
A lo largo de mi existencia he tenido muy pocos ídolos. Poquísimos, de hecho. Pero cuando han acabado por entrar en mi vida, se han quedado para siempre.
Romario,
Stanley Kubrick,
John Lennon... y
Silvio José Pereda.
Silvio es toooodo un personaje: es egoísta, ruín, sarcástico hasta decir basta, cruel... un tipejo despreciable, vamos. ¿Y cómo un sujeto como este puede ser el ídolo, ya no mío, sino de cualquiera, os preguntaréis? Pues muy sencillo: porque no existe. Bueno, sí existe, pero tan sólo en las páginas de
El Jueves, ya sabéis, la revista que sale los miércoles. Creado por el gran
Paco Alcázar, el personaje de
Silvio José lleva ya unos cuantos años alegrándome los desayunos del miércoles por la mañana. Y es que el ritual siempre es el mismo: nada más levantarme, bajo al quiosco a comprar
La Vanguardia y
El Jueves. Una vez en casa, me preparo el desayuno y, a continuación, entre mordisco y mordisco, hojeo las páginas del suplemento
Cultura/s y busco la media página semanal de
Silvio José. Y es que las tostadas, con humor, entran mejor.
Comida divertida

De
Silvio José me hacen gracia muchísimas cosas (su odio absoluto hacia la humanidad entera, su comportamiento tiránico hacia todos aquellos que le rodean, su devoción por
Steven Seagal, las chicas pelirrojas de metro noventa y los videojuegos de la segunda guerra mundial...), pero si hay alguna que siempre logra arrancarme una carcajada es su amor desmedido por la que ha sido su cena desde su más tierna infancia, las salchichas
chisparritas. Estas salchichas son –al igual que el 99,9% de las salchichas de origen industrial- una amalgama de despojos y aditivos varios que vuelve loco a
Silvio José, al igual que las madalenas
Fernández, ineludibles a la hora de desayunar, los menús del Tele-burguer de la esquina –siempre con una Coca-Cola del tiempo, nada de hielo- y las gominolas. Una dieta equilibrada, vamos. Pues bien, todas estas sabrosas viandas son lo que
Silvio José llama
comida divertida. ¿A que es un nombre genial? Es más, me gusta tanto que he acabado por incorporarlo a mi particular catálogo de chascarrillos, si bien en mi caso no se refiere tanto a productos para-radioactivos sino a aquellos platos que engordan un montón pero que nos chiflan a todos, ya sabéis: hamburguesas, chocolate, burritos, kebabs, bocatas de embutido, frituras... Si tenéis dos dedos de frente, sabréis que no conviene abusar de la
comida divertida, más que nada porque podéis acabar como un servidor, hinchaícos como un muñeco de Michelin (bueno, afortunadamente ya no estoy así, logré adelgazar doce kilos a base de una dieta más o menos estricta de
comida aburrida, ya sabéis: verdura, hortalizas…).
De vez en cuando, mi señora y yo echamos una canita al aire y nos calzamos una cena
divertida. A veces consiste en una pizza de
La Bella Napoli, a veces en una hamburguesa en el
Federal o, en otras ocasiones, en unos burritos de, como los llamamos nosotros, los mexicanos de Pintor Fortuny. Su restaurante tiene un nombre que hace justicia a lo que vamos a encontrar dentro (factor a tener en cuenta pues, tristemente, no suele ser lo habitual). Se llama
Deli’rious food shop. Y sí, la comida que sirven es delirante. Delirantemente buena.
¡Ay, burrito como tú!

Para variar, el
Deli'rous lo conocimos por casualidad. Salíamos de comer del
Hortet (un vegetariano de la calle Pintor Fortuny del que os hablaré otro día) y vimos que enfrente habían abierto un local que, hasta hacía relativamente poco tiempo, había permanecido cerrado. Nos acercamos y nos encontramos un local un poco extraño (luego os explico el porqué) con una pizarrita colgada en la puerta. Nada más comenzar a leer lo que ponía en ella, nos llevamos una inmensa alegría: ¡hacían burritos! ¡Yuju, un mexicano cerca de casa! Y por si fuera poco, era también un
take away. Cogimos la tarjetita de rigor y nos fuimos para casa. Unos días después, nos decidimos a hacer una incursión en toda regla.
Una vez allí, cuando entras, te encuentras una especie de salita o de recibidor donde no hay nadie, tan solo las tarjetitas, unos
flyers y una mesa o mostrador (no lo recuerdo muy bien). Justo frente a la puerta hay una escalera que baja hacia un sótano, que es, de hecho, donde se encuentra el restaurante en sí. Una vez abajo, te encuentras de frente el -ahora sí- mostrador, con la cocina justo detrás y a la vista, detrás de una enorme mampara de cristal, y a tu izquierda un par o tres de mesas con sus correspondientes sillas, por si quieres comer allí mismo, si bien lo vemos más como un
take away.
Esa primera vez estuvimos hablando con
Daniel, co-propietario del negocio junto con
Laura, y nos explicó que hacía muy poco que habían abierto y que estaban todavía dándole forma, pero a tenor de lo que cenamos aquella noche, no nos dio la más mínima sensación de ello, más bien lo contrario: el

burrito de machaca que me calcé estaba de au-tén-ti-co vicio, así como la quesadilla con frijoles que se pidió mi señora. Mención especial merecen los nachos, auténtica
delicatessen si se sirven correctamente, esto es, acompañados de un buen guacamole, un buen queso o unos buenos frijoles machacados. Aquí te los sirven con todo a la vez, ¡con dos cojones! Cada vez que les hemos hincado el diente -es decir, siempre, nunca faltan en nuestros pedidos- nos hemos acordado de las familias de los dueños de todos aquellos restaurantes, mexicanos o no, en los que nos sirvieron nachos
Matutano acompañados de un ¿guacamole? que parecía recién salido de una tarrina marca
Hacendado. Cuanto impostor, señor...
En sucesivas visitas también probamos la chimichanga, la sincronizada , el burrito de frijol charro... no voy a detenerme en explicaros de qué va cada plato, pues no entiendo ni papa de cocina mexicana y, aunque fuera así, os lo estaría poniendo demasiado fácil. Lo mejor es que os dejéis caer por aquí y que
Daniel y/o
Laura, simpatiquísimos ámbos, os lo expliquen
in person. Os aseguro que no os arrepentiréis, puesto que comeréis auténtica cocina popular mexicana cocinada con amor, con mucho amor. Y respecto a los precios, sólo os digo que su plato más caro vale 4,80 euros. Resumiendo: no hay excusas, tenéis que pasaros.
A casa, que se enfría

Aunque te pueden traer el pedido a casa sin ningún coste adicional, nosotros preferimos pasarnos por allí, así nos damos una vuelta. Eso sí, procuramos darnos un poquitín de prisa al volver a casa, porque sino se nos enfría (no, calentado en el microondas no es lo mismo). Una vez sentados a la mesa, damos gracias a Tenochtitlan (o como se llame) por poder disfrutar de tan sencillos pero riquísimos manjares. Por cierto, ¿le gustarán los burritos a
Silvio José? Un día de estos se lo tendremos que preguntar a
Paco Alcázar. Yo creo que sí. Al fin y al cabo estamos hablando de... ¡comida divertida!
DELI'RIOUS FOOD SHOP
c/ Pintor Fortuny 33
Barcelona
Tel. 931.924.557
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