Cuando era pequeño, mi día preferido del año era el día de Reyes. Pensaréis que era por los regalos, ¿verdad? Pues sí, por los regalos… pero también por las sorpresas, por esa incertidumbre que no me dejaba dormir la noche antes. ¿Qué me iban a traer? ¿El traje del Comando-G? ¿Algo de los Clicks? ¿Un barco del Tente? ¿El Cluedo? Esas sensaciones eran mucho más excitantes, incluso, que las te proporcionaban los propios juguetes en sí una vez te ponías a jugar con ellos. Creo no exagerar cuando digo que una vez abiertos los paquetes amontonados en el comedor de nuestra casa de Poblenou, ya estaba pensando en la próxima noche de Reyes, para la que todavía quedaban 365 días. ¿Y por qué creo que no exagero? Muy sencillo: porque sigo sintiendo exactamente lo mismo que entonces. Ya véis, a mis treinta y muchos años, continuo esperando con mucha ilusión que llegue el día de Reyes, pero no exactamente por la misma razón que antaño. Lo que entonces era excitación por lo que pudiera caer, hoy se ha transformado en excitación por lo que voy a regalar. ¿A quién? Pues a la única persona que ¡oh, casualidad! siente esa misma excitación que un servidor, pero en sentido inverso. Y esa persona, como no podía ser de otro modo, es mi señora.
¡Los regalos, los regalos!

¿Los anillos… van por tallas?
Un clásico de todos los años a la hora de pensar regalos para Reyes es un anillo. Es un poco triste que tras más de seis años de relación, todavía no le haya regalado uno, pero ¡así son las cosas! Mi atención siempre acaba por dirigirse hacia otras cosas que voy conociendo, que voy intuyendo. Además, será todo lo bonito que queráis y representará el amor que nos profesamos y bla, bla, bla, pero si tengo que escoger entre un anillaco, que seguramente le irá grande –a estas alturas todavía no sé de qué talla, calibre o como cojones se diga ha de ser el aro en cuestión- y un Ipad de 64 gigas 3G, la cosa está clara: el Ipad, por supuesto. ¿A que sí, cariño?

Terrassa también existe
Regalar una invitación a un restaurante es un gran regalo. Qué coño: ¡es un regalo cojonudo! Pero claro, para que sea así, ha de ser algo bueno, no un sitio bellotuno. Y con esto no estoy diciendo que tenga que ser caro. Tras tirar de wishlist (mi particular lista de restaurantes a los que algún día me gustaría ir) me decanté por el Capritx de Terrassa. Tengo que confesar que no fue mi primera opción: estuve a esto de reservar mesa en el Àbac de Jordi Cruz, pero cuando vi los precios… El Capritx reunía varios requisitos: está cerca de Barcelona, hay transporte público –factor a tener muy en cuenta, porque nosotros no tenemos coche-, abre al mediodía –lo que nos evitaría ir para cenar y, de esta forma, ahorrarnos una noche de hotel-, tiene unos precios muy ajustados y, lo más importante, tenía muuuy buena pinta. Ah, y que tiene una estrella Michelín, no os voy a engañar.
Ni qué decir tiene que a mi señora le encantó el regalo, por cierto…
Llegado el día de la reserva, y tras un frugal desayuno –no era cuestión de desayunar un par de huevos fritos con tocino- partimos, ferrocarrils de la Generalitat mediante, hacia Terrassa. Una vez allá, la primera en la frente: me había dejado en casa el mapa que tan guapamente había imprimido la impresora del curro. Menos mal que el GPS del cutre-móvil de mi señora se apiadó de nosotros y le dio por funcionar por una vez, porque si no, todavía estaríamos buscando la calle Pare Millán. De la parada de los ferrocatas al restaurante hay un trecho, por decirlo de una forma fina. Hablando en plata, está a tomar por culo. Con más hambre que el perro de un ciego, el camino hasta allí se nos hizo eteeeeerno. Pero valió la pena el maratón. Vaya si valió la pena.
Señoras y señores, de rodillas ante el Capritx
Lo primero que llama la atención cuando entras en el Capritx es que es muy chiquitillo. Tendemos a pensar que los restaurantes con alguna estrella Michelin son locales de dimensiones faraónicas, llenos de flores frescas, con mesas de gusto dudoso, mantelería de lino y cubiertos de plata, pero no es así, por lo menos en el caso del restaurante que estamos comentando. Es pequeño –cinco mesas más una que parecía estar reservada al servicio- pero amplio, sin agobios. La decoración sencilla, ni recargada ni cutronga. Y silencioso: tuvimos la suerte de estar solos. ¡Todo un restaurante para nosotros! Es lo que tiene ir a este tipo de sitios un frío martes de enero. Tras acomodarnos, el camarero –un chaval muy simpático- nos sirvió un aperitivo y un par de cervezas del Montseny (marca Bleder Drac, muy buena, por cierto) y, a continuación, nos trajo la carta. La verdad es que, a la hora de pedir, te lo ponen fácil: las únicas opciones son dos menús-degustación, el Capritx, de 48 euros, y el de l’Artur (por Artur Martínez, el chef) que sale por 58 euros. Los dos pedimos el primero, pensando –como comentaríamos más tarde-que nos íbamos a quedar con hambre. Con hambre…
Durante las dos horas siguientes –que se pasaron volando- no paramos de jalar. A continuación, iré enumerando (como pueda: cuando escribo esto he olvidado algunos ingredientes y/o detalles) todo lo que comimos:
Dado el altísimo nivel del menú-degustación, cuesta horrores decantarse por uno u otro plato, pero si hay alguno que me llegó al alma, fue la degustación de aceite. Vaya chorrada, pensaréis, después de catar todos esas delicatessen, va y se queda con el aceite. Pues no: por muy buenos que estén esos platos, por muy complicada que sea su elaboración, el chef no ha olvidado de dónde venimos. Interrumpe un desfile tecno-emocional (este palabro no es mío, creo que es de Pau Arenós) para colarnos un back to basics, una momentánea vuelta a nuestra niñez, cuando la bollería industrial todavía no había arrasado con todo y merendar pan con aceite era lo normal. ¿Exagero? Puede, pero así lo sentí y así os lo cuento.
Ah, se me olvidaba. Sin que sirva de precedente, esta vez os diré lo que bebimos. Una ocasión especial requería una bebida especial, por lo que nos decantamos por un cava, concretamente una botella de Berta Bouzy que estaba muy bueno (vaya nivelaco en enología, ¿eh? Que si el bouquet ese, que si el cuerpo, que si el aroma… así es, amigos, yo únicamente alcanzo a decir que estaba muy bueno. ¡Gññññ!)
Pero esto no acaba aquí, no…

De camino a casa, con una modorra que-te-cagas, un servidor iba pensando en el dichoso anillo y en las numerosísimas opciones que baraja mi cerebro de cara al día de Reyes de 2013. Sí, la historia se repite, ¡una vez más!
A todo esto, ¡todavía no os he dicho lo que me regaló mi señora para Reyes! Me regaló… mejor os lo digo después de las 21.30 del día 16 de febrero…
Capritx
Carrer del Pare Millán 140
Terrassa
Tel. 937.358.039
www.capritx.com
El dia 4 tengo mesa para 2. Me ha servido mucho tu entrada. Grácias!!
ResponderEliminar¡A servir!
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