Irán... Cuando era pequeño, las
únicas cosas que sabía de Irán eran que se trataba de un país
árabe, que siempre estaba en guerra con su vecina Irak y que lo
gobernaba un señor que daba mucho miedito, el ayatollah Jomeini.
Y no sería hasta muchos años después que comencé a situarlo en el
mapa -la geografía, mi eterna asignatura pendiente- y a enterarme
que de árabes, nada. Eran persas, y su cultura, una de las más
antiguas -y fascinantes- de la historia de la humanidad. ¿Y sabéis
cómo averigüé todo ello? Pues gracias a un cómic, un GRAN cómic.
Muchos de vosotros lo habréis leído, estoy seguro. Se llama
Persépolis y lo escribió y
dibujó una artista iraní llamada Marjane
Satrapi.
Se trata de una historia autobiográfica escrita en primera persona,
en la que la autora relata, con un estilo sencillo y directo, en
blanco y negro, los instantes previos a la revolución integrista que
consiguió derrocar al Sha de Persia para instaurar una nefasta
teocracia que todavía sigue ahí, periodo que coincide con el final
de su niñez y el inicio de la adolescencia. Si no lo habéis leído,
ya tardáis en hacerlo. Consta de cuatro álbumes, pero Norma Cómics
lo editó hace un tiempo en un único tomo en tapa dura. Desde el día en que lo leí por primera vez -bueno,
devoré sería
un término mucho más preciso-, mi interés por la cultura persa
creció exponencialmente, de ahí que, al pasear un día por mi
barrio y darme de bruces con un restaurante llamado Rincón
Persa,
ir a probarlo se convirtiera en prioridad Pija. Y así fue.
...y con
ustedes, ¡Georges Corraface!
Mi
señora y yo hemos comido en unas cuantas ocasiones en el Rincón
Persa (ella
más que yo: no sabéis la de veces que ha llevado a sus amigos),
pero si me tengo que quedar con una en concreto, fue aquella en la
que hablamos largo y tendido con el dueño. Bueno, hablar-hablar, lo
que se dice hablar, solo habló él: ¡menudo speech!
Pero valió la pena, valió mucho
la pena. De hecho, era la primera vez (y hasta el momento, la única)
que hablaba con un persa. Durante cerca de una hora, mientras nos
tomábamos uno de sus deliciosos tés verdes, nos estuvo contando un
montón de cosas sobre su país, sobre su cultura y, cómo no, sobre
su magnífica gastronomía. Entre otras cosas, nos dijo que la imagen
que dan los medios sobre su país está muy distorsionada y que si lo
visitábamos nos llevaríamos una sorpresa muy agradable, pues la
mayoría de sus habitantes, al parecer, pasan bastante de los curas,
del impresentable Ahmadineyad
y
de todas esas historias chungas del mundo integrista. Imaginad lo que
nos impactó su relato que incluso nos planteamos muy seriamente
viajar a Irán al año siguiente, pero entre el precio del vuelo (es
caro de cojones) y las historias que leímos en varios blogs de
viajeros sobre lo simpáticos
que
eran los guardianes
de la fe del
régimen iraní, acabamos por desistir. En cualquier caso, cada vez
que vamos nos acordamos de aquel señor que, según mi señora, ya no
es el dueño, y que se parecía una barbaridad al actor Georges
Corraface.
Sí, sí, exacto, el protagonista de La
pasión turca.
Clavao, os lo juro, ¡clavao!
Las berenjenas
Los
Pijos (y sobre todo el Pijo mayor, o sea, yo) suelen ir a tiro fijo
allá donde saben que van a comer como los señores. Así es: en
todos y cada uno de los restaurantes que han salido (y que saldrán)
en este, vuestro blog, siempre hay un plato fetiche, un plato que,
pidamos lo que pidamos, no puede faltar en nuestra comanda. Por eso,
cada vez que bajamos los tres o cuatro escalones que van a parar al
comedor principal y nos sentamos en nuestra mesa, tenemos claro que
el Kashk o Badenyún
caerá sí o sí. Pero no adelantemos acontecimientos.
La
decoración es quizás (bueno, quizás no, seguro) el único punto
flojo del Rincón
Persa.
Es la típica decoración que tenían los restaurantes digamos
exóticos
allá por los 80, cuando la mayoría de ellos intentaban, con mayor o
menor fortuna, reproducir en sus negocios la supuesta estética o
ambiente de sus países de origen. Por aquel entonces molaría,
supongo, pero ahora, la verdad, en un mundo tan y tan globalizado,
resulta un pelín rancia, muy demodé.
Y hasta aquí lo malo. A partir de este momento, todo es bueno, muy
bueno o mejor. Comenzando por la carta. Se divide en cinco apartados,
a saber, entrantes y acompañamientos, polós
(especialidades
de arroz), los chelo
kabab
(asados acompañados de arroz basmati), los cheló
khoresh (estofados,
acompañados también con arroz basmati) y, finalmente, los platos
vegetarianos. Ah, me olvidaba, como no podría ser de otra forma,
tienen caviar auténtico, nada de sucedáneos, pero su prohibitivo
precio (entre los 135 y los 250 euros) está muy fuera del alcance
del bolsillo Pijo (y del bolsillo de cualquiera, vamos), por lo que
si alguno de vosotros tiene la fortuna de probarlo, ya nos contará
qué tal estaba.
En
nuestra última incursión (de hace apenas una semana), los Pijos se
decantaron, a parte de las ya habituales cervezas) por el
anteriormente citado (y siempre delicioso) Kashk o Badenyún (una
pasta hecha a base de berenjenas, cebolla, nueces y queso curado
persa), Kufteh
(albóndigas
de carne, garbanzos, pasas y especias) y pan persa (una especie de
torta fina) como entrantes para compartir. Cuidado con ambos platos:
¡son altamente adictivos! Y a la que te lías a mojar pan, es un no
parar que puede dejarte saciado antes de que lleguen los platos
principales. En esta ocasión fueron un plato de Yuyeh
Kabab para
mi señora (una brocheta de pollo macerado en azafrán y aceite de
oliva) y un Taskabab
para
mi (un estofado de verduras). Como los dos platos van acompañados de
arroz basmati, optaron (muy buena idea) por traernos el arroz en un
único recipiente a colocar en el centro. Los dos platos estaban
exquisitos, pero el arroz merece una mención especial: estaba
de-li-cio-so. Como podéis observar en la foto adjunta, nos sirvieron
un bandejote con tres aderezos diferentes; con naranja, con limón y
con cáscaras de granada (mi favorito, sin duda alguna). Hemos
probado muchos platos más de la carta y no hay ninguno (repito:
ninguno) que baje del 7 en una hipotética escala del 1 al 10.
Palabra.
Tea time!
Yo
nunca he sido mucho de té, siempre me ha tirado más el café, pero
desde hace un par de visitas he sucumbido al poder de su té con
menta fresca: está increíblemente bueno y, además, nada de
piscinas
de medio litro, no, un vaso cortito y estrecho con una hojita de
menta. Desde que lo probé, no me preocupa meterme entre pecho y
espalda media carta, sé que el té siempre estará ahí para
ayudarme en mis momentos más bajos (gástricamente hablando, quiero
decir).
La
factura ascendió a 46,80 euros, poco más de 23 euros por cabeza. A
nosotros nos parece, para lo bien que se come, un precio de lo más
ajustado. De eso precisamente hablábamos justo cuando nos íbamos,
prometiéndonos que la próxima vez procuraríamos ir un viernes o un
sábado noche, pues en esas dos veladas hay ¡danza del vientre! ¡Sí!
A mí, la verdad, me da un poco de cosica,
porque soy algo tímido y me da miedo que me saquen a bailar o algo,
pero tengo que reconocer que me pica la curiosidad. Al fin y al cabo,
es cultura persa. Y eso, me interesa.
Los que seguís este
humilde blog recordaréis la entrada que le dediqué hace unos meses
a la hamburguesería La Burg, en la cual hice una encendida defensa de las
hamburguesas, entendidas estas como un rico manjar que, en las manos
adecuadas, puede mirar de tú a tú al plato más sofisticado del
restaurante de más relumbrón. Pues bien, la entrada de hoy va un
poco en la misma onda reivindicativa. De hecho, me centraré en algo
prácticamente idéntico, pero con una pequeña diferencia: si en
aquella ocasión defendí a la hamburguesa del ninguneo al que se la
había sometido durante años, esta vez el Pijo mayor fija su mirada
en el padre (y la madre) de la hamburguesa, ese género que nace a
partir del enfrentamiento directo entre dos trozos de pan con un
árbitro en medio en forma de carne, pescado y/o vegetal. Estoy
hablando, por supuesto, del bocadillo.
Pan con pan, comida de
tontos
En
mi casa, cuando era pequeño, este dicho estaba a la orden del día.
Supongo que el motivo de su popularidad entre las paredes de nuestro
hogar se debía a que los bocadillos eran una parte esencial de
nuestra dieta. Si echo la vista atrás, no logro recordar otro
desayuno (en casa y/o en el colegio) que no fuera un bocadillo.
Fruta, cereales, tostadas... Bah, ¡donde esté un buen cacho'pan
con algo en medio, que se quiten esas mariconadas! Ahora no pienso
así (¡afortunadamente!), pero si entonces me hubieran cambiado mi
desayuno
por cualquiera de esas opciones seguramente hubiera pensado que
querían matarme de hambre.
Y
es que el bocadillo (con embutido, con Nutella, con sardinas, con
queso, con hortalizas, con carne, ¡con lo que sea!) es algo muy
nuestro. A ver, en casi todo occidente se consumen de forma habitual,
pero no es sino en España donde el bocata tiene categoría de
alimento básico, imprescindible para que los niños crezcan fuertes
y sanos. Y también está especialmente indicado para los que tienen
prisa y quieren comer rápido, para los que no tienen un duro, para
los vagos, para los que no saben cocinar, para los que quedan con los
amigos para tomar algo y, ya de paso, cenan fuera.... Pero... un
momento. Si a todos (o a casi todos) nos gustan, si tan ricos están,
si tantos entuertos culinarios solucionan... ¿Por qué al bocadillo
nunca se le ha tomado realmente
en
serio? ¿Sabéis de lo que estoy hablando, verdad? Si vais a comer o
a cenar fuera, comerse un bocata hace referencia a todo lo que he
citado unas lineas más arriba, pero nunca, ¡nunca!, a un ágape de
nivel, a una cena de categoría. Si queréis convencer a vuestro
interlocutor de lo contrario, tenéis todos los números para que,
con una mirada condescendiente, os respondan que sí, que podrá
estar muy bueno y lo que tú quieras, pero que no deja de ser un
bocadillo. Y que ante un plato de cuchara, cuchillo y tenedor no
tiene nada-nada que hacer. Pues no señor, no estoy de acuerdo. Soy
consciente de que quizás nunca haya un Celler
de Can Roca de
los bocatas, pero la alta gastronomía no debería estar reñida con
ellos. Y en Barcelona, por lo menos, no lo está. Sagàs
es la prueba.
Un paseíco
Así
es, amiguitos. Si en Barcelona se reivindicó la hamburguesa de altos
vuelos, con los bocatas ha pasado, afortunadamente, tres cuartos de
lo mismo. Y eso se lo debemos a Oriol
Rovira
y a su fantástico equipo. Desde hace un par de años, el Sagàs
(con
el permiso ¡obligatorio! del Passadís
d'en Pep)
es el faro que ilumina la plaza del Pla de Palau. Lo conocí (y
van...) de la mano de mi admirado Pau
Arenós,
que en una de sus magníficas crónicas gastronómicas para El
Periódico de Catalunya, tuvo a bien hablar de él poco después de
abrir. Que yo recuerde, lo puso bastante bien, pero ello no
garantizaba al 100% que los Pijos nos dejáramos caer por allí.
Nuestra particular wish-list
es muuuy extensa y el presupuesto exiguo, así que hay que hilar muy
fino y escoger con mucho cuidado dónde nos dejamos los dineros.
Cuando se produce una disyuntiva de estas en el seno del Pijismo, la
solución está clara: inspección ocular. Y como no está muy lejos
de casa, pues ná,
a dar una vuelta con la bici y, de paso, otear el panorama.
Yo
aquí sí que entro
Una
vez le preguntaron al gran Luis
Buñuel
por qué había titulado una de sus películas con el nombre de El
ángel exterminador
si en toda la obra no salía ningún ángel. Y menos, exterminador.
Respondió algo así como que una película con un título como ese
llamaría la atención del espectador potencial y le empujaría al
interior del cine. Pues con el Sagàs
sucede algo similar. No por el nombre del negocio, sino por el
sorprendente espacio que te encuentras al asomarte desde la calle. Es
de aquellos lugares a los que mi padre se refiere con su ya mítico
se
ve curioso.
Que invita a entrar, vamos.
En
la puerta hay un par de grandes toneles a cada lado, como las bodegas
de toda la vida. Ya dentro, domina la estancia una larguísima barra,
situada a la izquierda. Al final de la misma, un pequeño descansillo
con cuatro mesas de dos comensales cada una. Y al final, un comedor
(la sala Sagàs)
con una gran mesa alta y taburetes. Las paredes (¡y el techo!)
están repletas de pósters de estética retro que hacen referencia a
la mayoría de platos de la carta así como de fotos del pueblo de
Sagàs y de su entorno. Porque Oriol
Rovira,
su chef y propietario, es también el cocinero de Els
Casals de Sagàs,
un hotel-restaurante (con una estrella Michelin) situado en dicha
población de la comarca del Berguedà, de donde es originaria su
familia y de donde provienen la mayor parte de ingredientes que
utiliza en ambas cocinas, tanto en la del pueblo como en la de
Barcelona. Las verduras, las hortalizas, los lácteos, los embutidos,
el pan... Ese plan casi autárquico, sumado a la luz natural que
llena toda la estancia y a la simpatía que derrocha su servicio,
hacen del Sagàs
un must
en toda regla. Y el buen hacer de Oriol
en
la cocina, por descontado.
Rockin'
all over the world
La
carta del Sagàs
comprende
tres grandes bloques. El primero, Orígens,
se centra en los bocadillos, podríamos decir, de aquí, els
nostres,
los cuales se clasifican según su principal materia prima, a saber,
los de cerdo (Llonganissa
de Cal Rovira,
Porchetta,
Botifarra
del Perol...),
ave (pintada
en escabetx),
vaca (Cua,
Llengua,
cecina...) y los de La
terra
(Formatge
de cabra, Agromix).
El segundo gran bloque se llama Món
y engloba las propuestas más globales, esto es, bocadillos de origen
foráneo preparados al estilo Sagàs.
Aquí encontramos las hamburguesas, el frankfurt, el bocata de
sardinas ahumadas (típico de Sicilia), el Bun de cerdo (originario
de Shanghai y perfeccionado en Nueva York) y el Bánh
Mì (vietnamita
con reminiscencias coloniales francesas). El tercer y último
apartado es el Festivals, que incluye un viaje a México con el
Chicharrón
(este pica, lo pone en la carta) y otro al este de Asia con el Bo
Ssäm (una
reinterpretación del original coreano). Completan la oferta tres ensaladas, las patatas rosses
(tubérculos de variedad agria
y fritas ¡con piel y todo!) y sus fantásticas patatas bravas.
Repasando su página web, observo que también tienen menús para
grupos, entre ellos un menú-degustación que tiene muy-muy buena
pinta.
Entre
nuestras visitas conjuntas, la que hicimos con mis suegros y las que
ha hecho mi señora con diferentes amistades, habremos ido al Sagàs
en una decena larga de ocasiones. Nos hemos pedido casi toda la
carta, pero como esta va mutando cada cierto tiempo, siempre hay
nuevas propuestas en lista de espera. El nivel de la misma es muy
alto pero, siendo sinceros, eliminaríamos de ella el frankfurt,
bastante flojo, la verdad. Los puedes comer mejores (y más baratos)
en muchos sitios. El resto, de diez (o casi). Respecto a nuestra
penúltima visita, ha desaparecido del menú de acompañamientos la
exquisita tortilla de patatas (babeuse,
muy poco hecha, como les gusta a los Pijos), si bien sobrevive
(¡menos mal!) en bocadillo. Y en la última, de hace menos de una
semana, el matrimonio Pijo se pidió unas patatas bravas (buenísimas,
con una salsa en su punto de pincante. El único pero
es
que la ración resulta algo escasa, máxime cuando te cobran seis
euracos por ella, pero aún así son fijas en todas y cada una de
nuestras visitas), un bocata de butifarra del Perol (exquisita,
rellena de bolets de l'Empordà y con un pan que se deshacía) y una
Porchetta,
un delicioso bocadillo de cerdo asado y aliñado con su propio jugo.
El bebercio consistió en una cerveza sin alcohol para mi señora y
una Coca-Cola para mí, y el postre... bueno, el postre decidimos
dejarlo para otra ocasión, no nos cabía nada más. Rematamos la
faena con un par de cafés (acompañados de sendas trufitas de
chocolate, cortesía de la casa).
El
importe del ágape ascendió a 36,40 euros, 18 ecus por barba.
Cierto, no es barato, pero tampoco es excesivamente caro. La
propuesta, creedme, bien lo vale. De todas formas, si queréis
ahorraros un dinerillo, tened en cuenta que también funciona como
take-away,
así que tanto la bebida, como los postres y el café los podéis
poner vosotros.
A
mí no me sale igual
Cada
vez que comemos en el Sagàs,
mi señora y yo repetimos la misma cantinela: Aquí
tengo que traer al tal
o A
ver si un día venimos con este y el otro,
o... Nos encantaría comer aquí más a menudo pero, como ya dije al
principio, el presupuesto Pijo es el que es y hay que dosificar las
visitas. De hecho, mejor, así la próxima vez vendremos todavía con
más ganas. Y, mientras tanto, siempre podemos prepararnos un bocata
en casa, ¡que bien buenos que están!
Casi me olvido: una vez has hecho tu pedido, te traen un cuenquito
con una toallita caliente enrollada dentro, para que te laves las
manos sin tener que levantarte de la mesa. ¡Aaah, me encantan estas
puñetitas!
Es de bien nacido ser agradecido. Aunque el gran número de ingratos que pululan por ahí podría indicar lo contrario, el mundo está lleno de gente agradecida. Y es que dar las gracias no cuesta nada, creedme. Yo, sin ir más lejos, aprovechando esta oportunidad que me brindo a mí mismo de expresarme en mi propio blog, agradezco a mi señora su presencia a mi lado todos estos años, puesto que gran parte de mis virtudes -que las tengo- se las debo a ella. A ver, no es que antes de conocernos fuera un auténtico desastre, pero desde que nuestras vidas se cruzaron creo que he evolucionado como persona. Poco o mucho, pero he evolucionado. Os pondré un ejemplo, el cual me va a ir de perlas para introducir la entrada de hoy: de unos años para acá, he aprendido lo que es la mesura, sobre todo a la hora de alimentarse. Hasta no hace demasiado, el Pijo Mayor desconocía el significado de la palabra control aplicada a la gastronomía, vulgo papeo. ¿McDonald's más bollería industrial? ¡Ningún problema! ¿Para qué comerse un flan cuando puedes comerte dos? Si vas al mexicano, tráeme un burrito de cada, nachos con guacamole y una enchilada. En la nevera, ¡que no falten las Coca-Colas! Ejemplos pillados al vuelo, pero reales todos ellos. Fuera por ansiedad o por simple gula, estaba envuelto en una interminable vorágine de excesos grasientos, los cuales me estaban convirtiendo, poco a poco, pero sin pausa, en un barrigón con piernas. Pero apareció ella y, sin darme cuenta, también poco a poco, me vi imitando la mayoría de sus hábitos alimenticios. Los tiempos de excesos quedaron atrás, afortunadamente, y ahora mi cuerpo, aunque quede un poco (y un mucho también) cursi, se ha vuelto sabio. Pero eso tiene una contrapartida: esa sabiduría tiene unos mecanismos de defensa y, sobre todo, de aviso, muy poco... flexibles.
Cambio de planes
Los que leísteis la última entrada, recordaréis que acabó con un buen siestorro tras el magnífico almuerzo en la Venta de Vargas. El plan para la tarde/noche era salir a tomar una tapita e irse a la cama, pues al día siguiente ya teníamos que volver a Barcelona. Pero no contábamos, al menos yo, que una llamada de teléfono lo cambiaría todo. Al poco de echarnos en la cama, sonó el móvil de mi señora. Era su prima María Eugenia. Nos propuso que hiciéramos las compras que teníamos pendientes por el centro de San Fernando y que, posteriormente, pasáramos a buscarla por su casa. De allí, iríamos a tomar algo a una taberna llamada El Embrujo, un sitio del que ya nos habían hablado (muy bien, por cierto) sus primos un par de días antes y del que, al parecer, eran asiduos. Solo cabían dos posibles respuestas a su propuesta: decir que sí... ¡o decir que sí!
¿Por qué grita?
Pasadas las ocho, pasamos a recoger a María Eugenia. Ya de camino a El Embrujo, nos dijo que a lo largo de la velada se sumarían a nosotros su marido, Antonio, su hermano Jose y su cuñada Saluqui. Aunque ya nos habíamos visto el martes, tenían ganas de estar con su prima y su marido fuera del jolgorio familiar, para poder charlar con tranquilidad sin gritos y sin fútbol.
El Embrujo se encuentra en pleno centro de San Fernando. Los que ya hayáis estado allí (en San Fernando, me refiero) sabréis que, de por sí, es un lugar muy tranquilo, pero es que el entorno de El Embrujo no puede ser más adecuado, en una calle peatonal, estrechita y con una terraza que, con el buen tiempo que suele reinar en la isla, invita a relajarse y dejar los problemas en casa. No os puedo hacer una descripción del interior del local porque la verdad es que no llegamos a entrar, nos sentamos directamente en la terraza. Esta consta de unas tres o cuatro mesas alineadas en forma de pasillo. Se nota que se lo han currado, pues el mobiliario no es el típico guarro de chiringuito, con mesas y sillas de plástico patrocinadas por la marca de rigor, no, son de madera, ¡como Dios manda!
Una vez sentados, aparece desde el interior de la taberna un señor que saluda a mi prima política que: a) se parece al Cordobés y b) Grita mucho. Una vez volvió adentro, María Eugenia me explicó que se llamaba Carlos y que era el dueño del negocio. A lo largo de la velada, pude comprobar que se trataba de un señor muy atento (procuró que no nos faltara de nada) y muy cachondo (vamos, como la mayoría de isleños), siempre con un volumen de voz muy generoso.
Todo no puede ser
Antes de que llegara el resto de la tropa, María Eugenia nos propuso picar algo para acompañar las cervezas. Optamos por un plato de quesos de la provincia de Cádiz. ¿Ah, que en Cádiz hay quesos? Pues sí señor, ¡y muy buenos! La verdad es que después del atracón de apenas cinco horas antes en la Venta de Vargas, lo que menos me apetecía era llenar mi estómago de lactosa, la cual no me sienta especialmente bien en grandes cantidades. Pero, qué coño, de perdidos al río.
Cuando llegaron el resto de comensales, salió Carlos y nos cantó los platos que tenían esa noche. En ese preciso instante me entró la risa floja porque los cantaba, como se suele decir, a grito pelao: ¡¡Tengo carrillada!! ¡¡Tengo jamón, buenísimo!! ¡¡Huevos camperos!! En esos momentos me dieron ganas de levantarme y decirle ¡No grite, señor! ¡Que se va a quedar afónico! Después de este gran momentum, acordamos que iríamos pidiendo platos según nos apeteciera. Para beber, cayeron dos o tres botellas de vino, aunque yo seguí con mis cervezas (ya sabéis que yo no soy muy de vinos). Sin más dilación, vamos con el comercio:
Selección de quesos de Cádiz. Cuatro tipos distintos, unos más curados, otros menos, de oveja y de vaca, todos muuuy buenos. Y acompañados, por supuesto, por los omnipresentes picos. Si encontráis algún bar/taberna/restaurante de Andalucía donde no los sirvan, no os engañéis a vosotros mismos: no estáis en Andalucía.
Estoque de langostino con allioli. Un pincho de toda la vida a base de langostino (gaditano, naturalmente) envuelto en una loncha de tocino, pasado por la plancha y aderezado con un allioli muy suave. Entraba muy bien. Y sabía mejor.
Tagarninas esparragás. Mi plato favorito de la noche. Las tagarninas son una especie de espárragos trigueros, pero un poco más finos. Los hierven y los sirven con una majada (¡qué buenos los ajetes, por Dios!) y un huevo frito en el medio. Espectacular es poco.
Habitas con jamón. Una cazuelita que no tiene mucho secreto. Las habas estaban en su punto y mezcladas con el huevo frito (segundo de la noche) y el jamón, te daban ganas de gritar a los cuatro vientos lo maravillosa que puede ser la vida. Grande.
Hasta aquí serían los entrantes. ¿Pero no habíamos quedado en que pedíamos platillos, a secas? Me explico: me refiero a ellos como entrantes porque a partir de ahora comienza lo serio, un subidón hasta las cimas de lo grasiento que deja en bragas la carrera armamentística de los 80 entre Ronald Reagan y sus numerosos adversarios soviéticos.
Codillo. Servido en salsa y con unas cuantas patatas fritas. Muy bueno, pedía mojar pan a gritos. Después de apurar la última gota de salsa, mi cuerpo me envió un primer mensaje de aviso: Pijo, ve con cuidaooo, que ya has comido muuucho. Ya os dije que se había vuelto muy sabio.
Carrillada. Las patatas (again), la salsa (again) y carne (again) sabrosísima. Se deshacía en la boca. No soy muy carnivoro, ya sabéis, pero los efluvios que salían del plato no hacían más que enviarme mensajes traducibles como ¡Cóoomemeeee, cóoomemeeee!. El problema es que estos mensajes eran interceptados por mi organismo, el cual, en un muy hábil trabajo de contra-traducción, se encargó de recordarme que estaba a tope y que, de seguir así, esto no podía acabar bien.
Flamenquín cordobés. Típicos de la zona de Córdoba, los flamenquines son rollos de cerdo ibérico, rellenos (habitualmente) de jamón, rebozados en pan y, finalmente, fritos. Un plato... ligerito, vamos. Hacía años que no los comía (en Barcelona es muy difícil encontrar sitios donde los preparen) y, pese a lo precario de mi estado gástrico, me abalancé sobre ellos cual chucho hambriento. Estaban, como diría el primo Nacho, ¡pa' chillarles! La guarnición era un poco de mayonesa y ¡así es! ¡Patatas fritas! Tras tragar el último trocito de flamenquín bañado en mayonesa, mi estómago se puso serio y me lanzó un ultimátum: o te plantas o te planto yo.
Huevos camperos. El útimo plato de la noche fue la auténtica cerecita del pastel: un auténtico misil tierra-aire a base de huevos fritos (tercer y cuarto frito de la noche) acompañados de una guarnición que haría las delicias de cualquier nutricionista: chorizo frito, salchicha frita, pimiento frito y ¡naturalmente: patatas fritas! Mientras escribo estas lineas estoy echándole un vistazo a la foto de más arriba y, de verdad os lo digo, ahora mismo me comería cuatro platos como ese. Pero en el preciso instante en el que llegó a la mesa, comencé a sentir unas ligeras nauseas y se me planteó un amargo (¡amarguísimo!) dilema. Las opciones eran dos. La primera: dejar de comer de forma inmediata. Todo estaba buenísimo, pero después del banquetazo de la Venta de Vargas, mi estómago había dicho basta. Quedaría como un moña, está claro, pero mi cuerpo me lo agradecería. Y la segunda consistiría, llegados a este punto, en darlo todo: abrirme la camisa, respirar hondo, intentar disfrutar del plato, salir corriendo, vomitar y, ¡efectivamente, quedar igualmente como un moña!
Y es aquí donde aparece el sentido de la mesura que me inspiró mi señora. Hace unos años, no hubiera dudado ni un instante en tirarme al río y que fuera lo que Dios quiera. Pero ahora ya no. Mi aprehendida sabiduría gástrica me aconsejó retirarme y aceptar como mal menor una derrota honrosa. ¿Dije honrosa? Desde el momento en el que, tras preguntarme Antonio por qué no comía, dije que no podía más, la catarata de reproches (dichos de cachondeo, por supuesto) que me cayó encima fue de órdago: que si has comido muy poco, que mucho blog pero luego nada, que los de ciudad no aguantáis nada, que si... Me hubiera gustado verlos a ellos a ver cómo aguantaban una cena como esta apenas cinco horas después de salir de la Venta de Vargas. ¡Pues con mucho gusto y quedándose con hambre! Lo dicho: soy un moña.
Cubata time
Entretirito y tirito por parte de mis primos políticos, fui recuperando el aliento. La fresca brisa que corría ayudaba lo suyo. Dentro del local, por cierto, había un cuadro flamenco armando un jaleo del copón. Aunque estábamos fuera, el follón se oía a tres manzanas de allá. Y en esto que apareció de nuevo el amigo Carlos para preguntar si queríamos un gin-tonic. María Eugenia ya nos había comentado anteriormente que nadie en todo San Fernando preparaba los gin-tonics como Carlos, al parecer un auténtico as a la hora de mezclar la ginebra, la tónica, los cubitos y los aderezos (que ahora no recuerdo) de su cosecha. Todos, menos yo, se pidieron uno. Y ello se tradujo, claro está, en una nuevo chaparrón: que si no bebes nada, que eso no te puede hacer daño, que el cubata te ayudará a hacer la digestión (¿¿cómorll??)... Mi señora me comenta que el gin-tonic estaba muy bueno, si bien no os podemos dar una descripción más acurada, puesto que ninguno de los dos solemos beber cubatas y no sabríamos ir más allá del si está bueno o no.
Asignatura pendiente
Antonio y Jose entraron de forma muy discreta a pagar la cuenta, con el consiguiente enfado de mi señora. No sabría deciros si fue caro o no, pues me olvidé de preguntarles a cuánto ascendió la cena. En cualquier caso, estaba todo tan bueno que todo lo que se pagó sería poco.
Cuando salimos de El Embrujo pasaban unos minutos de la una. Volvimos a casa de los titos caminando, acompañando a sus respectivos hogares a María Eugenia y a Antonio en primer lugar y a Jose y a Saluqui a continuación. Nos rogaron que volviéramos sin falta en primavera del año que viene, pues nos llevarían a un montón de sitios que nosotros, los Pijos, debíamos catar sí o sí. Y en una época en la que el calor y los mosquitos todavía te dan un respiro. Los Pijos recogieron el guante y dieron su palabra de que no tardarían en volver por tierras gaditanas. Y además, de verdad: el Pijo mayor tiene una cuenta pendiente que saldar. Me refiero, naturalmente, a los huevos camperos de El Embrujo. ¡He dicho!
Taberna El Embrujo
San Dimas 9
San Fernando (Cádiz)
646.228.242
www.facebook.com/elembrujo.taberna
P.d.
No podía cerrar la crónica sobre este maravilloso periplo gaditano sin agradecer el cariño que recibimos por parte de nuestra (ahora también mía) familia de la isla. José Adolfo, Marita, Tere, María Eugenia, Antonio, Jose, Saluqui, Nacho, Ati, Willy, Manoli y sus respectivas descendencias: muchas gracias por querernos tanto y por hacer posible que durante cuatro días fuéramos la pareja más feliz del mundo. ¡Gracias de todo corazón!
¿A vosotros os gusta el flamenco? A mí no mucho, la verdad. Es una música que puede llegar a resultarme ligeramente bella, pero me aburre, me aburre muchísimo. De hecho, no la entiendo. Sí, lo sé, lo que acabo de decir es una gilipollez, pues la música no se entiende, la música (como cualquier otra representación artística) te transmite algo o no. ¿Pero, verdad que me habéis entendido? Supongo que son muchos años de militancia pop: todo aquello que se sale del 4x4, del estribillo, del solo de guitarra y de las canciones de tres minutos es territorio sobrenatural para un servidor. Y para acabar de rematar la faena, el único disco de flamenco que me gusta... no es estrictamente de flamenco. Se titula la La leyenda del tiempo y lo grabó hace más de treinta años un señor que se llamaba Camarón. Os suena, ¿no?
Volando voy...
Es curioso lo que me pasa con Camarón de la isla. Su obra, si exceptuamos el disco que cito más arriba, no me interesa lo más mínimo. Sin embargo, el propio Camarón, el personaje, me fascina. Puede parecer absurdo, pero estoy seguro de que a muchos de vosotros os pasa lo mismo, con él o con cualquier otro artista. Sus viajes, sus amigos, sus vicios, sus ilusiones, sus lugares... su vida, en suma, comenzó a interesarme poco después de escuchar por primera vez La leyenda del tiempo, esa obra incomprendida en su momento y que marcó un antes y un después en el devenir del flamenco. Durante los meses siguientes, pasé en numerosas ocasiones por la biblioteca para llevarme sus discos en préstamo. Tal como iba introduciéndolos en mi reproductor iban saliendo de uno en uno: la guitarra a palo seco de Paco de Lucía no tenía nada que ver con el rollo progresivo de Alameda, las rumbas de Kiko Veneno o el sitar de Gualberto. Pero, a la vez que me iba quedando claro que nunca disfrutaría de esa música tan rara e impenetrable, la figura del cantaor de San Fernando me iba interesando más y más a medida que salía de su obra. Lo que yo os decía: absurdo.
Lo siguiente, por supuesto, fue leer su biografía. Un señor que había creado un disco tan guapo como La leyenda... debía de tener a la fuerza una vida interesante, ¿no? Me compré por cuatro duros en la Fnac una biografía suya, en edición de bolsillo. El libro no era gran cosa, para qué nos vamos a engañar, pero calmó con creces mi hambre de datos, fechas y lugares. Lugares... Había uno que me llamó mucho la atención. Era el lugar donde un chavalín de apenas ocho años llamado José Monge comenzó a cantar. Era el lugar donde todos los artistas flamencos que pasaban por San Fernando (o que vivían allí) paraban para comer, para beber, para tocar, para cantar y para bailar. Manolo Caracol, la Perla de Cádiz, Lola Flores, Antonio Mairena, etc. Todos ellos y muchísimos más pasearon su arte y su talento por una humilde venta de San Fernando llamada la Venta de Vargas.
Su (mi) regalo
Seguro que más de una vez (y más de dos) habéis regalado a alguien un regalo encubierto, esos presentes pensados para hacer feliz a una persona concreta...y de paso a vosotros mismos. ¿Quién no le ha regalado a su primo aquel disco que estabas deseando escuchar o aquel videojuego que tanto te molaba? Estos regalos son cojonudos, porque, por una parte, quedas genial, y por otra, te ahorras un dinerillo que podrás destinar a otros menesteres. Puede parecer un poco rastrero, pero los encubiertos están ahí, ¡son una realidad! Y el Pijo mayor, si tiene que tirar de ellos en alguna ocasión, tira y se acabó... como en esta ocasión.
Pues sí, amiguitos, cuando planeé este regalo, la visita a la Venta de Vargas ya estaba más que prevista. Teniendo en cuenta que no me pilla precisamente cerca de casa, aprovechar el viaje y comer allí eran uno. Por eso, cuando el titoJosé Adolfo nos dijo que había reservado mesa en la Venta para el penúltimo día de nuestro periplo gaditano, mi felicidad fue plena: ¡ya tenía mi encubierto!
Una cita con la Historia
Llegó el día señalado y nos dirigimos en coche para allá. Al volante, la tita Tere y en los otros asientos, el titoJosé Adolfo, la titaMarita, mi señora y yo. Una vez estacionado el coche, y mientras iban entrando, me entretuve unos instantes por los alrededores para hacer las fotos de rigor. Nada más traspasar la puerta, la primera sensación que tienes es de que se trata de un lugar especial, muy especial. Luego os explico. De frente, te encuentras con la barra y a mano izquierda, la entrada al comedor principal. La verdad es que si no has estado nunca antes (como yo), impresiona, pues se trata de una estancia bastante grande, muy luminosa, al estilo del típico patio andaluz (pero sin la fuente en medio) y un techo altísimo. Sus paredes son pura historia, de Andalucía en general, y del flamenco y la tauromaquia en particular: son tantos los cuadros, fotos y recuerdos que hay colgados en ellas que apenas se llega a atisbar el color blanco de los muros. Camarón, Paquirri, Sara Baras, Manolete, Juanito Valderrama... mires donde mires te quedas embobado, son unas paredes que desprenden arte, mucho arte. Y os estoy hablando del comedor principal, porque dispone de uno más, algo más pequeño, y de un reservado (o por lo menos, lo parece).
Tengo que reconocer que, pese a las muchas ganas que tenía de ir, tenía mis dudas de lo que me iba a encontrar, pues había leído por ahí (y mi mujer me lo había medio-confirmado) que se había convertido en una especie de atracción turística y que, como se suele decir en estos casos, ya no es lo que era. Pues nada más lejos de la realidad: un jueves de octubre a las dos de la tarde, ambiente agradable y más de la mitad de las mesas ocupadas. Y por lugareños, por cierto, sobre todo, hombres y mujeres de negocios. Y de turistas, ni rastro. Espera... De hecho, sí que había un par de turistas... ¡nosotros!
La mer (over and over again)
Pero vamos a lo importante, la manduca. El tito José Adolfo sugirió pedir una serie de entrantes, todos ellos típicos de la zona, y después un plato principal (lo que los ingleses llaman main course) para cada uno. Ni qué decir tiene que los Pijos estuvieron de acuerdo al instante. ¡Vamos con los entrantes!
Cañaíllas. En honor a la verdad, este plato no lo sugirió el tito, sino que fue una petición personal del nene (o sea, yo). Desde que las probé, hace unos tres años, en la boda de mi primo Jordi, no había dejado de fantasear con el día en que podría degustarlas en San Fernando. Para los que no las hayáis probado, se trata de caracolas de mar hervidas con sal. Para comértelas has de pinchar con un palillo la carne que asoma por el agujerito y estirar con decisión, pues el cuerpo está muy pegado a la concha. Estaban exquisitas y, además, me jalé el plato yo solito, al resto no les apetecía probarlas. Sin embargo, ese día, el plan estuvo a punto de irse al traste, porque el camarero, en un primer momento, nos dijo que no tenían pero, tras preguntar en la cocina, resultó que sí que quedaban. ¡Ufff!
Papas aliñadas. Un plato muy sencillo y refrescante. Patatas blancas hervidas con cebolla, aceitunas, huevo duro, perejil fresco, aceite, vinagre y sal. Muuuy buenas.
Chipirones. Supongo que no hace falta deciros qué son los chipirones. Excelente fritura (de hecho, no hay sitio en la tierra donde se fría mejor que en Andalucía) y excelente sabor. Nos hubiéramos comido un kilo... o más.
Tortitas de camarones. Un must en toda regla. Ir a San Fernando y no probar las tortitas de camarones ¡debería estar penado! Otra excelente fritura, a base de harina de garbanzos, camarones, huevo, ajo y perejil. A mi señora le gustan hasta el delirio. Y a mí, también.
Hasta aquí, los entrantes. Os habréis dado cuenta de que no pedimos bienmesabe, tal vez el plato más representativo de la zona. No hacía ni 48 horas que habíamos dado buena cuenta de varios kilos de cazón en adobo (literal: fueron ¡cinco kilos!), por lo que no procedía abusar... aunque a mi señora (a la cual se le ponen los ojos en blanco cuando huele el bienmesabe) no creo que le hubiera importado.
Y los main courses fueron:
Dorada a la espalda. Lo digo ya: la mejor dorada que he comido en mi vida. ¡Casi lloro al rememorarlo! Y es que no hay nada como las cosas sencillas, queridos pijos. Tan fácil como hacer el pescado a la plancha, abierto por la mitad y sin espinas, con un simple aderezo de ajo y perejil. El pescado que suelen cocinar en San Fernando es de estero, una especie de laguna artificial de agua de mar donde se crían varias especies marinas. La titaMarita también se pidió lo mismo.
Dorada a la plancha. Esta se la pidió la titaTere. El mismo pescado de estero, pero hecho a la plancha. No hacía falta probarlo, seguro que estaba bueno.
Rabo de toro estofado. Un plato contundente, para amantes de la carne. Se lo pidieron mi señora y el titoJosé Adolfo. No lo probé, pero mi señora certifica que estaba delicioso. Solo hay que mirar la foto para comprobarlo.
Debe ser cosa de familia, porque ninguno de nosotros pidió postre. ¡Estábamos muy llenos! Directos al café. Ah, me olvidaba del bebercio. Tomamos lo habitual en nuestro caso, cervezas y agua. Da gusto hacer 1,135 kms y que las costumbres pijas no varíen ni un centímetro.
El engaño
Los que me conocen saben que me hace mucha gracia ese momentum típico (tipiquísimo, diría) en el que las diferentes partes de un ágape familiar o de amigos se pelean por abonar la cuenta. Especialmente cachondo es lo que hace mi padre, que, a la hora de pagar, saca la cartera y si ve que otro comensal también la saca, le agarra la mano donde lleva la cartera, se la tira para atrás y le suelta ¡Oye! ¡Oye! Ni se te ocurra, ¿eh? ¡Que me enfado! En esta ocasión, no hubo ni oportunidad de comentarlo: mi señora, con la excusa de ir a buscar la llave del lavabo, se deslizó rápidamente hacia la barra y abonó la cuenta. Cuando se enteraron, los titos “riñeron” a mi señora: ¡Pero cómo se te ocurre! El importe de la misma, por cierto, ascendió a unos 150 euros (no le dieron el ticket), por lo que, comido lo comido y visto lo visto, salió muy bien de precio, a unos 30 euros por cabeza.
Tras acabarnos el café, nos levantamos e hicimos un pequeño tour turístico por el resto de estancias, deleitándonos con las fotos y los pósters de los mil y un toreros y/o flamencos que han pasado por la Venta en su dilata historia. Te guste o no te guste esa iconografía (a mí, sí) hay que reconocer que había fotos bellísimas. De hecho, no me habría importado descolgar de la pared la foto de Manolete y habérmela llevado, tranquilamente, debajo del brazo.
Una vez en el coche, no hacía más que pensar en el siestorro que me iba a pegar en unos pocos minutos. Mi señora y yo planeamos que después de la siesta iríamos a dar una vuelta y, posteriormente, a cenar algo ligerito (una tapita y una birra) a un sitio que nos había recomendado su primo Jose, pues después del atracón en la Venta de Vargas, el cuerpo me pedía tregua. ¿He dicho tregua? Para los primos de mi señora, esa palabra no significa... absolutamente nada.
CONTINUARÁ...
Venta de Vargas Plaza de Juan Vargas s/n San Fernando (Cádiz) 956.881.622 www.ventadevargas.es