

¿Las mejores…?
El Cruce lo
conocí a través de mi buen amigo Jordi.
Nunca me habló directamente de él, simplemente lo nombró en un post de
Facebook, calificándolo como el bar donde hacen las mejores bravas del mundo.
¿Cómo? ¿Las mejores? Mmm… Como ya he dicho en más de una ocasión en este vuestro blog, las mejores patatas bravas todavía están por descubrir, pero
hasta entonces, las del bar Lafuente ocupan el número uno de
nuestro ranking pijo. Pero ello no quita que quizás estas también
rayen la exquisitez, por lo que me apunté el
nombre en uno de mis innumerables papelotes… y me olvidé. Hasta que el año
pasado, encontré el post-it y me planteé hacer una excursión pija hasta el
corazón de Santaco para comprobar in
situ si el juicio de Jordi era para
tanto o no. Mi primera opción para acompañarme fue, obviamente, mi gran amiga y
compañera de fatigas radiofónicas Anabel. ¿Por qué? Muy sencillo, vive al lado. Ella ya
había estado, naturalmente, pues El
Cruce es un bar conocidísimo en toda Santa Coloma y alrededores. Y estamos
hablando de una población donde el índice de bares de calidad es elevadísimo.
Ya os hablé de ello en la entrada que le dediqué al bar Lafuente: en el
extra-radio de Barcelona se concentra lo bueno y mejor de los bares de tapas de
la capital. En Barcelona también los hay, sí, pero menos.

Bares, qué lugares
Entrando a mano izquierda está la barra y a la derecha una
fila de mesas. Más adelante, todavía en el lado derecho, un pequeño descansillo
donde hay algunas mesas más. Al fondo, uno de los comedores, y a la izquierda,
el acceso a otro de los salones (ahora no sé si hay otro más, no me fijé).
Mesas con manteles de papel, sillas de madera de las de toda la vida y
decoración cien por cien cañí: toros, más toros y un pequeño santuario dedicado
a la ínclita Isabel Pantoja. Diría que los dueños son de Málaga, pero quizás me
equivoco (si alguien lo sabe y me he equivocado que me lo diga y lo corrijo). A
algunos este tipo de decoración les tira para atrás, pero a mí me encanta, qué
queréis que os diga (a mi señora no tanto). Y respecto al ambiente, familiar y
currela a partes iguales, reflejo del barrio donde se encuentra situado. Es un ambiente con el que me identifico a saco: vengo
de ahí. Hace poco hablaba de esto con mi gran amigo Uri, y los dos coincidíamos en que lo bueno de estos sitios es que
todo lo que ves es en ellos es así. This is for real. No hay hipsters. No hay postureo. Solo hay
niños, niñas, parejas, abuelos, tíos, primas y colegas. Nada más.
Tres visitas tres
Mi política a la hora de hacer una entrada pija suele
consistir en hacer una primera visita de reconocimiento y, si nos gusta, volver
ya con la
cámara y tomar buena nota de todo lo que acontece. Y con El Cruce fue exactamente así. De la
primera visita, con Anabel, salí muuuuy satisfecho. Y, desde entonces, he
vuelto en dos ocasiones. Una con Jordi
(se la debía) y otra con mi señora. Su
oferta es tan amplia (carnes, pescados, torradas,
parrilladas, mariscadas…) que hemos preferido centrarnos en las tapas (no
olvidemos que lo que nos trajo aquí fueron las bravas), si bien no caímos en ninguna de nuestras incursiones en pedir la especialidad de la casa, los caracolillos. Y es que no se puede estar en todo, ¡hay mucho y bueno donde escoger! Ah, y también tienen un
muy interesante menú del día a diez euros. Sin más dilación, la degustación
pija:
Chipirones fritos. Se nota que son andaluces, pues la
fritura es perfecta, la clavan. Muy buenos.
Pincho Moruno. La foto no le hace justicia, pues es un peazo
banderilla. La carne estaba muy tierna y muy bien adobada. Viene acompañada de
pan tostado. Muy bueno también.
Pulpo gallego. Pese a que no se trata de su especialidad, es
un pulpo de nivel. Recuerdo alguno inferior en bares supuestamente gallegos.
Cazón en adobo. Otra gran fritura. Mi señora (con raíces en San
Fernando, cuna del bienmesabe, que es
como se conoce allá al pez espada en adobo) le dio su aprobación, si bien quiso
dejarme claro que no estaba tan bueno
como aquel. Pero ahí tenemos la batalla perdida: es muy difícil vencer tus
recuerdos de infancia. Mi opinión: estaba buenísimo. Se deshacía en la boca.
Croquetas caseras de pollo. Bajonazo del quince: eran
congeladas. Y además, malas. No sé si es que ese día no tenían y nos colaron
estas o que habitualmente las sirven así, pero en cualquier caso está feo
vender gato por liebre. Y puestos a poner congeladas, pon las del Mercadona,coño, que están más buenas. ¡Tirón de orejas!
Patatas bravas. Iré al grano: ¿superan a las del bar
Lafuente? No. Dicho esto, reconocer que están muy buenas, con un corte plano (a
mí me encanta) y bañadas en un allioli muy suave, con un toque de pimienta
negra por encima. Cada vez que vuelva las pediré, por descontado.
Almejas a la plancha. Muy buenas. Las hacen con ajo y
perejil. Cuando te las has pulido todas es obligatorio (al igual que con las
patatas, me olvidaba) mojar pan hasta que hayas dejado el plato cristalino.
Las comparaciones son
odiosas
Antes de acudir con mi señora, y sabiendo de su absoluta
devoción por el bar Lafuente, ya le advertí:
no te gustará tanto. Y así fue. Pero
le gustó, de verdad. De hecho, al salir le pregunté si traería a sus padres a
comer a El Cruce si algún día se da
la ocasión y me respondió que sí. Prueba superada. Yo (y creo que también hablo
por Jordi) soy de la
opinión de que cuando algo te gusta mucho (pero mucho de
verdad), cualquier cosa con la que lo compares saldrá siempre perdiendo.
Siempre. Es lo que pasaba con el Barça de Guardiola. Eran tan buenos que
parecía que sus rivales fueran unos peleles. Y no era así, claro. Las
comparaciones son odiosas. Todas. Dicho esto, concluir que El Cruce es un bar morrocotudo y que merece ser visitado una y otra
vez. Y el precio ayuda, amigos. La media (si vas de tapeo, ojo) es de unos
quince euros por persona. Y eso está muy bien.
A Don Ramón, tan acostumbrado a pegarse el banquete padre en Jockey’s o en el Asador Donostiarra le hubiera parecido demasiado barato. Pero teniendo en cuenta también lo bon vivant que era, se hubiera sentido muuuy a gusto
entre las paredes de El Cruce.
Seguro que sí. Don Ramón, sepa que cada vez que venga… me acordaré de usted.
¡Un brindis!
Bar El Cruce
Rambla de Sant Sebastià 102
Santa Coloma de Gramenet (Barcelona)
Tel. 934.683.017