jueves, 14 de febrero de 2013

RINCÓN PERSA



Irán... Cuando era pequeño, las únicas cosas que sabía de Irán eran que se trataba de un país árabe, que siempre estaba en guerra con su vecina Irak y que lo gobernaba un señor que daba mucho miedito, el ayatollah Jomeini. Y no sería hasta muchos años después que comencé a situarlo en el mapa -la geografía, mi eterna asignatura pendiente- y a enterarme que de árabes, nada. Eran persas, y su cultura, una de las más antiguas -y fascinantes- de la historia de la humanidad. ¿Y sabéis cómo averigüé todo ello? Pues gracias a un cómic, un GRAN cómic. Muchos de vosotros lo habréis leído, estoy seguro. Se llama Persépolis y lo escribió y dibujó una artista iraní llamada Marjane Satrapi. Se trata de una historia autobiográfica escrita en primera persona, en la que la autora relata, con un estilo sencillo y directo, en blanco y negro, los instantes previos a la revolución integrista que consiguió derrocar al Sha de Persia para instaurar una nefasta teocracia que todavía sigue ahí, periodo que coincide con el final de su niñez y el inicio de la adolescencia. Si no lo habéis leído, ya tardáis en hacerlo. Consta de cuatro álbumes, pero Norma Cómics lo editó hace un tiempo en un único tomo en tapa dura. Desde el día en que lo leí por primera vez -bueno, devoré sería un término mucho más preciso-, mi interés por la cultura persa creció exponencialmente, de ahí que, al pasear un día por mi barrio y darme de bruces con un restaurante llamado Rincón Persa, ir a probarlo se convirtiera en prioridad Pija. Y así fue.


...y con ustedes, ¡Georges Corraface!

Mi señora y yo hemos comido en unas cuantas ocasiones en el Rincón Persa (ella más que yo: no sabéis la de veces que ha llevado a sus amigos), pero si me tengo que quedar con una en concreto, fue aquella en la que hablamos largo y tendido con el dueño. Bueno, hablar-hablar, lo que se dice hablar, solo habló él: ¡menudo speech! Pero valió la pena, valió mucho la pena. De hecho, era la primera vez (y hasta el momento, la única) que hablaba con un persa. Durante cerca de una hora, mientras nos tomábamos uno de sus deliciosos tés verdes, nos estuvo contando un montón de cosas sobre su país, sobre su cultura y, cómo no, sobre su magnífica gastronomía. Entre otras cosas, nos dijo que la imagen que dan los medios sobre su país está muy distorsionada y que si lo visitábamos nos llevaríamos una sorpresa muy agradable, pues la mayoría de sus habitantes, al parecer, pasan bastante de los curas, del impresentable Ahmadineyad y de todas esas historias chungas del mundo integrista. Imaginad lo que nos impactó su relato que incluso nos planteamos muy seriamente viajar a Irán al año siguiente, pero entre el precio del vuelo (es caro de cojones) y las historias que leímos en varios blogs de viajeros sobre lo simpáticos que eran los guardianes de la fe del régimen iraní, acabamos por desistir. En cualquier caso, cada vez que vamos nos acordamos de aquel señor que, según mi señora, ya no es el dueño, y que se parecía una barbaridad al actor Georges Corraface. Sí, sí, exacto, el protagonista de La pasión turca. Clavao, os lo juro, ¡clavao!


Las berenjenas

Los Pijos (y sobre todo el Pijo mayor, o sea, yo) suelen ir a tiro fijo allá donde saben que van a comer como los señores. Así es: en todos y cada uno de los restaurantes que han salido (y que saldrán) en este, vuestro blog, siempre hay un plato fetiche, un plato que, pidamos lo que pidamos, no puede faltar en nuestra comanda. Por eso, cada vez que bajamos los tres o cuatro escalones que van a parar al comedor principal y nos sentamos en nuestra mesa, tenemos claro que el Kashk o Badenyún caerá sí o sí. Pero no adelantemos acontecimientos.

La decoración es quizás (bueno, quizás no, seguro) el único punto flojo del Rincón Persa. Es la típica decoración que tenían los restaurantes digamos exóticos allá por los 80, cuando la mayoría de ellos intentaban, con mayor o menor fortuna, reproducir en sus negocios la supuesta estética o ambiente de sus países de origen. Por aquel entonces molaría, supongo, pero ahora, la verdad, en un mundo tan y tan globalizado, resulta un pelín rancia, muy demodé. Y hasta aquí lo malo. A partir de este momento, todo es bueno, muy bueno o mejor. Comenzando por la carta. Se divide en cinco apartados, a saber, entrantes y acompañamientos, polós (especialidades de arroz), los chelo kabab (asados acompañados de arroz basmati), los cheló khoresh (estofados, acompañados también con arroz basmati) y, finalmente, los platos vegetarianos. Ah, me olvidaba, como no podría ser de otra forma, tienen caviar auténtico, nada de sucedáneos, pero su prohibitivo precio (entre los 135 y los 250 euros) está muy fuera del alcance del bolsillo Pijo (y del bolsillo de cualquiera, vamos), por lo que si alguno de vosotros tiene la fortuna de probarlo, ya nos contará qué tal estaba.

En nuestra última incursión (de hace apenas una semana), los Pijos se decantaron, a parte de las ya habituales cervezas) por el anteriormente citado (y siempre delicioso) Kashk o Badenyún (una pasta hecha a base de berenjenas, cebolla, nueces y queso curado persa), Kufteh (albóndigas de carne, garbanzos, pasas y especias) y pan persa (una especie de torta fina) como entrantes para compartir. Cuidado con ambos platos: ¡son altamente adictivos! Y a la que te lías a mojar pan, es un no parar que puede dejarte saciado antes de que lleguen los platos principales. En esta ocasión fueron un plato de Yuyeh Kabab para mi señora (una brocheta de pollo macerado en azafrán y aceite de oliva) y un Taskabab para mi (un estofado de verduras). Como los dos platos van acompañados de arroz basmati, optaron (muy buena idea) por traernos el arroz en un único recipiente a colocar en el centro. Los dos platos estaban exquisitos, pero el arroz merece una mención especial: estaba de-li-cio-so. Como podéis observar en la foto adjunta, nos sirvieron un bandejote con tres aderezos diferentes; con naranja, con limón y con cáscaras de granada (mi favorito, sin duda alguna). Hemos probado muchos platos más de la carta y no hay ninguno (repito: ninguno) que baje del 7 en una hipotética escala del 1 al 10. Palabra.

Tea time!

Yo nunca he sido mucho de té, siempre me ha tirado más el café, pero desde hace un par de visitas he sucumbido al poder de su té con menta fresca: está increíblemente bueno y, además, nada de piscinas de medio litro, no, un vaso cortito y estrecho con una hojita de menta. Desde que lo probé, no me preocupa meterme entre pecho y espalda media carta, sé que el té siempre estará ahí para ayudarme en mis momentos más bajos (gástricamente hablando, quiero decir).

La factura ascendió a 46,80 euros, poco más de 23 euros por cabeza. A nosotros nos parece, para lo bien que se come, un precio de lo más ajustado. De eso precisamente hablábamos justo cuando nos íbamos, prometiéndonos que la próxima vez procuraríamos ir un viernes o un sábado noche, pues en esas dos veladas hay ¡danza del vientre! ¡Sí! A mí, la verdad, me da un poco de cosica, porque soy algo tímido y me da miedo que me saquen a bailar o algo, pero tengo que reconocer que me pica la curiosidad. Al fin y al cabo, es cultura persa. Y eso, me interesa.



Rincón Persa
c/ Floridablanca 85
Barcelona
Tel. 934. 255.996



martes, 15 de enero de 2013

SAGÀS


Los que seguís este humilde blog recordaréis la entrada que le dediqué hace unos meses a la hamburguesería La Burg, en la cual hice una encendida defensa de las hamburguesas, entendidas estas como un rico manjar que, en las manos adecuadas, puede mirar de tú a tú al plato más sofisticado del restaurante de más relumbrón. Pues bien, la entrada de hoy va un poco en la misma onda reivindicativa. De hecho, me centraré en algo prácticamente idéntico, pero con una pequeña diferencia: si en aquella ocasión defendí a la hamburguesa del ninguneo al que se la había sometido durante años, esta vez el Pijo mayor fija su mirada en el padre (y la madre) de la hamburguesa, ese género que nace a partir del enfrentamiento directo entre dos trozos de pan con un árbitro en medio en forma de carne, pescado y/o vegetal. Estoy hablando, por supuesto, del bocadillo.

Pan con pan, comida de tontos


En mi casa, cuando era pequeño, este dicho estaba a la orden del día. Supongo que el motivo de su popularidad entre las paredes de nuestro hogar se debía a que los bocadillos eran una parte esencial de nuestra dieta. Si echo la vista atrás, no logro recordar otro desayuno (en casa y/o en el colegio) que no fuera un bocadillo. Fruta, cereales, tostadas... Bah, ¡donde esté un buen cacho'pan con algo en medio, que se quiten esas mariconadas! Ahora no pienso así (¡afortunadamente!), pero si entonces me hubieran cambiado mi desayuno por cualquiera de esas opciones seguramente hubiera pensado que querían matarme de hambre.



Y es que el bocadillo (con embutido, con Nutella, con sardinas, con queso, con hortalizas, con carne, ¡con lo que sea!) es algo muy nuestro. A ver, en casi todo occidente se consumen de forma habitual, pero no es sino en España donde el bocata tiene categoría de alimento básico, imprescindible para que los niños crezcan fuertes y sanos. Y también está especialmente indicado para los que tienen prisa y quieren comer rápido, para los que no tienen un duro, para los vagos, para los que no saben cocinar, para los que quedan con los amigos para tomar algo y, ya de paso, cenan fuera.... Pero... un momento. Si a todos (o a casi todos) nos gustan, si tan ricos están, si tantos entuertos culinarios solucionan... ¿Por qué al bocadillo nunca se le ha tomado realmente en serio? ¿Sabéis de lo que estoy hablando, verdad? Si vais a comer o a cenar fuera, comerse un bocata hace referencia a todo lo que he citado unas lineas más arriba, pero nunca, ¡nunca!, a un ágape de nivel, a una cena de categoría. Si queréis convencer a vuestro interlocutor de lo contrario, tenéis todos los números para que, con una mirada condescendiente, os respondan que sí, que podrá estar muy bueno y lo que tú quieras, pero que no deja de ser un bocadillo. Y que ante un plato de cuchara, cuchillo y tenedor no tiene nada-nada que hacer. Pues no señor, no estoy de acuerdo. Soy consciente de que quizás nunca haya un Celler de Can Roca de los bocatas, pero la alta gastronomía no debería estar reñida con ellos. Y en Barcelona, por lo menos, no lo está. Sagàs es la prueba.


Un paseíco

Así es, amiguitos. Si en Barcelona se reivindicó la hamburguesa de altos vuelos, con los bocatas ha pasado, afortunadamente, tres cuartos de lo mismo. Y eso se lo debemos a Oriol Rovira y a su fantástico equipo. Desde hace un par de años, el Sagàs (con el permiso ¡obligatorio! del Passadís d'en Pep) es el faro que ilumina la plaza del Pla de Palau. Lo conocí (y van...) de la mano de mi admirado Pau Arenós, que en una de sus magníficas crónicas gastronómicas para El Periódico de Catalunya, tuvo a bien hablar de él poco después de abrir. Que yo recuerde, lo puso bastante bien, pero ello no garantizaba al 100% que los Pijos nos dejáramos caer por allí. Nuestra particular wish-list es muuuy extensa y el presupuesto exiguo, así que hay que hilar muy fino y escoger con mucho cuidado dónde nos dejamos los dineros. Cuando se produce una disyuntiva de estas en el seno del Pijismo, la solución está clara: inspección ocular. Y como no está muy lejos de casa, pues ná, a dar una vuelta con la bici y, de paso, otear el panorama.

Yo aquí sí que entro

Una vez le preguntaron al gran Luis Buñuel por qué había titulado una de sus películas con el nombre de El ángel exterminador si en toda la obra no salía ningún ángel. Y menos, exterminador. Respondió algo así como que una película con un título como ese llamaría la atención del espectador potencial y le empujaría al interior del cine. Pues con el Sagàs sucede algo similar. No por el nombre del negocio, sino por el sorprendente espacio que te encuentras al asomarte desde la calle. Es de aquellos lugares a los que mi padre se refiere con su ya mítico se ve curioso. Que invita a entrar, vamos.

En la puerta hay un par de grandes toneles a cada lado, como las bodegas de toda la vida. Ya dentro, domina la estancia una larguísima barra, situada a la izquierda. Al final de la misma, un pequeño descansillo con cuatro mesas de dos comensales cada una. Y al final, un comedor (la sala Sagàs) con una gran mesa alta y taburetes. Las paredes (¡y el techo!) están repletas de pósters de estética retro que hacen referencia a la mayoría de platos de la carta así como de fotos del pueblo de Sagàs y de su entorno. Porque Oriol Rovira, su chef y propietario, es también el cocinero de Els Casals de Sagàs, un hotel-restaurante (con una estrella Michelin) situado en dicha población de la comarca del Berguedà, de donde es originaria su familia y de donde provienen la mayor parte de ingredientes que utiliza en ambas cocinas, tanto en la del pueblo como en la de Barcelona. Las verduras, las hortalizas, los lácteos, los embutidos, el pan... Ese plan casi autárquico, sumado a la luz natural que llena toda la estancia y a la simpatía que derrocha su servicio, hacen del Sagàs un must en toda regla. Y el buen hacer de Oriol en la cocina, por descontado.


Rockin' all over the world

La carta del Sagàs comprende tres grandes bloques. El primero, Orígens, se centra en los bocadillos, podríamos decir, de aquí, els nostres, los cuales se clasifican según su principal materia prima, a saber, los de cerdo (Llonganissa de Cal Rovira, Porchetta, Botifarra del Perol...), ave (pintada en escabetx), vaca (Cua, Llengua, cecina...) y los de La terra (Formatge de cabra, Agromix). El segundo gran bloque se llama Món y engloba las propuestas más globales, esto es, bocadillos de origen foráneo preparados al estilo Sagàs. Aquí encontramos las hamburguesas, el frankfurt, el bocata de sardinas ahumadas (típico de Sicilia), el Bun de cerdo (originario de Shanghai y perfeccionado en Nueva York) y el Bánh Mì (vietnamita con reminiscencias coloniales francesas). El tercer y último apartado es el Festivals, que incluye un viaje a México con el Chicharrón (este pica, lo pone en la carta) y otro al este de Asia con el Bo Ssäm (una reinterpretación del original coreano). Completan la oferta tres ensaladas, las patatas rosses (tubérculos de variedad agria y fritas ¡con piel y todo!) y sus fantásticas patatas bravas. Repasando su página web, observo que también tienen menús para grupos, entre ellos un menú-degustación que tiene muy-muy buena pinta.

Entre nuestras visitas conjuntas, la que hicimos con mis suegros y las que ha hecho mi señora con diferentes amistades, habremos ido al Sagàs en una decena larga de ocasiones. Nos hemos pedido casi toda la carta, pero como esta va mutando cada cierto tiempo, siempre hay nuevas propuestas en lista de espera. El nivel de la misma es muy alto pero, siendo sinceros, eliminaríamos de ella el frankfurt, bastante flojo, la verdad. Los puedes comer mejores (y más baratos) en muchos sitios. El resto, de diez (o casi). Respecto a nuestra penúltima visita, ha desaparecido del menú de acompañamientos la exquisita tortilla de patatas (babeuse, muy poco hecha, como les gusta a los Pijos), si bien sobrevive (¡menos mal!) en bocadillo. Y en la última, de hace menos de una semana, el matrimonio Pijo se pidió unas patatas bravas (buenísimas, con una salsa en su punto de pincante. El único pero es que la ración resulta algo escasa, máxime cuando te cobran seis euracos por ella, pero aún así son fijas en todas y cada una de nuestras visitas), un bocata de butifarra del Perol (exquisita, rellena de bolets de l'Empordà y con un pan que se deshacía) y una Porchetta, un delicioso bocadillo de cerdo asado y aliñado con su propio jugo. El bebercio consistió en una cerveza sin alcohol para mi señora y una Coca-Cola para mí, y el postre... bueno, el postre decidimos dejarlo para otra ocasión, no nos cabía nada más. Rematamos la faena con un par de cafés (acompañados de sendas trufitas de chocolate, cortesía de la casa).

El importe del ágape ascendió a 36,40 euros, 18 ecus por barba. Cierto, no es barato, pero tampoco es excesivamente caro. La propuesta, creedme, bien lo vale. De todas formas, si queréis ahorraros un dinerillo, tened en cuenta que también funciona como take-away, así que tanto la bebida, como los postres y el café los podéis poner vosotros.


A mí no me sale igual

Cada vez que comemos en el Sagàs, mi señora y yo repetimos la misma cantinela: Aquí tengo que traer al tal o A ver si un día venimos con este y el otro, o... Nos encantaría comer aquí más a menudo pero, como ya dije al principio, el presupuesto Pijo es el que es y hay que dosificar las visitas. De hecho, mejor, así la próxima vez vendremos todavía con más ganas. Y, mientras tanto, siempre podemos prepararnos un bocata en casa, ¡que bien buenos que están!


Sagàs
Plaça Pla de Palau 13
Barcelona
Tel. 933.102.434



P.d.

Casi me olvido: una vez has hecho tu pedido, te traen un cuenquito con una toallita caliente enrollada dentro, para que te laves las manos sin tener que levantarte de la mesa. ¡Aaah, me encantan estas puñetitas! 

martes, 11 de diciembre de 2012

CUMPLEAÑOS TOTAL (3ª Y ÚLTIMA PARTE: EL EMBRUJO)


Es de bien nacido ser agradecido. Aunque el gran número de ingratos que pululan por ahí podría indicar lo contrario, el mundo está lleno de gente agradecida. Y es que dar las gracias no cuesta nada, creedme. Yo, sin ir más lejos, aprovechando esta oportunidad que me brindo a mí mismo de expresarme en mi propio blog, agradezco a mi señora su presencia a mi lado todos estos años, puesto que gran parte de mis virtudes -que las tengo- se las debo a ella. A ver, no es que antes de conocernos fuera un auténtico desastre, pero desde que nuestras vidas se cruzaron creo que he evolucionado como persona. Poco o mucho, pero he evolucionado. Os pondré un ejemplo, el cual me va a ir de perlas para introducir la entrada de hoy: de unos años para acá, he aprendido lo que es la mesura, sobre todo a la hora de alimentarse. Hasta no hace demasiado, el Pijo Mayor desconocía el significado de la palabra control aplicada a la gastronomía, vulgo papeo. ¿McDonald's más bollería industrial? ¡Ningún problema! ¿Para qué comerse un flan cuando puedes comerte dos? Si vas al mexicano, tráeme un burrito de cada, nachos con guacamole y una enchilada. En la nevera, ¡que no falten las Coca-Colas! Ejemplos pillados al vuelo, pero reales todos ellos. Fuera por ansiedad o por simple gula, estaba envuelto en una interminable vorágine de excesos grasientos, los cuales me estaban convirtiendo, poco a poco, pero sin pausa, en un barrigón con piernas. Pero apareció ella y, sin darme cuenta, también poco a poco, me vi imitando la mayoría de sus hábitos alimenticios. Los tiempos de excesos quedaron atrás, afortunadamente, y ahora mi cuerpo, aunque quede un poco (y un mucho también) cursi, se ha vuelto sabio. Pero eso tiene una contrapartida: esa sabiduría tiene unos mecanismos de defensa y, sobre todo, de aviso, muy poco... flexibles.

Cambio de planes

Los que leísteis la última entrada, recordaréis que acabó con un buen siestorro tras el magnífico almuerzo en la Venta de Vargas. El plan para la tarde/noche era salir a tomar una tapita e irse a la cama, pues al día siguiente ya teníamos que volver a Barcelona. Pero no contábamos, al menos yo, que una llamada de teléfono lo cambiaría todo. Al poco de echarnos en la cama, sonó el móvil de mi señora. Era su prima María Eugenia. Nos propuso que hiciéramos las compras que teníamos pendientes por el centro de San Fernando y que, posteriormente, pasáramos a buscarla por su casa. De allí, iríamos a tomar algo a una taberna llamada El Embrujo, un sitio del que ya nos habían hablado (muy bien, por cierto) sus primos un par de días antes y del que, al parecer, eran asiduos. Solo cabían dos posibles respuestas a su propuesta: decir que sí... ¡o decir que sí!

¿Por qué grita?

Pasadas las ocho, pasamos a recoger a María Eugenia. Ya de camino a El Embrujo, nos dijo que a  lo largo de la velada se sumarían a nosotros su marido, Antonio, su hermano Jose y su cuñada Saluqui. Aunque ya nos habíamos visto el martes, tenían ganas de estar con su prima y su marido fuera del jolgorio familiar, para poder charlar con tranquilidad sin gritos y sin fútbol.

El Embrujo se encuentra en pleno centro de San Fernando. Los que ya hayáis estado allí (en San Fernando, me refiero) sabréis que, de por sí, es un lugar muy tranquilo, pero es que el entorno de El Embrujo no puede ser más adecuado, en una calle peatonal, estrechita y con una terraza que, con el buen tiempo que suele reinar en la isla, invita a relajarse y dejar los problemas en casa. No os puedo hacer una descripción del interior del local porque la verdad es que no llegamos a entrar, nos sentamos directamente en la terraza. Esta consta de unas tres o cuatro mesas alineadas en forma de pasillo. Se nota que se lo han currado, pues el mobiliario no es el típico guarro de chiringuito, con mesas y sillas de plástico patrocinadas por la marca de rigor, no, son de madera, ¡como Dios manda!

Una vez sentados, aparece desde el interior de la taberna un señor que saluda a mi prima política que: a) se parece al Cordobés y b) Grita mucho. Una vez volvió adentro, María Eugenia me explicó que se llamaba Carlos y que era el dueño del negocio. A lo largo de la velada, pude comprobar que se trataba de un señor muy atento (procuró que no nos faltara de nada) y muy cachondo (vamos, como la mayoría de isleños), siempre con un volumen de voz muy generoso.

Todo no puede ser

Antes de que llegara el resto de la tropa, María Eugenia nos propuso picar algo para acompañar las cervezas. Optamos por un plato de quesos de la provincia de Cádiz. ¿Ah, que en Cádiz hay quesos? Pues sí señor, ¡y muy buenos! La verdad es que después del atracón de apenas cinco horas antes en la Venta de Vargas, lo que menos me apetecía era llenar mi estómago de lactosa, la cual no me sienta especialmente bien en grandes cantidades. Pero, qué coño, de perdidos al río.

Cuando llegaron el resto de comensales, salió Carlos y nos cantó los platos que tenían esa noche. En ese preciso instante me entró la risa floja porque los cantaba, como se suele decir, a grito pelao: ¡¡Tengo carrillada!! ¡¡Tengo jamón, buenísimo!! ¡¡Huevos camperos!! En esos momentos me dieron ganas de levantarme y decirle ¡No grite, señor! ¡Que se va a quedar afónico! Después de este gran momentum, acordamos que iríamos pidiendo platos según nos apeteciera. Para beber, cayeron dos o tres botellas de vino, aunque yo seguí con mis cervezas (ya sabéis que yo no soy muy de vinos). Sin más dilación, vamos con el comercio:


Selección de quesos de Cádiz. Cuatro tipos distintos, unos más curados, otros menos, de oveja y de vaca, todos muuuy buenos. Y acompañados, por supuesto, por los omnipresentes picos. Si encontráis algún bar/taberna/restaurante de Andalucía donde no los sirvan, no os engañéis a vosotros mismos: no estáis en Andalucía.


Estoque de langostino con allioli. Un pincho de toda la vida a base de langostino (gaditano, naturalmente) envuelto en una loncha de tocino, pasado por la plancha y aderezado con un allioli muy suave. Entraba muy bien. Y sabía mejor.


Tagarninas esparragás. Mi plato favorito de la noche. Las tagarninas son una especie de espárragos trigueros, pero un poco más finos. Los hierven y los sirven con una majada (¡qué buenos los ajetes, por Dios!) y un huevo frito en el medio. Espectacular es poco.


Habitas con jamón. Una cazuelita que no tiene mucho secreto. Las habas estaban en su punto y mezcladas con el huevo frito (segundo de la noche) y el jamón, te daban ganas de gritar a los cuatro vientos lo maravillosa que puede ser la vida. Grande.


Hasta aquí serían los entrantes. ¿Pero no habíamos quedado en que pedíamos platillos, a secas? Me explico: me refiero a ellos como  entrantes porque a partir de ahora comienza lo serio, un subidón hasta las cimas de lo grasiento que deja en bragas la carrera armamentística de los 80 entre Ronald Reagan y sus numerosos adversarios soviéticos.


Codillo. Servido en salsa y con unas cuantas patatas fritas. Muy bueno, pedía mojar pan a gritos. Después de apurar la última gota de salsa, mi cuerpo me envió un primer mensaje de aviso: Pijo, ve con cuidaooo, que ya has comido muuucho. Ya os dije que se había vuelto muy sabio.


Carrillada. Las patatas (again), la salsa (again) y carne (again) sabrosísima. Se deshacía en la boca. No soy muy carnivoro, ya sabéis, pero los efluvios que salían del plato no hacían más que enviarme mensajes traducibles como ¡Cóoomemeeee, cóoomemeeee!. El problema es que estos mensajes eran interceptados por  mi organismo, el cual, en un muy hábil trabajo de contra-traducción, se encargó de recordarme que estaba a tope y que, de seguir así, esto no podía acabar bien.


Flamenquín cordobés. Típicos de la zona de Córdoba, los flamenquines son rollos de cerdo ibérico, rellenos (habitualmente) de jamón, rebozados en pan y, finalmente, fritos. Un plato... ligerito, vamos. Hacía años que no los comía (en Barcelona es muy difícil encontrar sitios donde los preparen) y, pese a lo precario de mi estado gástrico, me abalancé sobre ellos cual chucho hambriento. Estaban, como diría el primo Nacho, ¡pa' chillarles! La guarnición era un poco de mayonesa y ¡así es! ¡Patatas fritas! Tras tragar el último trocito de flamenquín bañado en mayonesa, mi estómago se puso serio y me lanzó un ultimátum: o te plantas o te planto yo.


Huevos camperos. El útimo plato de la noche fue la auténtica cerecita del pastel: un auténtico misil tierra-aire a base de huevos fritos (tercer y cuarto frito de la noche) acompañados de una guarnición que haría las delicias de cualquier nutricionista: chorizo frito, salchicha frita, pimiento frito y ¡naturalmente: patatas fritas! Mientras escribo estas lineas estoy echándole un vistazo a la foto de más arriba y, de verdad os lo digo, ahora mismo me comería cuatro platos como ese. Pero en el preciso instante en el que llegó a la mesa, comencé a sentir unas ligeras nauseas y se me planteó un amargo (¡amarguísimo!) dilema. Las opciones eran dos. La primera: dejar de comer de forma inmediata. Todo estaba buenísimo, pero después del banquetazo de la Venta de Vargas, mi estómago había dicho basta. Quedaría como un moña, está claro, pero mi cuerpo me lo agradecería. Y la segunda consistiría, llegados a este punto, en darlo todo: abrirme la camisa, respirar hondo, intentar disfrutar del plato, salir corriendo, vomitar y, ¡efectivamente, quedar igualmente como un moña!

Y es aquí donde aparece el sentido de la mesura que me inspiró mi señora. Hace unos años, no hubiera dudado ni un instante en tirarme al río y que fuera lo que Dios quiera. Pero ahora ya no. Mi aprehendida sabiduría gástrica me aconsejó retirarme y aceptar como mal menor una derrota honrosa. ¿Dije honrosa? Desde el momento en el que, tras preguntarme Antonio por qué no comía, dije que no podía más, la catarata de reproches (dichos de cachondeo, por supuesto) que me cayó encima fue de órdago: que si has comido muy poco, que mucho blog pero luego nada, que los de ciudad no aguantáis nada, que si... Me hubiera gustado verlos a ellos a ver cómo aguantaban una cena como esta apenas cinco horas después de salir de la Venta de Vargas. ¡Pues con mucho gusto y quedándose con hambre! Lo dicho: soy un moña.

Cubata time

Entre tirito y tirito por parte de mis primos políticos, fui recuperando el aliento. La fresca brisa que corría ayudaba lo suyo. Dentro del local, por cierto, había un cuadro flamenco armando un jaleo del copón. Aunque estábamos fuera, el follón se oía a tres manzanas de allá. Y en esto que apareció de nuevo el amigo Carlos para preguntar si queríamos un gin-tonic. María Eugenia ya nos había comentado anteriormente que nadie en todo San Fernando preparaba los gin-tonics como Carlos, al parecer un auténtico as a la hora de mezclar la ginebra, la tónica, los cubitos y los aderezos (que ahora no recuerdo) de su cosecha. Todos, menos yo, se pidieron uno. Y ello se tradujo, claro está, en una nuevo chaparrón: que si no bebes nada, que eso no te puede hacer daño, que el cubata te ayudará a hacer la digestión (¿¿cómorll??)... Mi señora me comenta que el gin-tonic estaba muy bueno, si bien no os podemos dar una descripción más acurada, puesto que ninguno de los dos solemos beber cubatas y no sabríamos ir más allá del si está bueno o no.

Asignatura pendiente

Antonio y Jose entraron de forma muy discreta a pagar la cuenta, con el consiguiente enfado de mi señora. No sabría deciros si fue caro o no, pues me olvidé de preguntarles a cuánto ascendió la cena. En cualquier caso, estaba todo tan bueno que todo lo que se pagó sería poco.

Cuando salimos de El Embrujo pasaban unos minutos de la una. Volvimos a casa de los titos caminando, acompañando a sus respectivos hogares a María Eugenia y a Antonio en primer lugar y a Jose y a Saluqui a continuación. Nos rogaron que volviéramos sin falta en primavera del año que viene, pues nos llevarían a un montón de sitios que nosotros, los Pijos, debíamos catar sí o sí. Y en una época en la que el calor y los mosquitos todavía te dan un respiro. Los Pijos recogieron el guante y dieron su palabra de que no tardarían en volver por tierras gaditanas. Y además, de verdad: el Pijo mayor tiene una cuenta pendiente que saldar. Me refiero, naturalmente, a los huevos camperos de El Embrujo. ¡He dicho!


Taberna El Embrujo

San Dimas 9

San Fernando (Cádiz)

646.228.242

www.facebook.com/elembrujo.taberna



P.d.

No podía cerrar la crónica sobre este maravilloso periplo gaditano sin agradecer el cariño que recibimos por parte de nuestra (ahora también mía) familia de la isla. José Adolfo, Marita, Tere,  María Eugenia, Antonio, Jose, Saluqui, Nacho, Ati, Willy, Manoli y sus respectivas descendencias: muchas gracias por querernos tanto y por hacer posible que durante cuatro días fuéramos la pareja más feliz del mundo. ¡Gracias de todo corazón!


martes, 6 de noviembre de 2012

CUMPLEAÑOS TOTAL (2ª PARTE: VENTA DE VARGAS)



¿A vosotros os gusta el flamenco? A mí no mucho, la verdad. Es una música que puede llegar a resultarme ligeramente bella, pero me aburre, me aburre muchísimo. De hecho, no la entiendo. Sí, lo sé, lo que acabo de decir es una gilipollez, pues la música no se entiende, la música (como cualquier  otra representación artística) te transmite algo o no. ¿Pero, verdad que me habéis entendido? Supongo que son muchos años de militancia pop: todo aquello que se sale del 4x4, del estribillo, del solo de guitarra y de las canciones de tres minutos es territorio sobrenatural para un servidor. Y para acabar de rematar la faena,  el único disco de flamenco que me gusta... no es estrictamente de flamenco. Se titula la La leyenda del tiempo y lo grabó hace más de treinta años un señor que se llamaba Camarón. Os suena, ¿no?


Volando voy...

Es curioso lo que me pasa con Camarón de la isla. Su obra, si exceptuamos el disco que cito más arriba, no me interesa lo más mínimo. Sin embargo, el propio Camarón, el personaje, me fascina. Puede parecer absurdo, pero estoy seguro de que a muchos de vosotros os pasa lo mismo, con él o con cualquier otro artista. Sus viajes, sus amigos, sus vicios, sus ilusiones, sus lugares... su vida, en suma, comenzó a interesarme poco después de escuchar por primera vez La leyenda del tiempo, esa obra incomprendida en su momento y que marcó un antes y un después en el devenir del flamenco. Durante los meses siguientes, pasé en numerosas ocasiones por la biblioteca para llevarme sus discos en préstamo. Tal como iba introduciéndolos en mi reproductor iban saliendo de uno en uno: la guitarra a palo seco de Paco de Lucía  no tenía nada que ver con el rollo progresivo de Alameda, las rumbas de Kiko Veneno o el sitar de Gualberto. Pero, a la vez que me iba quedando claro que nunca disfrutaría de esa música tan rara e impenetrable, la figura del cantaor de San Fernando me iba interesando más y más a medida que salía de su obra. Lo que yo os decía: absurdo.

Lo siguiente, por supuesto, fue leer su biografía. Un señor que había creado un disco tan guapo como La leyenda... debía de tener a la fuerza una vida interesante, ¿no? Me compré por cuatro duros en la Fnac una biografía suya, en edición de bolsillo. El libro no era gran cosa, para qué nos vamos a engañar, pero calmó con creces mi hambre de datos, fechas y lugares. Lugares... Había uno que me llamó mucho la atención. Era el lugar donde un chavalín de apenas ocho años llamado José Monge comenzó a cantar. Era el lugar donde todos los artistas flamencos que pasaban por San Fernando (o que vivían allí) paraban para comer, para beber, para tocar, para cantar y para bailar. Manolo Caracol, la Perla de Cádiz, Lola Flores, Antonio Mairena, etc. Todos ellos y muchísimos más pasearon su arte y su talento por una humilde venta de San Fernando llamada la Venta de Vargas.


Su (mi) regalo

Seguro que más de una vez (y más de dos) habéis regalado a alguien un regalo encubierto, esos presentes pensados para hacer feliz a una persona concreta...y de paso a vosotros mismos. ¿Quién no le ha regalado a su primo aquel disco que estabas deseando escuchar o aquel videojuego que tanto te molaba? Estos regalos son cojonudos, porque, por una parte, quedas genial, y por otra, te ahorras un dinerillo que podrás destinar a otros menesteres. Puede parecer un poco rastrero, pero los encubiertos están ahí, ¡son una realidad! Y el Pijo mayor, si tiene que tirar de ellos en alguna ocasión, tira y se acabó... como en esta ocasión.

Pues sí, amiguitos, cuando planeé este regalo, la visita a la Venta de Vargas ya estaba más que prevista. Teniendo en cuenta que no me pilla precisamente cerca de casa, aprovechar el viaje y comer allí eran uno. Por eso, cuando el tito José Adolfo nos dijo que había reservado mesa en la Venta para el penúltimo día de nuestro periplo gaditano, mi felicidad fue plena: ¡ya tenía mi encubierto!


Una cita con la Historia

Llegó el día señalado y nos dirigimos en coche para allá. Al volante, la tita Tere y en los otros asientos, el tito José Adolfo, la tita Marita, mi señora y yo. Una vez estacionado el coche, y mientras iban entrando, me entretuve unos instantes por los alrededores para hacer las fotos de rigor. Nada más traspasar la puerta, la primera sensación que tienes es de que se trata de un lugar especial, muy especial. Luego os explico. De frente, te encuentras con la barra y a mano izquierda, la entrada al comedor principal. La verdad es que si no has estado nunca antes (como yo), impresiona, pues se trata de una estancia bastante grande, muy luminosa, al estilo del típico patio andaluz (pero sin la fuente en medio) y un techo altísimo. Sus paredes son pura historia, de Andalucía en general, y del flamenco y la tauromaquia en particular: son tantos los cuadros, fotos y recuerdos que hay colgados en ellas que apenas se llega a atisbar el color blanco de los muros. Camarón, Paquirri, Sara Baras, Manolete, Juanito Valderrama... mires donde mires te quedas embobado, son unas paredes que desprenden arte, mucho arte. Y os estoy hablando del comedor principal, porque dispone de uno más, algo más pequeño, y de un reservado (o por lo menos, lo parece).

Tengo que reconocer que, pese a las muchas ganas que tenía de ir, tenía mis dudas de lo que me iba a encontrar, pues había leído por ahí (y mi mujer me lo había medio-confirmado) que se había convertido en una especie de atracción turística y que, como se suele decir en estos casos, ya no es lo que era. Pues nada más lejos de la realidad: un jueves de octubre a las dos de la tarde, ambiente agradable y más de la mitad de las mesas ocupadas. Y por lugareños, por cierto, sobre todo, hombres y mujeres de negocios. Y de turistas, ni rastro. Espera... De hecho, sí que había un par de turistas... ¡nosotros!


La mer (over and over again)

Pero vamos a lo importante, la manduca. El tito José Adolfo sugirió pedir una serie de entrantes, todos ellos típicos de la zona, y después un plato principal (lo que los ingleses llaman main course) para cada uno. Ni qué decir tiene que los Pijos estuvieron de acuerdo al instante. ¡Vamos con los entrantes!


Cañaíllas. En honor a la verdad, este plato no lo sugirió el tito, sino que fue una petición personal del nene (o sea, yo). Desde que las probé, hace unos tres años,  en la boda de mi primo Jordi, no había dejado de fantasear con el día en que podría degustarlas en San Fernando. Para los que no las hayáis probado, se trata de caracolas de mar hervidas con sal. Para comértelas has de pinchar con un palillo la carne que asoma por el agujerito y estirar con decisión, pues el cuerpo está muy pegado a la concha. Estaban exquisitas y, además, me jalé el plato yo solito, al resto no les apetecía probarlas.  Sin embargo, ese día, el plan estuvo a punto de irse al traste, porque el camarero, en un primer momento, nos dijo que no tenían pero, tras preguntar en la cocina, resultó que sí que quedaban. ¡Ufff!


Papas aliñadas. Un plato muy sencillo y refrescante. Patatas blancas hervidas con cebolla, aceitunas, huevo duro, perejil fresco, aceite, vinagre y sal. Muuuy buenas.


Chipirones. Supongo que no hace falta deciros qué son los chipirones. Excelente fritura (de hecho, no hay sitio en la tierra donde se fría mejor que en Andalucía) y excelente sabor. Nos hubiéramos comido un kilo... o más.


Tortitas de camarones. Un must en toda regla. Ir a San Fernando y no probar las tortitas de camarones ¡debería estar penado! Otra excelente fritura, a base de harina de garbanzos, camarones, huevo, ajo y perejil. A mi señora le gustan hasta el delirio. Y a mí, también.


Hasta aquí, los entrantes. Os habréis dado cuenta de que no pedimos bienmesabe, tal vez el plato más representativo de la zona. No hacía ni 48 horas que habíamos dado buena cuenta de varios kilos de cazón en adobo (literal: fueron ¡cinco kilos!), por lo que no procedía abusar... aunque a mi señora (a la cual se le ponen los ojos en blanco cuando huele el bienmesabe) no creo que le hubiera importado.

Y los main courses fueron:


Dorada a la espalda. Lo digo ya: la mejor dorada que he comido en mi vida. ¡Casi lloro al rememorarlo! Y es que no hay nada como las cosas sencillas, queridos pijos. Tan fácil como hacer el pescado a la plancha, abierto por la mitad y sin espinas, con un simple aderezo de ajo y perejil. El pescado que suelen cocinar en San Fernando es de estero, una especie de laguna artificial de agua de mar donde se crían varias especies marinas. La tita Marita también se pidió lo mismo.


Dorada a la plancha. Esta se la pidió la tita Tere. El mismo pescado de estero, pero hecho a la plancha. No hacía falta probarlo, seguro que estaba bueno.


Rabo de toro estofado. Un plato contundente, para amantes de la carne. Se lo pidieron mi señora y el tito José Adolfo. No lo probé, pero mi señora certifica que estaba delicioso. Solo hay que mirar la foto para comprobarlo.

Debe ser cosa de familia, porque ninguno de nosotros pidió postre. ¡Estábamos muy llenos! Directos al café. Ah, me olvidaba del bebercio. Tomamos lo habitual en nuestro caso, cervezas y agua. Da gusto hacer 1,135 kms y que las costumbres pijas no varíen ni un centímetro.


El engaño

Los que me conocen saben que me hace mucha gracia ese momentum típico (tipiquísimo, diría) en el que las diferentes partes de un ágape familiar o de amigos se pelean por abonar la cuenta. Especialmente cachondo es lo que hace mi padre, que, a la hora de pagar, saca la cartera y si ve que otro comensal también la saca, le agarra la mano donde lleva la cartera, se la tira para atrás y le suelta ¡Oye! ¡Oye! Ni se te ocurra, ¿eh? ¡Que me enfado! En esta ocasión, no hubo ni oportunidad de comentarlo: mi señora, con la excusa de ir a buscar la llave del lavabo, se deslizó rápidamente hacia la barra y abonó la cuenta. Cuando se enteraron, los titos “riñeron” a mi señora: ¡Pero cómo se te ocurre! El importe de la misma, por cierto, ascendió a unos 150 euros (no le dieron el ticket), por lo que, comido lo comido y visto lo visto, salió muy bien de precio, a unos 30 euros por cabeza.
 

Tras acabarnos el café, nos levantamos e hicimos un pequeño tour turístico por el resto de estancias, deleitándonos con las fotos y los pósters de los mil y un toreros y/o flamencos que han pasado por la Venta en su dilata historia. Te guste o no te guste esa iconografía (a mí, sí) hay que reconocer que había fotos bellísimas. De hecho, no me habría importado descolgar de la pared la foto de Manolete y habérmela llevado, tranquilamente, debajo del brazo.

Una vez en el coche, no hacía más que pensar en el siestorro que me iba a pegar en unos pocos minutos. Mi señora y yo planeamos que después de la siesta iríamos a dar una vuelta y, posteriormente, a cenar algo ligerito (una tapita y una birra) a un sitio que nos había recomendado su primo Jose, pues después del atracón en  la Venta de Vargas, el cuerpo me pedía tregua. ¿He dicho tregua? Para los primos de mi señora, esa palabra no significa... absolutamente nada.

CONTINUARÁ...


Venta de Vargas
Plaza de Juan Vargas s/n
San Fernando (Cádiz)
956.881.622
www.ventadevargas.es