jueves, 14 de febrero de 2013

RINCÓN PERSA



Irán... Cuando era pequeño, las únicas cosas que sabía de Irán eran que se trataba de un país árabe, que siempre estaba en guerra con su vecina Irak y que lo gobernaba un señor que daba mucho miedito, el ayatollah Jomeini. Y no sería hasta muchos años después que comencé a situarlo en el mapa -la geografía, mi eterna asignatura pendiente- y a enterarme que de árabes, nada. Eran persas, y su cultura, una de las más antiguas -y fascinantes- de la historia de la humanidad. ¿Y sabéis cómo averigüé todo ello? Pues gracias a un cómic, un GRAN cómic. Muchos de vosotros lo habréis leído, estoy seguro. Se llama Persépolis y lo escribió y dibujó una artista iraní llamada Marjane Satrapi. Se trata de una historia autobiográfica escrita en primera persona, en la que la autora relata, con un estilo sencillo y directo, en blanco y negro, los instantes previos a la revolución integrista que consiguió derrocar al Sha de Persia para instaurar una nefasta teocracia que todavía sigue ahí, periodo que coincide con el final de su niñez y el inicio de la adolescencia. Si no lo habéis leído, ya tardáis en hacerlo. Consta de cuatro álbumes, pero Norma Cómics lo editó hace un tiempo en un único tomo en tapa dura. Desde el día en que lo leí por primera vez -bueno, devoré sería un término mucho más preciso-, mi interés por la cultura persa creció exponencialmente, de ahí que, al pasear un día por mi barrio y darme de bruces con un restaurante llamado Rincón Persa, ir a probarlo se convirtiera en prioridad Pija. Y así fue.


...y con ustedes, ¡Georges Corraface!

Mi señora y yo hemos comido en unas cuantas ocasiones en el Rincón Persa (ella más que yo: no sabéis la de veces que ha llevado a sus amigos), pero si me tengo que quedar con una en concreto, fue aquella en la que hablamos largo y tendido con el dueño. Bueno, hablar-hablar, lo que se dice hablar, solo habló él: ¡menudo speech! Pero valió la pena, valió mucho la pena. De hecho, era la primera vez (y hasta el momento, la única) que hablaba con un persa. Durante cerca de una hora, mientras nos tomábamos uno de sus deliciosos tés verdes, nos estuvo contando un montón de cosas sobre su país, sobre su cultura y, cómo no, sobre su magnífica gastronomía. Entre otras cosas, nos dijo que la imagen que dan los medios sobre su país está muy distorsionada y que si lo visitábamos nos llevaríamos una sorpresa muy agradable, pues la mayoría de sus habitantes, al parecer, pasan bastante de los curas, del impresentable Ahmadineyad y de todas esas historias chungas del mundo integrista. Imaginad lo que nos impactó su relato que incluso nos planteamos muy seriamente viajar a Irán al año siguiente, pero entre el precio del vuelo (es caro de cojones) y las historias que leímos en varios blogs de viajeros sobre lo simpáticos que eran los guardianes de la fe del régimen iraní, acabamos por desistir. En cualquier caso, cada vez que vamos nos acordamos de aquel señor que, según mi señora, ya no es el dueño, y que se parecía una barbaridad al actor Georges Corraface. Sí, sí, exacto, el protagonista de La pasión turca. Clavao, os lo juro, ¡clavao!


Las berenjenas

Los Pijos (y sobre todo el Pijo mayor, o sea, yo) suelen ir a tiro fijo allá donde saben que van a comer como los señores. Así es: en todos y cada uno de los restaurantes que han salido (y que saldrán) en este, vuestro blog, siempre hay un plato fetiche, un plato que, pidamos lo que pidamos, no puede faltar en nuestra comanda. Por eso, cada vez que bajamos los tres o cuatro escalones que van a parar al comedor principal y nos sentamos en nuestra mesa, tenemos claro que el Kashk o Badenyún caerá sí o sí. Pero no adelantemos acontecimientos.

La decoración es quizás (bueno, quizás no, seguro) el único punto flojo del Rincón Persa. Es la típica decoración que tenían los restaurantes digamos exóticos allá por los 80, cuando la mayoría de ellos intentaban, con mayor o menor fortuna, reproducir en sus negocios la supuesta estética o ambiente de sus países de origen. Por aquel entonces molaría, supongo, pero ahora, la verdad, en un mundo tan y tan globalizado, resulta un pelín rancia, muy demodé. Y hasta aquí lo malo. A partir de este momento, todo es bueno, muy bueno o mejor. Comenzando por la carta. Se divide en cinco apartados, a saber, entrantes y acompañamientos, polós (especialidades de arroz), los chelo kabab (asados acompañados de arroz basmati), los cheló khoresh (estofados, acompañados también con arroz basmati) y, finalmente, los platos vegetarianos. Ah, me olvidaba, como no podría ser de otra forma, tienen caviar auténtico, nada de sucedáneos, pero su prohibitivo precio (entre los 135 y los 250 euros) está muy fuera del alcance del bolsillo Pijo (y del bolsillo de cualquiera, vamos), por lo que si alguno de vosotros tiene la fortuna de probarlo, ya nos contará qué tal estaba.

En nuestra última incursión (de hace apenas una semana), los Pijos se decantaron, a parte de las ya habituales cervezas) por el anteriormente citado (y siempre delicioso) Kashk o Badenyún (una pasta hecha a base de berenjenas, cebolla, nueces y queso curado persa), Kufteh (albóndigas de carne, garbanzos, pasas y especias) y pan persa (una especie de torta fina) como entrantes para compartir. Cuidado con ambos platos: ¡son altamente adictivos! Y a la que te lías a mojar pan, es un no parar que puede dejarte saciado antes de que lleguen los platos principales. En esta ocasión fueron un plato de Yuyeh Kabab para mi señora (una brocheta de pollo macerado en azafrán y aceite de oliva) y un Taskabab para mi (un estofado de verduras). Como los dos platos van acompañados de arroz basmati, optaron (muy buena idea) por traernos el arroz en un único recipiente a colocar en el centro. Los dos platos estaban exquisitos, pero el arroz merece una mención especial: estaba de-li-cio-so. Como podéis observar en la foto adjunta, nos sirvieron un bandejote con tres aderezos diferentes; con naranja, con limón y con cáscaras de granada (mi favorito, sin duda alguna). Hemos probado muchos platos más de la carta y no hay ninguno (repito: ninguno) que baje del 7 en una hipotética escala del 1 al 10. Palabra.

Tea time!

Yo nunca he sido mucho de té, siempre me ha tirado más el café, pero desde hace un par de visitas he sucumbido al poder de su té con menta fresca: está increíblemente bueno y, además, nada de piscinas de medio litro, no, un vaso cortito y estrecho con una hojita de menta. Desde que lo probé, no me preocupa meterme entre pecho y espalda media carta, sé que el té siempre estará ahí para ayudarme en mis momentos más bajos (gástricamente hablando, quiero decir).

La factura ascendió a 46,80 euros, poco más de 23 euros por cabeza. A nosotros nos parece, para lo bien que se come, un precio de lo más ajustado. De eso precisamente hablábamos justo cuando nos íbamos, prometiéndonos que la próxima vez procuraríamos ir un viernes o un sábado noche, pues en esas dos veladas hay ¡danza del vientre! ¡Sí! A mí, la verdad, me da un poco de cosica, porque soy algo tímido y me da miedo que me saquen a bailar o algo, pero tengo que reconocer que me pica la curiosidad. Al fin y al cabo, es cultura persa. Y eso, me interesa.



Rincón Persa
c/ Floridablanca 85
Barcelona
Tel. 934. 255.996



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