martes, 28 de mayo de 2013

LA BELLA NAPOLI


Hay películas que lo tienen. Da igual que sean buenas o malas, divertidas o aburridas, cortas o largas, nuevas o antiguas. Aunque las tengas en dvd, o en bluray, o en el disco duro del ordenador o, incluso, en una vieja cinta VHS, cada vez que las echan por la tele, las ves sí o sí. ¡Y con anuncios! Porque tienen algo irresistible, un algo intangible que te empuja por enésima vez hacia el sofá y que te obliga a estarte quieto durante un par de horas, contando los minutos (o los segundos) que faltan para que llegue una de tus escenas favoritas. A mí, esto me pasa con mogollón de pelis, sobre todo con las míticas cintas de gags del trío Zucker-Abrahams-Zucker (a ver: ¿quién de vosotros no se traga entera Agárralo como puedas cada vez que la dan por la tele?). Desde hace unos años me pasa con una de las mejores películas del gran Ben Stiller, la divertidísima Meet the parents, más conocida por estos lares como Los padres de ella. Como doy por supuesto que la habéis visto en unas cuantas ocasiones, no voy a comentar aquí todas sus escenas y/o gags memorables (que tiene unos cuantos) porque nos podrían dar las tantas. Voy a fijar mi mirada pija en tan solo una de ellas, pues me va de perlas para contextualizar un poco el restaurante de hoy.



¡Estás en en círculo!

Mirad este vídeo, por favor: 


En él, Robert de Niro recuerda constantemente a Gaylord Focker (Follen, en castellano), el personaje que encarna Ben Stiller, lo importante que es para su familia en general y para él en particular establecer un relación basada en la confianza mutua y en la sinceridad (por lo menos de su futuro yerno hacia él), formar parte, en definitiva, de lo que el gran patriarca califica como el círculo de confianza. La de veces que me he descojonado cada vez que el suegro le dice al amigo Focker/Follen (con la voz en español de Ricardo Solans) ¡Sí, estás dentro del círculo, bienvenido! o Estás fuera del círculo, Follen... Pues bien, cada vez que mi señora y yo vamos a comer, a cenar o a pillar unas pizzas a La Bella Napoli, el concepto círculo de confianza aparece ipso facto. Os explico el motivo: la primera vez que vine comí tan bien (pero bien de verdad) que le pregunté a mi señora ¿¿Por qué has tardado tanto en traerme a este sitio?? (ella ya lo conocía). Y me respondió porque tenías que ganártelo, abuelo. ¡Aquí no traigo a cualquiera! Así es: tenía que entrar en el círculo de confianza. En su círculo de confianza.


Cryiiiiing, over youuuu!!!

Aquel día (un domingo, si la memoria no me falla) lo primero que me llamó la atención fue que estaba lleno... de italianos. Parafraseando a mi buen amigo Isaac (si tienes dudas a la hora de comer fuera de casa, no te compliques la vida: métete en el primer bar que esté lleno de currelas, allí se come bien seguro), si un restaurante de una determinada nacionalidad está lleno de clientes autóctonos, no dudes ni un segundo que ese es el lugar. Lo segundo fue el volumen en-sor-de-ce-dor que reinaba en todo el restaurante. Teniendo en cuenta que vivimos en un país bastante gritón, no debería extrañarme, pero es que ese volumen era demencial. Si vas un día de cada día a comer, el nivel de decibelios baja bastante, pero si acudes por la noche o un finde y no quieres dejarte las amígdalas diciéndole a tu pareja qué bueno está todo, mejor que vayas currándote un sistema alternativo de comunicación (tarjetitas, humo, subtítulos...¡hay muchas opciones!). Pero tampoco hay que darle más importancia de la que tiene, pues la comida logra que te aísles de la orgía decibélica. Aquel día, el de mi bautismo napolitano, casi acabo como Roy Orbison, llorando a moco tendido. Pero de felicidad, claro, nada de corazones rotos.




Como en casa


La Bella Napoli (el de Poble Sec; en la calle Villarroel hay otro restaurante que se llama igual, pero no sé si son del mismo dueño) son de esos sitios donde siempre apetece comer. En primer lugar, por la comida, claro está, y a continuación porque es muy acogedor, factor que tiene muy en cuenta su inmensa clientela, en gran parte (como os decía más arriba) italiana (de hecho, es la segunda comunidad extranjera de Barcelona, detrás de los pakistaníes). Sus dos comedores (uno a la izquierda y otro al fondo, siempre mirando desde la entrada) son amplios, con bastantes mesas, pero sin agobios de espacio. En el de la izquierda, al fondo del todo, está el acceso a la cocina (que está en el sótano) y el horno de leña donde cocinan las pizzas, un peazo horno con forma (y aspecto) de cabeza humana, prácticamente idéntica a las que salen en el interior del volcán de Vuelo 714 para Sidney, uno de mis álbumes favoritos de Tintin. Aunque ha ido cambiando con los años, la iconografía napolitana se mantiene imperecedera en sus paredes. Fotos de las calles de Nápoles, retratos de Totó, del gran Renato Carosone... Mi favorito siempre fue -creo que ya lo quitaron- un collage muy bonito hecho con multitud de fotos (¿o eran dibujos?) de Maradona, lo más parecido a un Dios terrenal para los napolitanos. Ni rastro (¡afortunadamente!) de la famosa camorra (aunque hace ya bastantes años leí en El Periódico que en su puerta se había producido... ¡un tiroteo! No recuerdo muy bien los detalles, pero por lo visto el pistolero había seguido a su objetivo hasta allí para darle matarile... o algo así). En el vestíbulo y en una de las paredes del salón de la izquierda, por el contrario, hay un buen número de fotos enmarcadas, prácticamente todas del personal del restaurante posando junto a famosos de todo pelaje (nosotros nos encontramos hace años al actor Timothy Hutton, el protagonista de una de las películas favoritas del Pijo mayor, Beautiful girls). Y luego están los
camareros. Aunque a alguno de vosotros os pueda cansar un poco el rollito del camarero ligón italiano (ya sabéis, ese que trata de levantarte a tu señora en tus propias narices a base de gracietas varias), deciros que los de La Bella Napoli no son especialmente pesados en ese aspecto (creo que con los años se han suavizado). Excepto el que se parece al malo de Terminator 2 (diría que es catalán, por lo menos de adopción), todos se dirigen a ti en casteliano, una mezcla (en ocasiones ininteligible) de castellano, italiano y dialecto napolitano. Y si puede ser a gritos, ¡mejor! Pero da igual, porque son simpáticos y son profesionales, lo que contribuye a que, unido a todo lo demás, te sientas como en casa.


Estaba todo muy bueno, de verdad

Volvamos, por última vez, a esa primera visita. Aquel día, como ya dije antes, comí como un señor. No podía ser de otra forma pidiéndome (como me pedí) una auténtica pizza napolitana. No tengo palabras para expresar lo que sentí cuando le pegué el primer bocado a aquella pizzaca del quince (las hacen bastante grandes), de masa gruesa y cocinadas en un auténtico horno de leña (eso es, el de la cabeza). Tengo que reconocer que hasta entonces mi bagaje pizzero (repleto de engrudos congelados y de franquicias a domicilio) no era muy amplio que digamos, pero desde ese preciso instante supe que sería muy difícil encontrar una mejor en toda Barcelona. El tiempo (y el sentido común) hizo que tal juicio fuera atemperándose, pues pizzerías hay a patadas en Barcelona y alguna que otra vez he hallado pizzas iguales o, incluso, superiores, pero, en cualquier caso, aquella pizza fue la mejor pizza del mundo durante unos minutos. Y es que las pizzas de La Bella Napoli, para un servidor, siempre estarán ahí, ¡entre las mejores! Habrá un montón de gente que lea esto y que piense todo lo contrario. ¿Y sabéis qué? Que posiblemente tendrán razón, pero contra gustos... Hace tiempo que no pido pizza cuando les visitamos... más que nada porque casi cada semana voy a pillar una para zampármela en casita, con mi lata de Coca-Cola (o de cerveza) y mi programa de televisión favorito. Y hay donde escoger: la última vez que fuimos (hace un par de semanas) conté hasta ¡veintiséis! Con tomate, sin tomate, con verdura, con marisco, con queso, sin queso, con carne, con Nutella, calzone... en fin, que es complicado escoger una, te las comerías (ahora pondré voz de Belén Esteban) ¡to-daaas!

Pizzas a parte, su carta es bastante larga. Tienen dos páginas bastante extensas de entrantes, diecinueve tipos distintos de pasta, tres risottos, carnes y pescados (aunque los Pijos hemos ido probando un poco de todo, estos últimos son dos asignaturas pendientes: como bien dice nuestra queridísima amiga Ka, la cocina italiana es mucho más que pasta y pizza. Y sabe de lo que habla... por experiencia).

En nuestra última incursión napolitana, los Pijos se pidieron un entrante a compartir y un plato cada uno. Lo del entrante compartido tiene un motivo: tanto estos como los segundos suelen ser bastante contundentes, por lo que no es aconsejable pedirse un primero y un segundo a la manera española, pues corres el riesgo de quedarte hinchado a mitad del plato principal. A nosotros nos costó un tiempo acostumbrarnos a ello. En esta ocasión, comenzamos compartiendo un plato de Bocconcini de bufala, unas bolitas de mozzarella rebozadas y que te las sirven con un poquito de tomate picante. Buenísimas, con una fritura nada oleosa. Antes las llamaban mozzarelline... y estaban igual de ricas. Me comería veintiocho seguidas. Hablo en serio.

Mi señora, como buena amante de la pasta, se calzó un plato de Rigatoni alla siciliana, tubitos al dente, por supuesto, con una salsa a base de berenjenas, mozzarella, tomate natural, parmesano y albahaca. Excelentes, Y el Pijo Mayor, por su parte, se pidió un Risotto radiocchio e gorgonzola (un arroz melosito hecho con achicoria, vino tinto y gorgonzola, servido dentro de una especie de cazuelita de queso parmesano solidificado. ¡Pa' chillarle! Y lo regamos con dos birras, marca Gradisca, muy buena. Y de postre, nada, claro, ya sabéis que los Pijos casi nunca llegan vivos a la última etapa del ágape, sea donde sea. Aunque una vez, por hacer un homenaje a Connie Corleone, me pedí un cannolo. Si sois fans, como nosotros, de la saga de El Padrino, os acordaréis de que al final de la tercera parte, Connie le trae una caja de cannoli (unos canutillos rellenos de crema, muy-muy dulces) al cabrón de Don Altobello (inolvidable Eli Wallach). El muy zorro, sospechando que están envenenados (lo cual es cierto) se los da a probar a Connie y esta, muy lista, le pega un mordisquito a uno de los extremos del cannolo, esquivando el medio kilo de veneno que le ha metido al viejo. Pues bien, el día que lo pedí (no me gustó mucho, por cierto, demasiado dulce para mi gusto) imité todo lo bien que pude a Connie ¡y mordisqueé la puntita! Mi señora se rió mucho, claro. Si hay una próxima vez, intentaré imitar el momento en el que la espicha el Altobello en el palco de la ópera (oh, ¿os acabo de spoilear? ¡Jajaja!)

La comida, incluyendo dos magníficos capuccinos (obligatorios en cada visita: aquí sí que todavía no he encontrado otro en Barcelona que esté a la altura) y una copita de limoncello, salió por 51,50 euros. Está muy bien de precio, rara vez hemos superado los treinta ecus por persona. Ah, me olvidaba: La Bella Napoli está lleno casi siempre. Para comer al mediodía no hay problema, pero para noches y fines de semana, mejor reservar. Si no lo hacéis, la espera se os puede hacer eterna.

¡Cosiiii Cosaaaaa...!

Y después de salir y cruzar el Paralelo, camino de casa, venía lo peor: la leeeeeeenta digestión. Siempre que como en un italiano mi cuerpo me pide sofá y relajación absoluta. Al contrario que los italianos que viajan con los Hermanos Marx rumbo a Nueva York en Una noche en la ópera, después del banquetazo no me quedan fuerzas para cantar canciones napolitanas a pleno pulmón, pero sí para enchufarme la peli una vez más mientras (intento) digerir la penúltima visita a La Bella Napoli. Porque con este restaurante nunca hay una última vez. ¡Solo penúltimas!




La Bella Napoli
c/ Margarit 14
Barcelona
Tel. 934.425.056























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