismo: nada más levantarme, bajo al quiosco a comprar La Vanguardia y El Jueves. Una vez en casa, me preparo el desayuno y, a continuación, entre mordisco y mordisco, hojeo las páginas del suplemento Cultura/s y busco la media página semanal de Silvio José. Y es que  las tostadas, con humor,  entran mejor.


Comida divertida


De Silvio José me hacen gracia muchísimas cosas (su odio absoluto hacia la humanidad entera, su comportamiento tiránico hacia todos aquellos que le rodean, su devoción por Steven Seagal, las chicas pelirrojas de metro noventa y los videojuegos de la segunda guerra mundial...), pero si hay alguna que siempre logra arrancarme una carcajada es su amor desmedido por la que ha sido su cena desde su más tierna infancia, las salchichas chisparritas. Estas salchichas son –al igual que el 99,9% de las salchichas de origen industrial- una amalgama de despojos y aditivos varios que vuelve loco a Silvio José, al igual que las madalenas Fernández, ineludibles a la hora de desayunar, los menús del Tele-burguer de la esquina –siempre con una Coca-Cola del tiempo, nada de hielo- y las gominolas. Una dieta equilibrada, vamos. Pues bien, todas estas sabrosas viandas son lo que Silvio José llama comida divertida. ¿A que es un nombre genial? Es más, me gusta tanto que he acabado por incorporarlo a mi particular catálogo de chascarrillos, si bien en mi caso no se refiere tanto a productos para-radioactivos sino a aquellos platos que engordan un montón pero que nos chiflan a todos, ya sabéis: hamburguesas, chocolate, burritos, kebabs, bocatas de embutido, frituras... Si tenéis dos dedos de frente, sabréis que no conviene abusar de la comida divertida, más que nada porque podéis acabar como un servidor, hinchaícos como un muñeco de Michelin (bueno, afortunadamente ya no estoy así, logré adelgazar doce kilos a base de una dieta más o menos estricta de comida aburrida, ya sabéis: verdura, hortalizas…).

De vez en cuando, mi señora y yo echamos una canita al aire y nos calzamos una cena divertida. A veces  consiste en una pizza de La Bella Napoli, a veces en una hamburguesa en el Federal o, en otras ocasiones, en unos burritos de, como los llamamos nosotros, los mexicanos de Pintor Fortuny. Su restaurante tiene un nombre que hace justicia a lo que vamos a encontrar dentro (factor a tener en cuenta pues, tristemente, no suele ser lo habitual). Se llama Deli’rious food shop.  Y sí, la comida que sirven es delirante. Delirantemente buena.


¡Ay, burrito como tú!

Para variar, el Deli'rous lo conocimos por casualidad. Salíamos de comer del Hortet (un vegetariano de la calle Pintor Fortuny del que os hablaré otro día) y vimos que enfrente habían abierto un local que, hasta hacía relativamente poco tiempo, había permanecido cerrado. Nos acercamos y nos encontramos un local un poco extraño (luego os explico el porqué) con una pizarrita colgada en la puerta. Nada más comenzar a leer lo que ponía en ella, nos llevamos una inmensa alegría: ¡hacían burritos! ¡Yuju, un mexicano cerca de casa! Y por si fuera poco, era también un take away. Cogimos la tarjetita de rigor y nos fuimos para casa. Unos días después, nos decidimos a hacer una incursión en toda regla.

 Una vez allí, cuando entras, te encuentras una especie de salita o de recibidor donde no hay nadie, tan solo las tarjetitas, unos flyers y una mesa o mostrador (no lo recuerdo muy bien). Justo frente a la puerta hay una escalera que baja hacia un sótano, que es, de hecho, donde se encuentra el restaurante en sí. Una vez abajo, te encuentras de frente el -ahora sí- mostrador, con la cocina justo detrás y a la vista, detrás de una enorme mampara de cristal, y a tu izquierda un par o tres de mesas con sus correspondientes sillas, por si quieres comer allí mismo, si bien lo vemos más como un take away.

Esa primera vez estuvimos hablando con Daniel, co-propietario del negocio junto con Laura, y nos explicó que hacía muy poco que habían abierto y que estaban todavía dándole forma, pero a tenor de lo que cenamos aquella noche, no nos dio la más mínima sensación de ello, más bien lo contrario: el burrito de machaca que me calcé estaba de au-tén-ti-co vicio, así como la quesadilla con frijoles que se pidió mi señora. Mención especial merecen los nachos, auténtica delicatessen si se sirven correctamente, esto es, acompañados de un buen guacamole, un buen queso o unos buenos frijoles machacados. Aquí te los sirven con todo a la vez, ¡con dos cojones! Cada vez que les hemos hincado el diente -es decir, siempre, nunca faltan en nuestros pedidos- nos hemos acordado de las familias de los dueños de todos aquellos restaurantes, mexicanos o no, en los que nos sirvieron nachos Matutano acompañados de un ¿guacamole? que parecía recién salido de una tarrina marca Hacendado. Cuanto impostor, señor...

En sucesivas visitas también probamos la chimichanga, la sincronizada , el burrito de frijol charro... no voy a detenerme en explicaros de qué va cada plato, pues no entiendo ni papa de cocina mexicana y, aunque fuera así, os lo estaría poniendo demasiado fácil. Lo mejor es que os dejéis caer por aquí y que Daniel y/o Laura, simpatiquísimos ámbos, os lo expliquen in person. Os aseguro que no os arrepentiréis, puesto que comeréis auténtica cocina popular mexicana cocinada con amor, con mucho amor. Y respecto a los precios, sólo os digo que su plato más caro vale 4,80 euros. Resumiendo: no hay excusas, tenéis que pasaros.

A casa, que se enfría

Aunque te pueden traer el pedido a casa sin ningún coste adicional, nosotros preferimos pasarnos por allí, así nos damos una vuelta. Eso sí, procuramos darnos un poquitín de prisa al volver a casa, porque sino se nos enfría (no, calentado en el microondas no es lo mismo). Una vez sentados a la mesa, damos gracias a Tenochtitlan (o como se llame) por poder disfrutar de tan sencillos pero riquísimos manjares. Por cierto, ¿le gustarán los burritos a Silvio José? Un día de estos se lo tendremos que preguntar a Paco Alcázar. Yo creo que sí. Al fin y al cabo estamos hablando de... ¡comida divertida!
  

DELI'RIOUS FOOD SHOP
c/ Pintor Fortuny 33
Barcelona
Tel. 931.924.557
www.facebook.com/deliriousfoodshop.barcelona

domingo, 11 de marzo de 2012

PORTA GAIG


Cuando era pequeño, nadie viajaba en avión. A ver, nadie conocido, me refiero. Lo habitual era viajar en coche (eso, los que tenían; nosotros, no teníamos), en autocar o en tren. En avión sólo viajaban o los ricos o los personajes de las películas. Por eso, no sé si es cierto el recuerdo (tal vez fue un sueño) que tengo de estar de pequeñito en la terraza del aeropuerto del Prat  (sí, en la terraza; imaginaos de cuándo os estoy hablando) viendo cómo los aviones despegaban y aterrizaban: ¿qué podía estar haciendo yo allí si nosotros no viajábamos en avión ni podíamos ir a buscar a nadie dado que nuestros familiares tampoco volaban? Da igual. Prefiero imaginar que es cierto. Supongo que fue ese pseudo-recuerdo lo que provocó que desde entonces me vuelva loco la estética vintage de la aviación en general y de los aeropuertos en particular, sobre todo el periodo comprendido entre los 60 y los 80: la Pan Am, las bolsas de piel de Iberia, los bares de los aeropuertos y sus terrazas al aire libre, los uniformes de las azafatas, el aeropuerto de Niza camino de Montecarlo, Astrud Gilberto bajando de un avión… Qué pasada.



You’re a great way to fly!

Escuchad esta canción, a ver qué os parece:




¿Os ha gustado? Es de una banda inglesa llamada Corduroy, se llama You’re a great way to fly y podéis encontrarla en el álbum High Havoc, uno de los discos que más veces he debido escuchar en mi vida. Es una canción que me llena de optimismo, de buenas vibraciones y cada vez que la escucho, mi mente viaja a un mundo imaginario repleto de cielos azules y aeropuertos cool  (nada que ver, desgraciadamente, con los mamotretos fríos e inhumanos de hoy en día, repletos de franquicias inmundas y techos faraónicos). 

 En cualquier caso, esa canción siempre me acompaña en mis trayectos hacia los aeropuertos, costumbre más que justificada si tenemos en cuenta que volar no es algo que me agrade demasiado.  Fue precisamente en uno de esos desplazamientos, concretamente hacia el aeropuerto del Prat, cuando me di cuenta de que no estaba todo perdido, todavía quedaba algo de esperanza en el habitualmente olvidable espacio aeroportuario. Iba a recoger a mi señora, que volvía de un viaje familiar al sur de España. Tras desayunar un insípido bocadillo de ¿jamón? acompañado de un café aguado, y dado que todavía quedaba un buen rato hasta la llegada del vuelo –esa costumbre que tenemos todos de llegar al aeropuerto anteayer- me fui a dar una vuelta por la terminal T-1, a ver que veía. Y vi algo. Vi el Porta Gaig.


El oasis

Por aquel entonces, ya había leído algo acerca del Porta Gaig. Era una apuesta del gran Carles Gaig y su equipo por ofrecer una oferta culinaria de calidad en un entorno tan habitualmente dañino para los estómagos como un aeropuerto, donde lo más normal es que –como yo aquella mañana- acabes por meterte entre pecho y espalda un sándwich compuesto por dos rebanadas de cartón y un relleno de plástico, pagado a precio de delicatesen, of course!
Volviendo al día que nos ocupa, fui deambulando por los pasillos hasta que me di de bruces con un cartel enorme que indicaba que a pocos metros de allí estaba el restaurante Porta Gaig. Me dirigí para allá, a ver qué pinta tenía. Como era todavía temprano estaba cerrado, pero desde la puerta se divisaba parte del comedor , de un blanco riguroso y con unos estores altísimos que impedían que el solazo que estaba cayendo derritiera el mobiliario y, más tarde, a los propios clientes. Qué lástima, pensé, con lo que molaría comer mientras ves los aviones despegar y aterrizar…  Eché un vistazo a la carta y me pareció variada y de precio ajustado. A ver, barato no es (hablamos de unos 40 euros por cabeza), pero yo soy de la opinión de que si puedes permitírtelo y la comida (cenas no, cierran por la noche) ha resultado satisfactoria, no te parecerá caro (caro es que en el aeropuerto de Jerez de la Frontera te claven seis eurazos por uno de esos truñetes de los que hablaba en el párrafo anterior). De vuelta a la zona de llegadas, ya tenía claro que algún día traería a mi señora a ese oasis en medio del desierto del Prat. Y que sería una sorpresa, claro.


¿Vamos a comer a Roma?

Hace poco más de una semana llegó el día indicado. El sábado inmediatamente anterior miré la predicción, no fuera que no hiciera un día radiante o, peor todavía, que lloviera. Una vez salimos de casa con una horita larga de antelación (lo que decía antes: hay que llegar anteayer), subimos el Paral.lel  y nos dirigimos hacia la parada del 46, que te lleva al aeropuerto sin tarifas adicionales. No fue hasta la mitad del trayecto que mi señora se dio cuenta de que ese autobús es el mismo que cogemos cuando volvemos de algún viaje. La cara que puso de ¿¿a dónde me llevas a comer??  fue sencillamente inolvidable. A partir de ahí, el lanzamiento, una tras otra, de pistas falsas fue incesante. Que queréis que os diga, ¡me lo había dejado en bandeja! (especialmente cachondo fue el momento en el que le pregunté ¿has cogido el DNI?, o aquel otro, ya en la T-1, en el que me puse a mirar el panel de salidas, momento en el que mi señora me soltó ¿vamos a comer a Roma? ).

Dando una vuelta para hacer tiempo –habíamos llegado anteayer, no lo olvidéis-, hicimos el mismo trayecto que yo había realizado unos meses antes, sólo que esta vez no sería en misión de reconocimiento. Nada más llegar, nos atendió una señorita muy simpática que nos facilitó una muy buena mesa, amplia y con sillas cómodas. Seguía todo igual y el blanco dominaba la sala de cabo a rabo, muy iluminada, pero que si no tuviera los dichosos –pero necesarios- estores sería casi como comer en la superficie del Sol. Como aperitivo, te traen un pequeño bol de patatas fritas (buenísimas, no eran Lays) y unas barritas de –creo- queso tostado. La carta, como ya os dije anteriormente, es variada y tiene, además de ensaladas, carnes y pescados, varios platos del día, todos ellos entre los 9 y los 14 euros. Por su parte, los precios de los “segundos” oscilan entre los 17 y los 24 euros.  Mi señora se pidió una ensalada con crujiente de queso de cabra de primero y un steak tartar de segundo. Yo escogí un plato del día, la tortilla de ajos tiernos y mongetes del ganxet, y de segundo un arroz seco de calamar y langostinos. Ah, y siguiendo la tradición croquetera de la Fonda Gaig, un par de croquetas de rostit (estupendas, por supuesto). Y para beber, agua y un par de cervezas.

Una vez nos trajeron los primeros, me di cuenta del error que había cometido. Yo me esperaba una omelette con sus tres ajetes y un par de alubias, pero en lugar de ello me sirvieron una tortillaca de, a tenor del grosor, tres huevos como mínimo, acompañada de una guarnición de lo más ligerita, unos medallones de crema de butifarra negra. Estaba de vicio, os lo juro, crudita por dentro, como a mí me gusta, y los ajetes en su punto, pero con eso ¡ya comía! Ni qué decir tiene que cuando llegó el arroz no sabía dónde meterme. El arroz estaba todavía mejor, pero a la mitad del plato tuve que parar. Era eso o explotaba, como el gordo de El sentido de la vida, aquella peli de los Monty Python en la que un señor muy muy gordo acababa literalmente explotando después de jalarse medio restaurante (la camarera, al ver el tenedor y el cuchillo sobre el plato, me preguntó si no me había gustado, a lo que yo le repliqué pidiéndole un tupper para poder llevarme el arroz sobrante. ¡Como para tirarlo!).  ¿Y de postre? No me hagáis reir.  Según me comentó mi señora, su ensalada –y concretamente el queso de cabra- estaba de vicio, así como el steak tartar, si bien hay que decir que los ha comido mejores. ¿Y de postre? No la hagáis reir.


¡Se abre el telón!

Mientras nos tomábamos el café –muy bueno, por cierto, se produjo el milagro: comenzamos a oír un zumbido y, de pronto, los estores ¡comenzaron a subir! La sensación fue indescriptible. Ante nosotros teníamos a la vista la zona de embarque y, lo más importante, veíamos a escasos metros cómo los aviones despegaban. Pensaréis que es una tontería, pero los dos –repito, los dos- nos quedamos en silencio durante unos instantes, simplemente tomando sorbitos de café y observando el espectáculo de los aviones elevándose y virando rumbo hacia quién sabe dónde. Cuando pienso en ese momento, me recuerda a mi escena favorita de Ocean’s eleven, aquella en la que toda la banda a excepción de George Clooney salen de su guarida tras haber perpetrado el robo y se ponen a mirar, a admirar, en  silencio las fuentes del Bellaggio, con sus altísimos chorros de agua y la música de Debussy de fondo. Un momento mágico. Nuestro momento mágico.



Porta Gaig
Aeropuerto del Prat, Terminal T1, planta 3
El Prat de LLobregat
Tel. 932.596.210