
De padres a hijos
Aquella mañana, mi señora me dijo que
me iba a llevar a un lugar… especial, un bar al que había ido
decenas y decenas de veces desde que era pequeña y donde servían
las mejores tapas del mundo-mundial. Pues bien, cuando llegamos…
¡no había nadie!, estábamos más solos que la una. Mmm…
pensé, ¿tan bueno que es y está vacío? Pero era normal: mi
señora, perra vieja en lo que a lafuentismos se refiere,
prefirió que fuéramos a primera hora, poco antes de la una, porque
luego se llenaba y se hacía un poco complicado encontrar una mesa
libre. Y, eh, así fue: una hora después de nuestra llegada estaba
todo lleno, tanto dentro del local como en la terraza.
Una vez acomodados en nuestra mesa, y
antes de que pidiéramos nada, mi señora me explicó que el Lafuente
era un bar al que su familia acudía desde hacía muchísimos
años. Según me explicó mi suegro hace unos pocos días, su primera
visita se remonta al año 1968, cuando mi señora ni siquiera había
nacido. Por aquel entonces, el bar apenas
tenía un año escaso de
vida. El señor Lafuente, originario de Albarracín (Teruel) decidió
abrir su negocio en un polígono de viviendas llamado La Paz (hoy, La
Pau) y que fue inaugurado en el año 1966. Este polígono (hoy barrio
a secas) se construyó como respuesta a la creciente demanda de vivienda generada por la llegada masiva de inmigrantes a Barcelona
desde todas partes del país. La Pau era un barrio, pues, popular. Y
lo sigue siendo. Para comprobarlo, solo tienes que bajarte en la
parada de Metro de La Pau (línea 2, la lila): en los escasos cinco
minutos que dura el trayecto a pie desde la boca del Metro hasta el
bar, solo verás pisos y pisos y más pisos, mayormente humildes. El edificio donde se
encontraba originalmente fue demolido a principios de la
década de los 90 por estar afectado por la aluminosis (esa gran
lacra del Porciolismo), pero el señor Lafuente, con muy buen
ojo, se encargó de reservar uno de los locales comerciales del
edificio de viviendas que se iba a construir justo encima del
original. De esta forma, el Lafuente pudo reabrir sus puertas
en el año 1997, exactamente en el mismo lugar...

Una tradición es una tradición
…y al chaval póngale uno entero.
Las patatas bravas. Si esta lista fuera, por ejemplo, una
recopilación de los Rolling Stones, las bravas del Lafuente
vendrían a ser el Satisfaction de la misma. Es el plato
estrella de la casa, aquel por el que será recordado durante
generaciones. No exagero: mi suegro dice que esas patatas saben
EXACTAMENTE igual que hace cuarenta años. Aunque ya sabéis que yo
no suelo ser muy amigo de los juicios absolutos,
tengo que reconocer que estas papas rozan la perfección. Para mi
señora (y para toda su familia) son las mejores bravas de la
galaxia, unos tubérculos enormes que has de cortar sí o sí con el
tenedor (o eres el feo de los Calatrava o no hay cojones a
meterse una entera en la boca). Puedes pedirlas con salsa brava
(riquísima, con el punto justo de picante, nada killer) o con
una mezcla de brava y all i oli (muy suave, no repite). Como
le dije una vez a mi buen amigo Marcus, soy de la opinión que
las mejores bravas están por descubrirse, pero mientras tanto, me
apaño con estas. Me temo que mi cuñado –el hermano de mi señora-
no opina lo mismo: cuando era pequeño, tenían que pedir un plato de
bravas solo para él.
Las patitas. Si las bravas eran Satisfaction,
las patitas de calamar serían Jumpin’ Jack Flash, la eterna
segundona, al mismo nivel que la otra, pero sin tanta fama. Y es
injusto. Estas delicatessen rebozadas son una obra maestra de
la fritura que vienen servidas con la misma salsa que las bravas o
bien (como las pedimos siempre nosotros) con un buen chorro de limón.
Crujientes y sabrosas, no faltan nunca en nuestra comanda. Ni en la
de mi suegra.
El pulpo. ¡Ojo! Es posible comer un pulpo
exquisito –sí, exquisito- en un establecimiento no-gallego. Y el
del Lafuente es la prueba. Lo sirven como Dios manda, es
decir, en un plato de madera, con su aceite de oliva virgen extra y
su pimentón de la Vera. Y se deshace en la boca, amigos. Aunque
existen (ahora mismo me vienen a la mente el de La Esquinica y
el de La Perla), no encontraréis demasiados pulpos en
Barcelona y alrededores cocinados por no-gallegos y que rayen a su
misma altura. Y es que es un plato algo complicado de preparar: a la
que te descuidas, te estás comiendo un paquete de chicles con sabor
a cefalópodo.
Los champiñones. Otro favorito de mi suegra (y nuestro).
Los sirven al ajillo, en una cazuelita. No tienen mucho secreto, pero
son excelentes. Obligatorios.
El pincho moruno. Otro hit que, si no recuerdo
mal, lo pedimos en mi primera visita. Te lo sirven en un plato, sin
la brocheta (me mola: esos alambres molestan un huevo a la hora de
manejarlos, queman y manchan. Así es mucho más práctico) y
acompañado de un par de rebanadas de pan tostado. Son enormes y
necesitan de la intervención del cuchillo. Eso sí, una vez en la
boca… ¿os lo imagináis? En efecto, se deshacen. Delicioso.
La chapata de
jamón ibérico. Bufff… estoy escribiendo esto sin
cenar y salivo solo de pensar en ella. Jamón ibérico del que quita
el sentío acompañado de un pan celestial (ojo, el de la
foto no es el habitual, ese día no tenían). Menos es más. Pan,
jamón, tomate, aceite y sal. ¿Hace falta algo más para rozar el
cielo?
El círculo (de nuevo)
Bar Lafuente
Gran Via de les Corts Catalanes
1179-1181
Barcelona
Tel. 932.781.959
P.d.
Olvidé comentaros que el padre de Jordi, el Sr. Lafuente, sigue al
pie del cañón en otro bar… que se llama igual y que también está
en la Gran Vía, concretamente en el número 931, ya en el barrio del
Clot. No os puedo decir gran cosa de él porque no he ido nunca, pero
el comando Pijo nunca descansa…