
Así, a bote pronto, me vienen tres
cosas a la cabeza si pienso en la palabra
Lleida: la primera
es
Jaume, el compañero de mi buena amiga
Eli, que es de allá.
La segunda, el sello de reediciones
Guerssen, que también es
de allí (por cierto, si sois aficionados a la música y os molan la
psicodelia y/o el hard 70’s, entre otras exquisiteces pretéritas,
ya tardáis en daros una vuelta por su
web. Tienen
unos discos a-co-jo-nan-tes). Y la tercera, los caracoles, un clásico
de la cocina catalana en general y de la
lleidetana en
particular. Con los caracoles no hay término medio: o te encantan o
los odias. Y mi señora, protagonista principal del Gargantuan Tour,
es de los segundos (al igual que mi padre, que dice

que son
cornudos,
babosos y arrastraos). De esta forma, cuando planifiqué
la segunda etapa de nuestro pantagruélico recorrido
tuve que romperme los cuernos (nunca mejor dicho) para encontrar un
restaurante que estuviera a la altura y que no basara su propuesta
únicamente en estos entrañables moluscos terrestres. Como ya dije
en la entrada que dediqué a la primera etapa, limité la búsqueda a
los restaurantes de los que guardo reseña en mi carpeta roja, de
esta forma me ahorraba una farragosa investigación entre decenas y
decenas de webs dedicadas al tema gastronómico. Problema: todos los
candidatos eran especialistas en caracoles. Mieeeerdaa…
En la variedad está el gusto

Pues nada, no me quedó más remedio
que
investigar uno por uno todos los establecimientos de la
lista (menos mal que no era muy larga). Pero tuve suerte, porque, al
poco de comenzar, di con uno que, si bien manejaba el rollo
cargolaire como el que más, ese no era el plato estrella de
la casa. Ese lugar de honor estaba reservado para el bacalao, uno de
mis pescados favoritos. Respiré tranquilo cuando chequeé su web y
vi que la carta, además de lo ya comentado, incluía varias carnes y
arroces (y lo digo porque a mi señora, el bacalao no le vuelve loca.
A ver, le gusta, pero solo si está bien cocinado). Unos minutos más
tarde (y unas cuantas webs después) ya teníamos un ganador
confirmado: ganaba por goleada
El Celler del Roser. Mi
instinto pijo me decía que ese era
el sitio. Y no me
equivoqué.
Lo quiero todo

La visita al
El Celler del Roser
estaba prevista para finales del mes de mayo, pero un asuntillo
familiar y, sobre todo, el mal tiempo que tuvimos por toda Catalunya
por esa época, recomendaron retrasarla. Hubo un día que estuve a
punto de subir a la torre de Collserola y amenazar con mi bate de
béisbol a los meteorólogos para que cesaran de un vez los chubascos
y su putísima madre, idea de lo más ridícula, ya no solo porque no
tienen ningún poder sobre la meteorología sino porque no creo que
en esa torre haya ninguno (es lo que tiene dejarse llevar por la
imaginación). Pero llegó el buen tiempo y los Pijos, ¡por fin!
pudimos reservar mesa en nuestro objetivo
lleidetà. Esta visita, además, nos iba que ni
pintada para hacer aprovisionamiento de cosas
güenas de la
región. Por una parte, íbamos a cargar el maletero (literalmente)
de
coques de recapte. Pocas semanas antes, se me hizo la boca
agua tras leer un artículo en la revista
Cuina dedicado a estas delicatesen de las
terres de ponent. Al final
del mismo, había un recuadrito con una selección de los mejores
especialistas en la materia, todos en la provincia de Lleida. La
mayoría de los
forns estaban en poblaciones un poco alejadas
de nuestro trayecto, pero había uno que estaba en la misma capital
del Segrià. Y el destino quiso que estuviera situado a unas pocas
decenas de metros de
El Celler del Roser. A esto se le llama
tener potra.
Por otra parte, había visto en la web
del restaurante que también tenían una tienda de platos preparados
o, mejor dicho, una tienda donde podías encontrar la mayoría de los
platos de su carta, bien envasados y listos para calentarlos en un
golpe de horno o microondas. Esto me iba de perlas porque, de esta
forma, podría comer bacalao y llevarme a casa un buen plato de
cargols. O al revés, vaya. Y es que los Pijos somos
insaciables, ¡lo queremos todo!
Contrarreloj

El día de autos, los Pijos se
levantaron temprano y tomaron rumbo hacia Lleida sin prisa, pero sin
pausa, pues teníamos una reserva para las 14.00 horas y queríamos
dejar listas las compras antes del ágape. A nadie le gusta ir con un
petardo en el culo, ¿verdad? Pues a mi señora, menos. Una vez
aparcado el coche, consultamos el Google Maps y nos pusimos en marcha
hacia la primera etapa de nuestra jornada, el
Forn de Sant Antoni,
una panadería centenaria (abierta en 1902) donde, supuestamente, se
hacen algunas de las mejores
coques de recapte de la
provincia. Nada más entrar supimos que habíamos ido a parar al
sitio indicado: ante nosotros se extendían un par de metros largos
de mostrador llenos de bandejas y más bandejas de
coques, las
cuales VOLABAN. De hecho, me puse

un poco nervioso porque veía que
los clientes que teníamos delante no hacían más que pedirse
porciones de coca, algunas de las cuales estaban a punto de acabarse.
Una vez nos llegó el turno, no dejamos títere con cabeza: entre las
que nos llevábamos para nosotros (de escalibada, de sardinas, de
cebolla…) y las que íbamos a regalar a la familia nos dejamos
cerca de cincuenta eurazos. Ahí es nada.
Para no tener que cargar con ellas
(pesaban un huevo y, además, tienes que mantenerlas en posición
horizontal), les pedimos que nos las guardaran hasta que
emprendiéramos el viaje de vuelta. Ningún problema, por supuesto.

Tras salir del
forn, dirigimos nuestros pasos hacia la segunda
etapa de nuestro periplo, la tienda del restaurante, situada a unos
pocos metros de la panadería. No sé porqué, pero me la esperaba
como muy
casolana y, sin embargo, era una tienda con una
decoración moderna, funcional, todo en tonos claros. Dado que ya
había decidido
trincarme un bacalao para comer, me fui
directo al refrigerador a coger una fiambrera de caracoles, un pack
que incluía un par de palillos y un vasito con alioli. La
dependienta debió calarme rápido, puesto que me preguntó si íbamos
a comer en el restaurante. Tras asentir, me dijo que no los pillara
aquí y que los pidiera en el propio restaurante, pues me costarían
lo mismo y me los darían recién hechos. Y así lo hicimos. Da gusto
que te atienda gente honesta, la verdad.
Hem fet el cim!

Olvidé comentaros que aquel día hacía
un calor de mil demonios, dato a tener en cuenta si has de recorrer
poco más de cien metros… cuesta arriba. Es lo que tiene el Google
Maps, que te dice que estás muy cerca de tu destino pero nada acerca
de que el trayecto es a) cuesta arriba y b) es casi como un Tourmalet
urbano. Para cuando llegamos a la puerta del restaurante de marras,
tanto mi señora como yo estábamos sudando la gota gorda. Menos mal
que dentro tenían aire acondicionado, menos mal.

La puerta (y el interior) eran justo
como me los había imaginado, todo muy clásico, muy hogareño. Una
vez entras, te encuentras la barra a la derecha. Al final de la misma
esperamos a que nos atendieran. Desde allí podías observar el
comedor, una especie de pasillo ancho con mesas a ambos lados, que
estaba al fondo, y un escalera que bajaba a otro comedor, que quedaba
a nuestra izquierda, el cual estaba coronado por un arco con las
palabras
El celler forjadas en hierro. La decoración era la
típica de este tipo de establecimientos
casolans, esto es,
cuadros de paisajes, naturalezas muertas, mazorcas de maíz colgadas
de la pared, muebles viejos, recuerdos, fotos… Las mesas, con su
correspondiente mantel blanco, disponían cada una de una pequeña
lamparita de pie, la cual, pese a no iluminar demasiado, le daba un
pequeño toque íntimo.

Una vez sentados, pasamos a echarle un
vistazo a la carta. Era prácticamente la misma que la de la web (la
cual ya me sabía de memoria), por lo que no me fue muy difícil
escoger lo que iba a comer. Le comenté a la camarera (muy simpática,
por cierto) lo de los caracoles y me dijo que no habría problema,
solo tenía que recordárselo cuando estuviéramos por el postre,
pues te los hacen al momento. Como decía el gran
George Peppard
en boca de
Hannibal Smith,
me encanta que los planes
salgan bien.
No me extenderé con la carta, puesto
que ya os hablé de ella un poco más arriba y podéis consultarla
cuando queráis en
su web. Tras unos minutos de dudas
(por parte de mi señora), los Pijos hicieron su comanda. Sin que
sirva de

precedente, los dos nos pedimos de entrante exactamente el
mismo plato, una crema de cigalas y espárragos verdes al aroma de
trufa, y de segundo, un bacalao gratinado con ajo, aceite de peras y
salsa de ñoras para mi y un bacalao gratinado con romesco sobre
salsa de espinacas para mi señora. Para beber, lo de siempre,
cerveza. Antes de hincarle el diente a todo esto, la casa tuvo a
bien invitarnos a un

señor aperitivo, una cazuelita de olivas
arbequinas (típicas de aquí) rodeada por unas cuantas rodajas de
fuet de la zona, acompañadas ambas viandas, por supuesto, por una
buena
cestaca de pan. Con este tipo de aperitivos hay que ir
al loro, puesto que la combinación pan + embutido + hambre canina
puede joderte una buena comida. Afortunadamente, no fue el caso, los
Pijos aprendimos hace tiempo a poner el freno de mano en los momentos
más delicados.
Les fauves

La crema, que quemaba como un demonio,
estaba es-pec-ta-cu-lar (nos hubiéramos tomado un par de litros cada
uno sin problemas), un mar-y-montaña líquido que no se decantaba
por ninguno de los dos lados, sabía a marisco y sabía a huerta.
Gran antesala para lo que venía. Los Pijos (y todos los que sois,
como nosotros, aficionados al buen comer) sabemos que un buen plato
comienza por una buena presentación del mismo. La percepción de lo
que te vas a comer varía según te lo sirvan en un recipiente o en
otro, o si lo montan así o lo montan asá y si destacan una cosa o
la otra. Pues bien, queridos pijos, la presentación de nuestros dos
bacalaos nos ganó desde el preciso instante en que la camarera puso
los ardientes platos (también quemaban un huevo) delante de nuestros
ojos. Me dio la impresión de estar delante de un cuadro de
Matisse:
el amarillo del
allioli y el rojo de las ñoras, vivísimos
los

dos, pugnaban por destacar uno por encima del otro sobre el fondo
blanco del plato. Además, tuvieron el detalle de adornar lo alto del
bacalao con cuatro tiras de pimiento rojo escalibado dando forma a
les quatre barres de la
senyera. ¡Detallazo, oiga! Y
el de mi señora, del mismo palo: el mar verde de las espinacas hacía
las veces de soporte para el bacalao, un montículo blanco cubierto
por el tono terroso de la salsa romesco. De diez. Las fotos no les
hacen justicia, de verdad os lo digo. Ah, ni qué decir tiene que los
dos estaban de muerte mortal. Se derretían en nuestras bocas.
Repetimos: de diez, señores, ¡de diez!
Los deberes

Después de haberte puesto como el
Tenazas, pedir un plato de caracoles, aunque sea para llevar, no es
una buena idea, más que nada porque la sola visión de más comida
puede hacer que tus intestinos se rebelen en tu contra. Pero no fue
el caso, tal como me los trajeron, así me los llevé. Y no hubo
postres, claro, no cabían.
La cuenta subió a 73,40 lereles,
cafés incluidos, un precio que los Pijos consideramos muy atractivo
a tenor del nivel de los platos que nos habíamos comido (y el que
quedaba por comer). Tras las fotos de rigor, procedimos a hacer el
mismo camino que antes pero a la inversa. Pasamos por la panadería y
recogimos las cocas, las cuales, repito lo de antes, pesaban como un
muerto.

Aunque salí de allí bastante lleno,
la sola visión de las cocas sobre nuestra cocina me abrió el
apetito de nuevo a eso de las diez de la noche del día de autos. Y
casi lloro, amigos, porque lo de las cocas del
Forn de Sant Antoni
es para salir a la calle y gritar a los cuatro vientos que eres
un hombre feliz, pleno, en perfecto equilibrio con la naturaleza. Qué
buenas, joder. ¡JODER! Eh, y todavía me quedaba una asignatura
pendiente, los caracoles. El colofón a esta experiencia culinaria
de casi veinticuatro horas llegó al mediodía del día siguiente.
Puse los moluscos en una sartén a fuego lento y dejé que el
allioli se pusiera a temperatura ambiente. Unos minutos
después , el Pijo mayor ARRASÓ con el plato de caracoles. Estaban
absolutamente deliciosos, en su punto, con una salsa picantona que,
unida al
allioli, me dejó para el arrastre el resto de la
tarde. Pero valió la pena. Valió
mucho la pena. Como dice mi
padre, después de un buen pucherazo, un buen colchonazo. Y así fue.
Colchonazo del quince.
El Celler del Roser
c/ Cavallers 24
Lleida
Tel. 973.239.070