Fue una recuperación instantánea,
milagrosa. Nunca me había sucedido algo igual. Aquella mañana, mi
señora me dijo que me fuera preparando, por que en poco más de tres
horas iríamos a comer a un restaurante sorpresa, pagando ella.
Debería haber encajado la invitación con hurras y vítores, pero no
fue así: la cena de la noche anterior (ahora no recuerdo en qué
consistió) me había dejado el estómago un poco... rarito. Alguien
con dos dedos de frente hubiera propuesto posponer la salida gastronómica a otro momento, cuando estuviera en plenas condiciones
gástricas, pero un Pijo no hace eso JAMÁS. Se juega el honor. Así
que puse la mejor de mis sonrisas y le dije que sí, que
encantadísimo. A medida que pasaron los minutos, mis sensaciones
apenas cambiaron. Fuimos andando -estaba a unos veinte minutos de
casa- y durante el trayecto me iba cagando en mi propia vida, puesto
que si la propuesta era, digamos, exótica (india,
mexicana...) el ágape podía convertirse en algo similar a un dead
man walking, solo que en esta ocasión en lugar de una silla eléctrica lo que me estaría esperando al final del recorrido sería
la taza del retrete. Cuando llegamos al Bar Cañete no diré
que la preocupación desapareciera... pero comencé a sentirme un
poco más relajado. Tras hacer nuestra comanda, le fui dando sorbitos
muuuuy pequeños a la caña de cerveza que me había pedido. Y de
pronto, llega nuestro primer plato: las zamburiñas. Os lo juro: fue
olerlas y mi estómago se puso firme y en perfecto estado de revista.
Lo normal es que me hubieran entrado arcadas, pero pasó todo lo
contrario, mis molestias estomacales se esfumaron en 0,00003
nano-segundos. Aquello, como os decía hace un momento, fue un
milagro. Un puto milagro.
Los gurús
Diría
que la primera vez que leí algo sobre el Bar
Cañete sería
en la sección gastronómica de Pau
Arenós
en El Periódico, pero no estoy seguro. A mi señora, no lo olvidemos, la artífice de nuestra primera visita, le habló de él
nuestro gran amigo Jordi, un bon
vivant
que alguna que otra vezya nos ha llevado
por el buen camino. Le dijo que no era barato (y es así, pero de eso
ya hablaremos más tarde) pero que valía mucho la pena. Y mi señora,
que como buena Pija que es siempre está abierta a todo tipo de
recomendaciones, vengan de donde vengan, decidió guardarse la carta
Cañete
para una buena ocasión. Supongo que en otro tipo de contextos será
exactamente igual, pero en el mundo del buen comercio,
con el tiempo, vas tejiendo una red de informadores, de gurús
(me gusta llamarlos así) con los que irías hasta el infierno,
porque sabes que sus sugerencias son fiables en un 99,9%. Y en el
caso de Jordi (o del propio Arenós) es así. Qué coño: Jordi vive
en París desde hace un tiempo y desde allá... ¡sigue
recomendándonos sitios en Barcelona! ¡Hay que joderse!
Una señora barra
El
Bar Cañete
(situado
en el barrio del Raval, a pocos metros del teatro del Liceu)es
lo que actualmente se conoce como un gastro-bar, en cristiano, un bar
donde se come bien.
Pero no bien
de menú de 9,95 (de estos, afortunadamente, hay mogollón) sino bien
de restaurante de categoría, con una propuesta gastronómica que
difícilmente hallarías en un bar cualquiera. Como todo bar que se
precie, el Bar
Cañete
tiene una buena barra de madera, una señora barra, que es donde se
concentra el grueso de su actividad. Tienen dos o tres mesas de
cuatro comensales entrando a mano izquierda, pegaditas a la pared,
solo a tu alcance si reservas (ojo: solo admiten reservas para esas
mesas, para la barra, no. Ya sabéis: maricón el último). Al igual
que en algunos japoneses (el Can
Kenji,
por ejemplo), comer en la barra mola más, porque tienes la cocina a
la vista (prácticamente la puedes tocar) y puedes ver cómo trabaja
el ejército de cocineros, pinches y camareros, estos últimos
vestidos como le gusta al ínclito ex-ministro de agricultura (e
insaciable devorador de pepitos de ternera) Miguel
Arias Cañete
(acabo de darme cuenta de que su segundo apellido coincide con
nuestro protagonista de hoy. ¿Tendrá algo que ver con la
indumentaria de los camareros? Mmm...). La gran barra (con sus
correspondientes taburetes) está situada a la izquierda según entras. A la derecha encontramos la típica mini-barra adosada a la
pared, más enfocada -pese a que hay algunos taburetes- a comer de
pie. Al fondo del pasillo -el Cañete es, de hecho, un inmenso
pasillo, hay un mini-comedor para grupos -o eso creo, nunca he
entrado, por lo que no os fieis mucho. El espacio está decorado con
neones, pizarras con algunas de sus propuestas y algunas plantas de
pared. Y muy bien iluminado, que siempre es de agradecer. La verdad
es que es muy acogedor, un sitio en el que te sientes cómodo desde
la primera vez que vas, pero, ojo, nosotros, pese a estar lleno en
nuestras dos únicas visitas, nunca nos hemos agobiado por ello
porque era un día entre semana por la noche. Los fines de semana,
con las dos barras a tope, tienen pinta de ser un poco infernales.
La posesión
Nuestra
primera visita al Bar
Cañete fue
simplemente apoteósica, indescriptible, uno de esos -escasos- días
en los que todo lo que comes te sabe a gloria. Mi reacción, tras
catar cada plato que traían, venía a ser la de estos dos tiernos
púberes:
Y
es que en el Bar
Cañete se
come muy bien. Se come jodidamente
bien. La propuesta varía un poco en función de la hora a la que
vayas. Si vas al mediodía, tienen un par de menús (a 16 euros si
comes en la barra o a 24 si lo haces en grupo en la mesa) o bien la
carta, siempre disponible. Y si vas a cenar, pues únicamente carta.
¿Y que hay en esa carta? Pues muchísimas cosas, tantas que paso de
enumerarlas, mejor echadle un vistazo a la foto de aquí al lado.
Podríamos resumirla en dos términos muy claros: producto de
primerísima división y elaboraciones sencillas, nada de aires
ni desvaríos de autor. Hay carne, hay pescado, hay caza, hay marisco... hay de
todo, vaya. Los platos que vienen a continuación corresponden a
nuestra segunda visita, hará un par de meses. Mi señora me volvió
a invitar (¡qué suerte tengo!) para celebrar que ya sabe,
oficialmente, hablar y escribir en chino mandarín. ¡Felisidades!
Croquetas de bogavante. ¡Buah! ¡Buah! En el olimpo croquetero
barcelonés, a la altura de las de Gaig, Freixa y/o Chicoa.
Exquisitas. Fritura de altura con aceite ultra-limpio.
Ración de jamón de bellota. Media para ser exactos. Un señor
jamonazo, para hablar con propiedad, delicadamente cortado delante
nuestro y servido con un par de rebanadas de pan de coca con tomate.
Se deshacía.
Zamburiñas Cañete. El origen del mito cañetero. Las hacen con
virutitas de jamón y ajetes salteados, servidas sobre un lecho de
sal gorda. Si os dejáis caer por aquí en alguna ocasión, no dejéis
de pedirlas, son un manjar de dioses. De verdad.
Torta de Camarón. Muy buena, muy fina, muy crujiente, muy sabrosa.
No son exactamente igual que las de Cádiz (esas son directamente
insuperables), pero se acercan. Mucho, dice mi señora por detrás.
Pappardelle al huevo. El único bluff de la velada. Estaban bastante
buenos, no vamos a negarlo, pero la pasta... mejor en un buen
italiano. Y, eh, estaba al dente, la yema era exquisita, pero...
comparado con el resto de platos, bajaba el nivel.
Cocotte de rabo de buey. Y volvimos al nivel Top, que diría
Mourinho. El Pijo mayor, que ya sabéis que no es precisamente
carnívoro, casi llora con esta cazuelita, servida con un fino
parmentier de patata a modo de tapa y un pelín de cebollino por
encima. Qué puta maravilla de plato.
Cazuela de berberechos al vapor. Un chorrito de vino, unos ajos y un
poco de perejil. No les hacía falta nada más. Buenísimos.
Después
de este homenaje, nos acordamos de las sabias palabras de un señor
que tuvimos como vecino de barra en nuestra primera incursión
cañetesca. Aquel hombre -un señor de mediana edad que, al parecer,
vivía en Zaragoza y pasaba por el Bar
Cañete siempre
que venía a Barcelona- ya había pagado la cuenta, pero viendo los
platos que iban y venían por delante de sus narices, sacó de nuevo
su billetera del bolsillo del pantalón y le dijo a su camarero:
“oye, que pongo la cartera aquí encima y continuamos, ¿eh?”.
Más que sabias, sus palabras fueron proféticas, puesto que
nosotros, después del café, no le hubiéramos hecho ascos a algún
platillito más. Pero mejor no forzar la máquina, ¿no? Bueno... ¡no
sé!
Sincronización
Os
adelanté hace unos instantes que el Bar
Cañete
no es precisamente barato. Lo que os acabo de relatar (junto a cuatro
cervezas y dos cafés) salió por casi 109 euracos. Es una pasta,
aquí y en la China popular. Pero es lo que cuesta, nos guste o no.
El producto fino-fino se paga. Y que las frituras se hagan con un
aceite de oliva limpísimo, también. Y que el servicio se mueva con
una precisión próxima a la de un reloj suizo, otro tanto. Y
podríamos seguir un rato enumerando las causas de porqué vale la
pena pasarse por el Bar
Cañete,
precisamente las mismas que nos impiden ir cada semana. Los Pijos
suelen moverse habitualmente por un presupuesto medio (pongamos los
treinta euros de máximo), pero de vez en cuando (y que dure) se
pueden permitir homenajes como este. Y más si paga mi señora, of
course!!