
Estaba seguro de que la tercera etapa del Gargantuan Tour iba a
salir bien. Bueno, a ver, seguro-seguro, lo que se dice seguro… no,
pero casi, vamos. Me lo decía mi instinto Pijo, ese instinto que
tantas sobremesas (y noches) de gloria nos ha proporcionado a mi
señora, a mí y (espero) a la mayoría de vosotros, pijos míos. Y
se basaba en algo tan endeble y absurdo como un refrán. Así es,
amiguitos, el Pijo Mayor pensó que
a la tercera tenía que ser la
vencida. Y esa
tercera no hacía referencia a las etapas
previas de nuestro recorrido, sino a mis dos anteriores visitas a la
ciudad de Tarragona. No guardaba muy buen recuerdo de ellas, la
verdad. La primera fue hace unos mil años, es decir, en 1991. Por
aquel entonces debía cursar segundo de BUP. Nuestro profesor de
Historia, el mítico
Josep Mohedano, tuvo a bien sacarnos unas
horas del siempre tedioso instituto y visitar, autocar desvencijado
mediante, las ruinas de la antigua Tarraco. Solo recuerdo dos cosas
de ese día:

una, imitar en la playa las llaves de
Hulk Hogan
que habíamos visto montones de veces en el inolvidable
Pressing
Catch de Tele 5 (más de uno salió de allí con varios
moratones) y la otra, lucir el peinado más horroroso que he llevado
jamás, el hachazo en mitad de la cabeza. Sí, fue por aquella época
cuando me empezaron a llamar
Luis Cobos por los pasillos del
instituto. Es mirar las fotos de ese viaje y preguntarme en voz alta
a mí mismo:
Pijo, ¿cómo cojones se te ocurrió llevar el pelo
como Luis Cobos? Como dice mi madre, es lo que se llevaba.
Miento: nadie llevaba el pelo así en mi barrio, NADIE. En fin, que
cada vez que pienso en mi primer día en Tarragona, mi cerebro corre
un tupido velo sobre él y, naturalmente, sobre ese lamentable
pelazo.
¿Dónde coño están las guitarras?

Saltemos ocho años hacia adelante. Año 1999. Es un
viernes por la tarde. Esa noche toco con mi grupo en una sala del
casco antiguo de Tarragona que se llama
El Cau. Por cuestiones
laborales, salimos tarde de Barcelona. Nada más comenzar el
trayecto, la primera en la frente: no hemos llegado ni a la salida de
Barcelona que, en plena Diagonal, comienza a salir un humazo negro
por debajo del capó del coche. Llamada a la grúa y apretujones
dolorosos en la
furgo, el único vehículo de nuestra comitiva
que quedaba sano. Llegamos a las tantas a Tarragona y, como
bienvenida, nos encontramos con ¡una buena tormenta! Fue
inolvidable: tener que abrir un pasillo en una sala abarrotada de
gente (y con

algunos de los presentes ya bastante cociditos), con un
bombo en tus manos y la ropa completamente empapada (y sin cenar,
¡claro!) son de esas cosas que sabes que algún día podrás contar
a tus nietos. Pero faltaba la guinda, por supuesto. Cuando estábamos
montando todo el equipo, el cantante y bajista de la otra banda dice
oye, ¿dónde está mi bajo? ¿Y la guitarra de Marcel? Comenzamos
a buscar los instrumentos como locos sin resultado. Hasta que uno de
nosotros hizo memoria y dijo
Un momento. Para meter el órgano en
la furgo sacamos las dos fundas y las apoyamos en el maletero de un
coche que había aparcado al lado. Es decir, ¡que nos las hemos
dejado en Barcelona! Estaba claro: no era nuestro día (o, mejor
dicho, nuestra noche). A esta serie de calamidades le siguieron un
par de conciertos olvidables, una cena a las dos de la mañana a base
de frutos secos y una milagrosa aparición del ángel de la guarda de
los rockeros, pues impidió que, al volver, nos comiéramos con
patatas la mediana de la AP-7 : el conductor de la furgo se durmió
durante unas décimas de segundo, pero me dio tiempo, como copiloto,
de despertarlo con un grito que todavía resuena por El Vendrell y
sus alrededores. Por corbata, señores, por corbata.
Por eso a la tercera…
Situar la visita a Tarragona en el tercer lugar de nuestro
recorrido fue una decisión calculadísima: quería que coincidiera
con la llegada del buen tiempo. Aunque siempre es mejor que no llueva
y/o que no haga frío, en las dos primeras etapas la meteorología
podía fastidiarnos el viaje hasta cierto punto, puesto que en los
dos restaurantes elegidos comeríamos bajo cubierto, a salvo de
chubascos y

bajas temperaturas. Sin embargo, para esta parada el
factor
sol era esencial. No cabía en mi cabeza disfrutar de
un buen ágape marinero en un local cerrado, no, debía ser en una
terraza al aire libre,
tenía que ser en una terraza al aire
libre. Y qué mejor que jugar con ventaja: situando la visita a
principios de verano me aseguraba un tiempo casi perfecto. Y así
fue, pijos. El día de autos nos levantamos por la mañana con un sol
de justicia, un sol de esos que te ponen de buen humor de forma
instantánea, un sol, en definitiva, que invita a salir de casa y
disfrutar de los pequeños placeres pijos. Dicho y hecho: tras un
frugal desayuno, nos fuimos para la estación de Sants a coger el
primer tren que saliera para Tarragona. Nos esperaba la cocina
marinera de uno de los clásicos del casco antiguo de Tarragona. Nos
esperaba
El LLagut.
Arriba a la derecha

Qué bien que va el Google Maps, ¿eh? Abres la aplicación y en
unos breves instantes te dice dónde estás y cómo llegar a tu
destino. Lo que no te dice es que lo que en su mapa parecen diez
metros en realidad es una escalera de tropecientos mil escalones.
Desde la estación de Renfe hasta la calle Natzaret, que es donde se
encuentra
El LLagut, no se tarda demasiado, unos veinte
minutos aproximadamente, pero todo el recorrido es una ascensión
continua, más o menos pronunciada, pero ascensión al fin y al cabo.
Ah, me había olvidado: se ha de subir porque el restaurante se
encuentra en pleno casco antiguo, el cual está
unos metrillos por
encima del nivel de mar. El recorrido que nos marcó el señor
Google nos llevó por unas cuantas calles más bien feúchas, pero
una vez llegamos al casco antiguo, la cosa cambió. Es muy bonito (de
hecho, no conozco ningún casco antiguo que sea feo) y apetece pasear
por sus calles y callejuelas (una de ellas, por cierto, era donde
está
El Cau).

Una vez llegamos al número 10 de la calle Natzaret, echamos un
vistazo y lo que vimos nos dio buenas vibraciones. Aunque su
dirección indique una calle, el restaurante, en realidad, se
encuentra en una plaza bastante amplia (la Plaça
del
Rei) que
va a dar al museo arqueológico. Es una plaza muy bonica, muy
tranquila, de esas que piden a gritos sol, una buena terraza y una
mejor compañía. Y terrazas había unas cuantas, entre ellas las de
nuestro restaurante (o taberna marinera, que es como ellos se
autocalifican)
Los cuadritos
Cuando más arriba os decía lo de las buenas vibraciones, no me
refería al marco, al espacio donde íbamos comer (que también) sino
a un pequeño detalle que para los Pijos es una especie de señal:
las mesas de la terraza tenían manteles de cuadros. A lo mejor os
parece una chorrada, pero he conocido pocos sitios donde las mesas
lucieran cuadritos y se comiera mal. Pese a que al poco de sentarnos
pusieron encima del de cuadritos el inevitable mantelito blanco, el
mensaje que nos mandó

el cuadriculado estaba ahí y no podía ser
ignorado:
pijos, hoy comeréis bien. Las sillas eran todo lo
cómodas que pueden ser las sillas de madera de toda la vida (por lo
menos, no eran esas mega-sillazas rojas con el logotipo de Coca-Cola
o Estrella Dorada detrás, esas en las que el culo acaba por
desparramarse en siete direcciones distintas). Cubertería mona ,
servilletas de tela, ¡como Dios manda! y un parasol tamaño
king-size para protegernos del solano, que a esa hora ya no
hacía prisioneros.
Pueden tomar apuntes

La camarera –simpática y eficiente, luego os hablo un poco más
de ella- nos trajo las cartas y nos orientó un poco. Ante una carta
de tales dimensiones –no tanto en la variedad de platos sino en la
casi interminable lista de arroces, la especialidad de la casa-
agradecimos muchísimo la sesión informativa que tuvo a bien
dedicarnos durante unos minutos. También hay que decir que llegamos
tan pronto que estábamos solos –luego se llenó- y la chica
pudo explayarse con nosotros. Respecto a los entrantes, no había
mucho que explicar, pescado y marisco (de las lonjas de la zona) a
tutiplén:
boquerones, ensalada de bacalao con romesco y olivas arbequinas,
mejillones de roca al vapor, almejas salteadas con uva garnacha,
pulpitos de Tarragona estofados con vino rancio, pimiento de romesco
y ajo confitado… Bufff… ¡difícil elección! Cuando vas a comer
a un restaurante de cocina marinera, ya sabes que la cosa va a estar
muy complicada y que los platos van a luchar entre ellos
encarnizadamente por ser finalmente los elegidos. En la carta
aparecen como
Tapes per compartir al mig de la taula (tapas
para compartir en mitad de la mesa), no como entrantes, pero son más
lo segundo que lo primero. Luego os cuento.
A continuación, venía el apartado de pescados (rape, varias
merluzas, dorada…) y calderetas (de bogavante y de langosta) y,
finalmente, el plato fuerte, los arroces. Aquí comenzó la clase
didáctica de la camarera. Era tal el torrente de información que
nos facilitó sobre el origen, preparación e ingredientes de los
diferentes tipos de arroces de la carta, que me dieron ganas de
pedirle bibliografía.

La pobre tuvo que repetirme más de una vez (y
de dos, ¡y de tres!) en qué consistía cada plato. Me supo muy mal,
pero mi cerebro, a aquellas horas en estado semi-operativo por el
sol, el hambre y la
escalada, ya no daba
pa’más. A
ver… sirven tres tipos de arroces, los melosos (con nécoras, con
cigalas, con bogavante, con cangrejos de playa, con gambitas de
Tarragona…), los secos (con sardinas, con bacalao, negro con sepia,
al horno con pescado de roca, almejas y alioli de azafrán de
Jiloca…) y los
masqueta. Estos últimos son una especialidad
de la costa tarraconense. Si no recuerdo mal las explicaciones de
nuestra
profe, es un arroz un poco picantón a base de
verduras y marisco que los pescadores preparaban antiguamente en sus
propias embarcaciones para coger fuerzas de cara a sus largas (y
duras) jornadas en alta mar. Nos dijo también que era la especialidad
de la casa y que valía la pena probar alguno (tenían dos, el de
azafrán de Jiloca, calabacín y almejas y el de pimiento de romesco,
rape y mejillones), pero lo del picante tiró un pelín para atrás a
mi señora, poco amante de los incendios gástricos, así que lo
dejamos para otra ocasión. Ahora no estoy seguro de si es caldoso,
seco o qué, por lo que si alguno de vosotros lo sabe, ¡que nos lo
diga!
¿Rácanos? No way!

Tras muchas dudas, nos decantamos por pedir dos
tapas para
compartir en mitad de la mesa y un arrocito. Como os decía
antes, más que tapas eran entrantes puros y duros. O, dicho de otra
forma, eran tapas
muy generosas. Me gustaría dejar claro esto
último, puesto que he leído por ahí que el tamaño de estas
tapas
era ridículo y que era vergonzoso que cobraran lo que cobraban por
semejantes
miniaturas. No puedo –ni quiero- defender a
nadie en particular, pero ciñéndome a nuestra visita, las
miniaturas brillaron por su ausencia.

Pedimos, en primer lugar, una cazuela de mejillones de roca al
vapor. Normal: visitar la tierra de los
musclos y no probarlos
(y más estando en plena temporada) es como ir a Valencia y no probar
la paella. Y yo, Pijo mayor y
mejillonólogo de pro, doy fe de
que estos bivalvos estaban de rechupete. Volviendo a lo del tamaño
(ya está, ya lo dejo), indicaros que nos sirvieron una
cazuelaca
que no se la saltaba un galgo. Producto de la tierra (o, mejor
dicho, del mar) al que no le hacía falta ni limón ni
res de res:
exquisitos, señores.
Como segunda
tapa, los pulpitos de Tarragona estofados con
vino rancio, pimiento de romesco y ajo confitado. ¿Que cómo
estaban? Tuvimos que pedir otra ración de pan.
No hase falta
desir nada más, ¿no?

Y el arroz. Finalmente nos pedimos un arroz caldoso con bogavante.
Y fue una sabia elección. Estaba simple y llanamente ¡espectacular!
Unas cuantas semanas después, los Pijos nos desplazamos hasta
Badalona para comer en un chiringuito que nos habían recomendado y
que está en plena línea de mar. Pedimos el mismo arroz que en
El
LLagut y nos sirvieron una cazuela con sabor a caldo Aneto, lo
cual no hizo sino elevar el de Tarragona al Olimpo de los arroces
caldosos.
No fue casualidad

Cuando pedimos la cuenta (que incluía nuestras habituales
cervezas y un par de cafés), mi señora aprovechó para ir al
lavabo. Al poco, volvió nuestra camarera con el datáfono y,
mientras me cobraba, me hizo el interrogatorio habitual que suelen
hacer en los restaurantes de provincias a los que somos de
can
fanga: si nos había gustado, de dónde venimos, que cómo los
conocimos… La chavala flipó bastante cuando le expliqué que supe
de su restaurante a través de una reseña (muy elogiosa) publicada
hace bastantes años en las páginas de El Periódico de Catalunya y
que guardé el recorte durante todo este tiempo (en mi carpeta roja,
of course), esperando que se
dieran las circunstancias precisas para

visitarles. Pasé de hablarle
del blog, no fuera que me tomara por un
freak (o peor, por un
stalker obsesionado con las tabernas marineras tarraconenses).
Una vez volvió mi señora del excusado, nos preguntó si nos íbamos
a quedar en Tarragona todo el día, puesto que esa noche comenzaba la
vigesimotercera edición del Concurso internacional de fuegos
artificiales Ciutat de Tarragona y varios restaurantes del casco
antiguo –entre ellos el suyo- instalarían casetas en uno de los
miradores de la zona para picar algo mientras el cielo de Tarragona
se llena de truenos, rayos, centellas y pólvora, mucha pólvora. La
verdad es que si lo llegamos a saber con antelación nos hubiéramos
quedado, pero nuestro gato tenía que cenar a su hora y no era plan
de dejar al pobre animal maullando a pleno pulmón mientras sus
papis
se encontraban a cien kilómetros de distancia
mirando
petardos.
De camino a la estación (¡de
bajada!) mi señora y yo comentamos que el banquete que nos habíamos
calzado apenas había superado los 60 euros (65,30 concretamente),
por lo que la segunda visita a El LLagut estaba totalmente
confirmada. Con o sin petardos. Eso da igual.