martes, 28 de mayo de 2013

LA BELLA NAPOLI


Hay películas que lo tienen. Da igual que sean buenas o malas, divertidas o aburridas, cortas o largas, nuevas o antiguas. Aunque las tengas en dvd, o en bluray, o en el disco duro del ordenador o, incluso, en una vieja cinta VHS, cada vez que las echan por la tele, las ves sí o sí. ¡Y con anuncios! Porque tienen algo irresistible, un algo intangible que te empuja por enésima vez hacia el sofá y que te obliga a estarte quieto durante un par de horas, contando los minutos (o los segundos) que faltan para que llegue una de tus escenas favoritas. A mí, esto me pasa con mogollón de pelis, sobre todo con las míticas cintas de gags del trío Zucker-Abrahams-Zucker (a ver: ¿quién de vosotros no se traga entera Agárralo como puedas cada vez que la dan por la tele?). Desde hace unos años me pasa con una de las mejores películas del gran Ben Stiller, la divertidísima Meet the parents, más conocida por estos lares como Los padres de ella. Como doy por supuesto que la habéis visto en unas cuantas ocasiones, no voy a comentar aquí todas sus escenas y/o gags memorables (que tiene unos cuantos) porque nos podrían dar las tantas. Voy a fijar mi mirada pija en tan solo una de ellas, pues me va de perlas para contextualizar un poco el restaurante de hoy.



¡Estás en en círculo!

Mirad este vídeo, por favor: 


En él, Robert de Niro recuerda constantemente a Gaylord Focker (Follen, en castellano), el personaje que encarna Ben Stiller, lo importante que es para su familia en general y para él en particular establecer un relación basada en la confianza mutua y en la sinceridad (por lo menos de su futuro yerno hacia él), formar parte, en definitiva, de lo que el gran patriarca califica como el círculo de confianza. La de veces que me he descojonado cada vez que el suegro le dice al amigo Focker/Follen (con la voz en español de Ricardo Solans) ¡Sí, estás dentro del círculo, bienvenido! o Estás fuera del círculo, Follen... Pues bien, cada vez que mi señora y yo vamos a comer, a cenar o a pillar unas pizzas a La Bella Napoli, el concepto círculo de confianza aparece ipso facto. Os explico el motivo: la primera vez que vine comí tan bien (pero bien de verdad) que le pregunté a mi señora ¿¿Por qué has tardado tanto en traerme a este sitio?? (ella ya lo conocía). Y me respondió porque tenías que ganártelo, abuelo. ¡Aquí no traigo a cualquiera! Así es: tenía que entrar en el círculo de confianza. En su círculo de confianza.


Cryiiiiing, over youuuu!!!

Aquel día (un domingo, si la memoria no me falla) lo primero que me llamó la atención fue que estaba lleno... de italianos. Parafraseando a mi buen amigo Isaac (si tienes dudas a la hora de comer fuera de casa, no te compliques la vida: métete en el primer bar que esté lleno de currelas, allí se come bien seguro), si un restaurante de una determinada nacionalidad está lleno de clientes autóctonos, no dudes ni un segundo que ese es el lugar. Lo segundo fue el volumen en-sor-de-ce-dor que reinaba en todo el restaurante. Teniendo en cuenta que vivimos en un país bastante gritón, no debería extrañarme, pero es que ese volumen era demencial. Si vas un día de cada día a comer, el nivel de decibelios baja bastante, pero si acudes por la noche o un finde y no quieres dejarte las amígdalas diciéndole a tu pareja qué bueno está todo, mejor que vayas currándote un sistema alternativo de comunicación (tarjetitas, humo, subtítulos...¡hay muchas opciones!). Pero tampoco hay que darle más importancia de la que tiene, pues la comida logra que te aísles de la orgía decibélica. Aquel día, el de mi bautismo napolitano, casi acabo como Roy Orbison, llorando a moco tendido. Pero de felicidad, claro, nada de corazones rotos.




Como en casa


La Bella Napoli (el de Poble Sec; en la calle Villarroel hay otro restaurante que se llama igual, pero no sé si son del mismo dueño) son de esos sitios donde siempre apetece comer. En primer lugar, por la comida, claro está, y a continuación porque es muy acogedor, factor que tiene muy en cuenta su inmensa clientela, en gran parte (como os decía más arriba) italiana (de hecho, es la segunda comunidad extranjera de Barcelona, detrás de los pakistaníes). Sus dos comedores (uno a la izquierda y otro al fondo, siempre mirando desde la entrada) son amplios, con bastantes mesas, pero sin agobios de espacio. En el de la izquierda, al fondo del todo, está el acceso a la cocina (que está en el sótano) y el horno de leña donde cocinan las pizzas, un peazo horno con forma (y aspecto) de cabeza humana, prácticamente idéntica a las que salen en el interior del volcán de Vuelo 714 para Sidney, uno de mis álbumes favoritos de Tintin. Aunque ha ido cambiando con los años, la iconografía napolitana se mantiene imperecedera en sus paredes. Fotos de las calles de Nápoles, retratos de Totó, del gran Renato Carosone... Mi favorito siempre fue -creo que ya lo quitaron- un collage muy bonito hecho con multitud de fotos (¿o eran dibujos?) de Maradona, lo más parecido a un Dios terrenal para los napolitanos. Ni rastro (¡afortunadamente!) de la famosa camorra (aunque hace ya bastantes años leí en El Periódico que en su puerta se había producido... ¡un tiroteo! No recuerdo muy bien los detalles, pero por lo visto el pistolero había seguido a su objetivo hasta allí para darle matarile... o algo así). En el vestíbulo y en una de las paredes del salón de la izquierda, por el contrario, hay un buen número de fotos enmarcadas, prácticamente todas del personal del restaurante posando junto a famosos de todo pelaje (nosotros nos encontramos hace años al actor Timothy Hutton, el protagonista de una de las películas favoritas del Pijo mayor, Beautiful girls). Y luego están los
camareros. Aunque a alguno de vosotros os pueda cansar un poco el rollito del camarero ligón italiano (ya sabéis, ese que trata de levantarte a tu señora en tus propias narices a base de gracietas varias), deciros que los de La Bella Napoli no son especialmente pesados en ese aspecto (creo que con los años se han suavizado). Excepto el que se parece al malo de Terminator 2 (diría que es catalán, por lo menos de adopción), todos se dirigen a ti en casteliano, una mezcla (en ocasiones ininteligible) de castellano, italiano y dialecto napolitano. Y si puede ser a gritos, ¡mejor! Pero da igual, porque son simpáticos y son profesionales, lo que contribuye a que, unido a todo lo demás, te sientas como en casa.


Estaba todo muy bueno, de verdad

Volvamos, por última vez, a esa primera visita. Aquel día, como ya dije antes, comí como un señor. No podía ser de otra forma pidiéndome (como me pedí) una auténtica pizza napolitana. No tengo palabras para expresar lo que sentí cuando le pegué el primer bocado a aquella pizzaca del quince (las hacen bastante grandes), de masa gruesa y cocinadas en un auténtico horno de leña (eso es, el de la cabeza). Tengo que reconocer que hasta entonces mi bagaje pizzero (repleto de engrudos congelados y de franquicias a domicilio) no era muy amplio que digamos, pero desde ese preciso instante supe que sería muy difícil encontrar una mejor en toda Barcelona. El tiempo (y el sentido común) hizo que tal juicio fuera atemperándose, pues pizzerías hay a patadas en Barcelona y alguna que otra vez he hallado pizzas iguales o, incluso, superiores, pero, en cualquier caso, aquella pizza fue la mejor pizza del mundo durante unos minutos. Y es que las pizzas de La Bella Napoli, para un servidor, siempre estarán ahí, ¡entre las mejores! Habrá un montón de gente que lea esto y que piense todo lo contrario. ¿Y sabéis qué? Que posiblemente tendrán razón, pero contra gustos... Hace tiempo que no pido pizza cuando les visitamos... más que nada porque casi cada semana voy a pillar una para zampármela en casita, con mi lata de Coca-Cola (o de cerveza) y mi programa de televisión favorito. Y hay donde escoger: la última vez que fuimos (hace un par de semanas) conté hasta ¡veintiséis! Con tomate, sin tomate, con verdura, con marisco, con queso, sin queso, con carne, con Nutella, calzone... en fin, que es complicado escoger una, te las comerías (ahora pondré voz de Belén Esteban) ¡to-daaas!

Pizzas a parte, su carta es bastante larga. Tienen dos páginas bastante extensas de entrantes, diecinueve tipos distintos de pasta, tres risottos, carnes y pescados (aunque los Pijos hemos ido probando un poco de todo, estos últimos son dos asignaturas pendientes: como bien dice nuestra queridísima amiga Ka, la cocina italiana es mucho más que pasta y pizza. Y sabe de lo que habla... por experiencia).

En nuestra última incursión napolitana, los Pijos se pidieron un entrante a compartir y un plato cada uno. Lo del entrante compartido tiene un motivo: tanto estos como los segundos suelen ser bastante contundentes, por lo que no es aconsejable pedirse un primero y un segundo a la manera española, pues corres el riesgo de quedarte hinchado a mitad del plato principal. A nosotros nos costó un tiempo acostumbrarnos a ello. En esta ocasión, comenzamos compartiendo un plato de Bocconcini de bufala, unas bolitas de mozzarella rebozadas y que te las sirven con un poquito de tomate picante. Buenísimas, con una fritura nada oleosa. Antes las llamaban mozzarelline... y estaban igual de ricas. Me comería veintiocho seguidas. Hablo en serio.

Mi señora, como buena amante de la pasta, se calzó un plato de Rigatoni alla siciliana, tubitos al dente, por supuesto, con una salsa a base de berenjenas, mozzarella, tomate natural, parmesano y albahaca. Excelentes, Y el Pijo Mayor, por su parte, se pidió un Risotto radiocchio e gorgonzola (un arroz melosito hecho con achicoria, vino tinto y gorgonzola, servido dentro de una especie de cazuelita de queso parmesano solidificado. ¡Pa' chillarle! Y lo regamos con dos birras, marca Gradisca, muy buena. Y de postre, nada, claro, ya sabéis que los Pijos casi nunca llegan vivos a la última etapa del ágape, sea donde sea. Aunque una vez, por hacer un homenaje a Connie Corleone, me pedí un cannolo. Si sois fans, como nosotros, de la saga de El Padrino, os acordaréis de que al final de la tercera parte, Connie le trae una caja de cannoli (unos canutillos rellenos de crema, muy-muy dulces) al cabrón de Don Altobello (inolvidable Eli Wallach). El muy zorro, sospechando que están envenenados (lo cual es cierto) se los da a probar a Connie y esta, muy lista, le pega un mordisquito a uno de los extremos del cannolo, esquivando el medio kilo de veneno que le ha metido al viejo. Pues bien, el día que lo pedí (no me gustó mucho, por cierto, demasiado dulce para mi gusto) imité todo lo bien que pude a Connie ¡y mordisqueé la puntita! Mi señora se rió mucho, claro. Si hay una próxima vez, intentaré imitar el momento en el que la espicha el Altobello en el palco de la ópera (oh, ¿os acabo de spoilear? ¡Jajaja!)

La comida, incluyendo dos magníficos capuccinos (obligatorios en cada visita: aquí sí que todavía no he encontrado otro en Barcelona que esté a la altura) y una copita de limoncello, salió por 51,50 euros. Está muy bien de precio, rara vez hemos superado los treinta ecus por persona. Ah, me olvidaba: La Bella Napoli está lleno casi siempre. Para comer al mediodía no hay problema, pero para noches y fines de semana, mejor reservar. Si no lo hacéis, la espera se os puede hacer eterna.

¡Cosiiii Cosaaaaa...!

Y después de salir y cruzar el Paralelo, camino de casa, venía lo peor: la leeeeeeenta digestión. Siempre que como en un italiano mi cuerpo me pide sofá y relajación absoluta. Al contrario que los italianos que viajan con los Hermanos Marx rumbo a Nueva York en Una noche en la ópera, después del banquetazo no me quedan fuerzas para cantar canciones napolitanas a pleno pulmón, pero sí para enchufarme la peli una vez más mientras (intento) digerir la penúltima visita a La Bella Napoli. Porque con este restaurante nunca hay una última vez. ¡Solo penúltimas!




La Bella Napoli
c/ Margarit 14
Barcelona
Tel. 934.425.056























miércoles, 24 de abril de 2013

THE GARGANTUAN TOUR - PRIMERA ETAPA: EL CIGRÓ D'OR



Pues sí, amigos: ya estamos a finales de abril y los Pijos todavía no tienen su Ipad. Pero hay un motivo para ello (bueno, dos). El primero de ellos (y el más obvio) es que es muy caro. Quizás en épocas pretéritas, no muy lejanas en el tiempo, cuando el crédito corría a sus anchas por nuestra imbatible economía de Champions, hubiéramos sucumbido a los cantos de sirena de la Visa y lo hubiéramos pagado en cómodos plazos, pero ahora, no. ¡Economía de guerra! Y el segundo viene a ser consecuencia del primero. Cuando llegan las navidades, siempre se me presenta la misma disyuntiva: ¿invierto el dinero en la compra conjunta de nuestro Ipad o bien le regalo a mi señora algo bien bonico, algo que le guste? Pues claro, ¡lo segundo! Una vez descartada la tableta, nuevo interrogante: ¿Qué le regalo? Mi primera opción era un viaje, pero mi señora ya me había dejado claro de forma indirecta (y qué coño, directa también) que lo de pasar tres días en un bello destino volando con una compañía low cost, como que no, no hay dinero. Y si lo dice la jefa, va a misa. Pero... un momento... no me dijo que no pudiéramos viajar a destinos próximos a nuestra casa. Un fin de semana en una masia, en un balneario de Andorra, en... naaah. Mi señora tiene que estudiar y no puede permitirse (por lo menos hasta que acabe el curso) perder tres días en esos menesteres, así que el viaje tenía que ser de ida y vuelta el mismo día. Como no me convencía ningún destino en concreto, llegué a la conclusión de que tenía que cambiar la perspectiva, darle la vuelta a la idea del viaje relámpago.


Somos ruteros...

Me acuerdo perfectamente: estaba sentado en el sofá, viendo la tele. Aparté mis ojos de la pantalla por unos segundos y, de forma totalmente casual, fijé la mirada en mi carpeta roja. Mi carpeta roja... ¿nunca os he hablado de ella? Es una carpeta tamaño DIN A4 donde guardo toda la información que he ido recogiendo durante los últimos años sobre restaurantes, cocineros, productos y demás mandangas gastronómicas. En otro momento os diré qué hay ahí dentro (y cómo lo clasifico, que también es interesante), pero para lo que nos ocupa es suficiente con saber que tengo una sección dedicada a
todos aquellos restaurantes de la geografía catalana (excluidos los de Barcelona ciudad) que en su momento me llamaron la atención por una cosa o por otra. Fue ver la carpeta y mi mente hizo click. Claro... ¿Por qué en lugar de hacer un viaje express a cualquier localidad catalana no tiraba de archivo y montaba el viaje en función de alguno de los restaurantes de mi wishlist particular? Y ya puestos, dado que una salida gastronómica me parecía poca cosa para regalar a mi señora, ¿por qué no hacer cuatro, una por cada provincia de la terra? La decisión estaba tomada. Había nacido... ¡el Gargantuan Tour!

...y en el camino nos encontraremos

Dejé lo que estaba viendo en la tele y me puse manos a la obra en pocos segundos (¡qué excitante!). Lo primero que tenía que hacer era hacer un update de los contenidos de la sección Catalunya de mi carpeta roja. Dado que mi recopilación de datos comenzó hace ya unos cuantos años, tenía que poder al día dichos contenidos, ya sabéis que el negocio de la restauración es muy cambiante y que el negocio que un día era boyante, al día siguiente podía estar cerrado. Así que fui apartando aquellos que ya no existían. A continuación, fui descartando, con todo el dolor de mi corazón, los que se encontraban en medio de la nada (es decir, en el campo). Motivo: los Pijos, además de no tener Ipad, tampoco tienen coche, por lo que tenía que ceñirme a negocios que estuvieran bien comunicados. Este paso me puso las cosas más fáciles, puesto que los restaurantes campestres eran numerosísimos. La última eliminatoria iría en función de sus horarios, puesto que, al depender del transporte público, se quedarían fuera todos aquellos que no tuvieran turno de almuerzo. Cenar y hacer noche en un hotel no estaba contemplado.
Y llegamos a la gran final. Tuve que escoger entre unos doce restaurantes y luego, limitarlo a unos tres o cuatro por provincia. En dos casos, los referidos a la provincia de Barcelona y a la de Girona, lo tuve muy claro, pero en los otros dos la lucha fue ¡encarnizada! Y escogí lo que me dijo mi instinto. El tiempo dirá si me equivoqué o no. Los agraciados fueron... bueno, de eso ya os iréis enterando.

¿Power... qué?

Una vez elegidos los cuatro magníficos, tenía que darles un envoltorio ad-hoc. Pensé de todo (un sobre, un mapa, geo-localizaciones...) pero finalmente me decanté por preparar un PowerPoint con fotos, textos y tal. Me pasé una p... tarde haciendo el PowerPoint de los c... ¿Os ha quedado claro que no había hecho ninguno jamás (y que seguramente no volveré a hacer ninguno)? Ni qué decir tiene que me quedó un señor churro, con letras de diferentes tipos, tamaños y colores. Un mierdote, vamos. Pero lo bueno de las cosas hechas con el corazón es que el destinatario de las mismas suele darse cuenta de ello, por lo que pasa por alto el posible cutrerío del artefacto (en este caso, bastante acusado). El día de Reyes, por la noche, entregué a mi señora un sobre con un pendrive en su interior y la invité a enchufarlo en el ordenador. Una vez abierto el archivo, ni reparó en lo deficiente del invento: la idea de hacer cuatro salidas gastronómicas por nuestro país, a razón de una al mes, le pareció genial. Un regalo de Reyes que dura ¡cuatro meses! Eso se llama regalazo. Aquí y en la conchimbamba.

Meteo.cat

Perdí la cuenta de la cantidad de veces que consulté la web de predicción meteorológica de la Generalitat en apenas dos semanas. El final del invierno y el comienzo de la primavera nos trajo, hablando sin tapujos, un tiempo de mierda: no había semana en la que el frío y, sobre todo, la lluvia no apareciera en el horizonte. A ver, íbamos a comer, sí, pero las salidas no fueron concebidas como un pim-pam-pum, de ir, llegar, comer y largarse. No, lo suyo es ir, dar una vueltecica, tomarse un aperitivo si apetece, comer tranquilamente y, después, dar un paseito por la población. Tras un intento fallido a principios de marzo (un día en el que llovió a mares), los Pijos dirigieron sus pasos hacia la capital de l'Alt Penedès, Vilafranca del Penedès, la localidad a la que Oriol Llavina decidió trasladar su negocio desde su original emplazamiento en Gelida. No podía ser otro: el Pijo mayor lo tenía entre ceja y ceja desde hacía unos cuantos años, demasiados ya. Había llegado el momento. El momento de El Cigró d'Or.

Las tablas

Y llegó el día. La previsión indicaba un día nublado, pero tuvimos suerte y una vez bajamos del tren el cielo empezó a clarear. Tirando de Google Maps, llegamos a las inmediaciones del restaurante con una media hora de antelación. Dado que ya íbamos teniendo hambre, pensamos en hacer una caña por la zona. El problema era dónde, pues estaba todo cerrado. Y cuando digo todo, es TODO. No era ni la una y media y aquello parecía el episodio piloto de The Twilight Zone, ni un alma por la calle. Nos quedó claro: en Vilafranca, la hora de comer es sa-gra-da. Pero tuvimos suerte, pues a la vuelta del mercado de Vilafranca (en cuyo primer piso se encuentra El Cigró d'Or) encontramos un bar abierto. Nos sentamos en la terraza y nos pedimos un par de cañas. Una vez le di el primer sorbo a mi cerveza, fijé mi atención en sendas tablas en las que estaban anotadas las tapas de las que disponía el bar y nada más comenzar a leer, la primera en la frente: Tapa + Bevida: dos euros. ¡¡Bevida!! A mi señora -que entre otras muchas cosas, es correctora- le dio un triple ictus al ver semejante faltote. Bah, qué exageraos, pensaréis, pero es que la falta se repetía en las tablas hasta siete veces. Nosotros, los Pijos, creemos firmemente que cualquier negocio, cualquiera, para ir bien, ha de comenzar por cuidar todos los detalles, por mínimos que parezcan. Y la ortografía lo es. Más que nada por que si no se fijan en eso, que es muy fácil de cuidar, qué será de su oferta. Qué coño, normalmente es la primera impresión que te llevas del negocio. A ver, los Pijos no somos muy aprensivos, pero estoy seguro de que hay gente por ahí que detalles como este ya hacen que pasen de largo.

Y en esas que, en medio del tercer ictus, sale del interior del bar un sujeto con un mullet tamaño king size (para los que no lo sepáis, el mullet es el peinado característico de los paletos norteamericanos, cortito de arriba y con cholacas por detrás), una versión ibérica del gran (lo de gran es irónico, claro) Billy Ray Cyrus. Sí hombre, el padre de la teen idol Miley Cyrus y, sobre todo, el ¿artista? que llevó hasta el número uno de las listas una de las canciones más infumables del siglo XX, el letal hit Achy breaky heart. Infumable siempre que no escuchéis, claro, la versión que hizo en castellano el ínclito Coyote Dax, aquel cagarro cósmico conocido como No rompas más (mi pobre corazón). Es tan nefasta, que hace que la del bueno de Billy Ray sea simplemente mala. Volviendo al señor del mullet, este dirigió sus pasos hacia mí. Creía que me iba a llamar la atención por hacer cachondeo de su iletrada tabla de tapas, pero qué va, nada más lejos de la realidad. Me soltó ¡Ná, aquí ponemoh lah tapillah y eso, pero ahora, como hemoh de poné loh barreñoh de birrah, pues tenemoh que cambial.las! Ante semejante discurso, no pude más que asentir. A continuación nos cobró, cerró el bar y se marcho con su familia a comer (?). ¿Cómorl? ¿Cierras tu negocio (un bar) para ir a comer? No lo habíamos visto nunca. Sabíamos que iban a comer por que nos lo dijo él mismo. A ver, el ferretero cierra para comer. Y el de la lavandería, el de la mercería, el del colmado... pero...¿el del bar? Son esas cosas que los de ciudad no entendemos, al igual, sin ir más lejos, que lo de no recoger los vasos de nuestras cervezas antes de cerrar el negocio. Ahí se quedaron, encima de la mesa. En Barcelona, seguramente, serían sustraídos (o destrozados) en poco más de tres décimas de segundo. Pero en Vilafranca, al parecer, no. Como en Noruega, que dejas tu bici apoyada en un árbol y cuando vuelves, tres horas después, todavía está allí. O eso dicen.

¡Al rico menú!

Como ya os he dicho un poco más arriba, El Cigró d'Or era una vieja asignatura pendiente. Lo conocí a través de una muy elogiosa crítica de mi siempre admirado Pau Arenós. Por aquel entonces, estaba situado en la población de Gelida, pero por motivos que ahora mismo no recuerdo, se mudó unos años después al piso de arriba del mercado de abastos de Vilafranca del Penedès. Según el propio Arenós, el traslado le sentó de fábula a la propuesta de Oriol Llavina, puesto que desde entonces llenaba a diario para comer (y para cenar, si bien abren por la noche únicamente los fines de semana) y el nivel de la cocina no había hecho sino aumentar. Por eso, cuando tuve que escoger cuál sería la primera etapa del Gargantuan Tour, la correspondiente a la provincia de Barcelona, no tuve ninguna duda. De hecho, fue el único de los cuatro restaurantes que no tuvo que competir con otras propuestas.

Tras el episodio del bar, entramos en el mercado y subimos la escalera, que queda a la izquierda. Vas a parar a una puerta con un ojo de buey. Cuando la abres, ya estás dentro del restaurante, un espacio de tamaño medio, muy luminoso, de techo alto, con una barra a la izquierda (donde también sirven comidas), la cocina al otro lado de la barra, totalmente a la vista (dando la cara, sí señor: confianza a tope) y el comedor propiamente dicho a la derecha, con unas diez o doce mesas ordenadas más o menos como un reloj y un par de mesas redondas en medio. Olvidé decir que nada más entrar hay otro comedor pequeñito, pero parece (bueno, de hecho lo es) un reservado.

Cuando llegamos a la altura de la barra, el propio Oriol nos dio la bienvenida (dato a tener en cuenta: está literalmente al frente del negocio) y dio instrucciones a uno de los camareros para que nos preparara la mesa. Como teníamos reserva, nos sentaron en la mejor mesa, justo una de la que estaban junto a los ventanales. Había un señor sentado en ella pero, con buen criterio, le preguntaron si no le importaba sentarse en otra mesa. El señor, muy educado, no tuvo ningún inconveniente. Aunque los Pijos, hubieran hecho lo mismo en una situación similar, no tenía por qué hacerlo. Desde aquí le damos las gracias, señor. Una vez sentados, sorpresón al canto: tenían menú de mediodía y valía...¡¡12,50 euros!! ¡IVA incluido, señores! Yo había calculado unos 30 ecus por cabeza y mira tú, por ese importe íbamos a comer los dos.

Tras echarle una ojeada al menú (y más después de haberlo disfrutado) comprendí porqué el local estaba lleno a los pocos minutos (barra y reservado incluidos): una propuesta como esa y, sobre todo, a ese precio, no se ve todos los días, por lo que la gente viene en tromba al Cigró (ahora también entiendo porqué no había nadie por la calle, ¡estaban todos aquí!). El menú constaba de cuatro primeros, cuatro segundos y tres postres, a saber: ensalada con crujiente de cabra, macarrones a la carbonara de trompetas de la muerte, crema de patata ahumada con huevo escalfado y gambas de Vilanova salteadas como primeros, bacalao a la empordanesa, codillo al horno, pollo al limón y entrecot de ternera como segundos y naranja al cava, helado y coca de anís de postre. Ah, las gambas y el entrecot llevaban un suplemento de seis euros (si no los cobran es directamente para ponerles un monumento). Ah, también tienen un menú-degustación por 25 lereles (impuestos incluidos) muy, pero que muy interesante, que consistía en un aperitivo (ni idea de lo que era), canelones crujientes con bechamel de fuagrás, arroz de pescado, cordero cocido al vacío y mandarina con chocolate. Ambos nos decantamos por el menú de 12,50, pero no por el precio (que también), sino porque los menús-degustación suelen hacérsenos un poco largos.

Tras varios minutos de dudas, la Pija mayor se decantó por la crema (casi llora: estaba absolutamente deliciosa) y por el codillo (que-te-cagas, en una primera impresión; sabroso y tierno, ya más calmada). Yo, por mi parte, por los macarrones (de los mejores que he comido en mi vida, p'a llorar) y el bacalao (muy bueno. No está a la altura del de Chicoa, pero se le acerca). De postre, naranja al cava para los dos. Muy buena, fruta de calidad con la cantidad justa de alcohol. Y para beber, redoble de tambores... ¡vino para los dos! En esta ocasión me trinqué una copichuela de vino blanco del Penedès (tinto el de mi señora), el cual estaba muy bueno (lo siento, no puedo daros datos como la cosecha, el bouquet y todas esas cosas raras de las que habláis los amantes de los vinos. Estaba bueno ¡y punto!).

Tras el magnífico ágape, era de recibo transmitir a Oriol que nos había gustado muchísimo. Por eso, cuando lo vimos pulular por ahí, le felicitamos de todo corazón. Tras agradecernos los elogios, nos dijo que si volvíamos (cosa que haremos, sin duda alguna) vengamos temprano y que aprovechemos la mañana para visitar castillos o para hacer una excursión por las cavas de Sant Sadurní. Pedimos un par de cafés y, a continuación, nos dirigimos hacia la barra para pagar la cuenta, la cual ascendió a 27,20 euros. Como se decía antiguamente, más barato que en Andorra. En Barcelona, ni de coña comes un menú así por este precio. Es más, he comido muchos bastante peores por más dinero. Oriol, eres un tío grande.

Love train!!


Después de salir del Cigró, fuimos a dar una vuelta y la cosa, en cuanto a público se refiere, no había cambiado demasiado respecto a unas horas antes, las calles seguían desiertas. Pues nada, un par de fotos i cap a l'estació. Al contrario que el trayecto de ida, el de vuelta no se me hizo nada pesado, y más, teniendo en cuenta que a medio camino subirían al convoy dos chavales que le pusieron la guinda a una magnífica jornada gastronómica. Los sujetos en cuestión, Marc Hernández i el Negro Garrofer (así se presentaron) son un par de entrañables raperos del Penedès que, armados con un ampli conectado a un Ipod y un micro (¿o eran dos?), amenizan los viajes de la linea R-4 a base de rimas a toda velocidad. Los Pijos no somos muy amantes del hip-hop que digamos (a mi me sacas de los Beastie Boys y de Public Enemy y me duermo), pero la verdad es que el tema que nos cantaron (o que nos recitaron, mejor dicho) estaba muy bien, muy divertido. Cuando acabaron, dieron las gracias a todo el mundo por la atención prestada (a ritmo del Bad de Michael Jackson) y pasaron el sombrero, no sin antes advertirnos de que bajo ningún concepto debíamos dejar de sonreír al levantarnos por la mañana y, sobre todo, de que nunca-nunca debíamos dejar de soñar. Ante un discurso tan positivo y lleno de buenas vibraciones, los Pijos les soltaron un par de euritos, dándoles las gracias por ese ratito tan guay que nos habían hecho pasar. Chicos, aquí tenéis, desde ya, un par de fans. ¡Nos vemos en nuestro próximo Cigró!


El Cigró d'Or
Plaça de l'oli 1
Vilafranca del Penedès (Barcelona)
Tel. 938.905.609



jueves, 14 de marzo de 2013

CAL GANXO


Me sucede todos los años. Uno tras otro. Es llegar la última semana de enero y no poder dejar de pensar en otra cosa. ¿Y por qué a finales de enero, os preguntaréis? Muy sencillo, queridos pijos y pijas: ¡comienza la temporada de calçots! Aunque con los años (y sobre todo, a medida que se han ido popularizando entre los habitantes de la metrópolis) las primeras calçotades tienen lugar allá por el mes de noviembre, no es hasta la última semana de enero que comienza oficialmente la temporada con la Gran Festa de la Calçotada de Valls (Tarragona). A partir de ese momento, el Pijo mayor se pone manos a la obra y no para hasta fijar el día en el que el comando Pijo se pondrá los baberos. Digo lo de comando porque las calçotades son una de las dos cosas en la vida que hay que hacer sí o sí en grupo. La otra, por supuesto, es ver Aterriza como puedas.

No os creáis que soy un experto en esto de las calçotades. De hecho, mi primer encuentro serio con los cebollinos y la salsa romesco tuvo lugar hace poco menos de diez años, ya en mi treintena. Fue en un restaurante del Montseny, creo recordar. Me gustaron, pero tampoco me entusiasmaron, la verdad. El entorno, qué queréis que os diga, tampoco ayudaba. Era más bien un bar de comidas con un comedor atestado de familias. Y los que me conocéis, ya sabéis que ese ambiente, el familiar, me encanta: estrecheces, gritos, niños, humo (bueno, eso ya no, afortunadamente)... Después de aquella jornada de lo más olvidable, lo tenía claro: no volvería a ir de calçotada si no se daban un mínimo de tres condiciones in-ne-go-cia-bles. A saber:

  • El entorno: si los calçots son originarios de la comarca del Alt Camp, a poco más de cien kilómetros de Barcelona, ciudad en la que resido, ¿tiene sentido irse de calçotada a un bar de comidas del Montseny? La respuesta está clara: ¡NO! Quiero comérmelos en el campo, ¡en el mismo epicentro del cebollino! ¡Allá donde saben de qué va esto!
  • El restaurante: Esta es consecuencia de la anterior. Si hay que comer en plena naturaleza, las opciones se reducen a dos: al aire libre o en una masia. Y como por esta época suele hacer fresquito por la zona, gana por goleada la masia.
  • El momento: Entre semana, sin familias ni niños. Más anchos y más tranquilos.

Más de uno dirá que lo del entorno es una tontería y que no hay que irse tan lejos para calzarse unos buenos calçots. Y quizás tengáis razón. Si la materia prima es de calidad y tienes el equipo y la cocina adecuados, ¿por qué carajo no van a estar buenos? Pero una vez has comido en Cal Ganxo, os puedo asegurar que los 110 kilómetros que separan mi domicilio de este templo calçotaire no significan absolutamente nada.


Los que sí que saben

Lo tuve claro desde el principio. Si quería comerme los mejores calçots en el mejor entorno posible debía dirigir mis pasos hacía la comarca del Alt Camp. Ya, pero...¿dónde? Será que no hay restaurantes y masias por esa zona dedicadas en cuerpo y alma al cebollino... Fácil: pregunta a los que saben. Y no hay gente más sabia que los proveedores de la empresa donde trabajo, auténticos currelas que conocen palmo a palmo la zona por la que se mueven habitualmente. Y así lo hice. Hace exactamente siete años llamé a nuestro hombre en Valls y le pregunté Escolta, saps d'algun lloc que estigui bé per fer una calçotada? ¹
  Su respuesta fue rápida y concisa: Cal Ganxo, no t'ho pensis ni dues vegades ².
La cosa, pues, estaba clara, ¿no?

Sin contar la que nos ocupa en esta entrada, los Pijos hemos disfrutado del arte de Cal Ganxo en tres ocasiones. La primera, en febrero de 2006, con nieve todavía en los márgenes de las carreteras, fue espectacular. Comimos de fábula. Y comimos mucho. Y cuando digo mucho es mucho. Yo salí de allí medio mareao, con ganas de irme a la cama inmediatamente para que mi estómago reposara un poco. Ah, no os lo había dicho: Cal Ganxo no está especialmente indicado para aquellas personas que tienen suficiente con una ensaladita y un poco de pollo a la plancha. No. Cal Ganxo es para los valientes, para aquellos que una vez se sientan a la mesa, lo dan todo y no hacen prisioneros. Pero no adelantemos acontecimientos...

Después de aquella primera visita, los Pijos repitieron en dos ocasiones más. Especialmente cómica fue la tercera, en la que a mi suegro, llevado por un (desconocido en él) espíritu aventurero, le dio por obviar la autopista AP-7 y volver a casa atravesando media Catalunya, obsequiándonos la vista con las bonitas entradas (y las no menos bellas salidas) de unas catorce poblaciones del Vendrell, el Garraf y el Baix Llobregat. Y para acabar, la guinda: ¿A alguien se le ocurre una forma mejor de rematar una comida opípara que con una buena sesión de curvas por las costas del Garraf? ¡A mí no, desde luego! Solo por el color pseudo-tísico que se le quedó a mi señora en pleno vaivén ¡ya valió la pena! Y es que mi suegro es de los que saben.

Somos gente con clase...

...y no nos juntamos con cualquiera. Eso es justo lo que pensé cuando el comando Pijo (formado en esta ocasión por Rubén, Marta, Juan, Lidia, Isaac y yo) llegamos hace unas semanas al aparcamiento de Cal Ganxo. Allí fuera, un poco apartado de los coches, había estacionado...¡un helicóptero! ¡Su p... madre! Estaba claro, no iba a llevar a mis colegas a un sitio cualquiera. Hacía ya un tiempo que en el trabajo nos rondaba la idea de salir de calçotada y yo me comprometí a llevarlos al mejor sitio que conocía para ello. Lo que no sabía es que también tenían clientes vip, mira tú.

Cal Ganxo es un restaurante que abre únicamente para comer -nada de cenas- entre los meses de noviembre y abril, es decir, coincidiendo con la temporada de calçots. Está situado en un pueblecito (bueno, quizás sería más adecuado calificarlo de aldea, apenas son cuatro casas mal contadas) llamado Masmolets, a pocos kilómetros de Valls. La masia es una preciosa casa solariega del siglo XVIII que ha sido reformada en su justa medida: una vez dentro, te da la impresión de que el tiempo se paró allí hace más de doscientos años.

Tras las pertinentes fotos al helicóptero (con postureo incluido) nos dirigimos a la entrada. Tras cruzar la puerta, entras en una especie de recibidor con unas brasas (a pleno rendimiento) a la derecha, uno de los comedores a la izquierda y en el centro, la entrada al comedor principal, que es donde teníamos nuestra mesa. Aunque era la cuarta vez que entraba en dicha estancia, me volvió a sorprender gratamente su ambiente cálido y acogedor, con mesas y sillas de madera maciza, una iluminación tenue (a base de lamparitas y velas) y una decoración más que correcta hecha a base de objetos antiguos. Y aunque estaba lleno (ojo: no era un fin de semana, dato a tener en cuenta) en ningún momento hubo gritos ni molestias de ningún tipo.

Desabrochando cinturones

En la mesa estaban esperándonos nuestros respectivos baberos -esenciales en una calçotada-, un par de porrones de vino tinto, un cuenquito de su estupenda salsa romesco para cada uno y un par de cestos con sendos panes de pagès ya cortados a rebanadas. Mucho cuidado con la salsa romesco de Cal Ganxo: crea adicción. Está tan buena que es tremendamente sencillo que se te vaya la olla y que antes de que llegue la carne ya te hayas jalado medio kilo de pan mojando a diestro y siniestro. Mi buen amigo Isaac dice que la salsa romesco que hace su señora está mejor, pero que esta está muy buena. No seré yo quien le lleve la contraria, pero hasta que no la pruebe, me quedo con la de Cal Ganxo.

El plan es sencillo. Un menú cerrado que consta de calçots a go-go, sin límite alguno, una parrillada de carne de segundo y postre. Una vez sentados todos en su sitio, con los baberos bien atados, ¡comienza el espectáculo!: los camareros van trayendo tejas y más tejas de calçots envueltos en papel de periódico. Están hechos como Dios manda y se nota, pues a partir de aquel momento la conversación que estábamos manteniendo sobre los posibles pasajeros del helicóptero (¿serían famosos?) se fue diluyendo en pocos instantes. Aunque el menú incluye calçots non-stop, paramos después de la quinta o sexta ronda, pues todavía faltaba más de medio ágape y no era cuestión de darlo todo tan al principio. Conozco gente que preferiría comer calçots y romesco hasta reventar y pasar de la habitual carne a la brasa de segundo, pero eso va a gustos. Yo me decanto por comer un poco de todo y no centrarme únicamente en los cebollinos... pero para eso hay que tener un poco de sentido de la mesura y tener muy claro hasta donde puedes llegar con cada plato. Yo soy perro viejo y conozco mis límites, así que cuando ya llevaba unos treinta y cinco calçots dije basta y me quité el babero. Marta, Lidia e Isaac siguieron dándole a los cebollinos hasta sobrepasar con creces los sesenta (repetimos: ¡sesenta!), aunque Isaac es de buen comer y a él no le supuso ningún problema, cosa que no puede decirse de ellas dos (luego os explico).

A continuación, los camareros retiraron los baberos, los despojos, los cuenquitos y el mantel de papel que cubría el de tela (muy buena idea esta: es tal la cantidad de brasas e hilachos que salen disparados que si no lo pusieran dejarían la mesa hecha una pocilga para el resto de la comida) y comenzaron a traer la guarnición de la parrillada, dos platos bien hermosos llenos de mongetes, una alcachofa asada por cabeza y un butifarrot negro para cada uno. Pintaza, señores, ¡pintaza! Un par de minutos después llegó el turno de la carne, que traían sobre un par de cazuelas con sus propias brasas candentes debajo y una rejilla encima. Cada cazuela constaba de tres raciones que incluían cada una una butifarra, una mitjana y una costilla de cordero. Ah, y all i oli, ¡mucho all i oli! La carne estaba simplemente deliciosa, todos coincidimos en ello. Para beber, por cierto, trajeron un par de botellas de cava de la casa. Muy bueno también.

A estas alturas, quien más o quien menos ya estaba un poco llenito. El Pijo mayor estaba especialmente contento, pues gracias a una buena dosificación todavía tenía espacio en el buche para el postre. Antiguamente, te servían un plato ¡sopero! de crema catalana y un par de naranjas ¡para cada uno! Ahora se han moderado y se limitan a traer un par de platos con naranja a rodajas y otros dos platos (sí, soperos) de crema catalana, todos para compartir. Mejor así, la verdad.

Yellow is the colour

Cuando vas de calçotada, es relativamente fácil saber quién va peor a nivel gástrico, ¡tan solo hay que fijarse en quién se pide un té! Y Marta y Lidia estaban entre las más perjudicadas. De hecho, el color de su piel había mutado hacia la misma tonalidad pseudo-tísica de mi señora unos años antes. Pero tampoco hay que darle mucha importancia, pues si es la primera vez que vienes es muy fácil que la gula te engañe y acabes empachado. Yo acabé exactamente igual (¡o peor!) la primera vez que fui.

La cuenta salió por 242 euros, es decir, a unos 40 euros por barba. A todos nos pareció bien teniendo en cuenta el entorno, el servicio (super-atento y muy simpático) y, sobre todo, lo bien, lo jodidamente bien que habíamos comido. Insuperable.

Zzzzzzzzz....

Tras abonar la cuenta, nos levantamos y salimos a dar una vueltecita por la aldea, más que nada para que nos bajara un poco toda la manduca ingerida. Cuando estábamos a la altura de la iglesia, oímos cómo el helicóptero que habíamos visto a la entrada se elevaba en pocos segundos y marchaba de allá a toda leche. Qué rabia, ¡nos quedamos sin saber quién iba en él! A medida que nos alejábamos de Masmolets pensamos en lo que molaría ir montados en él y llegar a casa en pocos minutos. Y si tenemos en cuenta la letal sesión de La Oreja de Van Gogh con la que tuvieron a bien obsequiarnos Juan (por poner el disco) y Marta (por berrear sus canciones) durante la mayor parte del viaje de vuelta, más todavía, ¡mucho más! Yo ya no vuelvo a salir de calçotada si no es en helicóptero, ¡que lo sepáis!

Cal Ganxo
c/ de la Font 9
Masmolets – Valls (Tarragona)
Tel. 977.605.960
www.calganxo.com/


¹
Oye, ¿sabes de algún sitio que esté bien para hacer una calçotada?
 
²

Cal Ganxo, no te lo pienses dos veces