
Me sucede todos los años. Uno tras
otro. Es llegar la última semana de enero y no poder dejar de pensar
en otra cosa. ¿Y por qué a finales de enero, os preguntaréis? Muy
sencillo, queridos pijos y pijas: ¡comienza la temporada de
calçots!
Aunque con los años (y sobre todo, a medida que se han ido
popularizando entre los habitantes de la metrópolis) las primeras
calçotades tienen lugar allá por el mes de noviembre, no es hasta
la última semana de enero que comienza oficialmente la temporada con
la
Gran Festa de la Calçotada de Valls (Tarragona). A partir
de ese momento, el Pijo mayor se pone manos a la obra y no para hasta
fijar el día en el que el comando Pijo se pondrá los baberos. Digo
lo de
comando porque las
calçotades son una de las dos cosas
en la vida que hay que hacer sí o sí en grupo. La otra, por
supuesto, es ver
Aterriza como puedas.

No os creáis que soy un experto en
esto de las calçotades. De hecho, mi primer encuentro serio con los
cebollinos y la salsa romesco tuvo lugar hace poco menos de diez
años, ya en mi treintena.
Fue en un
restaurante del Montseny, creo recordar. Me gustaron, pero tampoco me
entusiasmaron, la verdad. El entorno, qué queréis que os diga,
tampoco ayudaba. Era más bien un bar de comidas con un comedor
atestado de familias. Y los que me conocéis, ya sabéis que ese
ambiente, el familiar, me encanta:
estrecheces, gritos, niños, humo (bueno, eso ya no,
afortunadamente)... Después de aquella jornada de lo más olvidable,
lo tenía claro: no volvería a ir de calçotada si no se daban un
mínimo de tres condiciones in-ne-go-cia-bles. A saber:
El entorno: si
los calçots son originarios de la comarca del Alt Camp, a poco más de cien
kilómetros de Barcelona, ciudad en la que resido, ¿tiene sentido
irse de calçotada a un bar de comidas del Montseny? La respuesta
está clara: ¡NO! Quiero comérmelos en el campo, ¡en el mismo
epicentro del cebollino! ¡Allá donde saben de qué va esto!
El
restaurante: Esta es consecuencia de la anterior. Si hay que comer en
plena naturaleza, las opciones se reducen a dos: al aire libre o en
una masia. Y como por
esta época suele hacer fresquito
por la zona, gana por goleada la masia.
Más
de uno dirá que lo del entorno es una tontería y que no hay que
irse tan lejos para calzarse unos buenos calçots. Y quizás tengáis
razón. Si la materia prima es de calidad y tienes el equipo y la
cocina adecuados, ¿por qué carajo no van a estar buenos? Pero una
vez has comido en Cal
Ganxo,
os puedo asegurar que los 110 kilómetros que separan mi domicilio de
este templo calçotaire no significan absolutamente nada.
Los que sí que
saben
Lo
tuve claro desde el principio. Si quería comerme los mejores calçots
en el mejor entorno posible debía dirigir mis pasos hacía la
comarca del Alt
Camp.
Ya, pero...¿dónde? Será que no hay restaurantes y masias
por esa zona dedicadas en cuerpo y alma al cebollino... Fácil:
pregunta a los que saben. Y no hay gente más sabia que los
proveedores de la empresa donde trabajo, auténticos currelas
que conocen palmo a palmo la zona por la que se mueven habitualmente.
Y así lo hice. Hace exactamente siete años llamé a nuestro hombre
en Valls y le pregunté Escolta,
saps d'algun lloc que estigui bé per fer una calçotada?
¹
Su respuesta fue rápida y concisa: Cal
Ganxo,
no t'ho pensis ni
dues vegades
².
La cosa, pues, estaba clara, ¿no?
Sin
contar la que nos ocupa en esta entrada, los Pijos hemos disfrutado
del arte de Cal
Ganxo
en tres ocasiones. La primera, en febrero de 2006, con nieve todavía
en los márgenes de las carreteras, fue espectacular. Comimos de
fábula. Y comimos mucho. Y cuando digo mucho es mucho.
Yo
salí de allí medio mareao,
con ganas de irme a la cama inmediatamente para que mi estómago
reposara un poco. Ah, no os lo había dicho: Cal
Ganxo no
está especialmente indicado para aquellas personas que tienen
suficiente con una ensaladita y un poco de pollo a la plancha. No.
Cal Ganxo
es para los valientes, para aquellos que una vez se sientan a la
mesa, lo dan todo y no hacen prisioneros. Pero no adelantemos
acontecimientos...

Después de aquella primera visita, los Pijos repitieron en dos
ocasiones más. Especialmente cómica fue la tercera, en la que a mi
suegro, llevado por un (desconocido en él) espíritu aventurero, le
dio por obviar la autopista AP-7 y volver a casa atravesando media
Catalunya, obsequiándonos la vista con las bonitas entradas (y las
no menos bellas salidas) de unas catorce poblaciones del Vendrell, el
Garraf y el Baix Llobregat. Y para acabar, la guinda: ¿A alguien se
le ocurre una forma mejor de rematar una comida opípara que con una
buena sesión de curvas por las costas del Garraf? ¡A mí no, desde
luego! Solo por el color pseudo-tísico que se le quedó a mi señora
en pleno vaivén ¡ya valió la pena! Y es que mi suegro es de los
que saben.
Somos gente con
clase...
...y
no nos juntamos con cualquiera. Eso es justo lo que pensé cuando el
comando Pijo (formado en esta ocasión por Rubén,
Marta,
Juan,
Lidia,
Isaac
y yo) llegamos hace unas semanas al aparcamiento de Cal
Ganxo.
Allí fuera, un poco apartado de los coches, había estacionado...¡un
helicóptero! ¡Su p... madre! Estaba claro, no iba a llevar a mis
colegas a un sitio cualquiera. Hacía ya un tiempo que en el trabajo
nos rondaba la idea de salir de calçotada y yo me comprometí a
llevarlos al mejor sitio que conocía para ello. Lo que no sabía es que también tenían clientes vip, mira tú.
Cal
Ganxo es
un restaurante que abre únicamente para comer -nada de cenas- entre
los meses de noviembre y abril, es decir, coincidiendo con la
temporada de calçots. Está situado en un pueblecito (bueno, quizás
sería más adecuado calificarlo de aldea, apenas son cuatro casas
mal contadas) llamado Masmolets, a pocos kilómetros de Valls. La
masia
es una preciosa casa solariega del siglo XVIII que ha sido reformada
en su justa medida: una vez dentro, te da la impresión de que el
tiempo se paró allí hace más de doscientos años.
Tras
las pertinentes fotos al helicóptero (con postureo
incluido) nos dirigimos a la entrada. Tras cruzar la puerta, entras
en una especie de recibidor con unas brasas (a pleno rendimiento)
a la derecha, uno de los comedores a la izquierda y en el centro, la
entrada al comedor principal, que es donde teníamos nuestra mesa.
Aunque era la cuarta vez que entraba en dicha estancia, me volvió a
sorprender gratamente su ambiente cálido y acogedor, con mesas y
sillas de madera maciza, una iluminación tenue (a base de
lamparitas y velas) y una decoración más que correcta hecha a base
de objetos antiguos. Y aunque estaba lleno (ojo: no era un fin de
semana, dato a tener en cuenta) en ningún momento hubo gritos ni
molestias de ningún tipo.
Desabrochando
cinturones
En
la mesa estaban esperándonos nuestros respectivos baberos
-esenciales en una calçotada-, un par de porrones de vino tinto, un
cuenquito de su estupenda salsa romesco para cada uno y un par de
cestos con sendos panes de pagès
ya cortados a rebanadas. Mucho cuidado con la salsa romesco de Cal
Ganxo:
crea adicción. Está tan buena que es tremendamente sencillo que se
te vaya la olla y que antes de que llegue la carne ya te hayas jalado
medio kilo de pan mojando a diestro y siniestro. Mi buen amigo Isaac
dice
que la salsa romesco que hace su señora está mejor, pero que esta
está muy buena. No seré yo quien le lleve la contraria, pero hasta
que no la pruebe, me quedo con la de Cal
Ganxo.
El
plan es sencillo. Un menú cerrado que consta de calçots a
go-go,
sin límite alguno, una parrillada de carne de segundo y postre. Una
vez sentados todos en su sitio, con los baberos bien atados,
¡comienza el espectáculo!: los camareros van trayendo tejas y más
tejas de calçots
envueltos en papel de periódico. Están hechos como Dios manda y se
nota, pues a partir de aquel momento la conversación que estábamos
manteniendo sobre los posibles pasajeros del helicóptero (¿serían
famosos?) se fue diluyendo en pocos instantes. Aunque el menú
incluye
calçots
non-stop,
paramos después de la quinta o sexta ronda, pues todavía faltaba
más de medio ágape y no era cuestión de darlo todo tan al
principio. Conozco gente que preferiría comer calçots
y romesco
hasta reventar y pasar de la habitual carne a la brasa de segundo,
pero eso va a gustos. Yo me decanto por comer un poco de todo y no
centrarme únicamente en los cebollinos... pero para eso hay que
tener un poco de sentido de la mesura
y tener muy claro hasta donde puedes llegar con cada plato. Yo soy
perro viejo y conozco mis límites, así que cuando ya llevaba unos
treinta y cinco calçots
dije basta y me quité el babero. Marta,
Lidia
e Isaac siguieron
dándole a los cebollinos hasta sobrepasar con creces los sesenta
(repetimos: ¡sesenta!), aunque Isaac
es
de buen comer y a él no le supuso ningún problema, cosa que no
puede decirse de ellas dos (luego os explico).
A
continuación, los camareros retiraron los baberos, los despojos, los
cuenquitos y el mantel de papel que cubría el de tela (muy buena
idea esta: es tal la cantidad de brasas e hilachos que salen
disparados que si no lo pusieran dejarían la mesa hecha una pocilga
para el resto de la comida) y comenzaron a traer la guarnición de la
parrillada, dos platos bien hermosos llenos de mongetes,
una alcachofa asada por cabeza y un butifarrot
negro para cada uno. Pintaza, señores, ¡pintaza! Un par de minutos
después llegó el turno de la carne, que traían sobre un par de
cazuelas con sus propias brasas candentes debajo y una rejilla
encima. Cada cazuela constaba de tres raciones que incluían cada una
una butifarra, una mitjana
y una costilla de cordero. Ah, y all
i oli,
¡mucho all i oli!
La carne estaba simplemente deliciosa, todos coincidimos en ello.
Para beber, por cierto, trajeron un par de botellas de cava de la
casa. Muy bueno también.
A
estas alturas, quien más o quien menos ya estaba un poco llenito.
El Pijo mayor estaba especialmente contento, pues gracias a una buena
dosificación todavía tenía espacio en el buche para el postre.
Antiguamente, te servían un plato ¡sopero! de crema catalana y un
par de naranjas ¡para cada uno! Ahora se han moderado y se limitan a
traer un par de platos con naranja a rodajas y otros dos platos (sí,
soperos) de crema catalana, todos para compartir. Mejor así, la
verdad.
Yellow is the
colour
Cuando
vas de calçotada, es relativamente fácil saber quién va peor a
nivel gástrico, ¡tan solo hay que fijarse en quién se pide un té!
Y Marta y
Lidia estaban
entre las más
perjudicadas. De hecho, el color de su piel había
mutado hacia la misma tonalidad pseudo-tísica de mi señora unos
años antes. Pero tampoco hay que darle mucha importancia, pues si es
la primera vez que vienes es muy fácil que la gula te engañe y
acabes empachado. Yo acabé exactamente igual (¡o peor!) la primera
vez que fui.
La cuenta salió por 242 euros, es decir, a unos 40 euros por barba.
A todos nos pareció bien teniendo en cuenta el entorno, el servicio
(super-atento y muy simpático) y, sobre todo, lo bien, lo
jodidamente bien que habíamos comido. Insuperable.
Zzzzzzzzz....
Tras
abonar la cuenta, nos levantamos y salimos a dar una vueltecita por
la aldea, más que nada para que nos bajara un poco toda la manduca
ingerida. Cuando estábamos a la altura de la iglesia, oímos cómo
el helicóptero que habíamos visto a la entrada se elevaba en pocos
segundos y marchaba de allá a toda leche. Qué rabia, ¡nos quedamos
sin saber quién iba en él! A medida que nos alejábamos de
Masmolets pensamos en lo que molaría ir montados en él y llegar a
casa en pocos minutos. Y si tenemos en cuenta la letal sesión de La
Oreja de Van Gogh
con la que tuvieron a bien obsequiarnos
Juan (por
poner el disco) y Marta
(por
berrear sus canciones) durante la mayor parte del viaje de vuelta,
más todavía, ¡mucho
más!
Yo ya no vuelvo a salir de calçotada si no es en helicóptero, ¡que
lo sepáis!
Cal Ganxo
c/ de la Font 9
Masmolets –
Valls (Tarragona)
Tel. 977.605.960
www.calganxo.com/
¹
Oye, ¿sabes de algún sitio que esté bien para hacer una calçotada?
²
Cal Ganxo, no te lo pienses dos veces